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El hombre se posee en
la medida en que posee su lengua
(En "El defensor".
Madrid, Alianza, 1967)
por: Pedro Salinas
No habrá
ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé
a conocer, sin un grado avanzado de posesión
de su lengua. Porque el individuo se posee a sí
mismo, se conoce, expresando lo que lleva dentro, y
esa expresión sólo se cumple por medio
del lenguaje. Ya Lazarus y Steindhal, filólogos
germanos, vieron que el espíritu es lenguaje
y se hace por el lenguaje. hablar es comprender, y comprenderse
es construirse a sí mismo y construir el mundo.
A medida que se desenvuelve este razonamiento y se advierte
esa fuerza extraordinaria del lenguaje en modelar nuestra
misma persona, en formarnos, se aprecia la enorme responsabilidad
de una sociedad humana que deja al individuo en estado
de incultura lingüistica. En realidad, el hombre
que no conoce su lengua vive pobremente, vive a medias,
aún menos. ¿No nos causa pena, a veces,
oír hablar a alguien que pugna, en vano, por
dar con las palabras, que al querer explicarse, es decir,
expresarse, vivirse, ante nosotros, avanza a tropicones,
dandose golpazos, de impropiedad en impropiedad, y sólo
entrega al final una deforme semejanza de lo que hubiera
querido decirnos? Esa persona sufre como de una rebaja
de la dignidad humana. No nos hiere su deficiencia por
razones de bien hablar, por ausencia de formas bellas,
por torpeza técnica, no. Nos duele mucho más
adentro, nos duele en lo humano; porque ese hombre denota
sus tanteos, sus empujones a ciegas por las nieblas
de su oscura conciencia de la lengua, que no llega a
ser completamente, que no sabremos nosotros encontrarlo.
Hay muchos, muchísimos inválidos del habla,
hay muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión.
Una de las mayores penas que conozco es la de encontrarme
con un mozo joven, fuerte, ágil, curtido en los
ejercicios gimnasticos, dueño de su cuerpo, pero
cuando llega al instante de contra algo, de explicar
algo, se transforma de pronto en un baldado espiritual,
incapaz de moverse entre sus pensamientos; ser precisamente
lo contrario, en el ejercicio de las potencias de su
alma, a lo que es en el uso de las fuerzas de su cuerpo.
Podrán salirme al camino los defensores de lo
inefable, con su cuento de lo más hermoso del
alma se expresa sin palabras. No lo se. Me aconsejo
a mí mismo una cierta precaución ante
eso de lo inefable. Puede existir lo más hermoso
de un alma sin palabras, acaso. Pero no llegará
a tomar forma humana completa. Recuerdo unos versos
de Shakespeare, en The merchant of Venice ("el
mercader de Venecia") que ilustra esa paradoja
de lo inefable:
Madam, you have bereft me of all words,
only my blood speaks to you in my veins.
(Señora, ud. me ha despojado de
todas las palabras
solamente mi sangre habla a ud. en mis venas)
Es decir, la visión de la hermosura
le ha hecho perder el habla; lo que en él habla
desde dentro es el ardor de su sangre en las venas.
Todo está muy bien, pero hay circunstancias que
no debemos olvidar, y es que el personaje nos cuenta
que no tiene palabras, por medio de las palabras, y
que sólo porque las tiene sabemos que no las
tiene". El ser humano es inseparable de su lenguaje.
Y el lenguaje nos sirve de método de exploración
interior, ya hablemos con nosotros mismos o con los
demás, de luz, con la que vamos iluminando nuestros
senos oscuros, aclarándonos más y más,
esto es, cumpliendo ese deber de nuestro destino de
conocer lo mejor que somos, tantas veces callado en
escondrijos aún sin habla de la persona. La palabra
es espíritu, no materia, y el lenguaje, en su
función más trascendental, no es técnica
de comunicación: es liberación del pobre,
es reconoconocimiento y posesión de su alma,
de su ser. "¡Pobrecito!" dicen los mayores
cuando ven a un niño que llora y se queja de
un dolor sin poder precisarlo. "No sabe dónde
le duele". Esto no es rigurosamente exacto. Pero
¡qué hermoso! Hombre que malconozca su
idioma no sabrá, cuando sea mayor, dónde
le duele ni dónde se alegra. Los supremos conocedores
del lenguaje, los que lo recrean, los poetas, pueden
definirse como los seres que saben decir mejor que nadie
dónde les duele.
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