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Anoche
hice un viaje a Marte. Pasé allí diez años
(si la noche dura en los polos seis meses, no sé
por qué no han de caber diez años en una noche
marciana) y tomé muchas notas sobre la vida que allí
llevan. Me comprometí a no divulgar los secretos
de los marcianos, pero voy a faltar a mi palabra. Soy hombre
y deseo contribuir, en la medida de mis escasas fuerzas,
al progreso de la humanidad a la que enorgullece pertenecer.
Este punto es muy, muy importante. Y espero, si algún
día los marcianos me vienen a pedir cuentas de mis
actos, es decir, del perjuicio cometido, que los no sé
cuantos billones de hombres y mujeres que hay en la tierra
se apresten, todos, a mi defensa.
En Marte, por ejemplo, cada marciano es responsable de todos
los marcianos. No estoy seguro de haber entendido bien qué
quiere decir esto, pero mientras estuve allí (y fueron
diez años, repito), nunca vi que un marciano se encogiera
de hombros. (He de aclarar que los marcianos no tiene hombros,
pero seguro que el lector me entiende.) Otra cosa que me
gustó en Marte es que no hay guerras. Nunca las hubo.
No sé como se las arreglan y tampoco ellos supieron
explicármelo; quizá porque yo no fui capaz
de aclararles qué es una guerra, según los
patrones de la tierra. Hasta cuando les mostré dos
animales salvajes luchando (también los hay en Marte),
con grandes rugidos y dentelladas siguieron sin entenderlo.
A todas mis tentativas de explicación por analogía,
respondían que los animales son animales y los marcianos
son marcianos. Y desistí. Fue la única vez
que casi dudé de la inteligencia de aquella gente.
Con todo, lo que más me desorientó en Marte
fue el no saber qué era campo y qué era ciudad.
Para un terrestre eso es una experiencia muy desagradable,
os lo aseguro. Acaba uno por habituarse, pero se tarda.
Al fin, ya no me causaba extrañeza alguna ver un
gran hospital o un gran museo o una gran universidad (los
marcianos tienen esto, como nosotros) en lugares para mí
inesperados. Al principio, cuando yo pedía explicaciones,
la respuesta era siempre la misma: el hospital, la universidad,
el museo estaban allí porque eran precisos. Tantas
veces me dieron esta respuesta que pensé que mejor
sería aceptar con naturalidad, por ejemplo, la existencia
de una escuela, con diez profesores marcianos, en un sitio
donde solo había un niño, también marciano,
claro. No pude callar, desde luego, que me parecía
un desperdicio que hubiera diez profesores para un alumno,
pero ni así los convencí. Me respondieron
que cada profesor enseñaba una asignatura diferente,
y que la cosa era lógica.
En Marte les impresionó saber que en la tierra hay
siete colores fundamentales de los que se pueden sacar millones
de tonos. Allí sólo hay dos: blanco y negro
(con todas las gradaciones intermedias), y ellos sospecharon
siempre que habría más. Me aseguraron que
era lo único que les faltaba para ser completamente
felices. Y aunque me hicieron jurar que no hablaría
de lo que por allá vi, estoy seguro de que cambiarían
todos los secretos de Marte por el proceso de obtener un
azul.
Cuando salí de Marte, nadie vino a acompañarme
a la puerta. Creo que, en el fondo, no nos hacen caso. Ven
de lejos nuestro planeta, pero están muy ocupados
con sus propios asuntos. Me dijeron que no pensarán
en viajes espaciales hasta que no conozcan todos los colores.
Es extraño, ¿no? Por mi parte, ahora tengo
mis dudas. Podría llevarles un pedazo de azul (un
jirón de cielo o un pedazo de mar), pero ¿y
después? Seguro que se nos vienen aquí, y
tengo la impresión de que esto no les va a gustar.
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