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Debo confesar que durante
mucho tiempo creí y afirmé que este era un
tiempo final. Por hechos que suceden o por estados de ánimo,
a veces vuelvo a pensamientos catastróficos que no
dan más lugar a la existencia humana sobre la tierra.
En otros, la capacidad de la vida ara encontrar resquicios
donde volver a crear me dejan anonadado, como quien bien
comprende que la vida nos rebalsa, y sobrepasa todo lo que
sobre ella podamos pensar.
Sé que mucha
gente le irritará esta carta, yo mismo la hubiera
rechazado hace años cuando confundía resignarse
con aceptar. Resignarse es una cobardía, es el sentimiento
que justifica el abandono de aquello por lo cual vale la
pena luchar, es, de alguna manera, una indignidad. La aceptación
es el respeto por la voluntad de otros sea éste un
ser humano o el destino mismo. No nace del miedo como la
resignación, sino es más bien un fruto.
No sé si alguien,
antes de Berdiaev, predijo que volveríamos a una
nueva Edad Media. Sería posible y también
sanante. Ciertos elementos parecieran estar presentes indicando
semejanzas, como el estado de putrefacción del poder
en Roma, donde el cuidado que se había puesto en
la elección de los sucesores es del César
decayó hasta la irresponsabilidad, que es un grave
síntoma; la tendencia a enfeudarse, por los peligros
externos. Entonces, como ahora, afuera no hay seguridad
y la violencia diezmaba a quienes no quedaban protegidos
por las murallas. También la drástica división
entre poderosos y pobres; la creciente religiosidad. Entonces
los que quedaron cortados fueron los caminos, hoy habrían
de ser los cables, a no ser que fueran ellos los convertidos
y la televisión pasara a servir a la gente.
Sentimos la Edad Media
como noche, como tiempo severo, austero, cuando todo el
esplendor de la civilización romana fue acallado.
Berdiaev dice:
La noche no es menos
maravillosa que el día, no es menos de Dios, y el
resplandor de las estrellas la ilumina, y la noche tiene
revelaciones que el día ignora. La noche tiene más
afinidad con los misterios de los orígenes que el
día. El Abismo no se abre más que con la noche.
Para nuestra cultura,
la noche sería la pérdida de los objetos,
que es la luz que nos alumbra.
¿Quién
podrá guiarnos hoy?, ¿Quiénes son esos
seres humanos que, como Juana de Arco o el pequeño
David, convirtieron una historia con la sola ayuda de su
fe y de su coraje?
Así como en la
muerte individual hay algo que sucede en el espíritu,
y que da lugar a la aceptación de la muerte, es importante
que nuestra cultura termine de deshojarse. Toda conversión,
como la muerte misma, tiene un pasaje, un tiempo para abandonar
los rasgos del pasado y aceptar la historia como se acepta
la vejez. Hacernos cómplices del tiempo para que
caigan los velos y se desnude la verdad simple. Si algo
se les debe a los hombres es la posibilidad de que la verdad
madure y se muestre una vez por entero, sin las distorsiones
de la propaganda o de los oportunismos.
Siento con entusiasmo
esta posibilidad de recomenzar otra manera de vivir. Lo
que ayuda a la decisión es un mar de fondo, que se
ha ido formando a través de hechos aislados que comienzan
a entramarse, imágenes que nos sorprenden, libros
que leemos. La gente que frecuentamos, un sentimiento de
patria cuando estamos en el exilio. Algo diferente que se
valora, que nos asombra y que sentimos como una utopía
que se nos acercara. El cambio se da cuando nuestra mirada
no se separa de ella.
No podemos olvidar que
en estos viejos tiempos, ya gastados en sus valores, hay
quienes en nada creen, pero también hay multitudes
de seres humanos que trabajan y siguen en la espera, como
centinelas. En la historia los cortes no son tajantes, y
ya en las postrimerías del Imperio Romano, sus ciudadanos
frecuentaban a sus vecinos bárbaros, y es seguro
que tendrían amores con ellos; así ya están
entre nosotros los habitantes de otra manera de vivir. Hoy
como entonces hay multitudes de personas que no pertenecen
a esta civilización posmoderna, muchas están
estratégicamente excluidas, y otras muchas parecen
aún formar parte de las instituciones sociales pero
su alma está preñada de otros valores.
El pasaje es un paso
atrás para que una nueva sensación del universo
vaya tomando lugar, del mismo modo que en el campo se levantan
los rastrojos para que la tierra desnuda pueda recibir la
nueva siembra.
¡Si nos enamoráramos
de este pasaje!
¡Si en vez de
alimentar los caldos de la desesperación y de la
angustia, nos volcáramos apasionados, revelando un
entusiasmo por lo nuevo que exprese la confianza que el
hombre puede tener en la vida misma, todo lo contrario de
la indiferencia! Dejar de amurallarnos, anhelar un mundo
humano y ya estar en camino.
*epílogo
de "La resistencia", 2000 |