La alucinación de Núñez*

 

 

De: Rogelio Díaz Costa

 

En el monte, la siesta densa, humeda, tremante, se “achampaba”. En “El Aguila Muerta”, por la quebrada de Astica, Nuñez señaló el rastro del Baudilio.
-¡Por aquí pasó: Aquí va el rastro!
Baudilio había sido un peoncito, que se crió en Las Tumanas. Trabajador como ninguno, un día se perdió sin que nadie supiera cómo. Según Nuñez el muchacho había muerto. El había tenido una aparición llegando a las sierras de Elizondo, en la cual Baudilio le había contado su aventura, y cómo se había acordado de Nuñez al momento de morir.
Una mirada excéptica soltó la lengua de éste. Había sido maestro de Baudilio y lo conocía bien. No era un crédulo aunque en el monte hay muchas cosas inexplicables.
-Buscaba un patrón justo –empezó diciendo- que no mintiera ni robara el trabajo de los demás. Era tan pobre que ni un burro tenía, por eso le puso al talón por esa quebrada. Los “Bumbunes” roncaban entre los molles, igual que ésos, y un lagarto panzón hacía acrobacias entre las piedras.
De repente sintió que andaba cerca. Desconfiado se paró. Ahí nomás, cerquita, había un viejo descansando. Agúaitó. La ropa no decía mucho pero el hombre tenía cara de bueno. La barba, larga y blanca, ayudaba a parecerlo. Los ojos aseguraban que sí.
- Si será justo?
Se acercó.
- Cómo le va, don?
- ¡Bien, hijo – descansó- Hace tanto calor!
Le gustó más. La voz era más buena todavía.
- ¡Así es, hace calor!
-¿Y tú? ¿Qué haces, hijo, a esta hora y en este lugar?
-¡Busco conchabo!
-Pues si lo necesitas, conmigo lo tienes!
- ¡Es que yo busco un patrón justo. Sino, no hay tu tía!
-¡Espero serlo! ¡Tu verás!
Le pareció bien y decidió aceptar, pero quizo asegurarse.
- Pero no me ha dicho ¿quién es Ud.?
- ¡Soy Dios, hijo! …..
Baudilio no lo dejó terminar.
- ¡Párese en ese altito, señor Dios: ¡Con Ud. No me conchabo!
- Por qué, hijo? Qué te he hecho? ¡Creí que buscabas un patrón justo!
- ¡Por eso! ¡Ud. No es justo!
-¿Estás seguro de que así lo crees?
- ¡Seguro! A la prueba me remito. Ud. le da muchos hijos a los pobres y a los ricos uno o dos. ¡No hay más que hablar!
Y dejando a Dios con la boca abierta se largó por el mismo camino que traía al anciano.
Pasaron algunos años y Baudilio no encontraba a nadie. Tenía la sensación de que caminaba en redondo, pero estaba seguro de queno. Empezaba a cansarse y le entraron ganas de volver.
-Mañana será otro día –pensó, y se hechó a dormir.
La algazara del amanecer lo despertó. El sol pintaba el monte. Desde una loma, entre unas truscas, un puma lo miraba. Lo corrió a pedradas. Las catas y los loros se farseaban escandalosamente. Dos perdicitas pasaron corriendo como el agua de una acequia. En un árbol medio seco se arrugaba un jote. Sintió sed. Se echó al hombro las alforjas y buscó un arrollo. Un ruido raro lo paró en seco. Junto al arroyo bebía un caballo ensillado, negro, menos el chapeado de plata, que cubría la montura.
-¡Diántre! ¿Cómo hará para cargar tanta plata?
En eso vio el dueño.
-¿Qué anda haciendo amigo?
Baudilio lo observó. Alto, elegante, vistoso, todo de negro, botas nuevas, sonriente y de aspecto atrevido. Pero no parecía malo, más bien tunante.
-¡Vengo “al agua”! ¿Y Ud.?
- Y’diai! Descanso.
-Ya veo
Bebió, se limpió la boca con la manga y se volvió al hombre que lo miraba curioso.
-¿Viajando o cuidando?
- ¡Viajando! Busco conchabo
- Yo preciso un peón: ¿trato hecho?
-Puede ser. Pero antes quisiera saber con quien trato.
- Soy el Diablo
- ¿Ud.? ¡Qué esperanza: con Ud. no me conchabo. Yo busco un patrón justo.
- ¿Y quien te ha dicho que no lo soy?
- Ni soñarlo. Ud es un mentiroso! – y antes de que el Diablo alcanzara a decir esta boca es mía – ya Baudilio caminaba con las alforjas al hombro.
-Por aquí pasó. El me lo dijo –explicó Nuñez - ¡Vea! Aquí está el rastro de las “ushutas”… ¿Ve? Y aquí los cascos del caballo.
Era cierto. En la greda se marcaba perfectamente un pie calzado con ojotas, y más allá, la huella de un caballo herrado y unas botas nuevas.
- ¿Si estará en sus cabales Nuñez? Esas pueden ser huellas de cualquiera.
- Si quiere, crea – advirtió Nuñez, adivinandome el pensamiento. Hace muchos años que paso por aquí y el rastro siempre está igual. Puede preguntar.
Parecía cierto. Además yo ya empezaba a estar preso de esa alucinación del monte que predispone a creer en todo lo que se afirma. La siesta, el sopor de la hora, la magia de la selva. El rastro parecía viejo y estaba bien marcado.
Nuñez se mojó las manos en el arroyo. Estaba en cuclillas. Detrás de él, en la roca, se prendían cientos de flores del aire sobre las grietas. El perfume de la quebrada era espeso, mareaba. Nuñez se quedó mirando el agua. Esperé.
- Baudilio anduvo muchos años. Ya había resuelto volver, convencido de que nunca encontraría un patrón justo. Tomó la primera senda para regresar.
- Si encuentro a Dios, me conchabo!
Precisamente en ese momento advirtió a una mujer muy delgada, pálida, no mal parecida pero triste. Descansaba sentada en una piedra en la que había apoyado un bastón o cosa parecida. Baudilio se le arrimó , por si la mujer estuviese enferma.
- ¿Qué le pasa doña? ¿Está enferma?
- ¡Cansada nomás, mozo! ¿Y a Ud.? ¿Qué le trae?
- Buscando conchabo.
- Vaya. ¿Y tan lejos? Por aquí no creo que halle. Pero si no es más que eso, yo necesito quien me acompañe, tengo mucho trabajo y viajo bastante.
- Me gustaría pero antes quisiera saber quién es mi patrona.
- Soy la muerte. Recojo a los que finan en este mundo.
- ¡Con Ud. sí me conchabo! ¡Lo que busco es un patrón justo y Ud. es muy justa!
- ¿Cómo es eso?
- Clarito, pues: Usté se lleva lo mismo al pobre que al rico; al grande que al chico; al joven y al viejo. ¡Es justa! Trato hecho. Si no se ofrece otra cosa.
- No. Sólo acompañarme.
Y Baudilio se quedó con la Muerte. La acompañaba a todas partes. A veces se sentía cansado, pero le hacía el empeño. En ocasiones se lo pasaba sin hacer nada en la estancia de su patrona. Una casa enorme en medio de las sierras. Nadie iba por allá, así que él dormía tranquilo o araganeaba de lo lindo mirando dar vueltas al sol. Aunque nada tenía que gastar, su patrona le pagaba puntualmente. Ya había hecho una buena carga. Jamás lo regañaba. Bueno, tampoco hablaba con él como no fuese para avisarle que debían viajar. Así, Baudilio conoció muchos lugares que ni había soñado que existieran.
En cierta ocasión que estaba en la estancia, el muchuacho notó que bajo unos cañares se veían luces. No hizo caso, pero las luces lo llamaban. Las siguió, pero aquellas se alejaban, hasta que al fin llegó a una pieza enorme, sombreada por los quebrachos viejos, a la que nunca había entrado; ni noticia tenía de ella. Como la patrona lo le había prohibido nada se acercó y miró dentro. Estaba llena de velas encendidas. Esas eran las luces que lo llamaban. Algunas muy grandes, otras regulares; las había –en gran cantidad- chiquitas, por apagarse. Pero las más estaban apagadas.
- Parece un cementerio pa’l día’ e’ las ánimas!
En eso le tocaron el hombro. Pegó un salto. Era su patrona.
- ¿Qué está agüaitando?
- Eso! ¿Por qué tantas velas?
- Son las almas: esas apagadas son los muertos; las grandes los que tienen todavía mucha vida; las chicas los enfermos; las que pestañean los moribundos. Por eso sé donde tengo que ir.
Baudilio se quedó pensando. Le picó la curiosidad y se acercó a su patrona que estaba anotando en un papel las velas que pestañeaban.
- Digame patrona. Yo tambien quisiera saber ¿Cuál es la vela mía?
- Esa – y le indicó una velita que pestañeaba, se apagaba, se encendía y empezaba a hechar humo.
Baudilio se sobresaltó.
- Pero Ud. no se irá a llevar a su peoncito ¿Verdad?
- ¿Y por qué no? ¿No dijiste que era justa?
Y la vela se apagó.
Baudilio se acordó, justo en ese momento de mí. Fue el momento en que yo lo vi, llegando a la sierra. Por eso conozco la historia. El me la contó entonces.
Sentí un escalofrío, monté y regresamos.
- Amargo ¿no? – me dijo Nuñez
No se si contesté. No he vuelo al “Aguila Muerta”, a ver el rastro de Baudilio.