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José Gabriel
Condorcanki Noguera Túpac Amaru, cacique de Pampamarca,
Tungasuca y Surimana, tenía un origen ilustre y simbólico.
Descendía en línea recta de doña Juana
Pilcowaco, hija del último inca Túpac Amaru,
ajusticiado por el virrey Toledo en la plaza del Cusco el
año 1572. Su genealogía estaba oficialmente
reconocida por sucesivos virreyes desde 1609 y acatada por
los corregidores del Cusco y Tinta... José Gabriel
nació en la provincia de Tinta, probablemente en
el pueblo de Surimana -lugar de residencia de su padre,
el gobernador-, el 19 de marzo del año 1738. Era
hijo segundo de don Miguel Condorcanki y de doña
Rosa Noguera... Su madre murió repentinamente y fue
enterrada en el pueblo de Surimana a la edad de 30 años.
Más tarde, al fallecer el primogénito Clemente,
José Gabriel quedó como único y legítimo
heredero del cacicazgo paterno. Al enviudar, don Miguel
casó con doña Ventura Mojarras, criolla del
pueblo de Tinta. El matrimonio tuvo un hijo, llamado Juan
Bautista. Si José Gabriel fallecía o por algún
motivo renunciaba, el título recaería sobre
su medio hermano... Cuando el niño José Gabriel
quedó huérfano, desempeñaron sucesivamente
el papel de tutores y caciques interinos sus tíos
paterno y materno. Con el fin de dar al niño una
educación esmerada, se escogió como maestros
suyos a eclesiásticos que a la vez que lo instruían
educarlo religiosa y moralmente. Tendría 10 años
cuando ingresó en el Colegio de Caciques de San Francisco
de Borja, en el Cusco. Por su aplicación y buena
conducta fue muy apreciado por sus maestros. Años
más tarde estando en Lima por asuntos judiciales,
su constante interés en aumentar sus conocimientos
parece que lo llevó a escuchar clases de Artes en
la Universidad de San Marcos.
A los 20 años contrajo matrimonio
(25 de mayo de 1760) con doña Micaela Bastidas Puyucawa,
natural del pueblo de Pampamarca. De esta unión nacieron
tres hijos varones: Hipólito en 1761, Mariano en
1762 y Fernando en 1768. Todos los hijos del cacique fueron
bautizados por el cura Antonio López de Sosa. Y en
el nuevo hogar, Túpac Amaru respondió al apelativo
íntimo de "Chepe" y su esposa al de "Mica"
o Micaco".
Fue sólo a fines de 1766, pasados
los 25 años, cuando comenzó a reclamar su
reconocimiento oficial como cacique y pedir la ratificación
de su calidad de legítimo descendiente del Inca Túpac
Amaru. Además del título de cacique, como
herencia recibió 70 piaras de mulas con las que se
dedicó al transporte de mercancías, ganando
el mote de "arriero".
Túpac Amaru y
el Inicio de la Emancipación
Dentro de la cronología de la historia
peruana, se ha llegado a establecer últimamente que
la segunda mitad del siglo XVIII forma parte de un proceso
emancipador. Es difícil precisar cuándo empieza
este proceso que se manifiesta primero en las conciencias.
La emancipación es inicialmente problema íntimo
y personal, y después comunitario. Sus primeros síntomas
se descubren en el ámbito personal, de allí
la dificultad de establecer su punto de partida. Pero es
necesario señalar un momento que sea el inicial,
aquel, "en que los fermentos revolucionarios del siglo
produzcan en nuestra superficie histórica algún
disloque, alguna violencia capaz de transferir de un modo
claro y patente al plano de las conciencias lo que ha estado
operando latente y subconscientemente".
En otras palabras, debemos precisar un hecho
que ponga de relieve una serie de circunstancias que se
encontraban ocultas al ánimo de las gentes. Ese momento
estaría en 1780, año en que José Gabriel
Túpac Amaru se levantó contra el abuso del
corregidor y la mala organización del trabajo en
las minas. Su movimiento produjo "una profunda conmoción
en el Perú, grandes transformaciones intemas y amplias
resonancias americanas. La sostenida actitud rebelde del
cacique, sus indudables lecciones de valentía y arrogancia
frente a la autoridad española, el prestigio mítico
de las reminiscencias incaicas que gustaba usar, su hondo
espíritu de justicia social, la crueldad de la represión,
el triunfo claro de muchos de los postulados y de las banderas
de levantamiento, su presión a los Corregidores,
la creación de la Audencia del Cusco, el cambio y
la novedad que van a traer las Intendencias, todo confiere
a la fecha un innegable valor de arranque". Como bien
dice César Pacheco, no existe en la mitad del siglo
XVII otro acontecimiento de mayor trascendencia para el
Virreinato peruano, que el levantamiento de Túpac
Amaru. Por eso lo consideramos como el inicio de nuestra
etapa emancipadora, porque representa el momento en que
se actualizan los gérmenes revolucionarios que desde
épocas anteriores se han ido formando a lo largo
del territorio
Veamos como se sucedieron
los hechos:
En 1776 el Inca presentó una petición
formal para que los indios fueran eximidos del trabajo obligatorio
en las minas. La Audiencia de Lima respondió con
una negativa rotunda. Ante esto Tupac Amaru decidió
adoptar medidas más radicales. En 1780 apresó
y ejecutó al corregidor de la ciudad de Tinta. Los
indios del virreinato del Perú se sublevaron en pos
de Túpac Amaru, quien se había proclamado
soberano en 1780. Se inició así nada menos
que la más retumbante y estremecedora rebelión
de masas jamás enfrentada en estas tierras americanas
por el imperio español.
Nada impidió que los rebeldes se reunieran
y se dirigieran a Cuzco, que sin embargo, no pudo ser tomada,
debido a que el inca Tupac Amaru se retiró por falta
de municiones. A pesar de haber organizado un ejército
compuesto de 10.000 indios, el inca sufrió una derrota
en un primer combate antes de poder asegurar sus posiciones.
Entregado a los españoles por un traidor, el Tupac
fue tomado prisionero y torturado para intimidar a los demás
y acabar con la rebelión que crecía sin cesar.
Los españoles creyeron desesperarlo matando en su
presencia a su mujer y a su hijo mayor.
Como se negó a informar sobre sus
planes sediciosos, se le arrancó la lengua. Acto
seguido, ataron sus pies y manos a cuatro cuerdas para que
de ellas tirasen sendos caballos y lo descuartizaran. Como
estos no consiguieron partir el cuerpo del indio que lo
sufría todo sin quejas, se le cortó la cabeza,
poniendo fin a la tortura.
Con la eliminación del cabecilla de
la rebelión, los españoles y los criollos
aliados lograron detener este grandioso movimiento de masas
que no obstante siguió dando que hacer durante meses,
antes de haber sido apagado su fuego en forma total.
Micaela Bastidas
Josefa Puyucahua entró en relaciones
con un Manuel Bastidas, seguramente negroide, y de esta
unión natural nació una niña que bautizaron
Micaela Bastidas Puyucahua. El nacimiento ocurrió
en Pampamarca por 1742. De su infancia no sabemos nada.
Debió crecer al lado de sus padres y de sus hermanos
Antonio y Miguel, también de sus tíos matemos...
Nada más puede decirse, salvo que la niña
se hizo mujer y esto lo vio Parnpamarca. Tuvo porte distinguido
y belleza algo
extraña: era esbelta de cuello, en
la Sierra cosa infrecuente, señalando un testimonio
de inspiración dieciochesca que fue "mujer notable
por su hermosura". Intuimos que su belleza no fue estrictamente
andina, sino que también influía su sangre
africana. No en vano, años después, sus enemigos
se referían a ella motejándola de "zamba".
En todo caso era bella, de energía nada común
y de personalidad acusada. No tendría veinte años
cuando la pretendió José Gabriel. Formalizada
la situación, Micaela pasó con sus padres
a Surimana, los cuales comienzan a figurar como "espaiíoles
de dicho pueblo", y Manuel Bastidas a anteponerse un
"Don" a su nombre. Se presume que el joven curaca
dio facilidades a sus futuros suegros para cimentarse en
el lugar, porque de otro modo habrían seguido residiendo
en Pampamarca. La boda se efectuó en la iglesia del
pueblo de Nuestra Señora de la Purificación
de Surimana, en el altar mayor que todavía existe,
el 25 de mayo de 1760. El matrimonio fue de españoles
desde el ángulo social, fue indio desde el ángulo
curacal y fue mestizo desde el ángulo racial pero,
por encima de todo, el matrimonio cristiano don José
Gabriel y Micaela estaba llamado a convertirse en un matrimonio
histórico. De la unión matrimonial de José
Gabriel y Micaela vinieron al mundo tres hijos:
Hipólito, el primogénito, nacido
en Surimana en 1761. Mariano, que vio la luz en Tungasuca
el 17 de setiembre de 1762. Y Fernando, nacido también
en Tungasuca en 1768. Sabemos que en la intimidad este hogar
era feliz .
"El papel que desempeñó
doña Micaela Bastidas Puyucawa tiene capital importancia
para conocer la rebelión de Tinta. Puede asegurarse
que, desde el primer momento, ella fue el principal consejero
de Túpac Amaru, junto al rumoreado Consejo de los
Cinco. Y aunque el caudillo actuó mediante decisiones
propias, por sus ideas e iniciativas aparece la figura de
esta enérgica y prócer mujer con los caracteres
de un personaje de valor innegable". C.D. Valcárcel.
Op. Cit.
Túpac Amaru y
el Mesianismo Andino
Para que Túpac Amaru se presentara
como mesías bastaba que fuera reconocido como Inka;
ciertamente, esto es ente de la interpretación de
las autoridades españolas de la época, pues
para ellas Túpac Amaru actuaba únicamente
con un criterio polftico, pero para el hombre andino su
gesto hallábase cargado de un simbolismo sagrado,
marginal incluso al reconocimiento que las autoridades españolas
pudieran hacer de su condición de descendiente de
los incas cusqueños. Esto último bien podría
estar dirigido a lograr prestigio entre los sectores más
aculturados de la sociedad andina colonial, y también
en el grupo criollo.
Una idea de lo que pensaba la gente andina
sobre Túpac Amaru puede hallarse en los bandos que
fueron emitidos en sublevaciones vinculadas a la suya, o
derivadas de ella, donde aún después de ejecutado
el dirigente cusqueño se le presentaba como morador
en el Gran Paititi, y se le reconocía como Inka;
tal ocurrió en Huarochirí en 1783. En téminos
generales, los dirigentes tupamaristas empleaban un prestigio
sagrado reconocido por la gente que los seguía; mencionábase
entre otros el caso de Pedro Challco, ayacuchano, de quien
se afirmaba que había hecho milagros, por ejemplo,
salvando el ganado despeñado. Se mantuvo, entonces,
al interior de la sublevación de Túpac Amaru,
el prestigio religioso tradicionalmente reconocido a los
curacas y, por cierto, al Inka, y también se hizo
uso de estas atribuciones para otorgar al pasado incaico
la imagen de una edad de oro, a la cual se merecía
y ansiaba volver. Ello iba de la mano con el cultivo deliberado
del propio pasado, ahora concebido como esperanza recuperable.
Por ello extraña que desde mucho tiempo antes del
estallido de la rebelión de Túpac Amaru, la
gente andina hablara del tiempo del Inka como una época
idealizada y gloriosa.
La prohibición
de los "Comentarios Reales"
En 1782 las autoridades españolas
prohibieron cualquier libro que otorgara a la época
del Tahuantinsuyo la imagen de una edad de oro a la que
había que retornar. Por este motivo, la circulación
de la obra los "Comentarios Reales" del lnca Garcilaso
de la Vega fue considerada políticamente peligrosa
para la población.
La Muerte de Túpac
Amaru
Por Jorge Gonzales Aguirre.
Cerró la función -dice un testigo
ocular de los hechos- el rebelde José Gabriel, a
quien se te sacó a media plaza. "El verdugo
le cortó la lengua y le despojó de los grillos
y esposas. Lo tiraron al suelo y le ataron a las manos y
pies cuatro lazos que ya estaban asidos a la cincha de cuatro
caballos montados por mestizos que tiraban en direcciones
distintas. Sin embargo, no lograron su propósito.
La extraordinaria fuerza física del descendiente
de los Incas resistió a la de los caballos, que no
pudieron seccionarlo. Túpac Amaru estaba en el aire
semejando "una araña gigantesca". Dice
Valcárcel que en ese momento el pequeño Fernando
que espectaba el cruel sacrificio "dio un grito tan
lleno de miedo externo y angustia interior que por mucho
tiempo quedaría en los oídos de aquellas gentes..."
Se había cumplido la sentencia. José Gabriel
Túpac Amaru, el último descendiente de los
Incas, había sido ejecutado. Ejecutado, sí,
pero no derrotado. Efectivamente, desapareció el
jefe rebelde, otros tomaron la dirección del movimiento.
Mucho tiempo después aún continuaba la lucha
en Charcas y la represión en todo el Perú.
Pero el curaca que se había levantado en busca de
justicia no murió vanamente. Los corregidores y sus
repartinúentos fueron suprinúdos, como él
pedía, y en su lugar se estableció el régimen
de las Intendencias. La creación de la Audiencia
del Cusco, otro de los postulados de la rebelión,
se hizo realidad años después. El curaca mestizo
proyectaba -después de muerto- su personalidad y
pensanúento en la vida de la nación que ya
surgía. Las reformas que se establecieron dieron
la razón al desaparecido rebelde. Eran el triunfo
póstumo de una vida ansiosa de justicia.
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