| Soy
un perro sin dueño. O mejor, un perro con muchos
dueños.
Seguí tras las huellas de muchos
hombres y mujeres de la historia y puedo contar cosas que
nadie vio.
¿Soy un perro inmortal?
Quizás...
Dejo a tu imaginación, estimado lector/a
que pienses como más te agrade, aunque a mí,
me gusta considerarme como la encarnación del alma
de muchas personas... personas que pasaron por la vida dejando
una marca, chica o grande, profunda o superficial, útil
o inútil.
Por eso, para poner en el banquillo y juzgar
la utilidad o inutilidad de algunas cosas que hicieron estas
personas (estos raros y conflictivos personajes llamados
humanos), les quiero contar algunas cosas que vi y viví...
Que por qué hay que juzgar si fueron
útiles o inútiles esos hechos?... bueno, porque
fueron cosas que tuvieron repercusión sobre muchos
humanos... fueron personajes que gobernaron países,
que tomaron decisiones trascendentales, que firmaron Leyes
y Resoluciones de las cuales dependían la vida, la
felicidad y el destino de mucha gente. gente igual a ellos,
claro, pero como entre los humanos vale aquello de que unos
mandan y otros obedecen... (dicen que se llama civilización)...
en fin ellos sabrán!
La muerte de Juan Lavalle
Y me estoy acordando de cuando seguía
tras la columna de aquel romántico e iluso argentino,
allá por 1841, por las quebradas cordilleranas, en
el norte del país...
Qué marcha aquella!!!!.... días
y noches, continuamente perseguidos por la oposición
de un matón llamado Oribe, mientras Juan Lavalle,
mi dueño por ese entonces, solo buscaba llegar a
la frontera con Bolivia para salvar a sus soldados.
Quijotesco Juan Galo de Lavalle!!!... Iba
tan torturado!!!... nosotros, los perros, podemos captar
el estado del alma de los humanos, y yo veía que
la suya estaba muy torturada en esos días.
Es que el pobre había tenido que
tomar muchas decisiones en los últimos años,
y algunas de ellas no le gustaron ni a él mismo!!!...
cómo podía esperar entonces que la gente lo
comprendiera?....
Al principio, cuando vivía con él
en Buenos Aires o cuando hicimos la guerra contra Brasil,
lo vi muy resuelto y lleno de ideales...
Su figura parecía agigantarse cuando
exponía sus planes a otros compañeros. Había
que salvar a la Patria!.. había que organizarla,
había que... Tanto había por hacer en la Argentina
de aquellos tiempos.
Creo que fue unitario desde siempre... un
poco por tradición, un poco por adherir a principios
en boga en aquella época y quizás también
una buena parte por oponerse a la tiranía que él
veía, se enseñoreaba en el gobierno de Rosas.
Lo rebelaba (y cómo!) ver que la
gente humilde fuera manejada así... Lo rebelaba el
no poder decir y escribir lo que pensara. Lo rebelaba ver
como el espionaje, la delación y la tortura, eran
los instrumentos preferidos de ese tocayo suyo, que, de
patrón de estancia, se convirtió en político.
Pero doy fe que también lo rebelaban
las traiciones sutiles, los enredos políticos y el
clasismo que solía verse en su grupo unitario.
Así que desde ahí, podría
decirles que el General Juan Galo de Lavalle era ya un torturado.
Organizó en 1840 su invasión
a Buenos Aires para derrocar a Rosas y les aseguro que,
mientras avanzábamos hacia la capital, Juan Galo
revivió, día a día, minuto a minuto
aquella otra invasión, la de 1828, que tanto marcaría
su vida...
Fue en aquél año cuando se
le mezclaron la gloria y la derrota, el éxito y el
trágico error.
Y yo sé que ahora, en 1841, huyendo
a todo galope por la precordillera rumbo a Bolivia, todavía
está pensando en aquella decisión, tomada
entre gallos y medianoche, de fusilar a su antiguo camarada,
Manuel Dorrego.
Todavía hoy lo corroe la duda: hizo
bien o hizo mal?.. se dejó influenciar por los doctores
de Buenos Aires?.... Se lo perdonará Manuel en el
más allá?....
Aquella aventura de 1828 le había
dado su momento de gloria (fue elegido gobernador de Buenos
Aires), pero sus acciones militares dentro del país,
parecían condenadas al fracaso...
Luego, en la de 1839-40, le había
pasado algo similar... no podía vencer a los federales...
Sauce Grande, Quebracho Herrado, Machingasta,
Rodeo del Medio y por último Famaillá
Yo veía que cuando tenía que
tomar decisiones militares para luchar contra sus hermanos,
no era el mismo Lavalle de la Guerra contra Brasil... Allá
sí que hizo valer su genio!....
Será que en el fondo sabía
que luchar contra sus compatriotas era traicionarlos un
poco?
Ahora, en 1841, viéndolo sobre su
tordillo, melancólico y pensativo, huraño
y reconcentrado, me doy cuenta que el remordimiento y la
duda lo corroen desde hace mucho...
Lo único que hace brillar sus ojos
con aquel fuego de antaño, es el deseo de salvar
a sus fieles soldados... no podía dejarlos perecer
bajo las lanzas de Oribe que ya le pisaba los talones.
En la noche del 9 de octubre de 1841, vi
que, habiendo dejado a sus hombres descansar en un campamento
improvisado, fuimos con Juan y un grupo de oficiales, a
una casona de Jujuy a pasar la noche.
Estaba más reconcentrado que nunca...
Pude adivinar que su alma torturada se preguntaba
cuánto tiempo más debía pasar por todas
estas cosas..... huidas y ataques, avances y reculadas,
así habían sido permanentemente sus últimos
años.
No había tenido tiempo para la vida
social, no había tenido tiempo suficiente para el
amor, no había tenido el hijo deseado.
Así, con ese estado de ánimo
que parecía generalizado en el grupo, llegamos a
una casona donde pasaríamos algunas horas, para partir
al alba, continuando la desesperada búsqueda de la
frontera.
Sin embargo, yo presentía algo raro.
Olfateaba en el aire un vago aroma a desgracia, y los hechos
que siguieron me dieron la razón.
A medianoche Juan escuchó un rumor
de tropas frente a la casa y voces pidiendo identificación.
Yo esperé la orden para huir por
atrás, otros habrán pensado en resistir, pero
Juan me miró profundamente, me acarició la
cabeza y despidiéndose con la mirada, lo vi partir
hacia la puerta de entrada.
Hoy puedo reconstruir en una especie de
cámara lenta, los escasos segundos que duró
aquello.
Juan enfocó el pasillo que daba hacia
la puerta de entrada con decisión, mientras su alma
pensaba en Manuel, en la Patria, en Damasita Boedo, en la
orden de fusilamiento firmada en 1828, en el pueblo que
lo aclamaba gobernador...
Contra toda la lógica humana y militar
su mano se alzó hacia la cerradura y al abrirse la
puerta, se mezclaron en su mente, la ultima imagen de Manuel
escribiendo sus cartas póstumas, con los fogonazos
de las armas de la partida que esperaba fuera.
El silencio y la nada cubrieron el cuerpo
y el alma de Juan Galo de Lavalle mientras caía cerrando
nuevamente la puerta con su cuerpo.
Lo que siguió fue aún más
rápido y confuso. Gritos y corridas (adentro y afuera.
Nos llevamos el cuerpo de Juan huyendo por el fondo de la
casa. Llegamos al campamento y vimos que todos estaban listos,
como presintiendo algo.
Huimos de noche, tumultuosamente, desordenadamente...
aterrorizadamente.
En unos días más, logramos
cruzar la frontera y llevar los huesos del general a un
lugar seguro. Tuvimos que descarnarlo y conservamos su corazón.
Dejé de ser el perro de Juan Galo
de Lavalle para seguir otros rumbos, pero si pudiera explicarles
a los humanos el porqué de los hechos de aquella
noche, les diría que Juan se había cansado.
En esos segundos que transcurrieron mientras cruzaba el
pasillo rumbo a la puerta, sintió que toda su vida
había sido un fracaso y que su mayor error fue ejecutar
a Manuel.
Se sintió preso de los recuerdos
y atado a los manipuleos de los políticos. Su decisión
tardó en llegar, lo que sus pasos demoraron en alcanzar
la puerta. Abrirla fue una liberación. Allá,
en el tribunal del creador, podría explicar lo que
aquí nadie le quiso entender. |