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Revista digital de cultura y humanidades dirigida por Cintia Vanesa Días

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Un perro en la guerra fría

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La noche triste de Hernán Cortés por: Prof. Jorge Bezzi

Podría decir que estuve hibernando, pero eso es más propio de mis parientes lejanos los osos.

Digamos que he pasado una larga temporada recuperando fuerzas o durmiendo para ser más simples. Confortablemente enroscado y al calor de un fuego amigo, todo este último tiempo se me fue en recuerdos y sueños. Y fruto de eso son algunas de estas historias que, a pedido de “la jefa”, les volveré a contar desde mi particular punto de vista.

Y permítaseme también hoy, en homenaje a quienes recién leen estas páginas por primera vez, explicar nuevamente que soy un perro que vivió muchas aventuras acompañando a personajes que, (iba a decir destacados) por una u otra razón quedaron escritos en los Grandes Libros de la Historia de la Humanidad. Y yo viví junto a ellos, generalmente como simple observador, muchos momentos que fueron trascendentes y puedo contarlos desde otro punto de vista, el que puede tener un perro que oyó y vio cosas que pocos humanos oyeron o vieron.

Precisamente, en este período de somnolienta recuperación, recordé lo vivido en México, o mejor dicho en lo que entonces era el imperio Azteca, allá por el 1520.

Lo que voy a contar, aparece nítido en mi memoria, así como la imagen de un duro conquistador llorando. Bajo un inmenso ahuehuete, Hernán Cortés daba rienda suelta a su desgarrador y entrecortado llanto. El gran árbol de Tule, daba cobijo al exhausto y malherido grupo que pocas horas antes había sido protagonista de una odisea terrible.

Y viéndolo así, llorando y reprochándose culpas o errores, no pude menos que rememorar las horas anteriores vividas al filo de la muerte y de las que también yo escapé por milagro.

Tenochtitlán, la gran capital del imperio azteca, enclavada en el centro de un gran lago, hervía de agitación y movimiento. Los mercados bullían con su ensordecedor ruido. Las canoas viajaban por el lago llevando y trayendo mercancías, compradores y curiosos. Pero, las casi quinientas mil almas que la habitaban tenían una sombra de tristeza en sus semblantes.

Moctezuma, su emperador, su dios terreno, su señor, languidecía en la prisión que mi amo, el conquistador español Hernán Cortés le había impuesto.

Había sido capturado en singular golpe de audacia y, si bien llevaba una vida tranquila, su real ánimo se apagaba día a día. Sus súbditos, al principio mansos y resignados, habían cambiado esa actitud por un cada vez más peligroso asedio al cuartel general donde estaba el real prisionero.

Cortés decidió obligar a Moctezuma a mostrarse ante su pueblo quizás para que vean que estaba vivo, pero también para que les ordene la retirada. Afuera, los aztecas acaudillados por Cuitlahuac aumentaban su presión con gritos y proyectiles, amenazando atravesar murallas y matar a todos.

El emperador accedió y fue llevado a la azotea, cubierto con su manto imperial blanco y azul, de plumas de quetzal. Al aparecer, la turba se apaciguó y un silencio sepulcral invadió la escena. Pero cuando comenzó a hablar diciendo que los conquistadores eran amigos y ordenando el desarme, el griterío recomenzó y una lluvia de proyectiles cayó sobre ellos hiriendo gravemente al monarca en la cabeza.

Rápidamente fue llevado adentro y atendido, pero murió a las pocas horas. También rápidamente la noticia circuló por toda la ciudad.

Los sitiadores recomenzaron los ataques cada vez más feroces y eran miles los que se lanzaban en furiosas oleadas para derribar las murallas. El agua y los alimentos comenzaron a faltar y el hambre y la sed, cual buitres silenciosos, comenzaron a sobrevolar el cuartel de los conquistadores.

Yo observaba todo esto escondido y sin participar en nada, porque si bien había estado en otros combates, ninguno tenía la ferocidad de éste y ninguno había visto yo con tan pocas perspectivas de escape. Era el anticipo de una muerte segura.

Al cabo de tres días, Cortés decidió que la única manera de salvarse era huyendo por la noche, sigilosamente, rumbo a Tlaxcala, donde los tlaxcaltecas amigos y un resto de su propia tropa podían defenderlos.

Rápidamente dio las órdenes precisas: debía abandonarse todo peso innecesario (“que cada uno haga lo que quiera con su parte de oro” dijo). Esa noche del 30 de junio de 1520 fue la fijada y así, silenciosamente comenzamos a caminar por la calzada de Tacuba, rumbo a tierra firme.

Se había previsto llevar un puente móvil para cruzar los huecos de la calzada, pero sólo pudo utilizarse la primera vez, pues el peso de todos lo enterró de tal manera que fue imposible sacarlo.

Mientras marchaba al lado de mi amo, recordaba, en resaltante contraste, la entrada a Tenochtitlán, poco tiempo antes, en medio del boato y de las reverencias de los aztecas que nos consideraban dioses. El mismísimo Moctezuma, ataviado con su ropaje real y sandalias de oro, había salido a saludarnos y ahora... huíamos en la más vergonzosa retirada de la que se haya tenido noticia.

Sin embargo, con algunos incidentes, la retirada continuaba en silencio y lentamente. Al llegar al segundo hueco en la calzada, fue menester atravesarlo nadando y allí comenzó el desastre, pues el excesivo peso que llevaban muchos soldados en su ambicioso afán de no desprenderse del oro acumulado y el nerviosismo de los caballos y de todos en general, hicieron que muchos perecieran ahogados y los gritos alertaron a los aztecas quienes prontamente se acercaron con canoas y comenzaron a darnos batalla.

Vi que Cortés personalmente luchó con denuedo pero no pudo evitar la espantosa masacre de cientos de soldados e indígenas aliados, entre ellos los hijos del mismo Moctezuma que nos acompañaban en carácter de prisioneros. Los que pudieron salvarse, entre ellos Cortés y yo, pudimos llegar cansadamente a la ciudad de Tacuba, pero tampoco allí pudimos descansar y tuvimos que dirigirnos a un templo fortificado en una colina donde encontramos provisiones y pudimos reposar.

Allí fue que, por estar junto a mi amo, pude verlo llorar junto al inmenso ahuehuete por aquella “noche triste” como dieron en llamarla los conquistadores.

Mi filosofía canina me llevó, al recordar el episodio, a cavilar sobre esa denominación... “noche triste”. Triste sí, pero ¿para quien?... ¿que podríamos decir de los innumerables “días tristes” que, para los aztecas, la antecedieron y aún más, la siguieron en el tiempo?...

¿Qué podríamos decir de los millones de naturales muertos por las distintas formas de invasión de los conquistadores? (enfermedades, armas de fuego, caballos, codicia, engaños y una larguísima lista de mentiras y promesas que los sometieron durante mas de 300 años).

Hernán Cortés lloró bajo aquel ahuehuete, y sus lágrimas de rabia contrastaban notablemente con las de dolor e impotencia de las miles de mujeres aztecas, cempoaltecas y tlaxcaltecas, que vieron derrumbarse en pocos meses, una civilización autóctona a manos de ambiciosos conquistadores cuya única meta era el oro, y su llanto, más que triste, fue agónico.

 

 

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