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Podría decir que estuve hibernando, pero eso es más
propio de mis parientes lejanos los osos.
Digamos que he pasado una larga
temporada recuperando fuerzas o durmiendo para ser más
simples. Confortablemente enroscado y al calor de un fuego
amigo, todo este último tiempo se me fue en recuerdos
y sueños. Y fruto de eso son algunas de estas historias
que, a pedido de “la jefa”, les volveré
a contar desde mi particular punto de vista.
Y permítaseme también
hoy, en homenaje a quienes recién leen estas páginas
por primera vez, explicar nuevamente que soy un perro que
vivió muchas aventuras acompañando a personajes
que, (iba a decir destacados) por una u otra razón
quedaron escritos en los Grandes Libros de la Historia de
la Humanidad. Y yo viví junto a ellos, generalmente
como simple observador, muchos momentos que fueron trascendentes
y puedo contarlos desde otro punto de vista, el que puede
tener un perro que oyó y vio cosas que pocos humanos
oyeron o vieron.
Precisamente, en este período
de somnolienta recuperación, recordé lo vivido
en México, o mejor dicho en lo que entonces era el
imperio Azteca, allá por el 1520.
Lo que voy a contar, aparece
nítido en mi memoria, así como la imagen de
un duro conquistador llorando. Bajo un inmenso ahuehuete,
Hernán Cortés daba rienda suelta a su desgarrador
y entrecortado llanto. El gran árbol de Tule, daba
cobijo al exhausto y malherido grupo que pocas horas antes
había sido protagonista de una odisea terrible.
Y viéndolo así,
llorando y reprochándose culpas o errores, no pude
menos que rememorar las horas anteriores vividas al filo
de la muerte y de las que también yo escapé
por milagro.
Tenochtitlán, la gran
capital del imperio azteca, enclavada en el centro de un
gran lago, hervía de agitación y movimiento.
Los mercados bullían con su ensordecedor ruido. Las
canoas viajaban por el lago llevando y trayendo mercancías,
compradores y curiosos. Pero, las casi quinientas mil almas
que la habitaban tenían una sombra de tristeza en
sus semblantes.
Moctezuma, su emperador, su
dios terreno, su señor, languidecía en la
prisión que mi amo, el conquistador español
Hernán Cortés le había impuesto.
Había sido capturado
en singular golpe de audacia y, si bien llevaba una vida
tranquila, su real ánimo se apagaba día a
día. Sus súbditos, al principio mansos y resignados,
habían cambiado esa actitud por un cada vez más
peligroso asedio al cuartel general donde estaba el real
prisionero.
Cortés decidió
obligar a Moctezuma a mostrarse ante su pueblo quizás
para que vean que estaba vivo, pero también para
que les ordene la retirada. Afuera, los aztecas acaudillados
por Cuitlahuac aumentaban su presión con gritos y
proyectiles, amenazando atravesar murallas y matar a todos.
El emperador accedió
y fue llevado a la azotea, cubierto con su manto imperial
blanco y azul, de plumas de quetzal. Al aparecer, la turba
se apaciguó y un silencio sepulcral invadió
la escena. Pero cuando comenzó a hablar diciendo
que los conquistadores eran amigos y ordenando el desarme,
el griterío recomenzó y una lluvia de proyectiles
cayó sobre ellos hiriendo gravemente al monarca en
la cabeza.
Rápidamente fue llevado
adentro y atendido, pero murió a las pocas horas.
También rápidamente la noticia circuló
por toda la ciudad.
Los sitiadores recomenzaron
los ataques cada vez más feroces y eran miles los
que se lanzaban en furiosas oleadas para derribar las murallas.
El agua y los alimentos comenzaron a faltar y el hambre
y la sed, cual buitres silenciosos, comenzaron a sobrevolar
el cuartel de los conquistadores.
Yo observaba todo esto escondido
y sin participar en nada, porque si bien había estado
en otros combates, ninguno tenía la ferocidad de
éste y ninguno había visto yo con tan pocas
perspectivas de escape. Era el anticipo de una muerte segura.
Al cabo de tres días,
Cortés decidió que la única manera
de salvarse era huyendo por la noche, sigilosamente, rumbo
a Tlaxcala, donde los tlaxcaltecas amigos y un resto de
su propia tropa podían defenderlos.
Rápidamente dio las
órdenes precisas: debía abandonarse todo peso
innecesario (“que cada uno haga lo que quiera con
su parte de oro” dijo). Esa noche del 30 de junio
de 1520 fue la fijada y así, silenciosamente comenzamos
a caminar por la calzada de Tacuba, rumbo a tierra firme.
Se había previsto llevar
un puente móvil para cruzar los huecos de la calzada,
pero sólo pudo utilizarse la primera vez, pues el
peso de todos lo enterró de tal manera que fue imposible
sacarlo.
Mientras marchaba al lado de
mi amo, recordaba, en resaltante contraste, la entrada a
Tenochtitlán, poco tiempo antes, en medio del boato
y de las reverencias de los aztecas que nos consideraban
dioses. El mismísimo Moctezuma, ataviado con su ropaje
real y sandalias de oro, había salido a saludarnos
y ahora... huíamos en la más vergonzosa retirada
de la que se haya tenido noticia.
Sin embargo, con algunos incidentes,
la retirada continuaba en silencio y lentamente. Al llegar
al segundo hueco en la calzada, fue menester atravesarlo
nadando y allí comenzó el desastre, pues el
excesivo peso que llevaban muchos soldados en su ambicioso
afán de no desprenderse del oro acumulado y el nerviosismo
de los caballos y de todos en general, hicieron que muchos
perecieran ahogados y los gritos alertaron a los aztecas
quienes prontamente se acercaron con canoas y comenzaron
a darnos batalla.
Vi que Cortés personalmente
luchó con denuedo pero no pudo evitar la espantosa
masacre de cientos de soldados e indígenas aliados,
entre ellos los hijos del mismo Moctezuma que nos acompañaban
en carácter de prisioneros. Los que pudieron salvarse,
entre ellos Cortés y yo, pudimos llegar cansadamente
a la ciudad de Tacuba, pero tampoco allí pudimos
descansar y tuvimos que dirigirnos a un templo fortificado
en una colina donde encontramos provisiones y pudimos reposar.
Allí fue que, por estar
junto a mi amo, pude verlo llorar junto al inmenso ahuehuete
por aquella “noche triste” como dieron en llamarla
los conquistadores.
Mi filosofía canina
me llevó, al recordar el episodio, a cavilar sobre
esa denominación... “noche triste”. Triste
sí, pero ¿para quien?... ¿que podríamos
decir de los innumerables “días tristes”
que, para los aztecas, la antecedieron y aún más,
la siguieron en el tiempo?...
¿Qué podríamos
decir de los millones de naturales muertos por las distintas
formas de invasión de los conquistadores? (enfermedades,
armas de fuego, caballos, codicia, engaños y una
larguísima lista de mentiras y promesas que los sometieron
durante mas de 300 años).
Hernán Cortés
lloró bajo aquel ahuehuete, y sus lágrimas
de rabia contrastaban notablemente con las de dolor e impotencia
de las miles de mujeres aztecas, cempoaltecas y tlaxcaltecas,
que vieron derrumbarse en pocos meses, una civilización
autóctona a manos de ambiciosos conquistadores cuya
única meta era el oro, y su llanto, más que
triste, fue agónico. |