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Revista digital de cultura y humanidades dirigida por Cintia Vanesa Días

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Calfucurá y el malón pacífico por: Prof. Jorge Bezzi

El gran jefe detuvo su briosa cabalgadura a pocos kilómetros de la ciudad. Allá, sobre el horizonte, se veían las torres y las casas.

Detrás del gran jefe, más de dos mil guerreros sofrenaban con no poco trabajo, sus caballos de guerra que pugnaban por entrar en acción. Las lanzas enhiestas hacian que el día pareciera lluvioso. Los caballos piafaban y había en la atmosfera, un olor a batalla, mezclado con azufre.

La mano del gran Jefe, levantada, esperaba el momento propicio, el instante (para él mágico y preciso), de ordenar el avance a degüello.

De repente, una figura parda y enjuta apareció, desde la ciudad, galopando hacia ellos. La minúscula estela de polvo que levantaba parecía ridícula comparandola con la que pronto se vería alzada por dos mil furiosos guerreros.

La curiosidad picó al gran jefe y bajó la mano lentamente, posponiendo el ataque.

Adelantó su caballo brioso y salió al encuentro del personaje que llegaba y que resultó ser un sacerdote. Al rato, ambos estaban frente a frente y ni yo ni mis compañeros de jauría, nos ibamos a perder el momento.

Amigos lectores.. si creyeron que el gran jefe era Atila, se equivocaron... Si creyeron que la ciudad era Roma.. pues también se equivocaron y si pensaron que el sacerdote era el Papa Leon I, erraron de medio a medio.

Similitudes?... coincidencias?... conexiones?... si.. la Historia suele repetirse y esta vez el caso es similar al que ya contáramos tiempo atrás.

Formaba yo parte de una pequeña jauría que seguía los pasos de un gran cacique indígena. De origen araucano, llegado al país en la década de 1830, Calfucurá o “Piedra Azul”, había reunido en una gran federación a numerosas tribus pampeanas , con las que se enfrentaba a menudo contra las tropas del ejército de los blancos invasores de estas, ahora sus tierras de la pampa argentina.

Aquel día 29 de octubre del año 1859, habiendo reunido más de dos mil lanceros, se encontraba dispuesto a saquear la ciudad de 25 de Mayo, en la provincia de Buenos Aires, en parte por el botín que preveía jugoso y tentador (comida, bebidas, cautivas, armas, dinero) y en parte por vengar la muerte de su amigo Juan de Dios Veloz, ocurrida en una pulpería de esa ciudad, por obra de un comerciante llamado Pedro Besabé.

Yo formaba parte de una docena de perros que conviviamos, algunos con los guerreros o, como en mi caso, con el cacique Calfucurá.

Ahí estábamos, entonces, aquella mañana ventosa de octubre, cuando vimos aparecer la figura parda en el horizonte, y mientras la mano de Calfucurá bajaba lentamente, frenando el ataque, nuestras orejas de estiraban para captar todos los detalles. Cuando el cacique se adelantó, el privilegio de seguirlo fue solo mío y pude asi enterarme de la historia.

La sombra parda que se acercaba era un sacerdote llamado Francisco Bibolini. Italiano de origen, había llegado a América en 1854 y al año siguiente, era párroco del joven pueblo llamado 25 de Mayo. Cuando le avisaron de la proximidad del malón, sin titubear, vestido con su raída y vieja sotana, montó su tordillo y haciendo caso omiso de las súplicas de sus amigos, partió a encontrarse con el cacique, diciendo: “..a la vida nadie la tiene comprada.Pertenece a Dios y Él dispone..”

que perro cholulo che!

 

Fui testigo presencial del “parlamento” entre el bravo Calfucurá y el gris cura Bibolini.

Hasta aquí, la comparación de este momento historico con aquel de Atila y Leon I era casi idéntica.. y los resultados fueron similares, Luego de conversar largo y tendido, con mezcla de dialectos indígena, castellano e italiano, la mano del cacique ordenó un avance lento, tras él y el sacerdote.

Al igual que en la entrevista entre Atila y León I, nadie fue testigo de lo conversado (excepto yo, claro) y les puedo contar que el sacerdote se esforzó por pactar con Calfucurá, haciéndole entender que más le convenía aceptar un cuantioso botín pacíficamente, que obtenerlo con sangre y muertes. En lo que no transigió el cura, fue en las cautivas y en el cumplimiento de la venganza contra el comerciante Besabé.

Vi la cara de mi amo en actitud de pensar... sus ojos se entrecerraron y supe que calculaba pérdidas y ganancias de la aceptación del pacto.

Finalmente, una leve sonrisa cruzó por su rostro y ordenó el avance pacífico tras el cura. Al llegar a la población, Calfucurá se hospedó en la casa del propio cura Bibolini y el resto de la indiada vivaqueó en los alrededores.

Esa noche, mi amo intentó nuevamente conseguir venganza sobre el comerciante Besabé, pero el cura fue inflexible y milagrosamente, Calfucurá aceptó. Al día siguiente, la indiada recibió todo lo pactado, es decir, víveres, aguardiente en abundancia, dinero, ropas y vicios.

Bibolini y Calfucurá se separaron con un apretón de manos y una intensa mirada. Nunca más se verían.

Al rato, los dos mil lanceros, el gran Jefe y yo, éramos una nube de polvo en el horizonte.

Mientras corría a la par del caballo de mi amo, pensé en las coincidencias de la Historia y en los motivos por los que aquel hecho, ocurrido más de mil años atrás, había podido perdurar en la memoria colectiva y figuraba escrito en las páginas de la Historia… ¿Ocurriría lo mismo con éste, donde los personajes no eran de Europa ni (por lo menos uno de ellos) de la jerarquía de un Papa? El tiempo lo diría, pero yo abrigaba serias dudas al respecto.

 

 

 

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