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¿Les conté de mi época
junto a un inmigrante? No.. creo que no. Y como fue una
historia muy romántica y que podría servir
de ejemplo a muchos humanos de hoy, se las voy a contar.
No es nada extraordinaria, pero vista desde
hoy, desde este mundo globalizado, materialista, superficial
y no se cuantos adjetivos más podriamos ponerle,
esta historia resulta sino impactante, por lo menos conmovedora.
Agustín era carpintero. Un joven
carpintero que contaba ya con cierto prestigio en su pueblo
natal, Cozzo, alla en la Lombardía italiana de fines
del siglo XIX.
Ese prestigio del que gozaba tanto él
como su padre (del mismo oficio), les había permitido
mantener un nivel de vida un poquito mas elevado que muchas
familias del pueblito, la mayoría de ellas dedicadas
a labores agrícolas en los arrozales vecinos.
Todo esto lo supe luego, cuando en las largas
noches del invierno argentino, invadido por la nostalgia
de su tierra, solía contarme partecitas de su vida,
sentado junto al fuego y hablando casi consigo mismo.
Asi supe, que muchas de esas familias de
jornaleros y peones agrícolas, solían juntarse
en las noches frías, en el establo del pueblo, a
comentar las noticias del día, mientras las mujeres
tejían y los hombres jugaban a las cartas. Ahí,
al calor de los animales y del fuego común, pasaban
algunas horas de esparcimiento que compensaban las duras
y largas del día, con la espalda curvada sobre los
campos de arroz.
Agustín y su familia no iban a esas
reuniones, porque su casa tenia calefacción, pero
entre las concurrentes, estaba María, una pequeña
pero apuesta jovencita de 15 años que ya le había
robado el corazón.
El romance era todavía incipiente,
pero ambos sentían que el sentimiento era lo suficientemente
profundo como para ser duradero.
Por ello, a María no le importaba
pasar los días con el agua del arrozal hasta las
rodillas, arrancando la maleza y bajo la vigilante mirada
del capataz que, montado en su brioso caballo no daba tregua,
especialmente a las jovencitas que querían comentarse
las noticias del pueblo y lo sucedido el día anterior
en sus románticas cabecitas.
Agustín en tanto, no manifestaba
tanto su entusiasmo porque era algo hosco, o mas bien tímido
y reconcentrado.
Pero, el destino tenía otros planes
para ellos. La familia de Agustín, si bien no pasaba
penurias económicas, decidió marchar a América
para tener mas perspectivas de progreso. Se comentaba que
en Argentina, la situación era totalmente distinta
y los que ya se habían animado y partido, escribían
contando las bondades de estas tierras generosas.
Fue así que hacia 1907, Agustín
y María se separaron, con lágrimas en los
bellos ojos celestes ella y un nudo en la gargante y el
ceño fruncido él.
No hubo promesas a largo plazo, porque el
futuro de ambas familias era incierto y remotísima
la posibilidad de volverse a ver.
Las amigas de María le auguraban
un futuro nada promisorio al decirle “... María..
el carpintero se olvidará pronto de ti allá
en América.. Olvídalo!”.
María juntó fuerzas y siguió
su dura tarea diaria en el arrozal, mientras Agustín
y su familia se instalaban en la pampa cordobesa y entre
los hermanos, montaban un aserradero y herrería que
pronto cobró notoriedad por la calidad de sus trabajos.
Ahí fue donde lo conocí. Me
arrimé a aquella casa con taller buscando abrigo
contra el frio y la lluvia de aquel invierno y Agustín
me adoptó. Me fue fácil acostumbrarme a sus
hábitos.
Era meticuloso en sus horarios y en sus
tareas. Buscaba algo parecido a la perfección en
cada uno de los trabajos que comenzaba y los largos silencios
que mantenía, fruncido el ceño y dedicado
por completo a su labor, pronto se hicieron familiares para
mi.
Así fue que poco a poco, me contó
su vida en la lejana Italia, su alegría cuando conoció
a María y su desilusión al conocer la decisión
familiar de viajar a América.
No abrigaba, me contó, mayores esperanzas
de verla nuevamente. Viajar hacia Italia era por ahora imposible
y... quien sabe que habría pasado alla, luego de
algunos años. María era muy bella.....
Cuatro años pasaron en la vida de
ambos y ninguna carta los acercó. No me dijo nunca
los motivos de esa decisión de no escribirse.
Agustín y su familia cambiaron su
lugar de residencia y compraron una vivienda en un paraje
llamado Colonia Iturraspe, en homenaje al vasco colonizador
de la zona.
Allí instalaron nuevamente el taller
bajo la jefatura de Luis, el hermano mayor. Junto a él,
Angel y Agustin tomaron las riendas de la pequeña
empresa dedicada a la construcción de carros, sulkys,
volantas y numerosos utensilios para las labores de campo.
El ambiente olía a maderas duras y a hierro colado.
El alma de Agustin en cambio, olia cada
vez mas a desiertos.
Alla, en la lejana Cozzo, Maria recordaba
y continuaba su vida de trabajadora rural, gris y monótona
como su vestimenta. Su alma olia a flores marchitas.
Un día, su padre llegó a la
casa cansado de injusticias y de hambres y decidió
tentar la suerte viajando a América para ver si conseguía
un futuro mas luminoso para su familia de cuatro hijos adolescentes.
Nadie supo como consiguió el dinero
para el pasaje y el plan se puso en marcha. El viajaría
solo, para conseguir trabajo y ahorrar algun dinero, luego,
si todo iba bien, le tocaría el turno al hijo mayor,
Pedro. A este, le seguiria, posteriormente, el resto de
la familia .
Todo era planes a larguísimo plazo,
pero una lucecita de esperanza se encendió en el
corazón de María.
Los meses pasaron lentos. El padre de María
llegó, trabajó y al año el hijo mayor
también estaba aquí. Un año mas tarde,
toda la familia llegaba y los abrazos emocionados cubrieron
la tarde campesina del centro de Santa Fe, que era donde
se habían instalado
La familia estaba reunida otra vez y María
supo lo que era la esperanza y la impaciencia.
Pasaron meses largos antes de saber algo
de Agustín, pero un día, la noticia entró
como por casualidad a su casa: la familia del carpintero
Agustín (“...¿te acordás de él
María?..”) vivía en otra provincia,
pero no tan lejos, solo algo más de cincuenta kilómetros,
o unas diez leguas, como acostumbraban decir entonces.
María se las arregló para
enviar un mensaje al carpintero. Un modesto mensaje oral
que tan solo decía de su llegada y de su destino
en la provincia de Santa Fe.
.....
Hacía frío aquella tarde de
agosto de 1912, cuando la “volanta” de dos caballos
paró en el gran patio del taller de Agustín
y sus hermanos.
Mis compañeros salieron, como siempre
a los aullidos para seguir con la costumbre de afirmar el
territorio ante una invasión extraña. Yo preferí
(también como siempre) quedarme debajo de la fragua
que, semiapagada, todavía irradiaba calor.
Desde ahí se veía todo y se
oían muy bien las conversaciones de los humanos.
Luis, el hermano mayor salió a atender
al cliente y pronto estaban ambos enfrascados en una conversación
sobre reparaciones de carros, mezclada con datos generales
del país y cada tanto, alguna noticia de la lejana
Italia se deslizaba.
Cuando el recién llegado mencionó
que la familia de María, llegada hacía pocos
meses estaba afincada en la zona rural de Santa Fe, ví
con el rabillo del ojo, que Agustín suspendía
su tarea y quedaba con el martillo en alto. Luego me contaría
que sintió una descarga eléctrica y una transpiración
fría en las manos y cara, que mientras hablaba con
el cliente, pidiéndole detalles, sentía como
los recuerdos iban llenando los solitarios huecos de su
alma, como la mente borraba cuatro años de soledad
y volvía, fresca, a la aldea natal y a los días
felices.
Pocos días demoró Agustín
en armar su viaje. Solo debía terminar algunos trabajos
urgentes y preparar el sulky con el caballo mas veloz.
Vistió su unico traje (reservado
siempre para las grandes ocasiones), se cubrió con
una manta y el infaltable sombrero y partió una madrugada
dispuesto a deshacer cuatro años de soledad.
Promediaba la tarde cuando entró
por el camino tortuoso que conducía a la modesta
vivienda. Mis congéneres salieron a su encuentro
en medio de la habitual algarabía de ladridos y corridas.
La familia también salió, intrigada porque
no era visita esperada.
María, sin haber conocido al visitante,
tuvo el presentimiento de que algo importante iba a sucederle.
Cuando lo conoció, y mientras Agustín saludaba
nervioso a la familia, sintió que el frío
le ganaba las manos y las piernas, mientras el calor se
adueñaba de su corazón.
Me contó que nunca supo como hizo
para disimular su nerviosismo y saludar formalmente a Agustín
pero seguramente eso fue advertido por sus hermanos, que
rapidamente fueron en su ayuda y llevaron al visitante al
interior en medio de preguntas y comentarios sobre la aldea.
Solo al final de su visita, al día
siguiente, tuvo Agustín la posibilidad de quedarse
un rato a solas con María (quizás con la discreta
complicidad de la familia) y muy turbadamente preguntarle
si quería volver a ser su novia.
Me contó María mucho después,
que nunca más volvería a sentir el intenso
rubor que la invadió en ese momento. La voz no le
respondía y con ojos acuosos (más claros que
de costumbre) asintió con fuertes movimientos de
cabeza, quizás mas fuertes que lo que la prudencia
pacata de la época recomendaba.
De ahí en más, todo fue desenvolviéndose
rápidamente y en pocos meses, más precisamente
el 8 de marzo de 1913, María, con sus veinticuatro
juveniles años, llegaba a la casa, convertida en
la esposa de Agustín.
Hubo que realizar algunas refacciones en
la vivienda, pero al poco tiempo ya éramos grandes
amigos y María fue la alegría de la casa.
Su canto se oía desde la mañana temprano y
su sonrisa siempre dispuesta, era para los visitantes, la
compensación ante el ceño adusto de Agustín.
Los vi felices y más cuando comenzaron
a llegar los niños –cuatro en total- que jugaron
conmigo hasta que mi edad me impidió hacerlo. Desde
entonces, me conformaba con mirarlos desde la puerta de
la vivienda.
Una historia simple?... Sí.. quizás
sí.. pero me gustó contarla porque creo que
cuando un sentimiento tan fuerte como el amor, se impone
por sobre las circunstancias, y -justamente por eso- logra
un final feliz, es algo que en el mundo muy materialista
de hoy, hay que destacar.
Hasta la próxima historia amigos...
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