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Revista digital de cultura y humanidades dirigida por Cintia Vanesa Días

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María y Agustín (Una historia de inmigrantes) por: Prof. Jorge Bezzi

 

¿Les conté de mi época junto a un inmigrante? No.. creo que no. Y como fue una historia muy romántica y que podría servir de ejemplo a muchos humanos de hoy, se las voy a contar.

No es nada extraordinaria, pero vista desde hoy, desde este mundo globalizado, materialista, superficial y no se cuantos adjetivos más podriamos ponerle, esta historia resulta sino impactante, por lo menos conmovedora.

Agustín era carpintero. Un joven carpintero que contaba ya con cierto prestigio en su pueblo natal, Cozzo, alla en la Lombardía italiana de fines del siglo XIX.

Ese prestigio del que gozaba tanto él como su padre (del mismo oficio), les había permitido mantener un nivel de vida un poquito mas elevado que muchas familias del pueblito, la mayoría de ellas dedicadas a labores agrícolas en los arrozales vecinos.

Todo esto lo supe luego, cuando en las largas noches del invierno argentino, invadido por la nostalgia de su tierra, solía contarme partecitas de su vida, sentado junto al fuego y hablando casi consigo mismo.

Asi supe, que muchas de esas familias de jornaleros y peones agrícolas, solían juntarse en las noches frías, en el establo del pueblo, a comentar las noticias del día, mientras las mujeres tejían y los hombres jugaban a las cartas. Ahí, al calor de los animales y del fuego común, pasaban algunas horas de esparcimiento que compensaban las duras y largas del día, con la espalda curvada sobre los campos de arroz.

Agustín y su familia no iban a esas reuniones, porque su casa tenia calefacción, pero entre las concurrentes, estaba María, una pequeña pero apuesta jovencita de 15 años que ya le había robado el corazón.

El romance era todavía incipiente, pero ambos sentían que el sentimiento era lo suficientemente profundo como para ser duradero.

Por ello, a María no le importaba pasar los días con el agua del arrozal hasta las rodillas, arrancando la maleza y bajo la vigilante mirada del capataz que, montado en su brioso caballo no daba tregua, especialmente a las jovencitas que querían comentarse las noticias del pueblo y lo sucedido el día anterior en sus románticas cabecitas.

Agustín en tanto, no manifestaba tanto su entusiasmo porque era algo hosco, o mas bien tímido y reconcentrado.

Pero, el destino tenía otros planes para ellos. La familia de Agustín, si bien no pasaba penurias económicas, decidió marchar a América para tener mas perspectivas de progreso. Se comentaba que en Argentina, la situación era totalmente distinta y los que ya se habían animado y partido, escribían contando las bondades de estas tierras generosas.

Fue así que hacia 1907, Agustín y María se separaron, con lágrimas en los bellos ojos celestes ella y un nudo en la gargante y el ceño fruncido él.

No hubo promesas a largo plazo, porque el futuro de ambas familias era incierto y remotísima la posibilidad de volverse a ver.

Las amigas de María le auguraban un futuro nada promisorio al decirle “... María.. el carpintero se olvidará pronto de ti allá en América.. Olvídalo!”.

María juntó fuerzas y siguió su dura tarea diaria en el arrozal, mientras Agustín y su familia se instalaban en la pampa cordobesa y entre los hermanos, montaban un aserradero y herrería que pronto cobró notoriedad por la calidad de sus trabajos.

Ahí fue donde lo conocí. Me arrimé a aquella casa con taller buscando abrigo contra el frio y la lluvia de aquel invierno y Agustín me adoptó. Me fue fácil acostumbrarme a sus hábitos.

Era meticuloso en sus horarios y en sus tareas. Buscaba algo parecido a la perfección en cada uno de los trabajos que comenzaba y los largos silencios que mantenía, fruncido el ceño y dedicado por completo a su labor, pronto se hicieron familiares para mi.

Así fue que poco a poco, me contó su vida en la lejana Italia, su alegría cuando conoció a María y su desilusión al conocer la decisión familiar de viajar a América.

No abrigaba, me contó, mayores esperanzas de verla nuevamente. Viajar hacia Italia era por ahora imposible y... quien sabe que habría pasado alla, luego de algunos años. María era muy bella.....

Cuatro años pasaron en la vida de ambos y ninguna carta los acercó. No me dijo nunca los motivos de esa decisión de no escribirse.

Agustín y su familia cambiaron su lugar de residencia y compraron una vivienda en un paraje llamado Colonia Iturraspe, en homenaje al vasco colonizador de la zona.

Allí instalaron nuevamente el taller bajo la jefatura de Luis, el hermano mayor. Junto a él, Angel y Agustin tomaron las riendas de la pequeña empresa dedicada a la construcción de carros, sulkys, volantas y numerosos utensilios para las labores de campo. El ambiente olía a maderas duras y a hierro colado.

El alma de Agustin en cambio, olia cada vez mas a desiertos.

Alla, en la lejana Cozzo, Maria recordaba y continuaba su vida de trabajadora rural, gris y monótona como su vestimenta. Su alma olia a flores marchitas.

Un día, su padre llegó a la casa cansado de injusticias y de hambres y decidió tentar la suerte viajando a América para ver si conseguía un futuro mas luminoso para su familia de cuatro hijos adolescentes.

Nadie supo como consiguió el dinero para el pasaje y el plan se puso en marcha. El viajaría solo, para conseguir trabajo y ahorrar algun dinero, luego, si todo iba bien, le tocaría el turno al hijo mayor, Pedro. A este, le seguiria, posteriormente, el resto de la familia .

Todo era planes a larguísimo plazo, pero una lucecita de esperanza se encendió en el corazón de María.

Los meses pasaron lentos. El padre de María llegó, trabajó y al año el hijo mayor también estaba aquí. Un año mas tarde, toda la familia llegaba y los abrazos emocionados cubrieron la tarde campesina del centro de Santa Fe, que era donde se habían instalado

La familia estaba reunida otra vez y María supo lo que era la esperanza y la impaciencia.

Pasaron meses largos antes de saber algo de Agustín, pero un día, la noticia entró como por casualidad a su casa: la familia del carpintero Agustín (“...¿te acordás de él María?..”) vivía en otra provincia, pero no tan lejos, solo algo más de cincuenta kilómetros, o unas diez leguas, como acostumbraban decir entonces.

María se las arregló para enviar un mensaje al carpintero. Un modesto mensaje oral que tan solo decía de su llegada y de su destino en la provincia de Santa Fe.

.....

Hacía frío aquella tarde de agosto de 1912, cuando la “volanta” de dos caballos paró en el gran patio del taller de Agustín y sus hermanos.

Mis compañeros salieron, como siempre a los aullidos para seguir con la costumbre de afirmar el territorio ante una invasión extraña. Yo preferí (también como siempre) quedarme debajo de la fragua que, semiapagada, todavía irradiaba calor.

Desde ahí se veía todo y se oían muy bien las conversaciones de los humanos.

Luis, el hermano mayor salió a atender al cliente y pronto estaban ambos enfrascados en una conversación sobre reparaciones de carros, mezclada con datos generales del país y cada tanto, alguna noticia de la lejana Italia se deslizaba.

Cuando el recién llegado mencionó que la familia de María, llegada hacía pocos meses estaba afincada en la zona rural de Santa Fe, ví con el rabillo del ojo, que Agustín suspendía su tarea y quedaba con el martillo en alto. Luego me contaría que sintió una descarga eléctrica y una transpiración fría en las manos y cara, que mientras hablaba con el cliente, pidiéndole detalles, sentía como los recuerdos iban llenando los solitarios huecos de su alma, como la mente borraba cuatro años de soledad y volvía, fresca, a la aldea natal y a los días felices.

Pocos días demoró Agustín en armar su viaje. Solo debía terminar algunos trabajos urgentes y preparar el sulky con el caballo mas veloz.

Vistió su unico traje (reservado siempre para las grandes ocasiones), se cubrió con una manta y el infaltable sombrero y partió una madrugada dispuesto a deshacer cuatro años de soledad.

Promediaba la tarde cuando entró por el camino tortuoso que conducía a la modesta vivienda. Mis congéneres salieron a su encuentro en medio de la habitual algarabía de ladridos y corridas. La familia también salió, intrigada porque no era visita esperada.

María, sin haber conocido al visitante, tuvo el presentimiento de que algo importante iba a sucederle. Cuando lo conoció, y mientras Agustín saludaba nervioso a la familia, sintió que el frío le ganaba las manos y las piernas, mientras el calor se adueñaba de su corazón.

Me contó que nunca supo como hizo para disimular su nerviosismo y saludar formalmente a Agustín pero seguramente eso fue advertido por sus hermanos, que rapidamente fueron en su ayuda y llevaron al visitante al interior en medio de preguntas y comentarios sobre la aldea.

Solo al final de su visita, al día siguiente, tuvo Agustín la posibilidad de quedarse un rato a solas con María (quizás con la discreta complicidad de la familia) y muy turbadamente preguntarle si quería volver a ser su novia.

Me contó María mucho después, que nunca más volvería a sentir el intenso rubor que la invadió en ese momento. La voz no le respondía y con ojos acuosos (más claros que de costumbre) asintió con fuertes movimientos de cabeza, quizás mas fuertes que lo que la prudencia pacata de la época recomendaba.

De ahí en más, todo fue desenvolviéndose rápidamente y en pocos meses, más precisamente el 8 de marzo de 1913, María, con sus veinticuatro juveniles años, llegaba a la casa, convertida en la esposa de Agustín.

Hubo que realizar algunas refacciones en la vivienda, pero al poco tiempo ya éramos grandes amigos y María fue la alegría de la casa. Su canto se oía desde la mañana temprano y su sonrisa siempre dispuesta, era para los visitantes, la compensación ante el ceño adusto de Agustín.

Los vi felices y más cuando comenzaron a llegar los niños –cuatro en total- que jugaron conmigo hasta que mi edad me impidió hacerlo. Desde entonces, me conformaba con mirarlos desde la puerta de la vivienda.

Una historia simple?... Sí.. quizás sí.. pero me gustó contarla porque creo que cuando un sentimiento tan fuerte como el amor, se impone por sobre las circunstancias, y -justamente por eso- logra un final feliz, es algo que en el mundo muy materialista de hoy, hay que destacar.

Hasta la próxima historia amigos...

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