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La revolución científica que tiene lugar en
Europa entre los siglos XV y XVI, y que tuvo como figuras
más representativas a Galileo, Kepler, Copérnico
o Newton, tuvo una base primordialmente astronómica.
El cambio de un modelo geocéntrico, profundamente
arraigado, por uno heliocéntrico, con unas leyes
físicas definidas (Kepler y Newton) es quizá
el logro más importante de la ciencia en esa época.
Pero veremos cómo Al-Andalus influyó
de forma determinante para el establecimiento de estas teorías.
Los astrónomos andalusíes adquirieron
sus conocimientos de distintas fuentes. De una parte, al
llegar a Al-Andalus, asimilan la pequeña ciencia
clásica bajo-romana, reunida por San Isidoro en sus
Etimologías (donde aparecen los famosos mapas en
forma de T), que fueron traducidos rápidamente al
árabe. Otra obra importante era Libro de Cruzes,
compendio astrológico latino-visigótico, que
fue traducido al árabe por ´U-bayd Allah al-Istidji,
llamado Oveydalla. Alfonso X lo traduciría posteriormente
al latín y castellano en el siglo XIII.
Con la llegada al trono de Ábd al-Rahman
II (desde 822 a 852) llegan los conocimientos científicos
procedentes de oriente, como la de los astrónomos
y matemáticos árabes de la corte abasí
de al-Ma´mun en Bagdad, en los siglos IX y X. Por
ejemplo, al-Battani (tal vez antecesor del catedrático
de Astrofísica de la Universidad de Granada), el
cual determinó la oblicuidad de la eclíptica,
esto es, el ángulo que forma el ecuador celeste con
el plano determinado por las constelaciones zodiacales,
con singular perfección (23º 30´, cuando en
realidad son 23º 32´, para esa época). También
estudió el movimiento del sol, midiendo con exactitud
la duración de un año trópico (paso
consecutivo del sol por el equinoccio de primavera). Otro
árabe importante fue Abu Ja´far Muhammad ibn
Musa al-Jwarizmi, también a las órdenes de
al-Ma´mun, quien construyó el famoso observatorio
de Maraga, y escribió el libro Kital al-jabr wial-mugabala,
la cuna del álgebra (esta palabra proviene de parte
del título del libro, y quiere decir reducción).
Los términos guarismo y algoritmo provienen del nombre
del autor. Pues bien, este sabio árabe, popularizó
un modelo de universo basado en los conocimientos astronómicos
persas e hindúes, el cual ponía en el centro
a la Tierra, con los planetas, sol y luna girando a su alrededor.
Además, para poder explicar los movimientos de los
planetas, que a veces, parecían formar bucles contra
el fondo de estrellas fijas, idearon el epiciclo, un círculo
sobre el cual se movía el planeta con velocidad constante.
El centro de esa circunferencia se movía sobre otro
círculo llamado deferente, con velocidad constante
respecto a un punto, el ecuante, distinto al centro del
deferente. Y otro de los conocimientos legados a Al-Andalus
es el de las tablas astronómicas como la de la Sindhind
de al-Jwarizmi, donde se basa en el modelo teórico
de universo anteriormente descrito junto a las observaciones
hechas en Maraga para determinar el movimiento medio de
los planetas. Estas tablas fueron revisadas y comentadas
en Al-Andalus, por Ibn al-Muthanna y Maslama al-Mayriti
(Maslama de Madrid, porque la villa también fue andalusí).
Éste último, muerto en 1007, adapta esas tablas
al meridiano de Córdoba (entonces tan famoso como
el de Greenwich actual), y resume otras tablas hechas por
al- Battani.
Sin embargo, no hay que olvidar que tal vez
las obras más influyentes entre los sabios andalusíes
fueron las clásicas. Llegado a este punto no estaría
mal hacer un pequeño paréntesis para resumir
la ciencia clásica que llega a Al-Andalus.
Thales de Mileto (625-547
a.C.) creía que existía una sustancia básica,
sustrato de todo el universo que suponía esférico,
el agua, sobre la cual, la Tierra flotaba. Esta simetría
del cosmos sigue apareciendo durante el período heleno,
como por ejemplo con Pitágoras (n. 560 a.C.). Este
hombre era el líder de un curioso grupo de hippies
clásicos, que evitaban el alcohol y productos animales
(no vestían ni comían más que productos
vegetales, excepto las habas para no incurrir en canibalismo,
pues podía ser la reencarnación de algún
amiguete). Creían profundamente en la metempsicosis
(el alma va de cuerpo en cuerpo dando lugar a la reencarnación),
tenían gran fe en las matemáticas y amaban
la simetría. Para ellos los números eran la
esencia última de la realidad. Basándose en
su conocimiento de las matemáticas del sonido y en
los tiempos orbitales de los planetas, también creían
ver una armonía musical en los cielos: la música
de las esferas. Esta visión de cosmos como simétrico
y armónico ha tenido enorme repercusión en
la Astronomía, no sólo en Al-Andalus, sino
hasta llegar a nuestros días.
La simetría del movimiento circular,
la propia de las ruedas, era fundamental para los antiguos
modelos de los cielos. Tal como el círculo ha influenciado
el desarrollo de herramientas durante medio millón
de años, así ha influido también en
los modelos teóricos, que son modelos del pensamiento.
Al ser la más perfecta de las curvas, la más
simétricas, fue la elegida para modelizar el movimiento
de los planetas en una cultura profundamente geométrica.
La perfección de los cielos sólo podía
manifestarse en la perfección de la esfera, y los
movimientos en su seno sólo podían ser circulares.
Durante la Edad de Oro
del pensamiento griego, alrededor de 400 a.C., las
creencias de Platón fueron preeminentes. Enamorado
de las matemáticas, creía que un modelo de
universo sólo debía mostrar la perfección
divina, y no describir lo que al hombre, ser imperfecto,
puede observar. Este punto de vista, unido a su rechazo
a los métodos experimentales y al modelo de universo
geocéntrico con planetas moviéndose en esferas,
marcó, y me atrevo a decir que inhibió seriamente,
el desarrollo de la ciencia. Debemos tener en cuenta que
anteriormente ya el pitagórico Filolao había
planteado un modelo de universo no geocéntrico. Sólo
la influencia de Platón erigió a su modelo
como verdadero. Con la llegada de su discípulo Aristóteles
(n. 384 a. C.) el modelo geocéntrico adquirió
la categoría de única verdad. Si bien es cierto
que Aristóteles evaluó mejor las observaciones
que sus predecesores, comenzando a abrir brecha a favor
de una ciencia empírica moderna, defendiendo una
mutua interacción entre lo observado y lo razonado,
en última instancia este pensador griego frenó
aún más el avance de la ciencia. Y es que
prefirió emplear argumentos teológicos a argumentos
causales para explicar sus observaciones: mientras la ciencia
explica que el hombre proviene de una causa, la evolución
desde el mono, la teología, que busca la finalidad
de los hechos, diría que el hombre proviene de un
creador benéfico. Por otra parte desarrolló
el modelo geocéntrico platónico, dándole
carácter de ley universal.
Aristarco de Samos (310-230
a.C.) propuso el modelo heliocéntrico de una manera
más cercana a lo entendido hoy día. Sin embargo,
hay que reconocer que no había apoyo empírico
para su teoría. Ni siquiera Copérnico, ya
en el siglo XV, podía disponer de observaciones que
apoyasen sus hipótesis (tan sólo tenía
observaciones que ponían en duda el geocentrismo).
Por ello, y por el peso específico de Aristóteles
en el pensamiento medieval, no es de extrañar que
el modelo geocéntrico del mundo imperase durante
casi 2000 años.
Es este caudal el que alimenta a los científicos
andalusíes. Ellos tuvieron acceso a los originales
griegos, en posesión de los poderosos califatos orientales
y bizantinos, y los tradujeron al árabe. Así,
el jiennense Husday ibn Suprut (915-970) traduce la Materia
Médica de Dioscórides, que emplearía
Abulcasis en su desarrollo de la medicina. El Quadripartitum
o Tetrabiblos del alejandrino Claudio Tolomeo (m. 150 d.
C.), tratado de astrología y astronomía muy
importante, fue transcrito y comentado muy acertadamente
por el accitano Ali ibn Ridwan (m. 1061). El Planisferio,
libro sobre geografía de enorme trascendencia, también
de Tolomeo, fue traducido por Maslama de Madrid.
Pero tal vez las traducciones más
influyentes fueron las realizadas a las obras de Aristóteles,
y a la obra de Tolomeo Megale Sintaxis, gran compendio matemático
de astronomía, que pasó a la historia con
el nombre de parte del título de la traducción
árabe, Almagesto, que significa el más grande
(Megale). Las primeras fueron las únicas que se conservaron
sobre el genial griego, por lo que la moderna teología
católica debe su fundamento, curiosamente, a los
judíos y musulmanes de Al-Andalus, como a Averroes
y Maimónides, que permitieron que Santo Tomás
de Aquino conociese las bases de la filosofía aristotélica,
que él reutilizaría para dar unidad al pensamiento
cristiano. Pero Santo Tomás también influyó
de manera indirecta en el anquilosamiento de la ciencia
medieval, pues el poder de la Iglesia era enorme y él
defendió la tesis geocéntrica de Aristóteles,
que convertía al hombre en el centro del mundo, y
su visión un tanto extraviada de la naturaleza. A
ello contribuyó aún más otro seguidor
del filósofo peripatético como fue Claudio
Tolomeo. El Almagesto antes citado, era un compendio del
saberclásico. Contenía un atlas de más
de mil estrellas, un tratado básico de trigonometría
plana y esférica, una descripción de los instrumentos
astronómicos de la época y, lo más
importante, un modelo del universo basado en el geocentrismo
aristotélico que perduró por más de
dos milenios. Este modelo coincide curiosamente en todo
con el modelo indo-persa de al-Jwarizmi, excepto en que
la Tierra no estaba en el centro de las órbitas circulares
del deferente, sino excéntrica. Fue traducida por
primera vez en Al-Andalus a partir del original, que se
perdió. Esta obra permaneció desconocida para
la Europa medieval hasta que a comienzos del siglo XII Gerardo
de Cremosa se vino aquí para traducirlo al latín
desde el árabe. Era una obra tan técnica que
nadie en la Cristiandad lo entendió hasta su redescubrimiento
en el siglo XV. Hay que decir que en Sicilia, los árabes
allí reinantes muy ligados a Al-Andalus (al-Idrisi),
ya lo habían traducido directamente desde el griego
pero esa transcripción no era reconocida en esa época,
pues era la fama de los científicos andalusíes
la que proporcionaba verdadera garantía de veracidad
y precisión. Queda, pues, patente el prestigio de
la traducción, difusión y transcripción
crítica de las obras clásicas por parte de
los pensadores andalusíes, hasta el punto que es
muy acertado asegurar que la ciencia clásica fue
difundida en occidente a mediados del siglo XII a través
de Al-Andalus.
Pero no menos importantes fueron las aportaciones
y críticas de los pensadores andalusíes a
la ciencia griega, que le confieren una grandeza y originalidad
asombrosas. Así, Ibn al-Haytan publica Dudas sobre
Tolomeo, muy difundido en Al-Andalus en el siglo XI. En
él se afirma que la verdad debe buscarse en los libros
de los sabios, pero teniendo en cuenta que Dios a aquéllos
a salvo del error ni de la obcecación ni de la confusión,
puesto que si tal hubiera hecho no se contradecirían
al tratar sobre una misma cuestión. De esta manera,
niega por primera vez el magister dixit, aplicado sobre
todo a Aristóteles y Tolomeo, pues todos no pueden
estar en posesión de la verdad. Como la experiencia
demuestra que discrepan entre sí, hay que admitir
que también yerran. Esta filosofía permitió
que los astrónomos no achacaran al error sus observaciones
sobre las posiciones de los astros, que descubrieron que
diferían bastante de lo que Tolomeo predecía.
A pesar de que realizaban más y más tablas
(toledanas de Azarquiel, alfonsíes, de Jaén…)
sobre la posición de planetas, y a que mejoraban
sus instrumentos de medida (astrolabio, azafea, alcora…).
Cabe destacarse la labor de algunos personajes
concretos. Empecemos por Abu Bakr Muhammad ibn Yahya ibn
Bayya, llamado Avempace un filósofo, médico
y astrónomo zaragozano, muerto en 1138. Trabaja sobre
todo en Sevilla y Granada como médico y realizando
comentarios a las obras aristotélicas como Física,
Meteorología y la Historia de los Animales, criticando
seriamente la introducción de epiciclos y excéntricas
por Tolomeo, pues descabalaba seriamente todas las presunciones
aristotélicas sobre la circularidad de las órbitas
planetarias alrededor de la Tierra. Su obra influyó
sobre sus discípulos, como Abentofail (Ibn Tufayl),
médico y astrónomo de Guadix. Éste
enseñó a al-Bittruyi (m. 1200), astrónomo
y filósofo del Valle de los Pedroches en Córdoba.
Este sabio intentó siempre explicar el movimiento
de los astros siguiendo a Aristóteles, aunque defiende
y modifica acertadamente en su Libro de Astronomía
(Kitab al-hay’a) el modelo de Eudoxio de las esferas
homocéntricas cuyos ejes tienen polos distintos.
La combinación de los movimientos de revolución
de esas esferas daría origen, según él,
a un movimiento aparentemente espiral capaz de explicar
matemáticamente las observaciones astronómicas
sin epiciclos ni excéntricas, y por tanto, siendo
más fieles a la doctrina aristotélica. La
obra de este ilustre cordobés fue traducida al latín
y difundida por la Europa del siglo XV. También es
destacable la labor del cordobés Averroes (Abu-l-Walid
Muhammmad ibn Rusd), gran comentarista de Aristóteles
y muy versado en temas como la física, medicina,
poética, retórica, metafísica, filosofía
… Asume las tesis racionalistas peripatético
y por ello fue de los que más influyó, como
se ha dicho, en los pensadores cristianos como Santo Tomás.
Remarcaré que, además de criticar la aparición
de epiciclos y demás en modelos del mundo implantó
una idea que le valió persecución por musulmanes
y cristianos, de gran importancia en la Física actual:
la materia es eterna, no cabe la creación a partir
de la nada. Todos estos autores no estaban de acuerdo con
el geocentrismo tolemaico, y admitían que el aristotélico
tenía errores.
Pero mención especial merece el que
es considerado como el más grande de los astrónomos
de Al-Andalus, e incluso el mejor astrónomo español
de todos los tiempos. Nos referimos Abu Ishaq Ibrahim ibn
Yahya ibn al Naqqas, llamado al-Zarqalluh o Azarquiel por
los cristianos. Cordobés, trabajó en Toledo
para al-Ma´mun, el cual, emulando a su homónimo
bagdadí fundador de la Casa de la Sabiduría
y mecenas al-Battani y al-Jwarizmi, construyó en
aquella ciudad el mayor centro astronómico de los
reinos de Taifas. Allí Azarquiel elabora la Tablas
Toledanas, a partir de los indo-persas de al-Jwarazmi, que
debido a las imperfecciones del sistema tolemaico en las
que se fundamentaban, tenían ya errores de bulto.
Estas tablas fueron después mejoradas en tiempos
de Alfonso X el Sabio (siglo XII) para construir las Tablas
Alfonsíes, que se emplearon durante siglos. Luego,
Azarquiel fue a Córdoba a trabajar para al-Muttamid
de Sevilla y para el cadí Ibn-Sa’id, que lo
protegió durante veinte años. Allí
realizó sus más sonados logros: un Tratado
sobre el movimiento de las estrellas fijas, y un tratrado
para el uso de un aparato que él ideó para
poder medir más cómodamente el movimiento
de los astros: el Tratado de Azafea. También un tratado
de la Lámina de los 7 Planetas, un tratado sobre
el movimiento aparente del sol, y el Almanaque Ammonio.
Ésta última obra es una revisión del
Almanaque de Awmatiyus (siglo II ó IV), que sirve
para conocer el movimiento de los planetas mediante unas
tablas que se basan en la doctrina babilónica de
los ciclos límite: los planetas repiten su movimiento
exactamente cada cierto tiempo, constituyendo un ciclo.
Así, el sol tenía un ciclo de cuatro años,
Saturno de cincuenta y nueve… por lo que con sólo
cuatro tablas para el sol, o cincuenta y nueve para Saturno,
¡se cubrían todos los movimientos de ese astro
para toda la eternidad!
Pero Azarquiel también realizaba
observaciones con los aparatos por él inventados,
y descubrió que las predicciones de los modelos geocéntricos,
tal como Tolomeo los describió, no correspondían
con lo que él veía. En primer lugar se dio
cuenta de que el sol, cuando pasaba más cerca de
la Tierra (apogeo), no lo hacía siempre en el mismo
punto, sino que ese punto tenía un movimiento propio
aparente. Así, hizo que el deferente solar se moviese
sobre una pequeña circunferencia para describir tal
efecto. Por otro lado, también fue capaz de apreciar
que el movimiento de balanceo propio de la Tierra (análogo
al de una peonza que gira), llamado precesión, influía
en el movimiento aparente de los astros. Esto ya había
sido explicado por Hiparco siglos atrás, pero Azarquiel,
debido a ciertas inexactitudes en sus observaciones, creyó
descubrir una variación en el ritmo de la precesión.
También notó que la oblicuidad de la ecliptaica
(el ángulo entre el ecuador celeste y la eclíptica)
variaba con el tiempo. Para explicar estos dos fenómenos
desarrolló la teoría de la trepidación,
o de receso y acceso, que había sido esbozada por
el andalusí Thàbit ibn Qurra en el siglo IX.
Pese a la incorrección de esta tesis, el hecho de
apreciar la variación secular de la oblicuidad y
el intento de explicar sus observaciones, al margen de la
teoría imperante, es digno de mérito.
Pero lo que más llama la atención
de este sabio es el empleo, por primera vez en la historia
de la Astronomía, de una curva no circular para explicar
el movimiento de una planeta, enfrentándose abiertamente
con la teoría aristotélica y tolemaica. Primero,
con la teoría ya citada del movimiento del apogeo
solar, que hacía que el sol no describiese circunferencias
alrededor de la Tierra, si bien esto podría pasar
desapercibido puesto que ya se sabía desde antiguo
que las trayectorias reales de los planetas eran bucles
y no circunferencias perfectas, y porque se arregló
el asunto colocando una circunferencia sobre otra, a modo
de epiciclo. Pero con Mercurio fue distinto. Para determinar
con exactitud la posición de este pequeño
planeta con el sistema tolemaico, había que tener
cuidado, pues el centro del deferente de su órbita
(el centro de la circunferencia sobre la que se mueve el
centro del epiciclo) se vio que no estaba fijo, sino moviéndose
sobre otra pequeña circunferencia. El efecto resultante
fue calculado por Azarquiel, que emplea un deferente oval,
casi elíptico, para este planeta. Realmente fantástico.
Este descubrimiento debió influir sobre Kepler (1571-1630),
pues cuando buscaba curvas para ajustar sus observaciones,
probó con el óvalo antes que con la elipse
que acabó demostrando ser la verdadera. Quisiera
dejar claro este hecho, fundamental para la ciencia moderna,
que fue adelantado por un andalusí singular, que
incluso, antes de morir, intentó establecer una astrofísica
que estudiase las propiedades de estrellas y planetas.
Pues bien, el trabajo de todos científicos
fue llevado a todo el mundo por mediación de los
judíos expulsados por los almohades, como Ibn ‘Aquim.
Llegaron en primer lugar por vía directa a los judíos
exiliados, como Maimónides, que estaba en el antiguo
El Cairo. Allí estas teorías fueron criticadas,
adaptadas y asumidas por este gran e influyente pensador,
y volvieron a los judíos españoles y provenzales;
o bien siguieron su camino hacia Bagdad y oriente (en occidente,
Europa seguía sumida en el oscuro medievo), donde
llegaron a oídos del gran astrónomo Nasir
al-Din Tusi (m.1274), influyendo en su pensamiento y en
el de sus seguidores. Parece demostrado que Copérnico,
una de las figuras de la revolución científica,
estudió en estas enseñanzas y bien pudieron
determinar el paso a la teoría heliocéntrica.
De hecho, Copérnico habla en su Commentariolus del
valor que él empleaba para la duración del
año, atribuyéndolo a un antiguo andalusí
llamado el Hispalensis. Obsérvese cómo uno
de los mejores astrónomos del siglo XV aún
emplea valores calculados por científicos de Al-Andalus
cuatro siglos atrás.
A Copérnico se le conoce por introducir
la teoría de que el sol es el centro del universo
y los planetas son los que giran a su alrededor. De esta
manera, que no contaba con soporte empírico, se explicaban
los epiciclos (que pasan de ser hechos inextricables de
la Naturaleza a ser materia comprendida) y el desplazamiento
lentísimo de la octava esfera, la de las estrellas
fijas, merced a la precesión de los equinoccios,
que recordemos ya fue abordada por los griegos y andalusíes,
aunque para el modelo geocéntrico. Pero el hecho
de la introducción del heliocentrismo como tesis
alternativa fue un hito en la historia de la ciencia, que
pudo darse en esas fechas finales del siglo XV gracias a
las favorables circunstancias con que se encontró
el amigo Nicolás Copérnico. Porque este monje
dominico polaco vivió en una época de revoluciones
(toma de Constantinopla, nacimiento de la imprenta…)
Además surgió por entonces con fuerza la Reforma
Luterana, que empezó a apoyar a los que ponían
en entredicho las tesis católicas. La llegada de
Colón a las Indias le cogió a Copérnico
en la época de estudios universitarios, cuando más
receptivo se es a las nuevas ideas: el Descubrimiento echó
por tierra las tesis geográficas de Tolomeo, ¿por
qué no las cosmológicas? Pero lo que motivó
el cambio de pensamiento fue la ineficacia del modelo geocéntrico,
que ya empezaba a fallar más que el portero del Barça.
Copérnico detectó un error en las predicciones
de las Tablas Alfonsíes, pues Marte se encontraba
2º por delante, y Saturno 1.5º por detrás, aunque
nunca se atrevió a publicarlo; ni siquiera lo corrige
cuando elabora las primeras tablas basadas en su modelo
heliocéntrico. Y es que ello atentaba contra la circularidad
de las órbitas, más que contra el geocentrismo.
Y Copérnico nunca estuvo en contra de la perfección
de los movimientos. Sin embargo, esto le animó a
plantear la posibilidad del heliocentrismo. Destaquemos
cómo las tablas de Alfonso X, el Sabio, realizadas
por hebreos, cristianos y musulmanes, y basadas en las tablas
toledanas de Azarquiel, son las que siembran la semilla
de la nueva ciencia. Además, Copérnico conocía
las críticas al modelo tolemaico por parte de los
famosos astrónomos y matemáticos andalusíes
y musulmanes de oriente, y la tradición indo-persa-árabe
de que Venus se movía alrededor del sol, y éste
alrededor de la Tierra, constituyendo unas de las modificaciones
del modelo de Tolomeo (aunque ya fue apuntada por el griego
Heráclito del Ponto en el siglo IV a. C.). Y también
influyó en el polaco el pensamiento de su casi coetáneo
Regiomontano, del que ya hemos hablado. El astrónomo
alemán ya vio que Marte y Venus no se movían
de acuerdo a las predicciones teóricas del modelo
tolemaico expresadas en las Tablas Alfonsíes. Además,
notó que un eclipse lunar en 1461 acabó una
hora antes de lo que ese modelo predecía, y que el
diámetro aparente de la luna debía ser unas
veces el doble de grande que en otras, lo cual no había
sido nunca observado. Para todas estas predicciones tuvo
que consultar el Almagesto, que llegó a su poder
gracias a las traducciones andalusíes.
Queda de nuevo de manifiesto la importancia
de la ciencia árabe en el desarrollo de la ciencia
universal, tanto en su papel de divulgador de la obra clásica,
como en la faceta de crítico del modelo geocéntrico
y de calculador de tablas y fabricante de instrumentos de
observación. Hay quien llega a asegurar que, en las
condiciones sociales adecuadas, el modelo heliocéntrico
habría nacido en Al-Andalus en el siglo IX.
Pero no todo acaba aquí, aún
podemos revelar otras sorpresas. A finales del siglo XIII,
él, judío burgalés Rabí Abuer,
de ascendientes andalusíes, publicó sus teorías
sobre el tamaño y límites del universo que
fueron muy polémicos durante mucho tiempo. Hay que
darse cuenta de la profundidad de los pensamientos cosmológicos
que se tenían ya por entonces, alejados de la superchería
y la religión, y más elaborados que los que
dieron los griegos. Sin embargo, fue un coetáneo,
Levi Gerson de Banyules quien fue capaz de dar una cifra
para el límite del universo: el equivalente a 117000
años luz, curiosamente concordante con el tamaño
de nuestra galaxia. |