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Revista digital de cultura y humanidades dirigida por Cintia Vanesa Días

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La amistad (árabe)
Las mouras encantadas
Rómulo y Remo
Buda bajo el aspecto de liebre

Contador desde 15.03.01

Desde julio 2004

 

Fragmentos del Popol Vuh (Libro sagrado de los Quiché)

PRIMERA PARTE

CAPITULO PRIMERO

Este es el primer libro escrito en la antigüedad, aunque su vista está oculta al que ve y piensa. Admirable es su aparición y el relato (que hace) del tiempo en el cual acabó de formarse todo (lo que es) en el cielo y sobre la tierra, la cuadratura y la cuadrangulación de sus signos, la medida de sus ángulos, su alineamiento y el establecimiento de las paralelas en el cielo y sobre la tierra, en los cuatro extremos, en los cuatro puntos cardinales, como fue dicho por El Creador y El Formador, La Madre, El Padre de la Vida, de la existencia, aquel por el cual se respira y actúa, padre y vivificador de la paz de los pueblos, de sus vasallos civilizados. Aquel cuya sabiduría ha meditado la excelencia de todo lo que hay en el cielo y en la tierra, en los lagos y en el mar.

Este es el relato de cómo todo estaba en suspenso, todo estaba en calma y en silencio; todo estaba inmóvil, todo tranquilo, y vacía la inmensidad de los cielos.

Esta es, pues, la primera palabra y el primer relato. No había aún un solo hombre, un solo animal; no había pájaros, peces, cangrejos, bosques, piedras, barrancas, hondonadas, hierbas ni sotos; sólo el cielo existía.

La faz de la tierra no se manifestaba todavía; sólo el mar apacible y todo el espacio de los cielos.

No había nada que formara cuerpo; nada que se asiese a otra cosa; nada que se moviera, que produjese el más leve roce, que hiciese (el menor) ruido en el cielo.
No había nada erguido. (No había) sino las tranquilas aguas; sino el mar en calma y solo, dentro de sus límites, pues no había nada que existiera.

No había más que la inmovilidad y el silencio en las tinieblas, en la noche. Estaba también solo El Creador, El Formador, El Domador, El Serpiente cubierta de Plumas. Los que engendran, los que dan la vida, están sobre el agua como una luz creciente.

Están cubiertos de verde y azul, y he ahí por qué el nombre de ellos es Gucumatz, cuya naturaleza es de grandes sabios. He aquí cómo existe el cielo; cómo existe igualmente El Corazón del Cielo; tal es el nombre de Dios, así como se le llama. Entonces, fue cuando su palabra llegó aquí con El Dominador y Gucumatz, en las tinieblas y en la noche, y habló con El Dominador, El Gucumatz.

Y ellos hablaron, y entonces se consultaron y meditaron; se comprendieron y unieron sus palabras y sus pensamientos.

Entonces se hizo el día mientras se consultaban, y al alba se manifestó el hombre, cuando ellos tenían consejo sobre la creación y crecimiento de los bosques y de los bejucos; sobre la naturaleza de la vida y de la humanidad (creadas) en las tinieblas y en la noche por aquel que es El Creador del Cielo, cuyo nombre es Hurakán.

El Relámpago es el primer signo de Hurakán; el segundo, El Surco del Relámpago; el tercero, El Rayo que Golpea, y los tres son El Corazón del Cielo.

Luego vinieron ellos con El Dominador, El Gucumatz; entonces tuvieron consejo sobre la vida del hombre; como se harían las siembras, como se haría la luz; quien sería sostén y mantenedor de los dioses.

– ¡Que así sea hecho! ¡Fecundaos!, (fue dicho). Que esta agua se retire y cese de estorbar, a fin de que la tierra exista aquí; que se afirme y presente para ser sembrada, y que brille el día en el cielo y en la tierra, pues no habrá gloria, ni honor de todo lo que hemos creado y formado, hasta que no exista la criatura humana, la criatura dotada de razón.

Así hablaron mientras la tierra era creada por ellos.

Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra.

– ¡Tierra!, dijeron, y al instante se formó.

Como una neblina, o como una nube se formó en su estado material, cuando semejantes a cangrejos aparecieron sobre el agua las montañas y en un momento existieron las grandes montañas.

Sólo una potencia y un poder maravillosos pudieron hacer lo que fue resuelto (sobre la existencia) de los montes y de los valles, y la creación de los bosques de ciprés y de pino (que aparecieron) en la superficie.

Y así Gucumatz se alegró. ¡Bienvenido seas (exclamó) oh, Corazón del Cielo, oh Hurakán, oh, Surco del Relámpago, oh, Rayo que Golpea!

– Lo que hemos creado y formado tendrá su término, respondieron ellos.

Primero se formaron la tierra, los montes y los valles. El curso de las aguas fue dividido. Los arroyos comenzaron a serpentear entre las montañas. En ese orden existieron las aguas, cuando aparecieron las altas montañas.

Así fue la creación de la tierra cuando fue formada por El Corazón del Cielo, y el Corazón de la Tierra, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo y la tierra, todavía inertes, estaban suspendidos en medio del agua.

Tal fue su fecundación cuando ellos la formaron, mientras meditaban acerca de su composición y perfeccionamiento.

CAPITULO SEGUNDO

En seguida hicieron fecundos a los animales de la montaña, que son los guardianes de los bosques; los seres que pueblan los montes, los venados, los pájaros, los leones, los tigres, las víboras y el cantil, guardianes de los bejucos.

Luego habló El que Engendra, El que da el Ser:

– ¿Es para (quedar) en silencio, para (estar) sin movimiento, como la sombra de los bosques y de los bejucos? Por ello, es bueno que haya seres que los cuiden.

Así fue como hablaron ellos, mientras provocaban la fecundación de las cosas; e inmediatamente existieron los venados y los pájaros. Entonces, pues, dieron moradas a los venados y a los pájaros.

– Tú, venado, dormirás en las riberas de los arroyos y en las barrancas. Allí permanecerás entre las malezas, en la hierba; en los bosques te multiplicarás; marcharás en cuatro pies y en cuatro pies vivirás. Así como se dijo, así fue hecho.

Luego fueron también repartidas las moradas de los grandes pájaros y de los pequeños pájaros.

– Vosotros, pájaros, os alojaréis en lo alto de los bosques, en lo alto de los bejucos. Allí hallaréis vuestros nidos y allí os multiplicaréis; creceréis en las ramas de los árboles y en los bejucos.

Así fue dicho a los venados y los pájaros, mientras hacían lo que debían; y todos entraron en sus moradas o en sus nidos. Así fue como dio viviendas a los animales de la tierra El que Engendra, El que da el Ser.

Siendo, pues, creados los venados y los pájaros, les fue dicho por El Creador y El Formador, El que Engendra, El que da el Ser:

– Gritad, gorjead ahora, puesto que (se os ha dado) el poder de gritar y de gorjear. Haced oír vuestro lenguaje, cada uno de acuerdo con su especie; cada uno según su género. Así fue dicho a los venados, a los pájaros, a los leones, a los tigres y a las serpientes.

– Decid, pues, nuestro nombre, alabadnos, a nosotros, vuestra madre, vuestro padre. Invocad, pues, a Hurakán, El Surco del Relámpago, El Rayo que Golpea, El Corazón del Cielo, El Corazón de la Tierra, El Creador, El Formador, El que Engendra, El que da el Ser. Hablad, llamadnos y saludadnos, les fue dicho.

Pero les fue imposible hablar como el hombre. No hicieron sino gritar, cacarear, graznar, sin que se manifestara forma de lenguaje, gritando cada uno de diferente manera.

Cuando el Creador y El Formador vieron que no podían hablar, dijéronse otra vez uno a otro:

– No han podido decir nuestro nombre, aunque seamos sus creadores y formadores. Ello no está bien, repitió El que Engendra, El que da el Ser.

Y así fue dicho a los animales:

– Vosotros seréis cambiados, porque os ha sido imposible hablar. Hemos cambiado, pues, de parecer: tendréis vuestro alimento y vuestro pasto, vuestros nidos y vuestros cubiles en las barrancas y en los bosques, pues nuestra gloria no será perfecta, si vosotros no nos invocáis.

– Todavía hay (seres), y los hay, sin duda, que puedan saludarnos. Los haremos capaces de obedecer. Ahora, haced vuestro deber. En cuanto a vuestra carne, será triturada entre los dientes. ¡Así sea! He ahí, pues, vuestro destino. Así fue como se les habló y al mismo tiempo se les hizo saber (estas cosas) a los animales grandes y pequeños, que están sobre la superficie de la tierra.

Quisieron probar fortuna nuevamente. Quisieron hacer otra tentativa y probar de nuevo a que los adoraran. Pero no pudieron entender su lenguaje. Nada lograron y nada pudieron hacer.

Así pues, su carne fue humillada, y todos los animales que moran sobre la faz de la tierra, condenados a ser muertos y comidos.

Así fue como El Creador y El Formador, El que Engendra, El que da el Ser, hicieron un nuevo intento para crear la criatura humana.

– Que se ensaye de nuevo. Ya se acerca el tiempo de las siembras. He ahí la aurora (que va a aparecer). Hagamos a los (que deben ser) nuestros sostenedores y nuestros mantenedores, dijeron.

– ¿Cómo (haremos) para ser invocados y conmemorados sobre la faz de la tierra? Hemos ensayado nuestra primera obra y nuestras primeras criaturas; pero no ha sido posible ser saludados ni honrados por ellas. Probaremos, pues, hacer hombres obedientes y respetuosos, (que sean nuestros) sostenedores y nuestros mantenedores. Así dijeron. Entonces crearon y formaron al hombre. De barro hicieron su carne.

Pero vieron que no estaba bien, pues no tenía consistencia. Sin movimientos, sin fuerza, el hombre era inepto y aguado. No movía la cabeza. La cara no se volvía sino a un lado. Tenía la vista velada y no podía ver hacia atrás. Fue dotado (del don) del habla, aunque no tenía inteligencia, e inmediatamente se consumió en el agua, sin poder estar erguido.

Ahora bien, El Creador y El Formador exclamaron otra vez:

– Mientras más trabaja uno en ello, más incapaz es él de caminar y multiplicarse. ¡Que se haga, pues, un ser inteligente!, dijeron.

Luego deshicieron y destruyeron una vez más su obra y su creación. En seguida dijeron: – ¿Cómo haremos para que puedan nacer (seres) que nos adoren y nos invoquen?.

Dijeron entonces, mientras se consultaban de nuevo:

– Digamos a Xpiyacoc y a Xmucané, al Tirador de Cerbatana, al Tacuacín, al Tirador de Cerbatana al Coyote, probad suerte de nuevo. Ensayad a formarlos de nuevo.

Así se dijeron entre ellos El Creador y El Formador, y hablaron entonces a Xpiyacoc y a Xmucané.

En seguida consultaron a esos adivinos, el Abuelo del Sol, la Abuela de la Luz, como son llamados por el Creador y El Formador, y son ésos los nombres de Xpiyacoc y de Xmucané.

Y los de Hurakán hablaron con Tepeu y Gucumatz. Entonces dijeron al del Sol, al de la formación, que (son los adivinos):

– Es tiempo de ponerse de acuerdo de nuevo sobre los rasgos del hombre que hemos formado, para que (sea) una vez más (nuestro) mantenedor, a fin de que seamos invocados y recordados.

– Tomad, pues, la palabra, ¡oh, Tú que engendras y pares, nuestra Abuela y nuestro Abuelo, Xpiyacoc y Xmucané; haced que la germinación se haga, que el alba ilumine, que seamos invocados, que seamos adorados, que seamos recordados por el hombre formado, por el hombre creado, por el hombre erguido, por el hombre moldeado. Haced que así sea.

– ¡Manifestad vuestro nombre, oh, Tirador de Cerbatana al Tacuacín, oh Tirador de Cerbatana al Coyote, dos veces engendrador, dos veces procreador, Gran Jabalí, Gran Picador de Espinas, El de la Esmeralda, El Joyero, El Cincelador, El Arquitecto, El del Planisferio Verde, El de la Superficie Azulada, El Dueño de la Resina, El Jefe de Toltecat, Abuelo del Sol, Abuela del Día, porque así seréis llamados por vuestras obras y vuestras criaturas!

– Echad suertes con vuestro maíz, con vuestro tzité, para saber si se hará y resultará, que labremos y tallaremos su boca, y su rostro en madera. Así fue dicho a los adivinos.

Llegó (el momento) de echar suertes y de saludar el rito del encantamiento con maíces y tzité.

– ¡Suerte, criaturas!, les dijeron entonces una vieja y un viejo.

Ahora bien, ese viejo era el maestro de las suertes con tzité: Xpiyacoc se llamaba; pero la vieja era la adivina, La Formadora, cuyo nombre (era) Chirakán Xmucané.

Así, pues, ellos hablaron de esta manera cuando el sol se detenía en el meridiano:

– Es tiempo de ponerse de acuerdo. Habla; que nosotros escuchemos; que nosotros hablemos y digamos si es preciso que la madera sea labrada y esculpida por El Formador y El Creador, y si éste será el sostenedor y el mantenedor, cuando la germinación se haga y nazca el día.

– ¡Oh, maíz, oh, tzité, oh, sol, criatura, uníos, ayuntaos! Así fue dicho al maíz, al tzité, al sol y a la criatura.

– Y tú, oh Corazón del Cielo, sonrójate; ¡no humilles a Tepeu ni a Gucumatz!

Luego hablaron y dijeron la verdad: – Así está bien que se hagan vuestros muñecos, labrados en madera; que hablen y razonen a su gusto sobre la tierra.

– Así sea, respondieron ellos cuando hablaron:

En el mismo instante fueron hechos de madera los muñecos. Se formaron los hombres. Los hombres razonaron y éstas son las gentes que (habitan) la superficie de la tierra.

Existieron y se multiplicaron; engendraron hijas e hijos, muñecos labrados en madera; pero no tenían corazón, ni inteligencia, ni recuerdo de su Formador, de su Creador. Llevaban una existencia inútil y vivían como animales.

No se recordaban ya del corazón del Cielo, y por ello cayeron en desgracia. No fue, pues, sino un ensayo, un intento de hacer hombres, que hablaron al principio, pero cuyo rostro se enjutó.

Sus pies y sus manos no tenían consistencia. No tenían sangre ni sustancia, ni humedad, ni grasa. Las mejillas secas era (todo lo que ofrecían) sus caras. Aridos eran sus pies y sus manos; fláccida su carne.

Por esa razón no pensaban en hacer reverencias ante El Formador y El Creador, su padre y providencia.

Ahora bien, estos fueron los primeros hombres que existieron en gran número aquí sobre la faz de la tierra.

 

CAPITULO TERCERO

En seguida llegó el fin (de esos hombres); la ruina y destrucción de tales muñecos labrados en madera, que fueron igualmente condenados a muerte.

Entonces las aguas se precipitaron por voluntad de El Corazón del Cielo y se produjo una gran inundación, que cubrió los muñecos; esos seres hechos de madera.

De tzité (se hizo) la carne del hombre; pero cuando la mujer fue labrada por El Formador y El Creador, el zibak (entró en) la carne de la mujer. Debió entrar en su constitución por orden de El Formador y de El Creador.

Pero los nuevos seres no pensaban ni hablaban delante de su Formador y de su Creador, del que los hizo, del que los había hecho nacer.

Y así fueron destruidos; fueron inundados, al mismo tiempo que una espesa resina bajó del cielo. (El pájaro) llamado Xecotcovach les sacó los ojos; el Camalotz les decapitó; el Cotzbalam devoró sus carnes; el Tucumbalam quebró y trituró sus huesos y sus cartílagos. Y sus cuerpos fueron reducidos a polvo y dispersados, como castigo a sus personas.

Fueron castigados por que no habían pensado en su madre ni en su padre, el que es El corazón del Cielo, cuyo nombre es Hurakán.

Así es como a causa de ellos se oscureció la superficie de la tierra y una tenebrosa lluvia comenzó a caer, lluvia de día, lluvia de noche.

Llegaron (entonces) todos los animales, grandes y pequeños (y los hombres fueron) golpeados en sus propias caras por los palos y las piedras. Todos los que les habían servido hablaron: sus comales, sus platos, sus ollas, sus perros, sus gallinas, todos los golpearon en sus propias caras.

– Nos habéis tratado mal; nos mordíais; por ello seréis ahora castigados, dijeron sus perros y sus gallinas.

Y he aquí que los metates (les dijeron a su vez):

– Nosotros fuimos atormentados todos los días por vosotros; de día y de noche, siempre holi, holi, huqui, huqui, hacían nuestras caras por vuestra causa. Todo ello lo hemos sufrido de vosotros; pero ahora que habéis cesado de ser hombres, vais a sentir nuestra fuerza, pues moleremos y reduciremos a polvo vuestras carnes. Así hablaron los metates.

Y he aquí que los perros tomaron a su vez la palabra y dijeron:

– ¿Por qué no nos dábais de comer? Apenas se nos veía, y ya éramos echados y perseguidos. El palo para pegarnos estaba (siempre) listo, mientras comíais.

– Así nos tratábais y éramos incapaces de hablar. Sin ello, no os habríamos (dado) la muerte ahora. ¿Cómo, pues, no razonábais; cómo no pensábais, pues, en vosotros mismos?

– Os destruiremos. Ahora probaréis los dientes que hay en nuestra boca; os devoraremos, les decían los perros, destrozándoles la cara.

Sus comales y sus ollas les hablaron a su vez:

– Vosotros nos causabais mal y daños, tiznando con el humo nuestras bocas y nuestras caras; siempre nos teníais al fuego quemándonos, aunque nosotros nada sintiésemos. Vosotros lo sentiréis a su vez. Os quemaremos, exclamaron las ollas, insultándoles ante todos. Lo mismo (hicieron) los tenamastes (pidiendo) que el fuego quemara con violencia sus cabezas, por el mal que les habían hecho.

(Entonces se vio a los hombres) correr, empujándose unos a otros, llenos de desesperación. Querían subirse sobre las casas, pero las casas, desmoronándose, les hacían caer (al suelo). Intentaban subir a los árboles, y los árboles los lanzaban lejos; corrían a esconderse en las cavernas, y las cavernas se cerraban ante ellos.

Así (se cumplió) la ruina de esas criaturas humanas, destinadas a ser confundidas y destruidas. En esa forma fueron entregadas a la destrucción y al desprecio.

Se dice que su descendencia (se ve aún) en esos monitos que viven actualmente en los bosques. Esa fue la señal que quedó de ellos, porque sólo de madera fue hecha su carne por El Formador y El Creador.

Y por tal razón el mono se parece al hombre. Es la muestra de una generación de seres humanos (que no eran) sino muñecos, (hombres) hechos de madera.

CAPITULO CUARTO

Ahora bien, (no había entonces) sino muy poca claridad en la superficie de la tierra; aún no existía el día; pero (había allí) un hombre que se enorgullecía de sí mismo, llamado Vukub-Cakix.

Existían el cielo y la tierra, aunque las caras del sol y de la luna estaban todavía ocultas.

Decía, pues, (Vukub-Cakix): – En verdad, lo que queda de esas gentes que se ahogaron es algo extraordinario; y su existencia es como la de los seres sobrenaturales.

– Seré, pues, grande ahora sobre todos los seres creados. Soy su sol, su aurora y su luna. ¡Así sea! Grande es mi esplendor. Por mí van y caminan los hombres, pues de plata es el globo de mis ojos, resplandecientes como piedras preciosas, y el esmalte de mis dientes brilla como la faz del cielo.

– Mi nariz brilla a lo lejos como la luna. De plata es mi trono, y la faz de la tierra se ilumina cuando me adelanto hacia mi trono.

– Así, pues, soy el sol, soy la luna, causa de la cultura, de la felicidad de mis vasallos. Así será, pues mi vista alcanza muy lejos.

(Así) hablaba Vukub-Cakix, aunque en verdad él no era el sol; sólo se vanagloriaba de sus pedrerías, de sus riquezas.

En realidad, su vista terminaba en el horizonte y no alcanzaba el mundo entero.

Aún no se veían las caras del sol, de la luna ni de las estrellas. No había amanecido.

Así, pues, Vukcub-Cakix se envanecía como si fuera (el igual) del sol y de la luna, pues la luz del sol y la de la luna todavía no habían comenzado a brillar ni a manifestarse. Sólo sus deseos de grandeza le hacían estar más allá de (todo).

Y fue en ese tiempo cuando se produjo la inundación a causa de los muñecos (y de los hombres) hechos de madera.

Ahora contaremos, pues, cómo murió Vukub-Cakix, cuándo fue abatido, y en qué tiempo fue hecho el hombre por la mano de El Formador y de El Creador.

 

TERCERA PARTE

CAPITULO PRIMERO

Ahora bien, cuando se comenzó a pensar en el hombre y a buscar lo que debía entrar en la carne del hombre, entonces hablaron El que Engendra y El que da el Ser, El Creador y El Formador, nombrados Tepeu y Gucumatz.

Ya la aurora se aproxima. La obra está concluida. Así queda ennoblecido el apoyo, el mantenedor (del altar), el hijo de la luz, el hijo de la civilización. He ahí el nombre esclarecido, y honrada la humanidad sobre la faz de la tierra, dijeron ellos.

Vinieron, pues. Se reunieron en gran número. Juntaron sus sabios consejos en las tinieblas de la noche. Luego buscaron, y moviendo la cabeza, se consultaron, pensando (en lo que harían).

De esa manera salieron a luz las sabias decisiones de esos hombres esclarecidos. Ellos encontraron y descubrieron lo que debía entrar en la carne del hombre. Ahora bien, poco faltaba para que el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre ellos, sobre El Creador y El Formador.

En Paxil y en Cayalá así llaman (a ese lugar), nacieron las mazorcas de maíz amarillo y de maíz blanco.

Y he aquí los nombres de los animales que fueron a buscar alimento: yac (gato de monte); utiú (coyote); quel (cotorra o chocoyo) y hoh (cuervo). Cuatro animales que dieron noticia de las mazorcas de maíz amarillo y de las de maíz blanco, que llegaban a Paxil, y que les mostraron el camino de Paxil.

Allí fue donde obtuvieron al fin los alimentos que entraron en la carne del hombre creado, del hombre formado. Esa (fue) su sangre, que llegó a ser la sangre del hombre; el maíz entró en él por el cuidado de El que Engendra, de El que da el Ser.

Así se regocijaron de haber llegado por fin a aquel país excelente, tan pródigo en cosas sabrosas, donde abundaba el maíz amarillo y el maíz blanco, donde abundaba también el pek, el cacao; donde eran incontables los árboles de zapote, los anonos, los jocotes, los nances, los ahachés, la miel. Abundaban allí, en fin, los mejores alimentos en ese pueblo de Paxil, de Cayalá, (pues tal era) su nombre.

Había alimentos de todas clases, pequeños y grandes; plantas pequeñas y plantas grandes, cuyo camino les había sido mostrado por los animales.

Entonces se comenzó a moler el maíz amarillo, el maíz blanco, y Xmucané compuso con él nueve bebidas, y de ese alimento que entraba (en el cuerpo) hizo nacer la fuerza y el vigor, y dio carne y músculos al hombre.

Eso fue lo que hicieron El que Engendra y El que da el Ser, Tepeu y Gucumatz, como son llamados.

A continuación entraron en pláticas para hacer y formar a nuestra primera madre y a nuestro primer padre. Sólo maíz amarillo y maíz blanco (entraron en) su carne y fueron el único alimento de las piernas y de los brazos del hombre.

Y ellos fueron nuestros primeros padres, los cuatro hombres formados y en los que este alimento (se hizo) su carne.

 

CAPITULO SEGUNDO

He aquí los nombres de los primeros hombres creados y formados. Este es el primer hombre, Balam-Quitzé. El segundo es Balam-Agab. El tercero, Mahucutah, y el cuarto, Iqi-Balam. Y éstos son los nombres de nuestras primeras madres y primeros padres.

Sólo se les llamó seres modelados y formados. No tuvieron ni madre ni padre, y nosotros los llamamos simplemente hombres.

La mujer no les dio el ser, y no fueron tampoco engendrados por El Edificador ni El Formador, por El que Engendra y El que da el Ser.

Su creación y su formación fueron un prodigio, un verdadero encantamiento, realizado por El Creador y El Formador, por El que Engendra y por El que da el Ser, Tepeu y Gucumatz. Al aparecer como hombres, hombres, pues, fueron. Hablaron y razonaron, vieron y oyeron, anduvieron y palparon. Hombres perfectos y hermosos y cuya figura era una figura humana.

Fue y existió (en ellos) el pensamiento. Vieron y al instante se elevó su mirada. Su vista abrazó todo. Conocieron el mundo entero, y cuando lo contemplaban, su mirada se dirigía, en un momento, de la bóveda del cielo a la superficie de la tierra.

Veían las cosas más ocultas a su voluntad, sin tener necesidad de moverse antes. Y cuando luego volvían la vista a este mundo, veían igualmente todo lo que él contiene.

Grande fue su sabiduría. Su genio se extendió sobre los bosques, sobre las rocas, sobre los lagos y los mares, sobre las montañas y sobre los valles. Hombres verdaderamente dignos de admiración (así eran) Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.

Entonces fueron interrogados por El Edificador y El Formador.

– ¿Qué es lo que pensáis de vuestro ser? No veis nada. No oís nada. ¿No son buenos vuestro lenguaje y vuestra manera de andar?

– Mirad, pues, y ved bajo el cielo si aparecen las montañas y los valles. Procurad verlos ahora, les fue dicho.

Después vieron el conjunto de todo lo que hay bajo el cielo. Luego dieron gracias a El Creador y a El Formador (diciendo):

– En verdad os damos las gracias. Hemos recibido la existencia; hemos recibido una boca, un rostro. Hablamos, oímos, pensamos, andamos, sentimos y conocemos igualmente bien lo que está lejos y lo que está cerca.

– Vemos también todas las cosas grandes y las cosas pequeñas en el cielo y en la tierra. ¡Gracias, pues, a vos, hemos sido creados, oh, Edificador, oh, Formador! ¡Existimos ya, oh, abuela nuestra, oh, nuestro abuelo!, dijeron al darles las gracias por su creación y por su existencia.

Y acabaron de contemplar y de ver todo lo que existe en los cuatro rincones y en los cuatro ángulos en el cielo y sobre la tierra.

Pero El Edificador y El Formador no oyeron tales cosas con gusto.

– No está bien lo que dicen nuestras criaturas. Ellas saben de todas las cosas grandes y de las pequeñas, dijeron ellos.

Por ello se tomó de nuevo el parecer de El que Engendra, de El que da el Ser.

– ¿Qué haremos ahora con ellos? Que su vista se acorte y (que se contenten) con mirar sólo una parte de la superficie de la tierra, (dijeron).

– No está bien lo que dicen. Su naturaleza no debe ser, pues, sino la de simples criaturas. Pero serán otros tantos dioses, si procrean lo suficiente y si se desarrollan cuando hagan las siembras, cuando amanezca, si se multiplican. ¡Así sea!

– Limitemos un poco (nuestra obra), a fin de que les falte (algo). No está bien lo que vemos. ¿Querrán por ventura igualarse a nosotros, que los hemos hecho; a nosotros, cuya sabiduría se extiende tan lejos y conoce todo?

Eso dijeron El Corazón del Cielo, Hurakán, El Surco del Relámpago, El Rayo que Golpea, Tepeu y Gucumatz, El que Engendra, El que da el Ser, Xpiyacoc, El Edificador y El Formador. Así hablaron y en seguida cambiaron la naturaleza de sus criaturas y de su obra.

Entonces El Corazón del Cielo les pasó una nube sobre las pupilas de los ojos, que se empañaron como la luna de un espejo que se cubre de vapor. El globo de sus ojos fue así oscureciendo. No vieron sino lo que estaba cerca y sólo eso era claro para ellos.

Así fue destruida su sabiduría y toda la ciencia de los cuatro hombres, su origen y su principio. Así fueron formados y creados nuestros primeros abuelos y padres por El Corazón del Cielo, El Corazón de la Tierra.

Existieron también sus esposas, y sus mujeres fueron formadas. Dios fue consultado igualmente. Así, pues, durante su sueño recibieron sus bellas mujeres, que se encontraron con Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.

Sus mujeres se hallaban allí cuando despertaron. Pronto sus corazones se regocijaron a causa de sus esposas.

CAPITULO TERCERO

He aquí los nombres de sus mujeres: Caha-Paluná, nombre de la mujer de Balam-Quitzé. Chomihá, se llamaba la de Balam-Agab. Tzunihá, la de Mahucutah, y Cakix-há, la de Iqi-Balam. Son los nombres de sus esposas, que fueron princesas.

Ellos engendraron a los hombres, a las pequeñas tribus y a las grandes tribus. Fueron el origen de todos nosotros, la gente de la nación quiché. Al mismo tiempo existieron en gran número los sacrificadores, que no fueron sólo cuatro, aunque sólo cuatro fueron nuestras madres, las de la nación quiché.

Diferentes eran los nombres de cada uno de los que se propagaron allá en el Oriente, y sus nombres han venido a ser los de las naciones de Tepeu, de Olomán, de Cohah, de Quenech, de Ahau, como se llamaba a aquellos hombres allá en el Oriente, donde se multiplicaron.

Se conoce igualmente el origen de los Tamub y el de los de Ilocab, que vinieron juntos de los países de Oriente.

Balam-Quitzé es el abuelo y padre de las nuevegrandes casas o familias de los Cavek. Balam-Agab, el abuelo y padre y de las nueve casas de Nihaib. Mahucutah, el abuelo y padre de las cuatro grandes casas de Ahau-Quiché.

Existieron tres grupos de familias, sin que hubiesen olvidado el nombre de su abuelo y el de su padre, que se propagó y multiplicó allá en Oriente.

Vinieron también los Tamub y los de Ilocab, con trece ramas de pueblos; los trece de Tecpán. Luego los de Rabinal, los cakchiqueles, los de Tziquinahá. En seguida los de Zacahá; después los de Lamak, de Cumatz, de Tuhalhá, de Uchabahá, los de Chimilahá, los de Quibahá, losde Batenab, de Acul-Vinak, de Balamihá, de Canchahel y de Balam-Colob.

Y ésas son solamente las tribus principales, las ramas de los pueblos, como nosotros lo decimos, no habiendo mencionado sino las principales. Hay todavía muchas otras que salieron de los alrededores de cada poblado, pero no escribiremos sus nombres, sino sólo diremos que se propagaron en los países donde sale el sol.

Muchos hombres fueron formados y en la oscuridad se multiplicaron. La civilización no existía aún cuando se reprodujeron, pero vivían todos juntos, y grande fue su existencia y su fama en los países de Oriente.

Entonces no se servían todavía ni sostenían (los altares de los dioses). Sólo volvían los ojos al cielo y no sabían lo que habían venido a hacer de tan lejos.

Allá vivían contentos los hombres negros y los hombres blancos. Dulce (era) el aspecto de esas gentes. Dulce la lengua de esos pueblos, que eran muy inteligentes.

Hay generaciones bajo el cielo y hay países y gentes a los que no se les ve el rostro. No tienen casas y recorren como insensatos las montañas pequeñas y las grandes montañas. Así decían, despreciando el país de esas gentes.

Así hablaban los de allá, donde veían la salida del sol. Ahora bien, una misma era la lengua de todos. No invocaban todavía la madera ni la piedra, y sólo recordaban la palabra del Creador y de El Formador, de El Corazón del Cielo y de El Corazón de la Tierra.

Y hablaban meditando sobre lo que ocultaba la aparición del día, y llenos de la palabra sagrada, llenos de amor, de obediencia y de temor, hacían sus peticiones, y después levantando los ojos al cielo, pedían hijos e hijas.

¡Salud, oh, Creador, oh, Formador! ¡Tú, que nos ves y nos oyes, no nos abandones, no nos dejes! ¡Oh, Dios, que estás en el cielo y sobre la tierra, oh, Corazón del Cielo, oh, Corazón de la Tierra, dadnos nuestra descendencia y nuestra posteridad mientras camine el sol y aparezca la aurora. ¡Que las semillas germinen, así como la luz!

Dadnos el don de marchar siempre por caminos abiertos y veredas sin emboscadas. Que estemos siempre tranquilos y en paz con los nuestros. Que pasemos una vida feliz. Dadnos, pues, una vida, una existencia al abrigo de todo reproche, ¡oh. Hurakán, oh, Surco del Relámpago, oh, Rayo que Golpea! ¡Oh, Chipi-Nanauac, Raxa-Nanauac, Voc, Hunahpú, Tepeu, Gucumatz! ¡Oh, tú que engendras y das el ser, Xpiyacoc, Xmucané, Abuela del Sol, Abuela de la Luz, haz que las semillas germinen y que se haga la luz!

Así fue como hablaron, mientras estaban en reposo, invocando la vuelta de la luz.

Y en espera de la salida del sol, contemplaban la estrella de la mañana, ese gran astro precursor del sol, que ilumina la bóveda del cielo y la faz de la tierra, por todas partes donde se mueven las criaturas humanas.

CAPITULO CUARTO

Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam, dijeron:

– Aguardemos aún la salida del sol. Así hablaron esos grandes sabios, esos hombres instruidos en las ciencias; esos hombres dignos de respeto y de obediencia, como se les llamaba.

Y todavía no existían madera ni piedra (esculpidas), que nuestros padres y madres protegieran. Pero sus corazones estaban cansados allí de esperar el sol, y ya eran muy numerosas las tribus, así como la nación de los yaquis, los sacrificadores.

– Vámonos, pues, vamos a buscar, vamos a ver si están guardados nuestros símbolos. Procuremos hallar lo que pondremos a arder ante ellos, pues estando de esta manera, no tenemos ninguna persona que vele por nosotros.

Así hablaron Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.

Ahora bien, una sola ciudad oyó el discurso de ellos y luego partieron.

Los nombres del lugar a donde se dirigieron Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam, y los de Tamub e Ilocab, eran Tulán-Zuiva, Siete-Cuevas, Siete-Barrancos. Tal es el nombre de la ciudad a donde fueron a recibir sus dioses.

Y llegaron todos a Tulan. No se podía contar el número de las gentes que llegaban. Todos entraban caminando ordenadamente.

Se les dieron sus dioses. Los primeros fueron los de Balam-Quitzé, de Balam-Agab, de Mahucutah y de Iqi-Balam, que se llenaron de alegría.

– ¡Por fin hemos hallado (lo que buscábamos!), dijeron.

He aquí, pues, que el primero que salió fue Tohil (y éste es el nombre del dios). Levantaron su arca que fue llevada por Balam-Quitzé. En seguida salió Avilitz, nombre del dios que bajó Balam-Agab. Hacavitz fue, según esto, el dios que recibió Mahucutah, y Nicahtagah el que entregaron a Iqi-Balam.

De la misma manera que la nación quiché, recibieron también (sus dioses) los de Tamub. Y Tohil es igualmente el dios de los Tamub, que recibieron el abuelo y padre de los príncipes de los Tamub, que conocemos todavía hoy.

En fin, la tercera tribu era la de Ilocab. Tohil fue asimismo el dios que recibieron los abuelos y los padres, y sus príncipes que conocemos ahora.

Tales son los nombres de las tres (familias) quichés, que no se separaron, porque uno era el nombre de su dios: Tohil el de los quichés; Tohil el de los Tamub y el de los de Ilocab. No teniendo sino un solo nombre su dios, no se separaron nunca esas tres familias quichés.

Grande (era) en verdad la naturaleza de Tohil, Avilitz y Hacavitz.

Y entonces llegaron todas las tribus: los rabinaleños, los cakchiqueles y los tziquinahá, con la nación yaqui, como se les llama ahora.

Pues bien, allá fue donde se alteró la lengua de las tribus. Diferentes volviéronse sus lenguas. No se entendían claramente cuando llegaron a Tulan. Así, pues, allá fue donde se dividieron. Hubo algunas que se fueron hacia el Oriente y muchas vinieron hacia acá.

Y la piel de los animales fue su único vestido. No tenían buenas telas en abundancia, con las cuales hubieran podido vestirse. La piel de los animales era su único atavío. Eran pobres. Nada poseían, pero su naturaleza era de hombres prodigiosos.

Cuando llegaron a Tulán-Zuiva, a Siete Cuevas, a Siete-Barrancos –dicen las antiguas historias– largo había sido su camino para llegar a Tulan.

 

CAPITULO QUINTO

No había entonces fuego; únicamente lo tenían los de Tohil, y éste es el dios de la nación y el primero que creó el fuego. No se sabe cómo se produjo, pues brillaba ya cuando lo vieron Balam-Quitzé y Balam-Agab.

– ¡Ah, ya no tenemos nuestro fuego! Moriremos de frío, repitieron ellos.

Entonces Tohil respondió:

– No os aflijáis. A vosotros (corresponderá) guardar o destruir ese fuego, del cual habláis, les replicó.

– ¿En verdad, será así, oh, Dios, oh, tú que eres nuestro sostén y nuestro mantenedor; tú, nuestro dios?, le dijeron, ofreciéndole presentes.

Tohil habló: – Está bien. Ciertamente soy vuestro dios. ¡Que así sea! Soy vuestro señor. ¡Que así sea!, fue dicho por Tohil a los sacrificadores. Y así se calentaron las tribus y se regocijaron a causa del fuego.

Pero en seguida comenzó a caer un gran aguacero, que apagó el fuego de las tribus y muchos granizos cayeron sobre la cabeza de las tribus, y su fuego se apagó entonces a causa del granizo. Y ya no hubo más fuego del que se había hecho.

Entonces Balam-Quitzé y Balam-Agab pidieron fuego una vez más a Tohil.

– ¡Oh, Tohil, en verdad morimos de frío!, dijeron.

– No será así. No os aflijáis, respondió Tohil.

Y al instante hizo fuego, golpeándose la sandalia.

En seguida Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam se regocijaron y después se recalentaron. Ahora bien, el fuego de las tribus también se había extinguido y se morían de frío. Luego vinieron a pedirlo a Balam-Quitzé, a Balam-Agab, a Mahucutah y a Iqi-Balam. Y ya no podían soportarlo, ni la helada, temblando (como estaban todos), y dando diente contra diente, ya no tenían vida. Los pies y las manos entumecidos, al extremo de que ya no podían coger nada con ellas cuando llegaron.

– No nos despreciéis ahora que (estamos) con vosotros para pediros que nos deis un poco de vuestro fuego, dijeron al llegar.

Pero no se les recibió bien y entonces se entristeció el corazón de las tribus.

Ahora bien, el lenguaje de Balam-Quitzé, de Balam-Agab, de Mahucutah y de Iqi-Balam era ya diferente.

– ¡Ay, hemos abandonado nuestra lengua! ¿Cómo hemos hecho esto? Estamos arruinados. ¿En dónde, pues, fuimos engañados? No teníamos sino una sola lengua cuando vinimos de Tulan. Uno solo era nuestro modo de conservar (el altar) y una sola nuestra educación.

– No está bien lo que hemos hecho, repitieron todas las tribus, en los bosques y bajo los bejucos.

En ese momento se presentó un hombre ante Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam, y el mensajero de Xibalbá les habló de esta manera:

– En verdad éste es vuestro dios. Este es vuestro sostén y el representante y la sombra de vuestro Creador y de vuestro Formador. No les deis, pues, su fuego a las tribus, hasta que ellas hayan ofrendado a Tohil, que habéis tomado por vuestro señor, lo que ellas os han dado. Preguntad, pues a Tohil lo que deberán dar para recibir el fuego, dijo (este mensajero) de Xibalbá.

Su apariencia era la de un murciélago.

– Soy enviado por vuestro Creador, por vuestro Formador, dijo también el (mensajero) de Xibalbá.

Al oír tales palabras llenáronse de alegría y el corazón de Tohil, Avilitz y de Hacavitz, se exaltó igualmente, mientras hablaba el (enviado) de Xibalbá, que desapareció inmediatamente de su vista sin dejar (por ello) de existir.

Entonces llegaron las tribus que se morían también de frío (pues caía) mucho granizo, y con la lluvia negra que se congelaba, hacía un frío indescriptible.

Todas las tribus estaban temblando y tiritando de frío cuando llegaron a donde estaban Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam. Grande era la aflicción de sus corazones y tristes estaban sus bocas y sus miradas.

En seguida volvieron furtivamente ante Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam y les dijeron:

– ¿No tendréis compasión de nosotros, de nosotros, que sólo pedimos un poco de vuestro fuego? ¿Acaso no es uno nuestro origen y una nuestra morada? ¿No fue una sola nuestra patria cuando fuisteis creados y formados? ¡Tened, pues, piedad de nosotros! repitieron las tribus.

– ¿Qué nos daréis para que tengamos misericordia de vosotros?, les respondieron los dioses.

– Pues bien, os daremos dinero, contestaron las tribus.

– No queremos dinero, replicaron Balam-Quitzé y Balam-Agab.

– ¿Y qué es lo que queréis, pues?

– Pronto lo preguntaremos (a Tohil).

– Está bien. Iremos, pues, a preguntarlo a Tohil y en seguida os lo comunicaremos, les fue contestado.

– ¿Qué deben dar las tribus, ¡oh, Tohil!, las que han venido a pedir tu fuego?, dijeron Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.

– ¡Bueno! ¿Querrán unirse (a mí) bajo su cintura y bajo su sobaco? ¿Consiente su corazón que me abracen a mí, Tohil? Si no lo desean, no les daré fuego, repuso Tohil.

– Decidles que (eso no se hará sino) poco a poco. Que no unirán por ahora su cintura y su sobaco, os dice él, les diréis vosotros. Así fue respondido a Balam-Quitzé, a Balam-Agab, a Mahucutah y a Iqi-Balam.

Entonces ellos transmitieron la palabra de Tohil.

– Está muy bien. Nos uniremos y le abrazaremos, respondieron al oír y recibir la palabra de Tohil.

No tardaron mucho en cumplir su promesa.

– Está bien, pero (que sea pronto), dijeron al recibir el fuego, después de lo cual se calentaron. -

 

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