|
PRIMERA PARTE
CAPITULO PRIMERO
Este es el primer libro
escrito en la antigüedad, aunque su vista está
oculta al que ve y piensa. Admirable es su aparición
y el relato (que hace) del tiempo en el cual acabó
de formarse todo (lo que es) en el cielo y sobre la tierra,
la cuadratura y la cuadrangulación de sus signos,
la medida de sus ángulos, su alineamiento y el establecimiento
de las paralelas en el cielo y sobre la tierra, en los cuatro
extremos, en los cuatro puntos cardinales, como fue dicho
por El Creador y El Formador, La Madre, El Padre de la Vida,
de la existencia, aquel por el cual se respira y actúa,
padre y vivificador de la paz de los pueblos, de sus vasallos
civilizados. Aquel cuya sabiduría ha meditado la
excelencia de todo lo que hay en el cielo y en la tierra,
en los lagos y en el mar.
Este es el relato de
cómo todo estaba en suspenso, todo estaba en calma
y en silencio; todo estaba inmóvil, todo tranquilo,
y vacía la inmensidad de los cielos.
Esta es, pues, la primera
palabra y el primer relato. No había aún un
solo hombre, un solo animal; no había pájaros,
peces, cangrejos, bosques, piedras, barrancas, hondonadas,
hierbas ni sotos; sólo el cielo existía.
La faz de la tierra
no se manifestaba todavía; sólo el mar apacible
y todo el espacio de los cielos.
No había nada
que formara cuerpo; nada que se asiese a otra cosa; nada
que se moviera, que produjese el más leve roce, que
hiciese (el menor) ruido en el cielo.
No había nada erguido. (No había) sino las
tranquilas aguas; sino el mar en calma y solo, dentro de
sus límites, pues no había nada que existiera.
No había más
que la inmovilidad y el silencio en las tinieblas, en la
noche. Estaba también solo El Creador, El Formador,
El Domador, El Serpiente cubierta de Plumas. Los que engendran,
los que dan la vida, están sobre el agua como una
luz creciente.
Están cubiertos
de verde y azul, y he ahí por qué el nombre
de ellos es Gucumatz, cuya naturaleza es de grandes sabios.
He aquí cómo existe el cielo; cómo
existe igualmente El Corazón del Cielo; tal es el
nombre de Dios, así como se le llama. Entonces, fue
cuando su palabra llegó aquí con El Dominador
y Gucumatz, en las tinieblas y en la noche, y habló
con El Dominador, El Gucumatz.
Y ellos hablaron, y
entonces se consultaron y meditaron; se comprendieron y
unieron sus palabras y sus pensamientos.
Entonces se hizo el
día mientras se consultaban, y al alba se manifestó
el hombre, cuando ellos tenían consejo sobre la creación
y crecimiento de los bosques y de los bejucos; sobre la
naturaleza de la vida y de la humanidad (creadas) en las
tinieblas y en la noche por aquel que es El Creador del
Cielo, cuyo nombre es Hurakán.
El Relámpago
es el primer signo de Hurakán; el segundo, El Surco
del Relámpago; el tercero, El Rayo que Golpea, y
los tres son El Corazón del Cielo.
Luego vinieron ellos
con El Dominador, El Gucumatz; entonces tuvieron consejo
sobre la vida del hombre; como se harían las siembras,
como se haría la luz; quien sería sostén
y mantenedor de los dioses.
¡Que así
sea hecho! ¡Fecundaos!, (fue dicho). Que esta agua
se retire y cese de estorbar, a fin de que la tierra exista
aquí; que se afirme y presente para ser sembrada,
y que brille el día en el cielo y en la tierra, pues
no habrá gloria, ni honor de todo lo que hemos creado
y formado, hasta que no exista la criatura humana, la criatura
dotada de razón.
Así hablaron
mientras la tierra era creada por ellos.
Así fue en verdad
como se hizo la creación de la tierra.
¡Tierra!,
dijeron, y al instante se formó.
Como una neblina, o
como una nube se formó en su estado material, cuando
semejantes a cangrejos aparecieron sobre el agua las montañas
y en un momento existieron las grandes montañas.
Sólo una potencia
y un poder maravillosos pudieron hacer lo que fue resuelto
(sobre la existencia) de los montes y de los valles, y la
creación de los bosques de ciprés y de pino
(que aparecieron) en la superficie.
Y así Gucumatz
se alegró. ¡Bienvenido seas (exclamó)
oh, Corazón del Cielo, oh Hurakán, oh, Surco
del Relámpago, oh, Rayo que Golpea!
Lo que hemos
creado y formado tendrá su término, respondieron
ellos.
Primero se formaron
la tierra, los montes y los valles. El curso de las aguas
fue dividido. Los arroyos comenzaron a serpentear entre
las montañas. En ese orden existieron las aguas,
cuando aparecieron las altas montañas.
Así fue la creación
de la tierra cuando fue formada por El Corazón del
Cielo, y el Corazón de la Tierra, que así
son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo
y la tierra, todavía inertes, estaban suspendidos
en medio del agua.
Tal fue su fecundación
cuando ellos la formaron, mientras meditaban acerca de su
composición y perfeccionamiento.
CAPITULO SEGUNDO
En seguida hicieron
fecundos a los animales de la montaña, que son los
guardianes de los bosques; los seres que pueblan los montes,
los venados, los pájaros, los leones, los tigres,
las víboras y el cantil, guardianes de los bejucos.
Luego habló El
que Engendra, El que da el Ser:
¿Es para
(quedar) en silencio, para (estar) sin movimiento, como
la sombra de los bosques y de los bejucos? Por ello, es
bueno que haya seres que los cuiden.
Así fue como
hablaron ellos, mientras provocaban la fecundación
de las cosas; e inmediatamente existieron los venados y
los pájaros. Entonces, pues, dieron moradas a los
venados y a los pájaros.
Tú, venado,
dormirás en las riberas de los arroyos y en las barrancas.
Allí permanecerás entre las malezas, en la
hierba; en los bosques te multiplicarás; marcharás
en cuatro pies y en cuatro pies vivirás. Así
como se dijo, así fue hecho.
Luego fueron también
repartidas las moradas de los grandes pájaros y de
los pequeños pájaros.
Vosotros, pájaros,
os alojaréis en lo alto de los bosques, en lo alto
de los bejucos. Allí hallaréis vuestros nidos
y allí os multiplicaréis; creceréis
en las ramas de los árboles y en los bejucos.
Así fue dicho
a los venados y los pájaros, mientras hacían
lo que debían; y todos entraron en sus moradas o
en sus nidos. Así fue como dio viviendas a los animales
de la tierra El que Engendra, El que da el Ser.
Siendo, pues, creados
los venados y los pájaros, les fue dicho por El Creador
y El Formador, El que Engendra, El que da el Ser:
Gritad, gorjead
ahora, puesto que (se os ha dado) el poder de gritar y de
gorjear. Haced oír vuestro lenguaje, cada uno de
acuerdo con su especie; cada uno según su género.
Así fue dicho a los venados, a los pájaros,
a los leones, a los tigres y a las serpientes.
Decid, pues,
nuestro nombre, alabadnos, a nosotros, vuestra madre, vuestro
padre. Invocad, pues, a Hurakán, El Surco del Relámpago,
El Rayo que Golpea, El Corazón del Cielo, El Corazón
de la Tierra, El Creador, El Formador, El que Engendra,
El que da el Ser. Hablad, llamadnos y saludadnos, les fue
dicho.
Pero les fue imposible
hablar como el hombre. No hicieron sino gritar, cacarear,
graznar, sin que se manifestara forma de lenguaje, gritando
cada uno de diferente manera.
Cuando el Creador y
El Formador vieron que no podían hablar, dijéronse
otra vez uno a otro:
No han podido
decir nuestro nombre, aunque seamos sus creadores y formadores.
Ello no está bien, repitió El que Engendra,
El que da el Ser.
Y así fue dicho
a los animales:
Vosotros seréis
cambiados, porque os ha sido imposible hablar. Hemos cambiado,
pues, de parecer: tendréis vuestro alimento y vuestro
pasto, vuestros nidos y vuestros cubiles en las barrancas
y en los bosques, pues nuestra gloria no será perfecta,
si vosotros no nos invocáis.
Todavía
hay (seres), y los hay, sin duda, que puedan saludarnos.
Los haremos capaces de obedecer. Ahora, haced vuestro deber.
En cuanto a vuestra carne, será triturada entre los
dientes. ¡Así sea! He ahí, pues, vuestro
destino. Así fue como se les habló y al mismo
tiempo se les hizo saber (estas cosas) a los animales grandes
y pequeños, que están sobre la superficie
de la tierra.
Quisieron probar fortuna
nuevamente. Quisieron hacer otra tentativa y probar de nuevo
a que los adoraran. Pero no pudieron entender su lenguaje.
Nada lograron y nada pudieron hacer.
Así pues, su
carne fue humillada, y todos los animales que moran sobre
la faz de la tierra, condenados a ser muertos y comidos.
Así fue como
El Creador y El Formador, El que Engendra, El que da el
Ser, hicieron un nuevo intento para crear la criatura humana.
Que se ensaye
de nuevo. Ya se acerca el tiempo de las siembras. He ahí
la aurora (que va a aparecer). Hagamos a los (que deben
ser) nuestros sostenedores y nuestros mantenedores, dijeron.
¿Cómo
(haremos) para ser invocados y conmemorados sobre la faz
de la tierra? Hemos ensayado nuestra primera obra y nuestras
primeras criaturas; pero no ha sido posible ser saludados
ni honrados por ellas. Probaremos, pues, hacer hombres obedientes
y respetuosos, (que sean nuestros) sostenedores y nuestros
mantenedores. Así dijeron. Entonces crearon y formaron
al hombre. De barro hicieron su carne.
Pero vieron que no estaba
bien, pues no tenía consistencia. Sin movimientos,
sin fuerza, el hombre era inepto y aguado. No movía
la cabeza. La cara no se volvía sino a un lado. Tenía
la vista velada y no podía ver hacia atrás.
Fue dotado (del don) del habla, aunque no tenía inteligencia,
e inmediatamente se consumió en el agua, sin poder
estar erguido.
Ahora bien, El Creador
y El Formador exclamaron otra vez:
Mientras más
trabaja uno en ello, más incapaz es él de
caminar y multiplicarse. ¡Que se haga, pues, un ser
inteligente!, dijeron.
Luego deshicieron y
destruyeron una vez más su obra y su creación.
En seguida dijeron: ¿Cómo haremos para
que puedan nacer (seres) que nos adoren y nos invoquen?.
Dijeron entonces, mientras
se consultaban de nuevo:
Digamos a Xpiyacoc
y a Xmucané, al Tirador de Cerbatana, al Tacuacín,
al Tirador de Cerbatana al Coyote, probad suerte de nuevo.
Ensayad a formarlos de nuevo.
Así se dijeron
entre ellos El Creador y El Formador, y hablaron entonces
a Xpiyacoc y a Xmucané.
En seguida consultaron
a esos adivinos, el Abuelo del Sol, la Abuela de la Luz,
como son llamados por el Creador y El Formador, y son ésos
los nombres de Xpiyacoc y de Xmucané.
Y los de Hurakán
hablaron con Tepeu y Gucumatz. Entonces dijeron al del Sol,
al de la formación, que (son los adivinos):
Es tiempo de
ponerse de acuerdo de nuevo sobre los rasgos del hombre
que hemos formado, para que (sea) una vez más (nuestro)
mantenedor, a fin de que seamos invocados y recordados.
Tomad, pues,
la palabra, ¡oh, Tú que engendras y pares,
nuestra Abuela y nuestro Abuelo, Xpiyacoc y Xmucané;
haced que la germinación se haga, que el alba ilumine,
que seamos invocados, que seamos adorados, que seamos recordados
por el hombre formado, por el hombre creado, por el hombre
erguido, por el hombre moldeado. Haced que así sea.
¡Manifestad
vuestro nombre, oh, Tirador de Cerbatana al Tacuacín,
oh Tirador de Cerbatana al Coyote, dos veces engendrador,
dos veces procreador, Gran Jabalí, Gran Picador de
Espinas, El de la Esmeralda, El Joyero, El Cincelador, El
Arquitecto, El del Planisferio Verde, El de la Superficie
Azulada, El Dueño de la Resina, El Jefe de Toltecat,
Abuelo del Sol, Abuela del Día, porque así
seréis llamados por vuestras obras y vuestras criaturas!
Echad suertes
con vuestro maíz, con vuestro tzité, para
saber si se hará y resultará, que labremos
y tallaremos su boca, y su rostro en madera. Así
fue dicho a los adivinos.
Llegó (el momento)
de echar suertes y de saludar el rito del encantamiento
con maíces y tzité.
¡Suerte,
criaturas!, les dijeron entonces una vieja y un viejo.
Ahora bien, ese viejo
era el maestro de las suertes con tzité: Xpiyacoc
se llamaba; pero la vieja era la adivina, La Formadora,
cuyo nombre (era) Chirakán Xmucané.
Así, pues, ellos
hablaron de esta manera cuando el sol se detenía
en el meridiano:
Es tiempo de
ponerse de acuerdo. Habla; que nosotros escuchemos; que
nosotros hablemos y digamos si es preciso que la madera
sea labrada y esculpida por El Formador y El Creador, y
si éste será el sostenedor y el mantenedor,
cuando la germinación se haga y nazca el día.
¡Oh, maíz,
oh, tzité, oh, sol, criatura, uníos, ayuntaos!
Así fue dicho al maíz, al tzité, al
sol y a la criatura.
Y tú,
oh Corazón del Cielo, sonrójate; ¡no
humilles a Tepeu ni a Gucumatz!
Luego hablaron y dijeron
la verdad: Así está bien que se hagan
vuestros muñecos, labrados en madera; que hablen
y razonen a su gusto sobre la tierra.
Así sea,
respondieron ellos cuando hablaron:
En el mismo instante
fueron hechos de madera los muñecos. Se formaron
los hombres. Los hombres razonaron y éstas son las
gentes que (habitan) la superficie de la tierra.
Existieron y se multiplicaron;
engendraron hijas e hijos, muñecos labrados en madera;
pero no tenían corazón, ni inteligencia, ni
recuerdo de su Formador, de su Creador. Llevaban una existencia
inútil y vivían como animales.
No se recordaban ya
del corazón del Cielo, y por ello cayeron en desgracia.
No fue, pues, sino un ensayo, un intento de hacer hombres,
que hablaron al principio, pero cuyo rostro se enjutó.
Sus pies y sus manos
no tenían consistencia. No tenían sangre ni
sustancia, ni humedad, ni grasa. Las mejillas secas era
(todo lo que ofrecían) sus caras. Aridos eran sus
pies y sus manos; fláccida su carne.
Por esa razón
no pensaban en hacer reverencias ante El Formador y El Creador,
su padre y providencia.
Ahora bien, estos fueron
los primeros hombres que existieron en gran número
aquí sobre la faz de la tierra.
CAPITULO TERCERO
En seguida llegó
el fin (de esos hombres); la ruina y destrucción
de tales muñecos labrados en madera, que fueron igualmente
condenados a muerte.
Entonces las aguas se
precipitaron por voluntad de El Corazón del Cielo
y se produjo una gran inundación, que cubrió
los muñecos; esos seres hechos de madera.
De tzité (se hizo)
la carne del hombre; pero cuando la mujer fue labrada por
El Formador y El Creador, el zibak (entró en) la
carne de la mujer. Debió entrar en su constitución
por orden de El Formador y de El Creador.
Pero los nuevos seres
no pensaban ni hablaban delante de su Formador y de su Creador,
del que los hizo, del que los había hecho nacer.
Y así fueron destruidos;
fueron inundados, al mismo tiempo que una espesa resina
bajó del cielo. (El pájaro) llamado Xecotcovach
les sacó los ojos; el Camalotz les decapitó;
el Cotzbalam devoró sus carnes; el Tucumbalam quebró
y trituró sus huesos y sus cartílagos. Y sus
cuerpos fueron reducidos a polvo y dispersados, como castigo
a sus personas.
Fueron castigados por
que no habían pensado en su madre ni en su padre,
el que es El corazón del Cielo, cuyo nombre es Hurakán.
Así es como a
causa de ellos se oscureció la superficie de la tierra
y una tenebrosa lluvia comenzó a caer, lluvia de
día, lluvia de noche.
Llegaron (entonces) todos
los animales, grandes y pequeños (y los hombres fueron)
golpeados en sus propias caras por los palos y las piedras.
Todos los que les habían servido hablaron: sus comales,
sus platos, sus ollas, sus perros, sus gallinas, todos los
golpearon en sus propias caras.
Nos habéis
tratado mal; nos mordíais; por ello seréis
ahora castigados, dijeron sus perros y sus gallinas.
Y he aquí que
los metates (les dijeron a su vez):
Nosotros fuimos
atormentados todos los días por vosotros; de día
y de noche, siempre holi, holi, huqui, huqui, hacían
nuestras caras por vuestra causa. Todo ello lo hemos sufrido
de vosotros; pero ahora que habéis cesado de ser
hombres, vais a sentir nuestra fuerza, pues moleremos y
reduciremos a polvo vuestras carnes. Así hablaron
los metates.
Y he aquí que
los perros tomaron a su vez la palabra y dijeron:
¿Por qué
no nos dábais de comer? Apenas se nos veía,
y ya éramos echados y perseguidos. El palo para pegarnos
estaba (siempre) listo, mientras comíais.
Así nos
tratábais y éramos incapaces de hablar. Sin
ello, no os habríamos (dado) la muerte ahora. ¿Cómo,
pues, no razonábais; cómo no pensábais,
pues, en vosotros mismos?
Os destruiremos.
Ahora probaréis los dientes que hay en nuestra boca;
os devoraremos, les decían los perros, destrozándoles
la cara.
Sus comales y sus ollas
les hablaron a su vez:
Vosotros nos causabais
mal y daños, tiznando con el humo nuestras bocas
y nuestras caras; siempre nos teníais al fuego quemándonos,
aunque nosotros nada sintiésemos. Vosotros lo sentiréis
a su vez. Os quemaremos, exclamaron las ollas, insultándoles
ante todos. Lo mismo (hicieron) los tenamastes (pidiendo)
que el fuego quemara con violencia sus cabezas, por el mal
que les habían hecho.
(Entonces se vio a los
hombres) correr, empujándose unos a otros, llenos
de desesperación. Querían subirse sobre las
casas, pero las casas, desmoronándose, les hacían
caer (al suelo). Intentaban subir a los árboles,
y los árboles los lanzaban lejos; corrían
a esconderse en las cavernas, y las cavernas se cerraban
ante ellos.
Así (se cumplió)
la ruina de esas criaturas humanas, destinadas a ser confundidas
y destruidas. En esa forma fueron entregadas a la destrucción
y al desprecio.
Se dice que su descendencia
(se ve aún) en esos monitos que viven actualmente
en los bosques. Esa fue la señal que quedó
de ellos, porque sólo de madera fue hecha su carne
por El Formador y El Creador.
Y por tal razón
el mono se parece al hombre. Es la muestra de una generación
de seres humanos (que no eran) sino muñecos, (hombres)
hechos de madera.
CAPITULO CUARTO
Ahora bien, (no había
entonces) sino muy poca claridad en la superficie de la
tierra; aún no existía el día; pero
(había allí) un hombre que se enorgullecía
de sí mismo, llamado Vukub-Cakix.
Existían el cielo
y la tierra, aunque las caras del sol y de la luna estaban
todavía ocultas.
Decía, pues, (Vukub-Cakix):
En verdad, lo que queda de esas gentes que se ahogaron
es algo extraordinario; y su existencia es como la de los
seres sobrenaturales.
Seré, pues,
grande ahora sobre todos los seres creados. Soy su sol,
su aurora y su luna. ¡Así sea! Grande es mi
esplendor. Por mí van y caminan los hombres, pues
de plata es el globo de mis ojos, resplandecientes como
piedras preciosas, y el esmalte de mis dientes brilla como
la faz del cielo.
Mi nariz brilla
a lo lejos como la luna. De plata es mi trono, y la faz
de la tierra se ilumina cuando me adelanto hacia mi trono.
Así, pues,
soy el sol, soy la luna, causa de la cultura, de la felicidad
de mis vasallos. Así será, pues mi vista alcanza
muy lejos.
(Así) hablaba
Vukub-Cakix, aunque en verdad él no era el sol; sólo
se vanagloriaba de sus pedrerías, de sus riquezas.
En realidad, su vista
terminaba en el horizonte y no alcanzaba el mundo entero.
Aún no se veían
las caras del sol, de la luna ni de las estrellas. No había
amanecido.
Así, pues, Vukcub-Cakix
se envanecía como si fuera (el igual) del sol y de
la luna, pues la luz del sol y la de la luna todavía
no habían comenzado a brillar ni a manifestarse.
Sólo sus deseos de grandeza le hacían estar
más allá de (todo).
Y fue en ese tiempo cuando
se produjo la inundación a causa de los muñecos
(y de los hombres) hechos de madera.
Ahora contaremos, pues,
cómo murió Vukub-Cakix, cuándo fue
abatido, y en qué tiempo fue hecho el hombre por
la mano de El Formador y de El Creador.
TERCERA PARTE
CAPITULO PRIMERO
Ahora bien, cuando se
comenzó a pensar en el hombre y a buscar lo que debía
entrar en la carne del hombre, entonces hablaron El que
Engendra y El que da el Ser, El Creador y El Formador, nombrados
Tepeu y Gucumatz.
Ya la aurora se aproxima.
La obra está concluida. Así queda ennoblecido
el apoyo, el mantenedor (del altar), el hijo de la luz,
el hijo de la civilización. He ahí el nombre
esclarecido, y honrada la humanidad sobre la faz de la tierra,
dijeron ellos.
Vinieron, pues. Se reunieron
en gran número. Juntaron sus sabios consejos en las
tinieblas de la noche. Luego buscaron, y moviendo la cabeza,
se consultaron, pensando (en lo que harían).
De esa manera salieron
a luz las sabias decisiones de esos hombres esclarecidos.
Ellos encontraron y descubrieron lo que debía entrar
en la carne del hombre. Ahora bien, poco faltaba para que
el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre ellos,
sobre El Creador y El Formador.
En Paxil y en Cayalá
así llaman (a ese lugar), nacieron las mazorcas de
maíz amarillo y de maíz blanco.
Y he aquí los
nombres de los animales que fueron a buscar alimento: yac
(gato de monte); utiú (coyote); quel (cotorra o chocoyo)
y hoh (cuervo). Cuatro animales que dieron noticia de las
mazorcas de maíz amarillo y de las de maíz
blanco, que llegaban a Paxil, y que les mostraron el camino
de Paxil.
Allí fue donde
obtuvieron al fin los alimentos que entraron en la carne
del hombre creado, del hombre formado. Esa (fue) su sangre,
que llegó a ser la sangre del hombre; el maíz
entró en él por el cuidado de El que Engendra,
de El que da el Ser.
Así se regocijaron
de haber llegado por fin a aquel país excelente,
tan pródigo en cosas sabrosas, donde abundaba el
maíz amarillo y el maíz blanco, donde abundaba
también el pek, el cacao; donde eran incontables
los árboles de zapote, los anonos, los jocotes, los
nances, los ahachés, la miel. Abundaban allí,
en fin, los mejores alimentos en ese pueblo de Paxil, de
Cayalá, (pues tal era) su nombre.
Había alimentos
de todas clases, pequeños y grandes; plantas pequeñas
y plantas grandes, cuyo camino les había sido mostrado
por los animales.
Entonces se comenzó
a moler el maíz amarillo, el maíz blanco,
y Xmucané compuso con él nueve bebidas, y
de ese alimento que entraba (en el cuerpo) hizo nacer la
fuerza y el vigor, y dio carne y músculos al hombre.
Eso fue lo que hicieron
El que Engendra y El que da el Ser, Tepeu y Gucumatz, como
son llamados.
A continuación
entraron en pláticas para hacer y formar a nuestra
primera madre y a nuestro primer padre. Sólo maíz
amarillo y maíz blanco (entraron en) su carne y fueron
el único alimento de las piernas y de los brazos
del hombre.
Y ellos fueron nuestros
primeros padres, los cuatro hombres formados y en los que
este alimento (se hizo) su carne.
CAPITULO SEGUNDO
He aquí los nombres
de los primeros hombres creados y formados. Este es el primer
hombre, Balam-Quitzé. El segundo es Balam-Agab. El
tercero, Mahucutah, y el cuarto, Iqi-Balam. Y éstos
son los nombres de nuestras primeras madres y primeros padres.
Sólo se les llamó
seres modelados y formados. No tuvieron ni madre ni padre,
y nosotros los llamamos simplemente hombres.
La mujer no les dio el
ser, y no fueron tampoco engendrados por El Edificador ni
El Formador, por El que Engendra y El que da el Ser.
Su creación y
su formación fueron un prodigio, un verdadero encantamiento,
realizado por El Creador y El Formador, por El que Engendra
y por El que da el Ser, Tepeu y Gucumatz. Al aparecer como
hombres, hombres, pues, fueron. Hablaron y razonaron, vieron
y oyeron, anduvieron y palparon. Hombres perfectos y hermosos
y cuya figura era una figura humana.
Fue y existió
(en ellos) el pensamiento. Vieron y al instante se elevó
su mirada. Su vista abrazó todo. Conocieron el mundo
entero, y cuando lo contemplaban, su mirada se dirigía,
en un momento, de la bóveda del cielo a la superficie
de la tierra.
Veían las cosas
más ocultas a su voluntad, sin tener necesidad de
moverse antes. Y cuando luego volvían la vista a
este mundo, veían igualmente todo lo que él
contiene.
Grande fue su sabiduría.
Su genio se extendió sobre los bosques, sobre las
rocas, sobre los lagos y los mares, sobre las montañas
y sobre los valles. Hombres verdaderamente dignos de admiración
(así eran) Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah
e Iqi-Balam.
Entonces fueron interrogados
por El Edificador y El Formador.
¿Qué
es lo que pensáis de vuestro ser? No veis nada. No
oís nada. ¿No son buenos vuestro lenguaje
y vuestra manera de andar?
Mirad, pues, y
ved bajo el cielo si aparecen las montañas y los
valles. Procurad verlos ahora, les fue dicho.
Después vieron
el conjunto de todo lo que hay bajo el cielo. Luego dieron
gracias a El Creador y a El Formador (diciendo):
En verdad os damos
las gracias. Hemos recibido la existencia; hemos recibido
una boca, un rostro. Hablamos, oímos, pensamos, andamos,
sentimos y conocemos igualmente bien lo que está
lejos y lo que está cerca.
Vemos también
todas las cosas grandes y las cosas pequeñas en el
cielo y en la tierra. ¡Gracias, pues, a vos, hemos
sido creados, oh, Edificador, oh, Formador! ¡Existimos
ya, oh, abuela nuestra, oh, nuestro abuelo!, dijeron al
darles las gracias por su creación y por su existencia.
Y acabaron de contemplar
y de ver todo lo que existe en los cuatro rincones y en
los cuatro ángulos en el cielo y sobre la tierra.
Pero El Edificador y
El Formador no oyeron tales cosas con gusto.
No está
bien lo que dicen nuestras criaturas. Ellas saben de todas
las cosas grandes y de las pequeñas, dijeron ellos.
Por ello se tomó
de nuevo el parecer de El que Engendra, de El que da el
Ser.
¿Qué
haremos ahora con ellos? Que su vista se acorte y (que se
contenten) con mirar sólo una parte de la superficie
de la tierra, (dijeron).
No está
bien lo que dicen. Su naturaleza no debe ser, pues, sino
la de simples criaturas. Pero serán otros tantos
dioses, si procrean lo suficiente y si se desarrollan cuando
hagan las siembras, cuando amanezca, si se multiplican.
¡Así sea!
Limitemos un poco
(nuestra obra), a fin de que les falte (algo). No está
bien lo que vemos. ¿Querrán por ventura igualarse
a nosotros, que los hemos hecho; a nosotros, cuya sabiduría
se extiende tan lejos y conoce todo?
Eso dijeron El Corazón
del Cielo, Hurakán, El Surco del Relámpago,
El Rayo que Golpea, Tepeu y Gucumatz, El que Engendra, El
que da el Ser, Xpiyacoc, El Edificador y El Formador. Así
hablaron y en seguida cambiaron la naturaleza de sus criaturas
y de su obra.
Entonces El Corazón
del Cielo les pasó una nube sobre las pupilas de
los ojos, que se empañaron como la luna de un espejo
que se cubre de vapor. El globo de sus ojos fue así
oscureciendo. No vieron sino lo que estaba cerca y sólo
eso era claro para ellos.
Así fue destruida
su sabiduría y toda la ciencia de los cuatro hombres,
su origen y su principio. Así fueron formados y creados
nuestros primeros abuelos y padres por El Corazón
del Cielo, El Corazón de la Tierra.
Existieron también
sus esposas, y sus mujeres fueron formadas. Dios fue consultado
igualmente. Así, pues, durante su sueño recibieron
sus bellas mujeres, que se encontraron con Balam-Quitzé,
Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.
Sus mujeres se hallaban
allí cuando despertaron. Pronto sus corazones se
regocijaron a causa de sus esposas.
CAPITULO TERCERO
He aquí los nombres
de sus mujeres: Caha-Paluná, nombre de la mujer de
Balam-Quitzé. Chomihá, se llamaba la de Balam-Agab.
Tzunihá, la de Mahucutah, y Cakix-há, la de
Iqi-Balam. Son los nombres de sus esposas, que fueron princesas.
Ellos engendraron a los
hombres, a las pequeñas tribus y a las grandes tribus.
Fueron el origen de todos nosotros, la gente de la nación
quiché. Al mismo tiempo existieron en gran número
los sacrificadores, que no fueron sólo cuatro, aunque
sólo cuatro fueron nuestras madres, las de la nación
quiché.
Diferentes eran los nombres
de cada uno de los que se propagaron allá en el Oriente,
y sus nombres han venido a ser los de las naciones de Tepeu,
de Olomán, de Cohah, de Quenech, de Ahau, como se
llamaba a aquellos hombres allá en el Oriente, donde
se multiplicaron.
Se conoce igualmente
el origen de los Tamub y el de los de Ilocab, que vinieron
juntos de los países de Oriente.
Balam-Quitzé es
el abuelo y padre de las nuevegrandes casas o familias de
los Cavek. Balam-Agab, el abuelo y padre y de las nueve
casas de Nihaib. Mahucutah, el abuelo y padre de las cuatro
grandes casas de Ahau-Quiché.
Existieron tres grupos
de familias, sin que hubiesen olvidado el nombre de su abuelo
y el de su padre, que se propagó y multiplicó
allá en Oriente.
Vinieron también
los Tamub y los de Ilocab, con trece ramas de pueblos; los
trece de Tecpán. Luego los de Rabinal, los cakchiqueles,
los de Tziquinahá. En seguida los de Zacahá;
después los de Lamak, de Cumatz, de Tuhalhá,
de Uchabahá, los de Chimilahá, los de Quibahá,
losde Batenab, de Acul-Vinak, de Balamihá, de Canchahel
y de Balam-Colob.
Y ésas son solamente
las tribus principales, las ramas de los pueblos, como nosotros
lo decimos, no habiendo mencionado sino las principales.
Hay todavía muchas otras que salieron de los alrededores
de cada poblado, pero no escribiremos sus nombres, sino
sólo diremos que se propagaron en los países
donde sale el sol.
Muchos hombres fueron
formados y en la oscuridad se multiplicaron. La civilización
no existía aún cuando se reprodujeron, pero
vivían todos juntos, y grande fue su existencia y
su fama en los países de Oriente.
Entonces no se servían
todavía ni sostenían (los altares de los dioses).
Sólo volvían los ojos al cielo y no sabían
lo que habían venido a hacer de tan lejos.
Allá vivían
contentos los hombres negros y los hombres blancos. Dulce
(era) el aspecto de esas gentes. Dulce la lengua de esos
pueblos, que eran muy inteligentes.
Hay generaciones bajo
el cielo y hay países y gentes a los que no se les
ve el rostro. No tienen casas y recorren como insensatos
las montañas pequeñas y las grandes montañas.
Así decían, despreciando el país de
esas gentes.
Así hablaban los
de allá, donde veían la salida del sol. Ahora
bien, una misma era la lengua de todos. No invocaban todavía
la madera ni la piedra, y sólo recordaban la palabra
del Creador y de El Formador, de El Corazón del Cielo
y de El Corazón de la Tierra.
Y hablaban meditando
sobre lo que ocultaba la aparición del día,
y llenos de la palabra sagrada, llenos de amor, de obediencia
y de temor, hacían sus peticiones, y después
levantando los ojos al cielo, pedían hijos e hijas.
¡Salud, oh, Creador,
oh, Formador! ¡Tú, que nos ves y nos oyes,
no nos abandones, no nos dejes! ¡Oh, Dios, que estás
en el cielo y sobre la tierra, oh, Corazón del Cielo,
oh, Corazón de la Tierra, dadnos nuestra descendencia
y nuestra posteridad mientras camine el sol y aparezca la
aurora. ¡Que las semillas germinen, así como
la luz!
Dadnos el don de marchar
siempre por caminos abiertos y veredas sin emboscadas. Que
estemos siempre tranquilos y en paz con los nuestros. Que
pasemos una vida feliz. Dadnos, pues, una vida, una existencia
al abrigo de todo reproche, ¡oh. Hurakán, oh,
Surco del Relámpago, oh, Rayo que Golpea! ¡Oh,
Chipi-Nanauac, Raxa-Nanauac, Voc, Hunahpú, Tepeu,
Gucumatz! ¡Oh, tú que engendras y das el ser,
Xpiyacoc, Xmucané, Abuela del Sol, Abuela de la Luz,
haz que las semillas germinen y que se haga la luz!
Así fue como hablaron,
mientras estaban en reposo, invocando la vuelta de la luz.
Y en espera de la salida
del sol, contemplaban la estrella de la mañana, ese
gran astro precursor del sol, que ilumina la bóveda
del cielo y la faz de la tierra, por todas partes donde
se mueven las criaturas humanas.
CAPITULO CUARTO
Balam-Quitzé,
Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam, dijeron:
Aguardemos aún
la salida del sol. Así hablaron esos grandes sabios,
esos hombres instruidos en las ciencias; esos hombres dignos
de respeto y de obediencia, como se les llamaba.
Y todavía no existían
madera ni piedra (esculpidas), que nuestros padres y madres
protegieran. Pero sus corazones estaban cansados allí
de esperar el sol, y ya eran muy numerosas las tribus, así
como la nación de los yaquis, los sacrificadores.
Vámonos,
pues, vamos a buscar, vamos a ver si están guardados
nuestros símbolos. Procuremos hallar lo que pondremos
a arder ante ellos, pues estando de esta manera, no tenemos
ninguna persona que vele por nosotros.
Así hablaron Balam-Quitzé,
Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.
Ahora bien, una sola
ciudad oyó el discurso de ellos y luego partieron.
Los nombres del lugar
a donde se dirigieron Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah
e Iqi-Balam, y los de Tamub e Ilocab, eran Tulán-Zuiva,
Siete-Cuevas, Siete-Barrancos. Tal es el nombre de la ciudad
a donde fueron a recibir sus dioses.
Y llegaron todos a Tulan.
No se podía contar el número de las gentes
que llegaban. Todos entraban caminando ordenadamente.
Se les dieron sus dioses.
Los primeros fueron los de Balam-Quitzé, de Balam-Agab,
de Mahucutah y de Iqi-Balam, que se llenaron de alegría.
¡Por fin
hemos hallado (lo que buscábamos!), dijeron.
He aquí, pues,
que el primero que salió fue Tohil (y éste
es el nombre del dios). Levantaron su arca que fue llevada
por Balam-Quitzé. En seguida salió Avilitz,
nombre del dios que bajó Balam-Agab. Hacavitz fue,
según esto, el dios que recibió Mahucutah,
y Nicahtagah el que entregaron a Iqi-Balam.
De la misma manera que
la nación quiché, recibieron también
(sus dioses) los de Tamub. Y Tohil es igualmente el dios
de los Tamub, que recibieron el abuelo y padre de los príncipes
de los Tamub, que conocemos todavía hoy.
En fin, la tercera tribu
era la de Ilocab. Tohil fue asimismo el dios que recibieron
los abuelos y los padres, y sus príncipes que conocemos
ahora.
Tales son los nombres
de las tres (familias) quichés, que no se separaron,
porque uno era el nombre de su dios: Tohil el de los quichés;
Tohil el de los Tamub y el de los de Ilocab. No teniendo
sino un solo nombre su dios, no se separaron nunca esas
tres familias quichés.
Grande (era) en verdad
la naturaleza de Tohil, Avilitz y Hacavitz.
Y entonces llegaron todas
las tribus: los rabinaleños, los cakchiqueles y los
tziquinahá, con la nación yaqui, como se les
llama ahora.
Pues bien, allá
fue donde se alteró la lengua de las tribus. Diferentes
volviéronse sus lenguas. No se entendían claramente
cuando llegaron a Tulan. Así, pues, allá fue
donde se dividieron. Hubo algunas que se fueron hacia el
Oriente y muchas vinieron hacia acá.
Y la piel de los animales
fue su único vestido. No tenían buenas telas
en abundancia, con las cuales hubieran podido vestirse.
La piel de los animales era su único atavío.
Eran pobres. Nada poseían, pero su naturaleza era
de hombres prodigiosos.
Cuando llegaron a Tulán-Zuiva,
a Siete Cuevas, a Siete-Barrancos dicen las antiguas
historias largo había sido su camino para llegar
a Tulan.
CAPITULO QUINTO
No había entonces
fuego; únicamente lo tenían los de Tohil,
y éste es el dios de la nación y el primero
que creó el fuego. No se sabe cómo se produjo,
pues brillaba ya cuando lo vieron Balam-Quitzé y
Balam-Agab.
¡Ah, ya
no tenemos nuestro fuego! Moriremos de frío, repitieron
ellos.
Entonces Tohil respondió:
No os aflijáis.
A vosotros (corresponderá) guardar o destruir ese
fuego, del cual habláis, les replicó.
¿En verdad,
será así, oh, Dios, oh, tú que eres
nuestro sostén y nuestro mantenedor; tú, nuestro
dios?, le dijeron, ofreciéndole presentes.
Tohil habló:
Está bien. Ciertamente soy vuestro dios. ¡Que
así sea! Soy vuestro señor. ¡Que así
sea!, fue dicho por Tohil a los sacrificadores. Y así
se calentaron las tribus y se regocijaron a causa del fuego.
Pero en seguida comenzó
a caer un gran aguacero, que apagó el fuego de las
tribus y muchos granizos cayeron sobre la cabeza de las
tribus, y su fuego se apagó entonces a causa del
granizo. Y ya no hubo más fuego del que se había
hecho.
Entonces Balam-Quitzé
y Balam-Agab pidieron fuego una vez más a Tohil.
¡Oh, Tohil,
en verdad morimos de frío!, dijeron.
No será
así. No os aflijáis, respondió Tohil.
Y al instante hizo fuego,
golpeándose la sandalia.
En seguida Balam-Quitzé,
Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam se regocijaron y después
se recalentaron. Ahora bien, el fuego de las tribus también
se había extinguido y se morían de frío.
Luego vinieron a pedirlo a Balam-Quitzé, a Balam-Agab,
a Mahucutah y a Iqi-Balam. Y ya no podían soportarlo,
ni la helada, temblando (como estaban todos), y dando diente
contra diente, ya no tenían vida. Los pies y las
manos entumecidos, al extremo de que ya no podían
coger nada con ellas cuando llegaron.
No nos despreciéis
ahora que (estamos) con vosotros para pediros que nos deis
un poco de vuestro fuego, dijeron al llegar.
Pero no se les recibió
bien y entonces se entristeció el corazón
de las tribus.
Ahora bien, el lenguaje
de Balam-Quitzé, de Balam-Agab, de Mahucutah y de
Iqi-Balam era ya diferente.
¡Ay, hemos
abandonado nuestra lengua! ¿Cómo hemos hecho
esto? Estamos arruinados. ¿En dónde, pues,
fuimos engañados? No teníamos sino una sola
lengua cuando vinimos de Tulan. Uno solo era nuestro modo
de conservar (el altar) y una sola nuestra educación.
No está
bien lo que hemos hecho, repitieron todas las tribus, en
los bosques y bajo los bejucos.
En ese momento se presentó
un hombre ante Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah
e Iqi-Balam, y el mensajero de Xibalbá les habló
de esta manera:
En verdad éste
es vuestro dios. Este es vuestro sostén y el representante
y la sombra de vuestro Creador y de vuestro Formador. No
les deis, pues, su fuego a las tribus, hasta que ellas hayan
ofrendado a Tohil, que habéis tomado por vuestro
señor, lo que ellas os han dado. Preguntad, pues
a Tohil lo que deberán dar para recibir el fuego,
dijo (este mensajero) de Xibalbá.
Su apariencia era la
de un murciélago.
Soy enviado por
vuestro Creador, por vuestro Formador, dijo también
el (mensajero) de Xibalbá.
Al oír tales palabras
llenáronse de alegría y el corazón
de Tohil, Avilitz y de Hacavitz, se exaltó igualmente,
mientras hablaba el (enviado) de Xibalbá, que desapareció
inmediatamente de su vista sin dejar (por ello) de existir.
Entonces llegaron las
tribus que se morían también de frío
(pues caía) mucho granizo, y con la lluvia negra
que se congelaba, hacía un frío indescriptible.
Todas las tribus estaban
temblando y tiritando de frío cuando llegaron a donde
estaban Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Iqi-Balam.
Grande era la aflicción de sus corazones y tristes
estaban sus bocas y sus miradas.
En seguida volvieron
furtivamente ante Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah
e Iqi-Balam y les dijeron:
¿No tendréis
compasión de nosotros, de nosotros, que sólo
pedimos un poco de vuestro fuego? ¿Acaso no es uno
nuestro origen y una nuestra morada? ¿No fue una
sola nuestra patria cuando fuisteis creados y formados?
¡Tened, pues, piedad de nosotros! repitieron las tribus.
¿Qué
nos daréis para que tengamos misericordia de vosotros?,
les respondieron los dioses.
Pues bien, os
daremos dinero, contestaron las tribus.
No queremos dinero,
replicaron Balam-Quitzé y Balam-Agab.
¿Y qué
es lo que queréis, pues?
Pronto lo preguntaremos
(a Tohil).
Está bien.
Iremos, pues, a preguntarlo a Tohil y en seguida os lo comunicaremos,
les fue contestado.
¿Qué
deben dar las tribus, ¡oh, Tohil!, las que han venido
a pedir tu fuego?, dijeron Balam-Quitzé, Balam-Agab,
Mahucutah e Iqi-Balam.
¡Bueno!
¿Querrán unirse (a mí) bajo su cintura
y bajo su sobaco? ¿Consiente su corazón que
me abracen a mí, Tohil? Si no lo desean, no les daré
fuego, repuso Tohil.
Decidles que (eso
no se hará sino) poco a poco. Que no unirán
por ahora su cintura y su sobaco, os dice él, les
diréis vosotros. Así fue respondido a Balam-Quitzé,
a Balam-Agab, a Mahucutah y a Iqi-Balam.
Entonces ellos transmitieron
la palabra de Tohil.
Está muy
bien. Nos uniremos y le abrazaremos, respondieron al oír
y recibir la palabra de Tohil.
No tardaron mucho en
cumplir su promesa.
Está bien,
pero (que sea pronto), dijeron al recibir el fuego, después
de lo cual se calentaron. -
|