Blush | Fiat Lux es una revista digital de cultura y humanidades dirigida por Cintia Vanesa Días
En esta sección:
Ante un nuevo desafío
Cuando los héroes lloran
La danza cíclica de las generaciones
En busca del sentido
Al gran pueblo argentino, salud!
Es muy simple
Los hijos del sol
Una voz en el silencio
Haciendo la diferencia

Contador desde 15.03.01

Desde julio 2004

 



Haciendo la diferencia Cintia Vanesa Días
Directora

El inicio de un año trae bajo el brazo la reflexión y la esperanza, la reflexión de los sucesos que fueron hilvanando nuestro destino, la esperanza de que se solucionen los problemas actuales. Sin embargo, la infantil ilusión aquella de “año nuevo, vida nueva” parece mermar conforme pasan los días. Como si el cordón que uniera la vida con el deseo se cortara, y la existencia tuviera que empezar a alimentarse sólo succionando del deseo de vez en cuando ¿No es así acaso? Guardamos la secreta ilusión de que al tocar las doce campanadas, al comer las doce uvas, al brindar y recibir al nuevo año todo empiece en foja cero, y podamos tener la iluminada conciencia de dejar de cometer una y otra vez los mismos errores. Pero nos desilucionamos al comprobar que la existencia siguió su curso sin importarle el reloj, y la conciencia no es tan permanente como deseabamos.

A veces uno espera cosas espectaculares de la vida, uno pretende hacer la diferencia, distinguirse entre la masa de cuerpos y mentes que pueblan este lugar de paso llamado Tierra. Uno espera, y quien espera a la larga desespera…

Si nos preguntaramos ¿qué haría la diferencia? Deberíamos ser cuidadosos al responder; ya que en un mundo como el de hoy –traspasado por el absurdo- podrían ser cosas muy distintas. Para no pecar de injustos deberíamos tener en claro la escala de valores del sujeto, porque es en base a este parametro que él proyecta sus anhelos. Si bien es cierto que la tendencia socialmente aceptada se vincula con el aspecto contable, es el sujeto individual quien elige sus sueños –o elige soñar el sueño de los otros-. Veamos, un sujeto podría soñar con ser millonario: tener, tener todo cuanto se le ocurra, sin limites de gastos; otro podría preferir ser famoso, y es siempre prudente aclarar que fama y dinero no vienen necesariamente juntos -uno puede ser famoso por las razones equivocadas, pero al caso es igual-; otro preferiría ser una eminencia, lo cual no implica ser famoso, pero al menos sí reconocido y respetado en el ámbito de un conocimiento particular; otro soñaría con inventar algo revolucionario, eso podría traer fama y dinero… aunque no necesariamente. Otro se imagina un vocero de los sin voz, lo cual seguramente no involucraría nada de dinero y nada de fama, pero lo haría querible dentro del ámbito de los que defiende; y quizas otro, preferiría ser feliz formando una familia inquebrantable y comiendo asado los domingos.

A estas alturas quizá se estén preguntando ¿qué tiene esto que ver con algo? Pues bien, el planteo lo realizo para explicitar lo que a la larga o a la corta nos hace odiar nuestra vida.

Desde niños solemos tener idolos o héroes, ejemplos a imitar… conforme vamos creciendo alimentamos la idea de ser los que haremos la diferencia en el mundo. ¿Y esto por qué? Simple, nos hemos quedado detenidos en el pensamiento narcisista de la infancia, nuestro cuerpo ha crecido, quizas nuestra mente también… pero nuestra emoción se ha quedado detenida en un estado de deseo que a algunos más, a otros menos, nos impiden madurar emocionalmente.

¿Que quisiéramos?

Ser modelo, pero para ello hay que poner en práctica el arte de comer poco; ser deportista, pero para eso hay que ejercitar el cuerpo; ser cantante, pero para ello hay que ejercitar la voz; ser intelectual, pero para eso hay que ejercitar la mente; ser bailarina, pero para ello hay que poseer gracia y aprender técnicas; ser millonario, pero para eso hay que desarrollar el arte de la especulación y tener contactos; ser el alma de las fiestas, pero para eso hay que ejercitar el ingenio. Y asi cada deseo.

Si somos lo suficientemente constantes, quizas logremos nuestra meta, pero para destacarse de entre los deportistas, modelos, intelectuales, bailarines, millonarios, etc. hay que tener algo simple y natural… hay que tener “ángel”. Es decir que esforzarnos en alcanzar un status social o personal a veces nos lleva a desilucionarnos y sentirnos unos fracasados.

El asunto es… ¿somos realmente unos fracasados? En el caso de responder afirmativamente deberíamos contestar la siguiente pregunta: ¿según quién?

 

El círculo del eterno fracaso

Haber tenido mil relaciones y no habernos podido involucrar en ninguna, Haber tenido sólo una y haberse involucrado tanto que –al acabar-- creemos que nunca encontraremos la felicidad nuevamente; habernos divorciado; habernos casados con alguien que no amamos; no haber estudiado, haber estudiado y no haber podido terminar, haber terminado y no haber podido ejercer; ejercer. pero no ser feliz. Haber dejado escapar al amor de nuestra vida, no haberlo encontrado nunca. Tener hijos que nos sacan de quicio, no tener hijos, tener hijos que no nos tienen en cuenta, tener hijos maravillosos pero no tener una pareja. No habernos casado por capricho, habernos casado por capricho… trabajar en algo que odiamos, no trabajar, trabajar mucho y que nadie nos reconozca el esfuerzo… ¿es fracasar?

Siempre hay razones para que nos sintamos unos fracasados -¿se dan cuenta?-, razones para ser infelices.

Porque no tenemos algo y lo queremos, porque tenemos algo que no queremos, porque tenemos algo que queremos pero quisieramos tener también otra cosa… la sensación de fracaso nos acosa por toda dirección a la que nos dirijamos. ¿Se han preguntado por qué?

Muchas veces se ha hablado de los mandatos paternos (“tenes que ser asi”, “no tenes que ser asi”, “haceme feliz”, “haceme infeliz”)… pero poco se ha reflexionado sobre los propios mandatos del sujeto: fue un día –a los 6 años- que decidió que para cuando tuviera 25 estaría casado y con dos hijos… ahora tiene 30, y una depresión inexplicable… pero sigue soltero. Un día cuando presenciaba una pelea de los padres se prometió que nunca se iba a enamorar, ahora que está enamorada lo único que repica fuerte en su cabeza es “huir, huir”… en unos años, cuando esté sola por elección, lo que va a repicar es “por qué, por qué”. Y así con cada cosa de nuestra vida.

El mecanismo que nos impulsa a buscar siempre lo que no tenemos, o a querer cumplir mandatos que nosotros mismos nos hemos fijado en algún tiempo de vida, lejos de perseguir la felicidad nos lleva a formar parte del espiral descendente de sentimientos de pequeñez, culpabilidad, tristeza y desasosiego. Es el mismo mecanismo que paraliza la acción por miedo al fracaso… miedo que por otra parte es engañoso, porque nos dirige a la mayor frustración de todas: no vivir.

Sólo puede desengañarse quien es humano, por eso sentimos panico al desengaño, sentimos terror que algo nos recuerde que no somos perfectos, que no somos tan maravillosos como imaginábamos, que no somos el centro del universo

Mientras tanto nuestra vida se nos antoja algo que va a pasar en cualquier momento, mientras que en verdad es este instante, más el siguiente, más el proximo. La vida no es un cuento, es una suma de momentos sin introducción, sin nudo ni descenlace y quizas sea tiempo de abandonar los juegos de especulación o inercia que nos hace perdernos los mejores momentos de nuestro existir. Momentos pequeños, llenos de significados pero sin musica de fondo, sin iluminación especifica o rotación de cámaras. Momentos que a veces nos hastían por cotidianos y luego extrañamos por ausentes. Momentos que anticipan a otros momentos inmensamente mejores, pero que sin ellos los otros serían imposibles. El aroma del café por la mañana, el ruido de la lluvia sobre la acera, la brisa que acuna al árbol, el trinar de un pájaro bajo el alero, el palpitar de mi propio corazón… eso es la vida.

Haciendo la diferencia en el absurdo

Quizas el mayor triunfo de la vida no es hacer la diferencia resaltando en deportes, ciencias o humanidades, quizas, el mayor triunfo de todos sea aprender a disfrutar de nosotros mismos y quienes nos rodean –llámense circunstancias, amigos, pareja, familia, oportunidades-, valorar esos momentos de compañía o soledad, apreciar las cosas desapegándolas del deseo de otras. Quizas el mayor triunfo de nuestra vida es querernos como somos, cultivar la certeza de que nos van a querer igual aunque nos equivoquemos, aunque no seamos perfectos. Ser concientes que la vida implica tomar -a veces- caminos equivocados y tener la suficiente madurez emocional para detenernos, aceptar errores y comenzar de nuevo.

Que la diferencia la podemos hacer descubriendo y liberándonos de los mandatos externos o internos que nos esclavizan al sufrimiento. Mis amigos, la diferencia podría ser no esperar que las personas se conviertan en medios para alcanzar nuestros caprichos, sino en fines amables por sí mismos.

El único que hace la diferencia es quien es feliz, y es feliz quien no teme fracasar en su intento de vivir y se acepta tal cual es. Todo lo demás son circunstancias.

 

 

 

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