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¿Ante el fin de la historia?
Edgar Morin afirmó que
más que el fin de la historia estamos presenciando
cómo la incertidumbre se apodera de ella. No
creo que esto sea del todo cierto: la historia se mueve
en espiral. No es ninguna novedad, de las recurrencias
históricas nos hablan desde Cicerón hasta
Gianbattista Vico. Cambian los actores, el entorno,
los medios
pero no los hechos.
Cada generación trae en
sus entrañas el gen de la lucha, de la utopía
Aunque durante el trascurso de la vida se desgasta hasta
semejar una articulación artrósica, nos
queda siempre la esperanza de su renacer, con el advenimiento
de la generación siguiente.
Cada 30 años hay sucesos
que nos despiertan, basta con revisar la historia. Por
ese motivo, no es de extrañar que estemos frente
a uno de esos ciclos de cambio
sucedió
antes
¿por qué no iba a suceder
ahora?
Latinoamérica
late
Latinoamérica se ha caracterizado
por tener un nexo especial, un halo etérico de
similitudes idiosincrásicas, de sufrimientos
gemelos, de alegrías en cadena. Somos un solo
pueblo dividido por nimiedades geográficas y
especulaciones políticas.
No es necesario ser especialista,
alcanza con leer avispadamente el devenir histórico
para comprobar un baile cíclico de giros y contragiros.
Si hiciéramos una lectura
analógica, observaríamos cómo Latinoamérica
se encuentra atravesada por encrucijadas de urgencia,
semejantes a las de la etapa fundacional de su vida
independiente. Se siente, se vive; el presente iberoamericano
está sometido a tensiones globales de inconformismo
y violencia.
Hoy, casi a 200 años de
la revolución, comienza a brotar un sentimiento
de hartazgo, una necesidad de expresión, una
desesperación por ser escuchados y hacer valer
lo poco de humanidad que aun nos queda.
Hay fenómenos puntuales
que nos indican cómo Latinoamérica se
cansó de la injusticia, de la corrupción,
de la postergación histórica, de la exclusión,
del silencio. Nos enfrentamos a una reacción
de masas. Un acto reflejo ante el hambre. Hambre de
justicia, de igualdad de oportunidades, de existencia
pero también un hambre más elemental y
primario: hambre de alimentos.
América se volvió
orgánica; la gente tomó la palabra como
pudo a través de protestas singulares: piquetes,
clases y conciertos en la vía pública,
velorios simbólicos, ambulariazos; se aventuró
a la calle con banderas kilométricas, con sentadas,
con silencios, con gritos.
pero aun debe soportar
las reacciones aleatorias por parte de gobernantes que
eligen suspender sus actividades en el horario de la
novela de la fea, o desestimar el grosor
de la demanda por pequeñeces técnicas.
La incredulidad es un veneno que
se ha ido filtrando en la sangre del pueblo, la gente
no se afilia a un partido político, ni siquiera
a una agrupación sindical. Los sujetos se unen
por una causa común pero descreen de aquellos
que dicen ser sus dirigentes. ¿Por qué?
Los políticos no son creíbles,
se pavonean de todo lo que son capaces de hacer criticando
a su adversario, y luego, se paralizan, renuncian al
primer escollo, o pierden el control absoluto de su
dignidad por unas migajas de poder.
Los dirigentes sindicales no son
creíbles, se han enquistado en un pasado de gloria
y se niegan a despertar a una realidad invadida por
la tecnología, el desempleo, la comunicación
y la necesidad. Hacen oídos sordos a todo lo
que no conocen y menosprecian al que no comparte sus
ideas.
Los intelectuales no son creíbles,
se regodean en sus teorías economicistas, en
sus especulaciones ajenas a la vivencia cotidiana
se enrolan en las contiendas desde la lejanía
del discurso y si las cosas fallan le arrojan la culpa
al otro.
El comienzo del fin
Como americanos y habitantes de
esta realidad geográfica e idiosincrática
estamos traspasados por dos corrientes adversas: la
del hombre light, que engloba al mundo conocido,
y la del ya basta que nos incumbe como hijos
de esta tierra. La una se caracteriza por el descompromiso,
la superficialidad, la indiferencia, la información,
el hedonismo y el egoísmo exacerbado; la otra
por una necesidad imperiosa de hacerse oír, de
participar, de comprometerse en la lucha de lo que se
cree justo.
Nos hallamos enfrentados a una
paradoja de la historia.
Cabalgamos entre una nueva edad
media ( prisioneros de nuestro propio feudo por miedo
al robo y a la violencia externa, creyentes exclusivos
del mercado a quien elevamos nuestras plegarias en una
concepción mercadocentrica del mundo) y un periodo
preindependentista (de agitación y confusión,
en donde la potencia dominante ha demostrado sus problemas
de solvencia electoral)
A esta altura del análisis
debería escribir como Domingo F. Sarmiento (en
carta a Juana Manso, fechada en 1865) Este hecho
me hace creer que no estamos tan lejos del comienzo
del fin, como parecen creer los que de cerca miran sin
ver
¿El fin de los oídos
sordos y los ojos vacíos? ¿El fin de la
impunidad? Como manotazos de ahogado la corrupción
y la injusticia hacen más ruido
pero la
gente ya no calla.
Eso siempre es bueno.
Dijo HPB, no hay religión
superior a la verdad y esto debería ser
nuestra bandera, no como slogan publicitario, sino como
sentimiento arraigado en lo profundo de nuestra conciencia
de pueblo, de seres humanos, de habitantes del planeta
Tierra.
El principio del fin nos platica
de un Apocalipsis de mentalidades, de ideas obsoletas;
una revolución de las conciencias.
Dicen los filósofos que
hay tres situaciones que llevan a que el sujeto reflexione
sobre su realidad y su entorno: la capacidad de asombro,
la curiosidad, y las situaciones limites.
Hoy estamos frente a una situación
limite.
Hacia la reconstrucción
de nuestra identidad latinoamericana
La historia es cíclica,
pero el circulo se desplaza con un dejo de superación.
El espiral es la figura que nos habla de cambio, de
una evolución contraria al determinismo. El espiral
reacciona a favor de la esperanza, así como la
lluvia sacia la sed de las raíces.
No se puede crecer ignorando el
origen, es como querer reconstruir un edificio sin cimientos.
Nuestro destino es común,
somos pueblos latinoamericanos. Hemos sufrido los mismos
males y atesorado las mismas esperanzas. Poseemos idénticas
necesidades, luchamos de formas similares.
Nuestro pasado está signando
nuestro futuro.
Es en América latina, a
comienzos del siglo XIX, donde se define el concepto
más avanzado de democracia. Porque no nos engañemos,
la idea de democracia de la revolución francesa
o de la revolución de americana del norte era
libertad, igualdad, fraternidad, desde lo
político; sin olvidar que además definía
a una parte de los seres humanos como menos que humanos.
En Estados Unidos la libertad, igualdad, fraternidad
era para los blancos. Los negros, esclavos. Alcanzaron
su calidad de ciudadanos recién en 1965.
En cambio en América latina
Hidalgo, Morelo, Bolivar, San Martín, sólo
por nombrar a algunos, creyeron en un concepto de democracia
integral, político y como modelo de sociedad.
Aquí es el primer continente donde, no sólo
se elimina la esclavitud y la servidumbre feudal, sino
que además se les reconoce a todos los ex esclavos,
indígenas, mestizos, mulatos, el carácter
de ciudadanos plenos.
Tristemente comprobamos como en
los comienzos del siglo XXI, nuestras democracias se
asemejan más a la lucha de intereses que a la
igualdad de oportunidades sociales, políticas,
económicas y humanas.
Aun nos falta crecer, aun nos
falta tomar el control de nuestra vida y hacernos cargo
de nuestros actos. Reencontrarnos con glorias pasadas
de culturas naturales, sintonizarnos con nuestras raíces
telúricas y dejar de pretender ser lo que no
somos.
Abandonar la segregación
al diferente, engrandecernos de nuestras heterogeneidades
y aprender de nuestros errores.
La censura colectiva a toda forma
de corrupción, y el cultivo de valores como la
solidaridad, el dialogo; la superación de las
discriminaciones, la responsabilidad colectiva y el
respeto a la dignidad del ser humano dañada por
la pobreza, son algunos de los valores que nuestra cultura
debe fortalecer para ver realizado el sueño de
aquellos grandes que creyeron que un futuro glorioso
era posible.
La hora a sonado. Fiat Lux!!
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