Mujeres indígenas de la pampa y la patagonia
Norma Sosa

Norma Sosa es especialista en culturas indígenas pampeano-patagónicas, presenta en este libro una serie de relatos biográficos de mujeres caciques, lenguarazas, prisioneras o rehenes, chamanes y cacicas que sobresalieron por su valentía, inteligencia y fuerza vital.

"Ha habido mucha oscuridad con respecto al mundo indígena femenino: para la crónica misionera fueron las "infieles" útiles para exhibir historias edificantes de conversión o piedad, y para los partes militares, la "chusma", un grupo de muchachas pintarrajedas, matronas complacientes o rencorosas prisioneras que se resistieron a la doctrina" explicó Sosa en diálogo con Télam.

"Incluso los viajeros -completó- las hicieron protagonistas de ceremonias domésticas o mostraron un mundo pueril y caprichoso de chinas perezosas que se emborrachan, pelean, mienten, fuman, apuestan y mantienen una absoluta libertad sexual".

Publicado por Emecé, el libro aborda las vidas de un sinnúmero de mujeres aborígenes -ranqueles, tehuelches, pampas, pehuenches, araucanos, yámanas u onas, entre otras tribus- que poblaron el centro y sur de nuestro país y se destacaron por su linaje, sus poderes mágicos, su sensualidad, su astucia, su autoridad o su capacidad de mutación y adaptabilidad.

Narradas con fluidez y una notable intensidad dramática, las historias seleccionadas se desarrollan principalmente en el marco temporal del siglo XIX, cuando el contacto entre blancos y aborígenes produjo la mayor parte de documentos y testimonios hallados. "Si bien existieron personajes muy interesantes en todos los períodos es a partir de éste que se puede personalizarlas e identificarlas de un modo más preciso, puesto que anteriormente la figuración de la mujer en las crónicas resulta siempre accidental y despersonalizada, mencionadas en general como 'la mujer del cacique', 'la madre del niño' o 'una vieja'", señaló la autora.

"Incluso en las reducciones franciscanas y jesuíticas -apuntó- ni siquiera poseían nombres: se las bautizaba a todas como 'María' y prácticamente se borraba para siempre el nombre nativo, hecho que dejaba sin base al estudio de gentilicios y también a la onomástica".

Según Sosa, los retratos abordados y el tema etnográfico en que distingue cada historia "no obedecen a otro patrón más que mi propia sensibilidad, a ciertas alusiones o alegorías y a ciertos tópicos que sus vidas condensaban; por ejemplo":

"Pascuala, atada a un infeliz matrimonio político, que expresó su rebeldía en cotidianas tiranías, codicias y mezquindades domésticas, o la cacica María Grande, capaz de conducir el destino de su pueblo, o las pantomimas "acristianadas" de María Hortensia Roca que marcan un contraste con la verdadera magia heredada por Lola, o el poder de Bibiana, destituyendo al cacique Shayhueque".

"Por otro lado -agregó- la adolescente Llancuchuel muestra la fiesta de la nubilidad femenina; Losha, la esencia de los vínculos amorosos; Agustina Quilchamal, la labor de lenguaraza e informante, Margarita, da noticia del cautiverio; Hadd, narra la experiencia de la viudez; y las mujeres de Manquel dan cuenta de la brujería o las de Calfucurá, de la infidelidad".

Todas las historias cuentan además con una profusa documentación fotográfica que complementa y muchas veces sintetiza lo narrado a partir de una suma elocuente de gestos y reacciones de estos personajes en instancias claves o situaciones límite de su vida.

"Las nuevas tecnologías me permitieron reparar en los matices de algunas imágenes: por ejemplo, que los hermanos Catriel, vencidos, están tomados de la mano, o notar que durante el cautiverio las miradas revelan una tristeza infinita, y en cambio en sus toldos patagónicos, las risas felices muestran el sentido de la libertad aún en la pobreza", indicó la historiadora.

"También -continuó-, siendo que la belleza indígena se erigía como contrafigura del modelo femenino de fragilidad y blancura considerado deseable entre los europeos formados en el ideal romántico, es interesante notar los contrastes entre las mujeres que mantuvieron sus valores y las mutaciones estéticas de las que decidieron asimilar el canon de los blancos".

En este punto, Sosa refirió dos actitudes extremas que pintan el péndulo de emociones en que osciló la conducta femenina durante la conquista:

"Hay una frase que revela la frivolidad de una muchachita atontada por la captura y por la seducción tosca de los milicos de los fortines: 'Yo no pampa, yo 11 de Caballería', dijo y así eliminó el conflicto aplicando la amnesia y resolviendo su pase total al bando enemigo".

"Lo opuesto está representado por la hija de Alvarito Reumay, sobrina de Namuncurá, quien se hizo fuerte en su rebeldía y resistió la seducción de los militares que la tenían cautiva negándose a aceptar el trato preferencial que indudablemente implicaría una posterior condescendencia sexual", concluyó.

(Télam)

 

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