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Para una pedagogía
del excluído
Estaba recordando el año 1968
(me dijo el viejo profesor de Política Educacional.
¿Por qué? le pregunté).
Ese año se produce una inflexión
en el pensamiento pedagógico latinoamericano. Año
decisivo en materia de propuestas en educación. Tiempo
de Paulo Freire. Tiempo en que A. Salazar Bondy orienta
la reforma educativa peruana que suscitara tantas esperanzas,
Darcy Ribeiro intenta su universidad necesaria, Iván
Illich, desde Cuernavaca, espanta con sus críticas
a la escolaridad, Oscar Varsavsky condena desde Buenos Aires
la ciencia consagrada rotulándola de cientificista,
P. Latapí, desde México, problematiza la educación
superior, F. Gutiérrez Pérez, desde Costa
Rica, difunde el "lenguaje total" y Lauro de Oliveira
Lima efectúa sus experiencias de dinámica
de grupos. 1968. Se cumplen ahora treinta años de
la publicación de la Pedagogía del Oprimido
de Paulo Freire. (Se quedó pensando. ¿Qué
le sugiere ese tiempo transcurrido? le pregunté.
Luego de una pausa empezó a hilvanar su reflexión:)
Oprimidos y excluidos
Hoy a 30 años de la Pedagogía
del Oprimido Paulo Freire escribiría la Pedagogía
del Excluido. Creo que cabe considerar a la exclusión
como una etapa que va más allá todavía
de la opresión. Hoy aquel hombre no es siquiera oprimido
ni explotado. Es simplemente negado, ignorado, excluido,
no visto; no existe. ¿Qué puede hacer la educación
-se preguntaría Paulo Freire- por este excluido que
está también excluido de la educación?
¿Qué puede hacer por
él la concientización si se lo ha expulsado
más´allá de la conciencia intransitiva
a un nivel animal de supervivencia aún más
primitivo? ¿Qué significaría tener
conciencia de la exclusión? ¿Qué significaría
tener conciencia del no existir, del no ser, del no contar,
de no servir siquiera para ser explotado? ¿De qué
le puede hablar la educación al que está radiado
del nivel de lo humano?
Aquel hombre de 1968 sobre el que
podía operar la concientización está
excluido de la escuela, privado de la ciencia aún
de la cuestionable y expulsado de la propia conciencia.
¿Cuál es su naturaleza de hombre? No es ni
puede ser sujeto. Algún analista diría que
"no es sujeto de educación" (Lo encuentro
tremendamente pesimista cuando compara esos dos tiempos,
le digo. Tiene que haber algún camino.)
Creo (continúa) que ha ocurrido
una cierta gradación -o degradación, si prefiere-
en el proceso de deshumanización. Una primera etapa
puede denominarse de la "deuditud", en la que
la deuda externa -y también la interna- determinó
que todos los habitantes de un país nazcan ya condicionados,
signados por una deuda no contraída por ellos pero
que inexorablemente debían pagar. Y pagar con la
propia existencia.
Una segunda etapa es la actual de
"exclusión", en la que ni siquiera importa
si ese hombre aporta al pago de la deuda. Y me pregunto
si no sobrevendrá un tercer momento en el que se
produzca el regreso liso y llano a la "esclavitud".
Poco cuenta con qué nombre se la designe, si la existencia
de un hombre estará a total merced de otro y se considerará
esa pertenencia como una condición "natural".
Ya Aristóteles sostenía esa locura. (El tono
del profesor era decididamente amargo y desalentador).
Discurso y justicia
Y comparo el discurso pedagógico
de aquellos tiempos con el de hoy, en el que el hombre no
es acaso ni sujeto ni objeto del discurso. El discurso pedagógico
dominante hoy, el de los técnicos en educación,
es una sucesión de juicios analíticos que
se repiten a sí mismos. Porque son juicios en los
que el predicado reitera el sujeto. Vea un texto de estos
tiempos. (Extrajo un papel y se dispuso a leer:) Las nuevas
condiciones sociolaborales exigen encarar un tipo de formación
basada en las competencias que se ponen en juego en condiciones
más amplias de trabajo, suficientemente polivalentes
como para ampliar el espacio potencial de empleabilidad
de los individuos. ¿Qué le parece? (Como no
supe qué contestarle, el profesor continuó:)
¡Qué distancia entre
la jerga tecnocrática de hoy que se las ingenia para
no decir y aquellos textos comprometidos de la Pedagogía
del Oprimido! (añoraba el profesor; aproveché
para preguntarle: si hoy no hay auténtico discurso
pedagógico sino un mero apéndice del enfoque
económico dominante, si el hombre no es ni lo dejan
ser sujeto, ¿qué salida ve? ¿para qué
entonces la educación? ¿hay margen, no digo
ya para el amor o la solidaridad, sino para alguna esperanza?
Largo rato quedó el profesor pensando y seguramente
tenía presente la Pedagogía de la Esperanza
que fue el punto de arribo de Paulo Freire).
Hay que empezar de nuevo, (dijo finalmente)
cultivando una fragílisima planta de esperanza, constituida
de justicia. Habrá que reinstalar la esperanza sostenida
por la justicia, y penetrar aún en el nivel inferior
a la subsistencia vegetativa o a la conciencia intransitiva.
Solo aquella podría diluir, ablandar la brutalidad
atroz de la exclusión que lleva a la esclavitud.
Trabaje (me recomendó) el tema de la esperanza desde
y sobre la justicia. (Y al irse, como desalentado, se preguntó
en voz baja:)
¿Cómo se consigue la
justicia?
Buenos Aires, noviembre
de 1998
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