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II.
Distopía: Argentina sin Proyecto
(Crónica
anticipada)
Estamos en el año 2036. En la
Argentina.
El espacio territorial es el mismo
pero, qué diferente es este país y región
de lo que era en 1987. Década del 80 dramática,
dolorosa; la década atroz se llamó
a los años 1974-1983. Y resultó apenas el
comienzo de la catástrofe; el gérmen de la
desintegración iría desarrollándose
de modo creciente al parecer indetenible.
Todavía en aquellos tiempos
se aspiraba, aún entre dudas e incertidumbre, a un
futuro promisorio. La Reina del Plata no imaginaba que se
convertiría en no largo tiempo en la ruina del Plata,
como hace unos años ironizó un cronista suizo
en alusión a una conocida letra de tango. Sin embargo,
se sucedían hechos que podían entenderse como
claras señales. La población disminuía.
La participación de los sectores populares en la
riqueza producida - aún decreciente- era cada vez
menor. Quienes se enriquecían por la especulación
remesaban su ganancia al exterior, despojando al país
que únicamente veía crece a la depreciación
de su moneda.
No llegaba inmigración al no
existir reales garantías individuales que sí
habían existido efectivamente un siglo y medio atrás
cuando la Constitución del 53 permitió venir
a doce millones y quedarse a seis de ellos.
Hacia fin de siglo con penosa regularidad
trimestral se producía alguna insubordinación
, sedición, rebelión, motín, sublevación,
vulgarmente denominados golpes. La rutina incluía
que algún militar desde una unidad o localidad del
interior, cercana a la frontera se manifestaba en rebeldía
contra la conducción militar o civil. Las guarniciones
respondían, ya plegándose, ya enfrentándose;
dispar resultado, pero siempre negativo.
Más adelante, la gente se acostumbró
a vivir anestesiada entre las bombas, los atentados, las
asonadas, con una comprensible pero monstruosa familiaridad
con la muerte. La comunidad se deshacía, pero la
insensibilidad era necesaria para seguir sobreviviendo individualmente.
Los descendientes de los europeos
que llegaron entre 1880 a 1930 se aplicaron, con objetivos
cada vez más confesados, al uso sistemático
de dos recursos de salvación: el primero, recuperar
la nacionalidad de los antepasados concretable en la posesión
maravillosa de un pasaporte que permitía radicarse
en el viejo país de los abuelos. El segundo, munirse
de un título universitario o una formación
técnica, o en su defecto, una habilidad deportiva
o una capacidad artística. Ambos eran los caminos
más efectivos aunque sólo por breve
tiempo lo fueron para abandonar la conflictiva y
no querida Argentina. (Escapad gente tierna; esta
tierra está enferma).
Baste ilustrar con un dato muy antiguo;
en 1987 de treinta egresados de una apetecida especialidad
científica en la Facultad de Ciencias Exactas de
la universidad más importante, la mitad se había
ido del país antes de transcurrido un año.
Una señal; todos la veían; al parecer se prefirió
continuarla.
Las revistas de aquel entonces abundan
en entrevistas a jóvenes que se declaran sin futuro.
La prolongada adolescencia era, al parecer, una forma de
no entrar en la madurez del trabajo (que no había),
del matrimonio (que no era posible), de la actuación
social y política (que se percibía infructuosa).
Los adolescentes confesaban alimentarse con un poco de música
(rock nacional le llamaban), escasos sueños y ensayos
de evasión (la internacional de la droga activamente
tentaba su introducción).
Los sectores medios, como ninguno
percibían el vertiginoso descenso económico
y social que les inducía a notorias conductas fascistas
en busca de culpables donde precisamente no estaban.
Aún así, la adolescencia
en algún momento, aunque fuera a los 30 años,
debía terminar. Y el futuro no se presentaba. Justificadamente
argüían con convicción algunos
psicólogos los jóvenes se negaban a
ingresar al mundo adulto cuya herencia consistía
en un horrendo tramado de violencias y de derechos humanos
impunemente violados, a soportar como una carga social duradera;
la memoria de los jóvenes (siempre blanco de violencias)
recogía variados intentos de filicidio (las letras
de sus canciones en su jerga ocultadora y en su dicción
ininteligible reiteraban el intento de guerra con Chile,
el juventicidio del proceso, la derrota de las Malvinas
de la que nadie quiso dar cuenta).
Si extendían la mirada fuera
del país el panorama apenas mejoraba en una mayor
intención de racionalidad pero fuertemente sometida
a los intereses del poder y del lucro hermanados. Continentes
convertidos en arsenales repletos de armas nucleares que
podían en cortos minutos destrozar al mundo varias
veces, previsora y científicamente calculadas. Una
tecnología destructora de toda vida se asentaba en
una ciencia al servicio del lucro y la guerra, imposibilitando
otros estilos de conocimiento y saber. Por entonces se cernía
sobre el país un agujero de ozono sólo recientemente
cerrado por una acción intensa y mundial de los sectores
del equilibrio.
La herencia que iban a recibir no
atraía a nadie: aire intoxicado, mares contaminados,
aguas podridas, peces envenenados, tierras empobrecidas
o reventadas de ponzoña química. Un diario
de la época registraba: Algo tan simple como
un helado contiene antioxidantes, colorantes, emulsionantes,
agentes consolidantes, mejoradores del sabor, coadyuvantes
del sabor, aromatizantes, edulcorantes no nutritivos, preservadores,
estabilizadores espesantes y texturizantes. Todos productos
químicos que no sabemos qué efectos van a
producir en el organismo humano (década del
80). Natural parecía la ausencia de esperanza, la
abulia, la carencia de voluntad de emprender, la no iniciativa,
el dejarse estar. Quienes sin éxito intentaron alguna
empresa, terminaron por emigrar hacia regiones del mundo
que habían decidido ecologizarse.
Décadas más tarde los
EE.UU. se aprestaban a intervenir directa y militarmente
en el Río de la Plata para llevar una solución
definitiva así se dijo a lo que en
su momento se había denominado libanización
de la región. Posteriormente, a estos sucesos de
desintegración se los conoció como argentinización.
El saqueo financiero, la continuada sucesión de golpes
militares y enfrentamientos, el despojo económico
y de recursos de las empresas internacionales, la expoliación
de la banca transnacional, la rapiña de recursos
naturales, y posteriormente la mercancía movilizadora
que era la droga habían convertido al país
en una tierra de nadie, en una zona de disputa, un simple
escenario o un mero territorio (dejando de ser suelo patrio,
dijo un viejo estadista) donde diversos grupos y países
con encontrados intereses, apoyos y aliados se enfrentaban
para dirimir sus porciones de poder.
Ejércitos de grupos privados,
en sus acciones militares, cruzaban las fronteras de países
vecinos, secuestros extorsivos, ocupación de regiones
por estos ejércitos dependientes de las empresas,
comercialización ilegal de material nuclear, tráfico
de drogas y de abundante armamento. Un campo de enfrentamientos
donde llegaron a actuar no menos de cinco fracciones encontradas
bélica y persistentemente. Paraíso de los
aventureros, de los traficantes, y de los vendedores de
cualquier cosa, la vieja pampa alimentaria era un escenario
del vandalismo y destrucción. Viejas poblaciones
abandonadas eran recordadas por su nombre apenas. Tierra
de nadie, campo de muchos que allí enfrentaban sus
intereses. También fue utilizada como repositorio
nuclear por sus ocupantes. ¿Dónde había
quedado la mítica Argentina símbolo de paz
que atrajera a millones de inmigrantes?
Analistas políticos atribuyen
el proceso de libanización a la debilidad
moral y volitiva que afectó a la Argentina luego
de la humillante derrota de las Malvinas y a la no penalización
de sus responsables, y de aquellos que cometieron violaciones
a los derechos humanos. A ello hay que añadir
opinan la desmoralización por la descomunal
deuda externa, en gran medida fraguada, que obligó
a que los sectores populares destinaran el 80% de su esfuerzo
y trabajo a pagar una deuda, sólo comparable a la
que inventara una abuela desalmada de un cuento de G. García
Márquez, según alguien escribió. Aún
hoy, 2036, la deuda nominal de la Argentina, según
los imperturbables organismos internacionales, asciende
a una cifra absolutamente descabellada. Parálisis
de empresas, carencia de trabajo, decadencia cultural, negación
del pensamiento (fruto del prohibido pensar
del Proceso), desconfianza entre los ciudadanos, agresividad
entre vecinos, insolidaridad hacia los necesitados. Años
más tarde un cruel dictamen sentenció: país
de la desesperanza en un continente de la muerte. América
Latina agonizaba. Hacia 1990 Argentina figuraba en primer
lugar del mundo en inflación, en suicidios y en deterioro
del ambiente.
Otros sostenían que el derrumbe
se debía a la ausencia de un proyecto de país,
asumido con compromiso. El viejo estadista había
dicho también: ya se sabe que hay una ley de
hierro en la política internacional: cuando un país
no tiene proyecto propio vive en el proyecto político
de otro país. Literalmente el actual ex - territorio
de la Argentina era sólo el escenario para que se
enfrentaran los proyectos políticos ajenos.
Cuando los EE.UU. decidieron terminar
con esa situación caótica y ocuparon militarmente
el país fueron rápidamente reemplazados (debido
a reclamos internacionales) por las Naciones Unidas que
habían concebido otros arbitrios. Se acusaba a EE.UU.
de ser parte interviniente de lo que quería solucionar.
El país molestia fue sometido a un régimen
internacional para utilizar en beneficio de la comunidad
mundial sus recursos mal aprovechados o simplemente dilapidados.
Con anterioridad a Gran Bretaña,
aún sin el poderío de otros tiempos pero con
el apoyo de los EE.UU. se había convertido en el
árbitro del Atlántico Sur; ya en 1985 había
convertido a la s Malvinas en una fortaleza impresionante.
Desde esa posición y mediante una acción combinada
ocupó de hecho las provincias de Santa Cruz y Chubut,
apoyándose en razones de seguridad dado el caos interior.
Ambas provincias pasaron a ser territorio supervisado mientras
Tierra del Fuego se negoció como posesión
chilena con enclaves británicos. Para el control
de los mares y el acceso a la Antártida, las Malvinas
se convirtieron en la capital británica del Territorio
del Atlántico Sur. Por ese mismo tiempo los EE.UU.
habían llegado a enviar asesores militares a la Cuenca
del Plata en cifras escandalosas, para intervenir en el
enfrentamiento bélico entre la zona andina y el litoral.
El desorden y la guerra eran vida
cotidiana. Entonces ocurrió un fenómeno quizá
inevitable pero sí predecible. En la primera década
del siglo millones de latinoamericanos castigados por el
hambre y las catástrofes naturales se desparramaron
por toda la América del Sur bajando hasta la Cuenca
del Plata para terminar hacinándose donde fuera.
Carentes de trabajo y amontonados en villas miserias trataban
de sobrevivir en medio de la guerra permanente y la desintegración
continental.
Por el año 2010 las Naciones
Unidas, con carácter experimental y con el respaldo
de 160 países, establecieron, de modo compulsivo,
varias colonias de inmigrantes provenientes de países
africanos y asiáticos que enfrentaban conflictos
bélicos, políticos y sociales. . una inmigración
varias veces millonaria instalada en el ex territorio
de la provincia de Santa Cruz quedó asignada en fideicomiso
a Gran Bretaña.
Por ese tiempo se acordó, con
general aprobación, que el espacio patagónico
(terrestre y marítimo) era un bien internacional
quedando su ocupación sujeta a regulaciones del organismo
internacional. A la fecha más de diez millones de
emigrados y expulsados de zonas turbulentas se han instalado
en el ex - sur argentino, quienes ya han constituido su
propio partido de independencia nacional para liberarse
del tutelaje de N.U. y de Gran Bretaña. Tratan de
lograr el reconocimiento para su gobierno hasta el momento
clandestino.
Nadie hubiera imaginado hace cincuenta
años este final hamartético (dividido en tres
regiones, ocupado, desmembrado, desintegrado) para un país
tan ricamente dotado de recursos naturales , regalado con
un extenso y envidiado territorio, sin problemas energéticos
ni de alimentación, con climas variados y con una
población que había alcanzado una excelente
formación educativa que les permitiera contar
con orgullo se decía entonces con cinco premios
Nobel. Posiblemente haya operado el cumplimiento de la Ley
de hierro de la política internacional.
Turistas europeos llevados por la
curiosidad de vez en cuando viajan a conocer la tierra de
la que regresaron sus abuelos hacia fines de siglo XX. Su
nostalgia se transforma en pena ante los residuos de ese
país que, por ausencia de voluntad nacional, se convirtió
en campo de devastación de las multinacionales, en
centro del comercio ilegal de materiales nucleares, en depóstio
de drogas, substancias químicas destructivas y armas.
Se asombran ante aquel país del pudo ser
cuando recorren el antiguo Teatro Colón, visitan
las tumbas de los legendarios Carlos Gardel y Evita o la
otrora imponente estación de ferrocarriles de Constitución,
de donde sale una tour por tren denominada Argentina
de los ganados y las mieses.
La
otra historia, la de la esperanza
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