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Filosofía



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Los posibles Nietzsches

 por Fernando Savater

 

El problema central, cuando decimos que Nietzsche fue esto o lo otro, consiste en lograr determinar de cuál de los Nietzsches posibles estamos realmente hablando. En su ensayo sobre Dostoievski, André Gide suspiró: "¡Pobre del autor que no pueda ser resumido en una sola frase, porque no será entendido nunca!".Lo malo con Nietzsche es que muchos creen poder resumirle en una sola frase, apoyados en esos lemas lapidarios que el propio pensador gustaba tanto de prodigar: el superhombre, el eterno retorno, el trastornamiento de los valores y, ay, la bestia rubia... Completemos lo que Gide no dijo: "¡aún más desdichado el autor al que cualquiera cree posible resumir en una sola frase, el autor empeñado de tanto en cuanto en resumirse a sí mismo en una sola frase para cerrar el balance de su obra, porque será escrupulosa y clamorosamente malentendido... hasta por quienes mejor le entienden!".

En efecto, la dificultad que presenta Nietzsche no estriba en que sea oscuro —aunque muchas veces lo es— o perversamente contradictorio —también lo es, también lo es...— sino en que resulta imposible de aceptar. Quiero decir imposible de aceptar como un todo, en su conjunto. Y esa imposibilidad señalada se divide en otras dos, que la refuerzan: es tan imposible no darle la razón a Nietzsche alguna o varias (léase muchas) veces en cuestiones importantes como concedérsela constantemente. Aunque no hay más remedio que aceptar gran parte de lo que dice, Nietzsche sigue siendo sustancialmente inaceptable. El lector actual tiene ya elementos suficientes recibidos de las investigaciones psicológicas, antropológicas y hasta políticas posteriores a Nietzsche como para poder refrendar la rara y valerosa clarividencia del pensador, el tino vanguardista de su rabiosa modernidad declaradamente "antimoderna"; pero también cuenta con argumentos políticos y recientes experiencias históricas tan atroces como concluyentes que le vedan una adhesión global e irresponsable hacia sus tesis. En una palabra, no se puede prescindir honradamente de Nietzsche ni afiliarse completamente a él.

Incluso los más antinietzscheanos se ponen frecuente e inadvertidamente de su lado, lo mismo que esas personas que dicen aborrecer la pintura abstracta o el arte vanguardista amueblan sus casas y eligen el diseño de los objetos cotidianos de acuerdo con esa estética supuestamente odiada. Pero también la mayoría de los nietzscheanos menos remisos votan o defienden derechos fundamentales de un modo explícitamente denostado por su mentor. Unos y otros, en último término, harían bien en recordar aquello que el propio Nietzsche escribió a Fuchs en una carta de 1888: "Es absolutamente innecesario, y ni siquiera deseable, que alguien tome partido por mí; por el contrario, una cierta dosis de curiosidad con la cautela irónica que uno presta ante una criatura extraña me parece que sería una manera incomparablemente más inteligente de considerarme". Es mérito incontrovertible de Nietzsche que nunca recomendó aceptar o rechazar nada a ojos cerrados... ni siquiera cuando se trataba de él mismo.

Ser nietzscheano o antinietzscheano así, en bloque, como profesiones contrapuestas de fe, me parece cien años después de la muerte de Nietzsche una impostura dual, dos posiciones igualmente estériles. De ahí no puede sacarse nada, intelectualmente hablando... En todo caso podríamos decir (tal como Nietzsche nos ha enseñado) que el creerse uno mismo nietzscheano o antinietzscheano es ciertamente síntoma de algo, quizá de algo bastante grave, pero en todo caso de algo que le ocurre a quien enarbola tal síntoma, nunca a Nietzsche. La obra de éste funciona hoy como un vasto almacén, lleno de joyas difíciles y de fácil bisutería, un hangar que contiene obras de arte, instrumentos de precisión para escrutar lo más pequeño o lo más lejano, bastante pacotilla y las piezas para construir algunas armas de exterminio masivo. Entramos todos en ese almacén —¡a veces sin sabersiquiera que hemos entrado!— y cada cual saca lo que más se le asemeja, sea una herramienta o un puñal, una bomba o un microscopio. Luego exhibimos nuestros trofeos y los más descarados proclaman, señalando a su botín: "¡esto es Nietzsche!" No leshagamos demasiado caso... ¡sin dejar del todo de hacérselo!

Dejemos de lado por un momento el rosario de opiniones, juicios y teorías nietzscheanas, tan insoslayables como inasumibles en su totalidad. ¿No es acaso posible cierta impresióngeneral de Nietzsche, un perfil global de su actividad como pensador que no se limite a suscribir, rechazar o glosar inacabablemente tal o cual de su doctrinas mejor acreditadas? ¿Será lícito intentar una aproximación simpática o antipática, empática en cualquier caso, de Nietzsche el filólogo vocacional que no se reduzca al escrutinio filológico de alguna de sus afirmaciones o de sus repudios? El hombre Nietzsche ha muerto, ese hombre para el cual la cuestión de lo efímero y de lo eterno tanto importaban, y todo un siglo ha transcurrido sobre su tumba, sin duda una de las menos sosegadas de este final de milenio. Sin rechazarle ni identificarnos con él totalmente, ¿podemos al menos tratar de caracterizarle? ¿Caracterizarle a él, tan pudoroso y reticente, tan desvergonzado y descarado, tras todas sus máscaras de las que fue consciente hasta la provocación, hasta provocar lo inconsciente? Intentémoslo.

Para empezar, Nietzsche no fue un profesor de filosofía (ni tampoco escribió filosofía para profesores) pero no por ello debemos considerarle (ni suponer que se consideraba a sí mismo) como un neoprofeta, un líder religioso de nuevo cuño o cosas tremendas parecidas. Desde luego adoptó sucesiva y a veces simultáneamente tales disfraces, pero sus diversos avatares no deben ser tomados al pie de la letra... por lo menos, no más al pie de la letra de lo que nos creemos la transfiguración de Voltaire en Antipapa de Ferney, tras haber sido episódica-mente un Locke para desengañados del cartesianismo, unShakespeare aliñado al gusto parisino y el Platón tragicómico del civilizadísimo tirano de Sans-Souci. Se puede aceptar la utilidad y eficacia de esos papeles sin necesidad de identificarlos con el actor que los representó como si fuesen su verdadero "destino": uno puede cumplir bien su función —en elsentido teatral del término— sin creérsela a pies juntillas niresumir la complejidad de su excelencia en ella.

Heidegger y otros miembros de la santa compaña se han empeñado en mostrar un Nietzsche congestionadamentesublime, el Pensador —¡recuérdese la efigie de Rodin, ya seaomitiendo que originariamente figuraba en las puertas del submundo infernal!— por antonomasia, desnudo y desligado de la cotidianidad moderna aunque avizorador postmetafísico de sus más atroces desvaríos tecnológicos. He mencionado la escultura de Rodin, pero quizá fuese más apropiado preferir para él como icono, según esta perspectiva, el profeta que esculpió PabloGargallo, ese oráculo con báculo apasionado de la invectiva... ¡Un rol esencialmente retrógrado para alguien de quien lo único seguro que puede predicarse es su denodada modernidad,determinada tal como suele ocurrir como impaciencia ante su época! Pues bien: ¿y si Nietzsche se pareciese a fin de cuentas mucho más al proteico Voltaire —tan aficionado a los catecismos subversivos— o al ágil Diderot que al hiperbóreo, hipotético e hipostasiado Zoroastro, incluso que al gnómico Heidegger, oscuropatentador de un lunfardo metafísico de la lengua alemana?

Atrevámonos a decir la blasfemia con todas sus letras: ¿y si Nietzsche hubiera sido ante todo un intelectual prototípico de la segunda generación de intelectuales, heredero directo del travestismo dramático y la marginalidad social transgresora de los ilustrados dieciochescos —¡recordemos al sobrino de Rameau!— pasado por el desengaño romántico, como a su modo lo fue por ejemplo Kierkegaard, aunque con otras devociones teológicas y muchas más preocupaciones científicas que el danés? También Nietzsche quiso ante todo intervenir en la vida pública, para desligarla críticamente de sus mitos y transformarla revolucionariamente, al modo de otros colegas y rivales como Feuerbach o Marx. También él vivió pegado al terreno del acontecer histórico(mucho más de lo que suele subrayarse) y sus polémicas fueron con las celebridades sociopolíticas del momento, como Wagner o Bismarck, antes que con las ideas desencarnadas de Aristóteles o Kant. Su estilo prefirió la parodia y la sátira en lugar del tratado sistemático, y si le falló el eco público no fue por nohaberlo deseado y buscado, incluso angustiosamente al final de su vida. Se desquitó después, sobradamente, y también él tuvo a su debido tiempo, como Voltaire o Rousseau, una variante atroz de la Revolución Francesa que pudo reclamarse traicioneramente deudora de sus ideas...

Los intelectuales de la primera generación (los enciclopedistas franceses, pero también David Hume o Adam Smith) confiaban por lo general en que los avances del conocimiento científico eran inequívocamente liberadores y acabarían disipando losprejuicios supersticiosos por los que aún se regía la comunidad humana. Esta convicción es la misma que sigue sustentando todavía a Marx, a Darwin y quizá incluso a Freud. Contra ella reaccionaron los románticos, Baudelaire y otros utopistas del Regreso frente a los utopistas del Progreso. Pero el caso de Nietzsche es singular: valora declaradamente los logros científicos frente al discurso teológico y las declamaciones de la estética espiritualista o del racismo, pero también se niega a asumir que deban ser los científicos y técnicos quienes tengan la última palabra ante cómo y qué debe ser la sociedad futura. Como Montaigne, Nietzsche también podría haber dicho: "Les savants, moi je les aime bien, mais je ne les adore pas". Una cosa es establecer los hechos y otra muy distinta arrogarse el monopolio del sentido de la vida humana. Fallecido definitivamente Dios, es decir el significado tradicional dogmáticamente establecido de lo bueno y lo verdadero, la ciencia no debe ser ascendida automáticamente a nuevo absoluto sustitutorio. La muerte de Dios no suponesimplemente el alivio de una coacción clerical y de una restricción indebida del campo de lo teóricamente permitido, sino sobre todo el comienzo implacable de una nueva búsqueda. Y no eslícito obviarla apresurándose a reciclar material de derribo del antiguo régimen...

La indagación de Nietzsche se centra precisamente en la razón misma, en sus procesos lógicos y experimentales así como en su relación con las estructuras de poder social, sobre todo tal como se inscriben en el lenguaje mediante el cual pensamos. No es preciso —porque no es posible— renunciar a la razón para advertir que ésta padece un devenir histórico y en modo alguno es un absoluto mecánico esencialmente neutral o inocente. No se tata sólo de la lucha ideológica entre clases sociales enfrentadas por cuestiones económicas, como señaló Marx, sino de algo menos específico y más profundo: la vinculación entre ciertas actitudes mentales y el miedo o remordimiento ante las manifestaciones desnudas del proceso vital, el enmascaramiento delquerer bajo los eufemismos sublimadores del deber. No setrata simplemente de establecer la verdad frente a la mentira,sino de preguntarnos si somos capaces de soportar verdades sin otro fundamento que nuestra decisión de considerarlas talesfrente a las falsedades tranquilizadoras del pánico ante el caos del que surgimos y al que retornamos.

La alegría preconizada por Nietzsche no es el júbilo inconsciente o irresponsable que nos aturde ante los dolores de la existencia humana sino la determinación saludable de soportarlos de modo activo. Fue el primero en darse cuenta de que el verdadero reto de la modernidad laica y materialista no esasumir la ilusión progresista del futuro sino cancelar sin náusea, como algo finalmente querido, el horror del pasado. Muchos años después diría Horkheimer: "Mientras que en las corrientes idealistas el pesimismo actual, casi siempre expresado como fatalismo o corriente decadente, se refiere al presente y al futuro terrenal, es decir, a la imposibilidad de alcanzar una felicidad futura para la totalidad de la humanidad, la tristeza que habita en el materialismo afecta a los acontecimientos pasados"(Materialismo y metafísica). Pues bien, Nietzsche se esforzó porredimirnos del pasado como primera vía intelectual para regenerar de angustia y culpabilidad nuestro presente y nuestrofuturo. Fue sin duda una apuesta arriesgada, contradictoria, a veces cruel y a menudo marcada por un voluntarismo caprichosamente desabrido, pero que abrió una línea de actividadteórica seguida de un modo u otro por lo más audazmenteanticonformista del pensamiento contemporáneo.

Ni profeta, ni sabio enigmático, ni profesor de filosofía, pues: fue un intelectual, un combatiente en el terreno minado por el poder en el que se decide cómo han de vivir los hombres. Seocupó del dominio del lenguaje y del lenguaje del dominio, de la semiótica como semi-ética, de la cultura como expresión no de un mero conflicto ideológico sino del choque entre distintasposiciones vitales, de la enfermedad como estrategia epistemológica para comprender y especialmente mejorar en el reino de la decadencia nihilista. Sobre todo no sólo habló sino que trató higiénicamente del cuerpo, como riqueza y destino del mortal pero nunca como obstáculo pecaminoso. Se planteó el cuerpo desnudo de alarmas y condenas: fue un sofista en el gimnasio, el primer gimnosofista de una estela de hedonistas desconfiados que culmina en Michel Foucault. Se le recuerda por el énfasis aveces algo delirante de sus proclamas acerca del superhombre o del eterno retorno; suele olvidarse que para él la voluntad dedominio fue sobre todo autodominio y que hizo énfasis hastamaniático en "la importancia de las verdades insignificantes", en la dieta y en la economía de nuestro equilibrio nervioso como sustrato de cualquier búsqueda mentalmente saludable. La tan repetida consigna actual de "pensar globalmente y actuar localmente" puede encontrar en él un incómodo precursor...

Hemos dicho que permanece a la vez inaceptable e imprescindible: ¿no ha sido ese precisamente el drama de tantos de los más notables intelectuales contemporáneos, de los pensadores y poetas a quienes en nombre de la humanidad hemos visto justificar las peores dictaduras colectivistas o de sus colegas que en busca de la excelencia antigregaria pactaron con el fascismo?También en esa quiebra atroz, a la que históricamente apenasllegó a asistir, podemos tenerle por precursor. Pero ni él ni los otros pueden ser despachados con un simple y único epíteto que tache de un plumazo el desasosiego que plantean. Son un reto y una advertencia, no una guía inapelable o rechazable en términos absolutos. Nietzsche lo comprendió muy bien, cuando elogiaba a aquel que ha llegado a ser consciente de que en su pecho no guarda un alma inmortal sino muchas almas mortales.

 

 

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