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El existencialismo es un
humanismo
II parte
Sartre
El desamparo va junto con la angustia. En
cuanto a la desesperación, esta expresión
tiene un sentido extremadamente simple. Quiere decir que
nos limitaremos a contar con lo que depende de nuestra voluntad,
o con el conjunto de probabilidades que hacen posible nuestra
acción. Cuando se quiere alguna cosa, hay siempre
elementos probables. Puedo contar con la llegada de un amigo.
El amigo viene en ferrocarril o en tranvía: eso supone
que el tren llegará a la hora fijada, o que el tranvía
no descarrilará. Estoy en el dominio de las posibilidades;
pero no se trata de contar con los posibles, sino en la
medida estricta en que nuestra acción implica el
conjunto de esos posibles. A partir del momento en que las
posibilidades que considero no están rigurosamente
comprometidas por mi acción, debo desinteresarme,
porque ningún Dios, ningún designio puede
adaptar el mundo y sus posibles a mi voluntad. En el fondo,
cuando Descartes decía: “vencerse más
bien a sí mismo que al mundo”, quería
decir la misma cosa: obrar sin esperanza. Los marxistas
con quienes he hablado me contestan: Usted puede, en su
acción, que estará evidentemente limitada
por su muerte, contar con el apoyo de otros. Esto significa
contar a la vez con lo que los otros harán en otra
parte, en China, en Rusia para ayudarlo, y a la vez sobre
lo que harán más tarde, después de
su muerte, para reanudar la acción y llevarla hacia
su cumplimiento, que será la revolución. Usted
debe tener en cuenta todo eso; si no, no es moral. Respondo
en primer lugar que contaré siempre con los camaradas
de lucha en la medida en que esos camaradas están
comprometidos conmigo en una lucha concreta y común,
en la unidad de un partido o de un grupo que yo puedo controlar
más o menos, es decir, en el cual estoy a título
de militante y cuyos movimientos conozco a cada instante.
En ese momento, contar con la unidad del partido es exactamente
como contar con que el tranvía llegará a la
hora o con que el tren no descarrilará. Pero no puedo
contar con hombres que no conozco fundándome en la
bondad humana, o en el interés del hombre por el
bien de la sociedad, dado que el hombre es libre y que no
hay ninguna naturaleza humana en que pueda yo fundarme.
No sé qué llegará a ser de la revolución
rusa; puedo admirarla y ponerla de ejemplo en la medida
en que hoy me prueba que el proletariado desempeña
un papel en Rusia como no lo desempeña en ninguna
otra nación. Pero no puedo afirmar que esto conducirá
forzosamente a un triunfo del proletariado; tengo que limitarme
a lo que veo; no puedo estar seguro de que los camaradas
de lucha reanudarán mi trabajo después de
mi muerte para llevarlo a un máximo de perfección,
puesto que estos hombres son libres y decidirán libremente
mañana sobre los que será el hombre; mañana,
después de mi muerte, algunos hombres pueden decidir
establecer el fascismo, y los otros pueden ser lo bastante
cobardes y desconcertados para dejarles hacer; en ese momento,
el fascismo será la verdad humana, y tanto peor para
nosotros; en realidad, las cosas serán tales como
el hombre haya decidido que sean.
¿Quiere decir esto que deba abandonarme
al quietismo? No. En primer lugar, debo comprometerme; luego,
actuar según la vieja fórmula: “no es
necesario tener esperanzas para obrar”. Esto no quiere
decir que yo no deba pertenecer a un partido, pero sí
que no tendré ilusión y que haré lo
que pueda. Por ejemplo, si me pregunto: ¿llegará
la colectivización, como tal, a realizarse? No sé
nada; sólo sé que haré todo lo que
esté en mi poder para que llegue; fuera de esto no
puedo contar con nada.
El quietismo es la actitud de la gente que
dice: “Los demás pueden hacer lo que yo no
puedo.” La doctrina que yo les presento es justamente
lo opuesto al quietismo, porque declara: “Sólo
hay realidad en la acción.” Y va más
lejos todavía, porque agrega: “El hombre no
es nada más que su proyecto, no existe más
que en la medida en que se realiza, no es, por lo tanto,
más que el conjunto de sus actos, nada más
que su vida.” De acuerdo con esto, podemos comprender
por qué nuestra doctrina horroriza a algunas personas.
Porque a menudo no tienen más que una forma de soportar
su miseria, y es pensar así: “Las circunstancias
han estado contra mí; yo valía mucho más
de lo que he sido; evidentemente no he tenido un gran amor,
o una gran amistad, pero es porque no he encontrado ni un
hombre ni una mujer que fueran dignos; no he escrito buenos
libros porque no he tenido tiempo para hacerlos; no he tenido
hijos a quienes dedicarme, porque no he encontrado al hombre
con el que podría haber realizado mi vida. Han quedado,
pues, en mí, sin empleo, y enteramente viables, un
conjunto de disposiciones, de inclinaciones, de posibilidades
que me dan un valor que la simple serie de mis actos no
permite inferir.” Ahora bien, en realidad, para el
existencialismo, no hay otro amor que el que se construye,
no hay otra posibilidad de amor que la que se manifiesta
en el amor; no hay otro genio que el se manifiesta en las
obras de arte; el genio de Proust es la totalidad de las
obras de Proust; el genio de Racine es la serie de sus tragedias;
fuera de esto no hay nada. ¿Por qué atribuir
a Racine la posibilidad de escribir una nueva tragedia,
puesto que precisamente no la ha escrito? Un hombre que
se compromete en la vida dibuja su figura, y fuera de esta
figura no hay nada. Evidentemente, este pensamiento puede
parecer duro para aquel que ha triunfado en la vida. Pero,
por otra parte, dispone a las gentes para comprender que
sólo cuenta la realidad, que los sueños, las
esperas, las esperanzas, permiten solamente definir a un
hombre como sueño desilusionado, como esperanzas
abortadas, como esperas inútiles; es decir que esto
lo define negativamente y no positivamente; sin embargo,
cuando se dice: tú no eres otra cosa que tu vida,
esto no implica que el artista será juzgado solamente
por sus obras de arte; miles de otras cosas contribuyen
igualmente a definirlo. Lo que queremos decir es que el
hombre no es más que una serie de empresas, que es
la suma, la organización, el conjunto de las relaciones
que constituyen estas empresas.
En estas condiciones, lo que se nos reprocha
aquí no es en el fondo nuestro pesimismo, sino una
dureza optimista.
Si la gente nos reprocha las obras novelescas
en que describimos seres flojos, débiles, cobardes
y alguna vez francamente malos, no es únicamente
porque estos seres son flojos, débiles, cobardes
o malos; porque si, como Zola, declaráramos que son
así por herencia, por la acción del medio,
de la sociedad, por un determinismo orgánico o psicológico,
la gente se sentiría segura y diría: bueno,
somos así, y nadie puede hacer nada; pero el existencialista,
cuando describe a un cobarde, dice que el cobarde es responsable
de su cobardía. No lo es porque tenga un corazón,
un pulmón o cerebro cobarde; no lo es debido a una
organización fisiológica, sino que lo es porque
se ha construido como hombre cobarde por sus actos. No hay
temperamento cobarde; hay temperamentos nerviosos, hay sangre
floja, como dicen, o temperamentos ricos; pero el hombre
que tiene una sangre floja no por eso es cobarde, porque
lo que hace la cobardía es el acto de renunciar o
de ceder; un temperamento no es un acto; el cobarde está
definido a partir del acto que realiza. Lo que la gente
siente oscuramente y le causa horror es que el cobarde que
nosotros presentamos es culpable de ser cobarde. Lo que
la gente quiere es que se nazca cobarde o héroe.
Uno de los reproches que se hace a menudo a Chemins de la
Liberté se formula así: pero, en fin, de esa
gente que es tan floja, ¿cómo hará
usted héroes? Esta objeción hace más
bien reír, porque supone que uno nace héroe.
Y en el fondo es esto lo que la gente quiere pensar: si
se nace cobarde, se está perfectamente tranquilo,
no hay nada que hacer, se será cobarde toda la vida,
hágase lo que se haga; si se nace héroe, también
se estará perfectamente tranquilo, se será
héroe toda la vida, se beberá como héroe,
se comerá como héroe. Lo que dice el existencialista
es que el cobarde se hace cobarde, el héroe se hace
héroe; hay siempre para el cobarde una posibilidad
de no ser más cobarde y para el héroe de dejar
de ser héroe. Lo que tiene importancia es el compromiso
total, y no es un caso particular, una acción particular
lo que compromete totalmente.
Así, creo yo, hemos respondido a
cierto número de reproches concernientes al existencialismo.
Ustedes ven que no puede ser considerada como una filosofía
del quietismo, puesto que define al hombre por la acción;
ni como una descripción pesimista del hombre: no
hay doctrina más optimista, puesto que el destino
del hombre está en él mismo; ni como una tentativa
para descorazonar al hombre alejándole de la acción,
puesto que le dice que sólo hay esperanza en su acción,
y que la única cosa que permite vivir al hombre es
el acto. En consecuencia, en este plano, tenemos que vérnoslas
con una moral de acción y de compromiso. Sin embargo,
se nos reprocha además, partiendo de estos postulados,
que aislamos al hombre en su subjetividad individual. Aquí
también se nos entiende muy mal.
Nuestro punto de partida, en efecto, es
la subjetividad del individuo, y esto por razones estrictamente
filosóficas. No porque somos burgueses, sino porque
queremos una doctrina basada sobre la verdad, y no un conjunto
de bellas teorías, llenas de esperanza y sin fundamentos
reales. En el punto de partida no puede haber otra verdad
que ésta: pienso, luego soy; ésta es la verdad
absoluta de la conciencia captándose a sí
misma. Toda teoría que toma al hombre fuera de ese
momento en que se capta a sí mismo es ante todo una
teoría que suprime la verdad, pues, fuera de este
cogito cartesiano, todos los objetos son solamente probables,
y una doctrina de probabilidades que no está suspendida
de una verdad se hunde en la nada; para definir lo probable
hay que poseer lo verdadero. Luego para que haya una verdad
cualquiera se necesita una verdad absoluta; y ésta
es simple, fácil de alcanzar, está a la mano
de todo el mundo; consiste en captarse sin intermediario.
En segundo lugar, esta teoría es
la única que da una dignidad al hombre, la única
que no lo convierte en un objeto. Todo materialismo tiene
por efecto tratar a todos los hombres, incluido uno mismo,
como objetos, es decir, como un conjunto de reacciones determinadas,
que en nada se distingue del conjunto de cualidades y fenómenos
que constituyen una mesa o una silla o una piedra. Nosotros
queremos constituir precisamente el reino humano como un
conjunto de valores distintos del reino material. Pero la
subjetividad que alcanzamos a título de verdad no
es una subjetividad rigurosamente individual porque hemos
demostrado que en el cogito uno no se descubría solamente
a sí mismo, sino también a los otros. Por
el yo pienso, contrariamente a la filosofía de Descartes,
contrariamente a la filosofía de Kant, nos captamos
a nosotros mismos frente al otro, y el otro es tan cierto
para nosotros como nosotros mismos. Así, el hombre
que se capta directamente por el cogito, descubre también
a todos los otros y los descubre como la condición
de su existencia. Se da cuenta de que no puede ser nada
(en el sentido que se dice que es espiritual, o que se es
malo, o que se es celoso), salvo que los otros lo reconozcan
por tal.
Para obtener una verdad cualquiera sobre
mí, es necesario que pase por otro. El otro es indispensable
a mi existencia tanto como el conocimiento que tengo de
mí mismo. En estas condiciones, el descubrimiento
de mi intimidad me descubre al mismo tiempo el otro, como
una libertad colocada frente a mí, que no piensa
y que no quiere sino por o contra mí. Así
descubrimos en seguida un mundo que llamaremos la intersubjetividad,
y en este mundo el hombre decide lo que es y lo que son
los otros.
Además, si es imposible encontrar
en cada hombre una esencia universal que constituya la naturaleza
humana, existe, sin embargo, una universalidad humana de
condición. No es un azar que los pensadores de hoy
día hablen más fácilmente de la condición
del hombre que de su naturaleza. Por condición entienden,
con más o menos claridad, el conjunto de los límites
a priori que bosquejan su situación fundamental en
el universo. Las situaciones históricas varían:
el hombre puede nacer esclavo en una sociedad pagana, o
señor feudal, o proletario. Lo que no varía
es la necesidad para él de estar en el mundo, de
estar allí en el trabajo, de estar allí en
medio de los otros y de ser allí mortal. Los límites
no son ni subjetivos ni objetivos, o más bien tienen
una faz objetiva y una faz subjetiva. Objetivos, porque
se encuentran en todo y son en todo reconocibles; subjetivos,
porque son vividos y no son nada si el hombre no los vive,
es decir, si no se determina libremente en su existencia
por relación a ellos. Y si bien los proyectos pueden
ser diversos, por lo menos ninguno puede permanecerme extraño,
porque todos presentan en común una tentativa para
franquear esos límites o para ampliarlos o para negarlos
o para acomodarse a ellos. En consecuencia, todo proyecto,
por más individual que sea, tiene un valor universal.
Todo proyecto, aun el del chino, el del hindú, o
del negro, puede ser comprendido por un europeo.
Puede ser comprendido; esto quiere decir
que el europeo de 1945 puede lanzarse a partir de una situación
que concibe hasta sus límites de la misma manera,
y que puede rehacer en sí el camino del chino, del
hindú o del africano. Hay universalidad en todo proyecto
en el sentido de que todo proyecto es comprensible para
todo hombre. Lo que no significa de ninguna manera que este
proyecto defina al hombre para siempre, sino que puede ser
reencontrado. Hay siempre una forma de comprender al idiota,
al niño, al primitivo o al extranjero, siempre que
se tengan los datos suficientes. En este sentido podemos
decir que hay una universalidad del hombre; pero no está
dada, está perpetuamente construida. Construyo lo
universal eligiendo; lo construyo al comprender el proyecto
de cualquier otro hombre, sea de la época que sea.
Este absoluto de la elección no suprime la relatividad
de cada época. Lo que el existencialismo tiene interés
en demostrar es el enlace del carácter absoluto del
compromiso libre, por el cual cada hombre se realiza al
realizar un tipo de humanidad, compromiso siempre comprensible
para cualquier época y por cualquier persona, y la
relatividad del conjunto cultural que puede resultar de
tal elección; hay que señalar a la vez la
relatividad del cartesianismo y el carácter absoluto
del compromiso cartesiano. En este sentido se puede decir,
si ustedes quieren, que cada uno de nosotros realiza lo
absoluto al respirar, al comer, al dormir, u obrando de
una manera cualquiera. No hay ninguna diferencia entre ser
libremente, ser como proyecto, como existencia que elige
su esencia, y ser absoluto; y no hay ninguna diferencia
entre ser un absoluto temporalmente localizado, es decir
que se ha localizado en la historia, y ser comprensible
universalmente.
Esto no resuelve enteramente la objeción
de subjetivismo. En efecto, esta objeción toma todavía
muchas formas. La primera es la que sigue. Se nos dice:
Entonces ustedes pueden hacer cualquier cosa; lo cual se
expresa de diversas maneras. En primer lugar se nos tacha
de anarquía; en seguida se declara: no pueden ustedes
juzgar a los demás, porque no hay razón para
preferir un proyecto a otro; en fin, se nos puede decir:
todo es gratuito en lo que ustedes eligen, dan con una mano
lo que fingen recibir con la otra. Estas tres objeciones
no son muy serias. En primer lugar, la primera objeción:
pueden elegir cualquier cosa, no es exacta. La elección
es posible en un sentido, pero lo que no es posible es no
elegir. Puedo siempre elegir, pero tengo que saber que,
si no elijo, también elijo. Esto, aunque parezca
estrictamente formal, tiene una gran importancia para limitar
la fantasía y el capricho. Si es cierto que frente
a una situación, por ejemplo, la situación
que hace que yo sea un ser sexuado que puede tener relaciones
con un ser de otro sexo, que yo sea un ser que puede tener
hijos— estoy obligado a elegir una actitud y que de
todos modos lleva la responsabilidad de una elección
que, al comprometerme, compromete a la humanidad entera,
aunque ningún valor a priori determine mi elección,
esto no tiene nada que ver con el capricho; y si se cree
encontrar aquí la teoría gideana del acto
gratuito, es porque no se ve la enorme diferencia entre
esta doctrina y la de Gide. Gide no sabe lo que es una situación;
obra por simple capricho. Para nosotros, al contrario, el
hombre se encuentra en una situación organizada,
donde está él mismo comprometido, compromete
con su elección a la humanidad entera, y no puede
evitar elegir: o bien permanecerá casto, o bien se
casará sin tener hijos, o bien se casará y
tendrá hijos; de todos modos, haga lo que haga, es
imposible que no tome una responsabilidad total frente a
este problema. Sin duda, elige sin referirse a valores preestablecidos,
pero es injusto tacharlo de capricho. Digamos más
bien que hay que comparar la elección moral con la
construcción de una obra de arte. Y aquí hay
que hacer en seguida un alto para decir que no se trata
de una moral estética, porque nuestros adversarios
son de tan mala fe que nos reprochan hasta esto. El ejemplo
que elijo no es más que una comparación. Dicho
esto, ¿se ha reprochado jamás a un artista
que hace un cuadro el no inspirarse en reglas establecidas
a priori? ¿Se ha dicho jamás cuál es
el cuadro que debe hacer? Está bien claro que no
hay cuadro definitivo que hacer, que el artista se compromete
a la construcción de su cuadro, y que el cuadro por
hacer es precisamente el cuadro que habrá hecho;
está bien claro que no hay valores estéticos
a priori, pero que hay valores que se ven después
en la coherencia del cuadro, en las relaciones que hay entre
la voluntad de creación y el resultado. Nadie puede
decir lo que será la pintura de mañana; sólo
se puede juzgar la pintura una vez realizada. ¿Qué
relación tiene esto con la moral? Estamos en la misma
situación creadora. No hablamos nunca de la gratuidad
de una obra de arte. Cuando hablamos de un cuadro de Picasso,
nunca decimos que es gratuito; comprendemos perfectamente
que Picasso se ha construido tal como es, al mismo tiempo
que pintaba; que el conjunto de su obra se incorpora a su
vida.
Lo mismo ocurre en el plano de la moral.
Lo que hay de común entre el arte y la moral es que,
con los dos casos, tenemos creación e invención.
No podemos decir a priori lo que hay que hacer. Creo haberlo
mostrado suficientemente al hablarles del caso de ese alumno
que me vino a ver y que podía dirigirse a todas las
morales, kantiana u otras, sin encontrar ninguna especie
de indicación; se vio obligado a inventar él
mismo su ley. Nunca diremos que este hombre que ha elegido
quedarse con su madre tomando como base moral los sentimientos,
la acción individual y la caridad concreta, o que
ha elegido irse a Inglaterra prefiriendo el sacrificio,
ha hecho una elección gratuita. El hombre se hace,
no está todo hecho desde el principio, se hace al
elegir su moral, y la presión de las circunstancias
es tal, que no puede dejar de elegir una. No definimos al
hombre sino en relación con un compromiso. Es, por
tanto, absurdo reprocharnos la gratuidad de la elección.
En segundo lugar se nos dice: no pueden
ustedes juzgar a los otros. Esto es verdad en cierta medida,
y falso en otra. Es verdadero en el sentido de que, cada
vez que el hombre elige su compromiso y su proyecto con
toda sinceridad y con toda lucidez, sea cual fuere por lo
demás este proyecto, es imposible hacerle preferir
otro; es verdadero en el sentido de que no creemos en el
progreso; el progreso es un mejoramiento; el hombre es siempre
el mismo frente a una situación que varía
y la elección se mantiene siempre una elección
en una situación. El problema moral no ha cambiado
desde el momento en que se podía elegir entre los
esclavistas y los no esclavistas, en el momento de la guerra
de Secesión, por ejemplo, hasta el momento presente,
en que se puede optar por el M.R.P. o los comunistas.
Pero, sin embargo, se puede juzgar, porque,
como he dicho, se elige frente a los otros, y uno se elige
a sí frente a los otros. Ante todo se puede juzgar
(y éste no es un juicio de valor, sino un juicio
lógico) que ciertas elecciones están fundadas
en el error y otras en la verdad. Se puede juzgar a un hombre
diciendo que es de mala fe. Si hemos definido la situación
del hombre como una elección libre, sin excusas y
sin ayuda, todo hombre que se refugia detrás de la
excusa de sus pasiones, todo hombre que inventa un determinismo,
es un hombre de mala fe.
Se podría objetar: pero ¿por
qué no podría elegirse a sí mismo de
mala fe? Respondo que no tengo que juzgarlo moralmente,
pero defino su mala fe como un error. Así, no se
puede escapar a un juicio de verdad. La mala fe es evidentemente
una mentira, porque disimula la total libertad del compromiso.
En el mismo plano, diré que hay también una
mala fe si elijo declarar que ciertos valores existen antes
que yo; estoy en contradicción conmigo mismo si,
a la vez, los quiero y declaro que se me imponen. Si se
me dice: ¿y si quiero ser de mala fe?, responderé:
no hay ninguna razón para que no lo sea, pero yo
declaro que usted lo es, y que la actitud de estricta coherencia
es la actitud de buena fe. Y además puedo formular
un juicio moral. Cuando declaro que la libertad a través
de cada circunstancia concreta no puede tener otro fin que
quererse a sí misma, si el hombre ha reconocido que
establece valores, en el desamparo no puede querer sino
una cosa, la libertad, como fundamento de todos los valores.
Esto no significa que la quiera en abstracto. Quiere decir
simplemente que los actos de los hombres de buena fe tienen
como última significación la búsqueda
de la libertad como tal. Un hombre que se adhiere a tal
o cual sindicato comunista o revolucionario, persigue fines
concretos; estos fines implican una voluntad abstracta de
libertad; pero esta libertad se quiere en lo concreto. Queremos
la libertad por la libertad y a través de cada circunstancia
particular. Y al querer la libertad descubrimos que depende
enteramente de la libertad de los otros, y que la libertad
de los otros depende de la nuestra. Ciertamente la libertad,
como definición del hombre, no depende de los demás,
pero en cuanto hay compromiso, estoy obligado a querer,
al mismo tiempo que mi libertad, la libertad de los otros;
no puedo tomar mi libertad como fin si no tomo igualmente
la de los otros como fin. En consecuencia, cuando en el
plano de la autenticidad total, he reconocido que el hombre
es un ser en el cual la esencia está precedida por
la existencia, que es un ser libre que no puede, en circunstancias
diversas, sino querer su libertad, he reconocido al mismo
tiempo que no puedo menos de querer la libertad de los otros.
Así, en nombre de esta voluntad de libertad, implicada
por la libertad misma, puedo formar juicios sobre los que
tratan de ocultar la total gratuidad de su existencia, y
su total libertad. A los que se oculten su libertad total
por espíritu de seriedad o por excusas deterministas,
los llamaré cobardes; a los que traten de mostrar
que su existencia era necesaria, cuando es la contingencia
misma de la aparición del hombre sobre la tierra,
los llamaré inmundos. Pero cobardes o inmundos no
pueden ser juzgados más que en el plano de la estricta
autenticidad. Así, aunque el contenido de la moral
sea variable, cierta forma de esta moral es universal. Kant
declara que la libertad se quiere a sí misma y la
libertad de los otros.
De acuerdo; pero él cree que lo formal
y lo universal son suficientes para constituir una moral.
Nosotros pensamos, por el contrario, que los principios
demasiado abstractos fracasan para definir la acción.
Todavía una vez más tomen el caso de aquel
alumno: ¿en nombre de qué, en nombre de qué
gran máxima moral piensan ustedes que podría
haber decidido con toda tranquilidad de espíritu
abandonar a su madre o permanecer al lado de ella? No hay
ningún medio de juzgar. El contenido es siempre concreto
y, por tanto, imprevisible; hay siempre invención.
La única cosa que tiene importancia es saber si la
invención que se hace, se hace en nombre de la libertad.
Examinemos, por ejemplo, los dos casos siguientes; verán
en qué medida se acuerdan y sin embargo se diferencian.
Tomemos El molino a orillas del Floss. Encontramos allí
una joven, Maggie Tulliver, que encarna el valor de la pasión
y que es consciente de ello; está enamorada de un
joven, Stephen, que está de novio con otra joven
insignificante. Esta Maggie Tulliver, en vez de preferir
atolondradamente su propia felicidad, en nombre de la solidaridad
humana elige sacrificarse y renunciar al hombre que ama.
Por el contrario, la Sanseverina de la Cartuja de Parma,
que estima que la pasión constituye el verdadero
valor del hombre, declararía que un gran amor merece
sacrificios; que hay que preferirlo a la trivialidad de
un amor conyugal que uniría a Stephen y a la joven
tonta con quien debe casarse; elegiría sacrificar
a ésta y realizar su felicidad; y como Stendhal lo
muestra, se sacrificará a sí misma en el plano
apasionado, si esta vida lo exige. Estamos aquí frente
a dos morales estrictamente opuestas: pretendo que son equivalentes;
en los dos casos, lo que se ha puesto como fin es la libertad.
Y pueden ustedes imaginar dos actitudes rigurosamente parecidas
en cuanto a los efectos: una joven, por resignación
prefiere renunciar a su amor; otra, por apetito sexual prefiere
desconocer las relaciones anteriores del hombre que ama.
Estas dos acciones se parecen exteriormente a las que acabamos
de describir. Son, sin embargo, enteramente distintas: la
actitud de la Sanseverina está mucho más cerca
que la de Maggie Tulliver de una rapacidad despreocupada.
Así ven ustedes que este segundo reproche es, a la
vez, verdadero y falso. Se puede elegir cualquier cosa si
es en el plano del libre compromiso.
La tercera objeción es la siguiente:
reciben ustedes con una mano lo que dan con la otra: es
decir, que en el fondo los valores no son serios, porque
los eligen. A eso contesto que me molesta mucho que sea
así: pero si he suprimido a Dios padre, es necesario
que alguien invente los valores. Hay que tomar las cosas
como son. Y, además, decir que nosotros inventamos
los valores no significa más que esto: la vida, a
priori, no tiene sentido. Antes de que ustedes vivan, la
vida no es nada; les corresponde a ustedes darle un sentido,
y el valor no es otra cosa que este sentido que ustedes
eligen.
Por esto se ve que hay la posibilidad de
crear una comunidad humana. Se me ha reprochado el preguntar
si el existencialismo era un humanismo. Se me ha dicho:
ha escrito usted en Nausée que los humanistas no
tienen razón, se ha burlado de cierto tipo de humanismo;
¿por qué volver otra vez a lo mismo ahora?
En realidad, la palabra humanismo tiene dos sentidos muy
distintos. Por humanismo se puede entender una teoría
que toma al hombre como fin y como valor superior. Hay humanismo
en este sentido en Cocteau, por ejemplo, cuando, en su relato
Le tour du monde en 80 heures, un personaje dice, porque
pasa en avión sobre las montañas: el hombre
es asombroso. Esto significa que yo, personalmente, que
no he construido los aviones, me beneficiaré con
estos inventos particulares, y que podré personalmente,
como hombre, considerarme responsable y honrado por los
actos particulares de algunos hombres. Esto supone que podríamos
dar un valor al hombre de acuerdo con los actos más
altos de ciertos hombres. Este humanismo es absurdo, porque
sólo el perro o el caballo podrían emitir
un juicio de conjunto sobre el hombre y declarar que el
hombre es asombroso, lo que ellos no se preocupan de hacer,
por lo menos que yo sepa. Pero no se puede admitir que un
hombre pueda formular un juicio sobre el hombre. El existencialismo
lo dispensa de todo juicio de este género; el existencialista
no tomará jamás al hombre como fin, porque
siempre está por realizarse. Y no debemos creer que
hay una humanidad a la que se pueda rendir culto, a la manera
de Augusto Comte. El culto de la humanidad conduce al humanismo
cerrado sobre sí, de Comte, y hay que decirlo, al
fascismo. Es un humanismo que no queremos.
Pero hay otro sentido del humanismo que
significa en el fondo esto: el hombre está continuamente
fuera de sí mismo; es proyectándose y perdiéndose
fuera de sí mismo como hace existir al hombre y,
por otra parte, es persiguiendo fines trascendentales como
puede existir; siendo el hombre este rebasamiento mismo,
y no captando los objetos sino en relación a este
rebasamiento, está en el corazón y en el centro
de este rebasamiento.
No hay otro universo que este universo humano,
el universo de la subjetividad humana. Esta unión
de la trascendencia, como constitutiva del hombre —no
en el sentido en que Dios es trascendente, sino en el sentido
de rebasamiento— y de la subjetividad en el sentido
de que el hombre no está encerrado en sí mismo
sino presente siempre en un universo humano, es lo que llamamos
humanismo existencialista. Humanismo porque recordamos al
hombre que no hay otro legislador que él mismo, y
que es en el desamparo donde decidirá de sí
mismo; y porque mostramos que no es volviendo hacia sí
mismo, sino siempre buscando fuera de sí un fin que
es tal o cual liberación, tal o cual realización
particular, como el hombre se realizará precisamente
como humano.
De acuerdo con estas reflexiones se ve que
nada es más injusto que las objeciones que nos hacen.
El existencialismo no es nada más que un esfuerzo
por sacar todas las consecuencias de una posición
atea coherente. No busca de ninguna manera hundir al hombre
en la desesperación. Pero sí se llama, como
los cristianos, desesperación a toda actitud de incredulidad,
parte de la desesperación original. El existencialismo
no es de este modo un ateísmo en el sentido de que
se extenuaría en demostrar que Dios no existe. Más
bien declara: aunque Dios existiera, esto no cambiaría;
he aquí nuestro punto de vista. No es que creamos
que Dios existe, sino que pensamos que el problema no es
el de su existencia; es necesario que el hombre se encuentre
a sí mismo y se convenza de que nada pueda salvarlo
de sí mismo, así sea una prueba válida
de la existencia de Dios. En este sentido, el existencialismo
es un optimismo, una doctrina de acción, y sólo
por mala fe, confundiendo su propia desesperación
con la nuestra, es como los cristianos pueden llamarnos
desesperados.
Sartre: El existencialismo
es un humanismo. Ediciones del 80, Barcelona.
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