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Fe y razón
"Omne verum, a quocumque dicatur,
a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del
Espíritu Santo
(Santo Tomás de Aquino)
Santo Tomás
de Aquino
Probablemente la revelación más
fiel de lo que fue su vida puede encontrarse en el famoso
cuento del milagro del crucifijo cuando en la soledad de
la iglesia de Santo Domingo de Nápoles una voz habló
desde el Cristo esculpido y dijo al fraile arrodillado que
había escrito bien, y lo invitó a escoger
una recompensa entre todas las cosas del mundo.
A mi modo de ver, no se ha apreciado el
secreto de esta anécdota particular aplicada a este
santo particular. Es cosa vieja que a un devoto de la soledad
y de la sencillez se le invite a elegir entre los premios
de la vida. El eremita verdadero o falso, el fanático
o el cínico, el Estilita sobre su columna o Diógenes
en su tubo, pueden todos ser presentados como tentados por
los poderes de la tierra, del aire o de los cielos, con
el ofrecimiento de la mejor de todas las cosas y respondiendo
que no quieren nada. En el cínico o estoico griego
realmente significaba la negación: que no quería
nada. En el fanático o místico oriental a
veces significaba una especie de positivo negativo: que
quería la nada, que la nada era precisamente lo que
quería.
A veces expresaba una noble independencia
junto con las virtudes mellizas de la antigüedad, el
amor de la libertad y el odio a la abundancia. A veces significaba
la propia suficiencia, que es lo opuesto a la santidad.
Mas aun las anécdotas de este género de otros
santos no llenan precisamente el caso de Santo Tomás.
El no era uno de ésos que no quieren nada; era una
persona muy interesada en todas las cosas. Su respuesta
no es tan inevitable o sencilla como algunos podrían
suponer. Comparado con muchos otros santos y muchos otros
filósofos, él era ávido en su aceptación
de las cosas, en su hambre y sed de las cosas. Fue su especial
tesis espiritual que realmente hay cosas, y no sólo
una; que los muchos existen lo mismo que el uno. No me refiero
yo a cosas de comer, o de beber, o de vestir, aunque él
nunca negó a éstas su lugar propio en la noble
jerarquía del ser, sino más bien cosas que
pensar y que probar, que experimentar y que conocer. Nadie
supone que, cuando Dios le ofreció a Tomás
de Aquino que escogiese entre todos los dones de Dios, él
pediría mil libras, o la corona de Sicilia, o un
regalo de añejo vino griego. Mas podía haber
pedido cosas que necesitaba, y era un hombre que podía
necesitar mucho, como ansiaba el manuscrito perdido de San
Juan Crisóstomo. Podría haber pedido la solución
de una antigua dificultad, o el secreto de una nueva ciencia,
o una chispa de la inconcebible mente angélica de
los ángeles, o cualquiera de las mil y una cosas
que habrían de veras satisfecho su amplio y varonil
apetito, de la misma amplitud y variedad que el Universo.
La cuestión es que, para él, cuando la voz
habló de entre los brazos abiertos del crucificado,
aquellos brazos estaban verdaderamente abiertos y abriendo
gloriosamente las puertas de todos los mundos; eran brazos
señalando al Oriente y al Poniente, a los fines de
la tierra y a los extremos de la misma existencia. Estaban
verdaderamente arrojados con un gesto de omnipotente generosidad;
el Creador mismo ofreciendo la misma creación, con
todo su misterio millonario de seres separados y el coro
triunfal de las criaturas. Ése es el fondo resplandeciente
del ser múltiple que da particular fortaleza y aun
una especie de sorpresa a la respuesta de Santo Tomás
cuando él levantó por fin su rostro y dijo
con y para aquella audacia casi blasfema, que es una cosa
con la humildad de su religión: "Elijo a Vos
mismo."
O, añadiendo a esta anécdota
la ironía nímbica y aplastante, tan únicamente
cristiana para aquellos que la entienden, algunos creen
que la audacia está suavizada porque dijo: "Solamente
a Vos mismo".
G. K. Chesterton ("Santo Tomás
de Aquino", Colección Austral, Espasa-Calpe,
Madrid, 1985; pp.124-126).
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