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-Usted siempre ha reivindicado una
responsabilidad ético-política de la experiencia
de la deconstrucción. ¿Cuál es la diferencia
entre este enunciado y la antigua fórmula del compromiso
del Intelectual?
-No me siento ni tentado ni autorizado a
desacreditar lo que denominan la “antigua fórmula”
de los compromisos del intelectual en el pasado. En Francia
sobre todo, Voltaire, Hugo, Zola, Sartre, siguen siendo,
a mi modo de ver, ejemplos admirables. Un ejemplo inspira,
a menudo permanece inaccesible, pero en modo alguno hay
que imitarlo en una situación, lo decíamos
hace un momento, estructuralmente diferente. Una vez tomada
esa precaución, me parece, dicho de forma muy global,
que esos valientes compromisos suponían, precisamente,
contrincantes identificables y una especie de cara a cara:
por una parte, un campo socio-político dado, por
la otra, un intelectual que tenía su discurso, su
retórica, su obra literaria, su filosofía,
etc. Y que “intervenía”, como suele decirse,
se comprometía con un campo para tomar partido en
él o para tomar posición. En el momento de
hacerlo, se cuestiona y no intenta transformar, como tales,
ni la estructura del espacio público (prensa, medios
de comunicación, modos de representación,
etc.) ni la naturaleza de su lenguaje, la axiomática
filosófica o teórica de su propia intervención.
Dicho de otro modo, compromete, pone al servicio de una
causa política, del derecho y a menudo más
allá de la legitimidad, de una causa justa, su cultura
y su autoridad de escritor (los grandes ejemplos franceses
que acabo de citar son, ante todo, populares debido a su
obra literaria, más que filosófica). No estoy
diciendo que Hugo o Sartre no se hayan cuestionado o no
hayan transformado por sí mismos esa forma ya dada
del compromiso, lo único que digo es que, para ellos,
no era un tema constante ni una preocupación primordial.
No pensaban, tal y como sugiere Benjamin, que primero conviene
analizar y transformar el aparato y no sólo confiarle
contenidos, por revolucionarios que sean. El aparato en
cuestión no son solamente unos poderes técnicos
o políticos, unos procedimientos de apropiación
editorial o mediática, la estructura de un espacio
público (por consiguiente, presuntos destinatarios
a los que dirigirse o a los que nos dicen hay que dirigirse),
es también una lógica, una retórica,
una experiencia de la lengua, toda la sedimentación
que presupone. Plantearse estas preguntas, e incluso preguntas
acerca de cuestiones que nos imponen o nos enseñan
corno siendo las cuestiones “buenas”, preguntarse
incluso por la forma-pregunta de la crítica, no sólo
preguntarse sino pensar la prueba que acarrea una cuestión,
es quizás una responsabilidad previa, como si fuera
su condición, a la de aquello que se denomina el
compromiso. No basta por sí misma, pero jamás
ha impedido o retrasado el compromiso, sino todo lo contrario.
-Si está de acuerdo,
nos gustaría preguntarle algo más personal.
Hay algo que retorna en una parte del mundo, sobre todo
en Argelia con ese lado religioso. Se trata de cierto discurso
sobre Argelia que los políticos, incluso los Intelectuales,
mantienen, y que consiste en decir que, finalmente, la identidad
de Argelia nunca ha existido, por oposición a Marruecos,
a Túnez, y que el que este país esté
asolado hoy en día se explica por el hecho de que
carece de identidad, de que le falta algo. Más allá
del terreno de lo afectivo, ¿cómo ve lo que
allí está pasando?
--Pregunta personal, dicen. No me
atrevería a comparar mi sufrimiento o mi angustia
personal con la de tantos argelinos allá o en Francia.
No sé de qué modo podría yo tener derecho
a decir que Argelia sigue siendo mi país. Pero, si
me permiten recordarlo, nunca abandoné Argelia durante
los diecinueve primeros años de mi vida, luego he
vuelto con regularidad y algo de mí no se marchó
jamás de allí. Es verdad que la unidad de
Argelia parece estar amenazada hoy en día. Lo que
allí ocurre no está lejos de parecerse a una
guerra civil. Sólo de forma muy lenta toma la información
en Francia la medida de lo que sucede en Argelia desde hace
años: la preparación de la toma del poder,
los asesinatos, los maquis y, como respuesta, la represión,
las torturas, los campos de concentración. Igual
que en todas las tragedias, el crimen no está de
un solo lado, ni siquiera de ambos lados: el FIS y el estado
no podrían afrontarse y, a la vez, hostigarse uno
al otro según el ciclo clásico (terrorismo/represión;
penetración social y popular de un movimiento que
ha tornado clandestino un Estado demasiado poderoso y, a
la vez, impotente, imposibilidad de proseguir una democratización
esbozada, etc.), no habría un cara a cara infernal
con tantas víctimas inocentes sin un tercer término
elemental y anónimo, quiero decir: sin la situación
económica y demográfica del país, el
paro y la estrategia elegida para el desarrollo desde hace
tanto tiempo. Eso favorece un duelo al que quizás
he hecho mal en conferir una simetría (algunos amigos
argelinos ponen en tela de juicio dicha simetrización;
en la violencia de la respuesta estatal y en la suspensión
del proceso electoral ven la única réplica
posible a una estrategia de toma del poder largamente preparada
que atentaba contra la democracia misma; se les puede entender
pero habrá que terminar inventando un modo de consulta
o de intercambio que acalle las armas y reemprenda el interrumpido
proceso). Ahora bien, si se considera ese tercer miembro
sin nombre, por así decirlo, la responsabilidad no
sólo es más antigua sino que, además,
no puede ser argelo-argelina sin más. Conviene recordar
lo que decíamos antes a propósito de la emblemática
deuda externa Pesa mucho sobre ese país. No se trata
de recordarlo para entablar nuevos procesos sino para marcar
nuestra responsabilidad. Al tiempo que se respeta lo que
incumbe, en primer lugar, a los propios ciudadanos argelinos,
todos nosotros estamos concernidos aquí y tenemos
que dar cuenta de ello, sobre todo nosotros los franceses,
por razones demasiado evidentes. No podemos permanecer indiferentes,
sobre todo ante la suerte y los esfuerzos de todos los argelinos
que tratan de no ceder a los fanatismos ni a ninguna clase
de intimidación. Como saben, arriesgan sus vidas
(las víctimas de los recientes asesinatos son a menudo
intelectuales, periodistas y escritores, lo cual no debe
hacernos olvidar muchas otras víctimas desconocidas;
con ese espíritu algunos de nosotros nos hemos agrupado,
bajo la iniciativa de Pierre Bourdieu, en un comité
internacional de ayuda a los intelecútuales argelinos
-CISIA-; algunos de los miembros fundadores ya han recibido
amenazas de muerte, todo hay que decirlo). Decían
ustedes que, para algunos, la identidad de Argelia no sólo
es problemática o está amenazada, sino que
jamás habría existido de forma orgánica,
natural o política Hay varias formas de entenderlo.
Una consiste en invocar los desgarramientos y las particiones
de esa Argelia arábigo-bereber, las divergencias
entre las lenguas, las etnias, los poderes religiosos y
militares y, a veces, en concluir que, en el fondo, la colonización
es la que ha formado, como en muchos otros casos, la unidad
de un Estado-nación que después, una vez adquirida
formalmente la independencia, se debate en unas estructuras
en parte heredadas de la colonización. Sin poder
entablar aquí un largo análisis histórico,
diré que es cierto y falso. Es verdad que Argelia
no existía en cuanto tal, con sus fronteras actuales
y en su forma de Estado-nación, antes de la colonización.
Pero eso no implica que haya que poner en tela de juicio
la unidad que se ha realizado en, contra y a lo largo de
la colonización. Todos los Estados-naciones poseen
esa historia laboriosa, contradictoria, complicada de descolonización-recolonización.
Todos tienen un origen violento; y como éstos consisten
en fundar su derecho, no lo fundan en ningún derecho
previo, pese a lo que pretendan o (se) enseñen luego
al respecto. No se puede poner en duda una unidad so pretexto
que es el hecho de una unificación. La unificación
o la fundación logradas nunca logran más que
hacer olvidar que allí no había ni unidad
natura ni fundamento previo. La unidad del Estado italiano,
que también es muy reciente, atraviesa asimismo,
en estos momentos, algunas turbulencias. Pero ¿justifica
eso, tal y como algunos tienen sin duda la tentación
de hacer, y con fines que no son sólo de historiador,
que se ponga en cuestión la unidad debido a que ha
sido fundada hace poco y sigue siendo, como todos los Estados-naciones,
un artefacto? No hay unidad natural ninguna, sólo
procesos de unificación relativamente estables, a
veces sólidamente estabilizados durante largo tiempo;
pero todas las estabilidades estáticas/estatales,
todas las estadísticas que conocemos son estabilizaciones.
Israel sería otro ejemplo de Estado recientemente
fundado y, como todos los Estados, fundado en la violencia,
una violencia que sólo podrá tratar de justificarse
después y sólo si una estabilización
nacional e internacional termina por revestirla de un olvido
siempre precario. No hemos llegado ahí. Nuestro tiempo
es sísmico al respecto para todos los Estados-naciones
y, por consiguiente, más propicio que otro para esta
reflexión. Es también una reflexión
acerca de lo que liga (o no) a la idea democrática
con la ciudadanía y con la nacionalidad.
Ciertamente, la unidad de Argelia está
amenazada de dislocación pero las fuerzas que allí
se desgarran no oponen, como a menudo se dice, a Occidente
y a Oriente, o, como dos bloques homogéneos, a la
democracia y al Islam, sino también diversos modelos
de democracia, de representatividad o de ciudadanía
-y, sobre todo, diversas interpretaciones del Islam. Una
de nuestras responsabilidades, asimismo, es estar atentos
a esa multiplicidad y exigir constantemente que no se confunda
todo.
Notas
i] Dispositivo por el cual los conductores
de programas de televisión pueden leer en una pantalla
grande, invisible para la audiencia, lo que deben decir
ante las cámaras (N. del T.).
[ii] Pause y pose, homófonos en francés
(N. del T.).
[iii] Es conveniente tener en cuenta el
uso -y el juego- constante que hace Derrida, tanto aquí
como en lo que sigue, de arriver en sus diversos sentidos:
llegar, lograr, suceder, pasar (N. del T.).
[iv] Jacques Derrida, Force de loi. Le “fondement
mystique de l'autorité”, París, Galilée,
1994; Spectres de Marx, París, Galilée, 1993.
[v] Revenant (aparecido) y reviens (vuelve)
en el original, ambos de la familia de venir (N. del T).
[vi] “Aporie. Mourir - s’attendre
aux ‘limites de la vérité”’,
en Le passage des frontières, París, Galilée,
1994 (publicado después separadamente, Galilée,
1996).
[vii] En el original, l’immigrant
propre: el inmigrante limpio (N. del T).
[viii] En especial en Donner le temps, 1.
La fausse monnaie (París, Galilée, 1992) [traducción
castellana: Dar (el) tiempo. La moneda falsa, Barcelona,
Paidós] y Force de loi.... op. cit.
[ix] Emmanuel Lévinas, Totalité
et infini, París, Gallimard, p. 62 [traducción
castellana: Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad,
Salamanca, Sígueme].
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