|
(2º parte)
-Para prologar de otro modo lo que
dice hoy día no hay más inmigración
de la que había hace medio siglo. Sin embargo, hoy
en día la inmigración sorprende. Da la impresión
de que ha sorprendido al cuerpo social y a la clase política,
y que, al rechazar a los inmigrados clandestinos, los discursos
de derechas y de izquierdas han pegado, inesperadamente
un patinazo hacia la xenofobia.
—Al respecto y, al menos en
el discurso de las dos mayorías así llamadas
republicanas, hay sobre todo diferencias de acento. La línea
política declarada es la misma en rasgos generales.
El axioma común. El consenso, como suele decirse,
es siempre: nada de inmigración clandestina, nada
de hospitalidad desmedida, improductiva, excesivamente perturbadora
La puesta en marcha de dicho consenso resultaría
más difícil hoy en día, la atmósfera
ha cambiado, y se trata de una diferencia que no hay que
pasar por alto. Pero los principios siguen siendo los mismos-
hay que proteger a la comunidad nacional contra aquello
que podría afectar en exceso su cuerpo propio, es
decir la conciencia que se cree debería tener de
su cuerpo propio (axioma a partir del cual, dicho sea de
paso, habría que prohibir todo tipo de injertos biológicos
o culturales, y eso llevaría muy lejos a menos que
no lleve a ninguna parte, a la muerte sin más). Cuando
François Mitterrand habló de umbral de tolerancia
(algunos de nosotros reaccionarnos públicamente ante
esa fórmula que se le escapó y que, luego,
tuvo el insigne mérito, el coraje o la habilidad
de corregir), ese lapsus tan torpe decía la verdad
de un discurso común a los partidarios republicanos
de izquierdas y de derechas, incluso de extrema derecha:
no tiene que haber recién llegados en el sentido
en él que hablábamos hace un ralo, hay que
controlar la llegada, filtrar la inmigración.
No crean que quiero ocultarlo, el discurso
que pronunciaba hace un momento con respecto al recién
llegado es políticamente inaceptable, al menos si
la política se ajusta, como lo hace siempre en cuanto
tal, a la idea de la identidad de un cuerpo propio al que
se denomina Estado nación. Hoy no existe en el mundo
un solo Estado nación que como tal acepte declarar:
“Abrimos las puertas a todos, no ponemos límites
a la inmigración”. Que yo sepa, y no sé
si ustedes me podrían citar un contraejemplo, todo
Estado nación se constituye a partir del control
de las fronteras, el rechazo de los inmigrantes clandestinos
y una estricta limitación del derecho a la inmigración
y el derecho de asilo. Este concepto de frontera constituye,
justamente como su frontera misma, el concepto de Estado-nación.
A partir de allí el concepto puede
abordarse de diferentes maneras, pero esas diferencias políticas,
por más importantes que sean, siguen siendo secundarias
con respecto al principio político general, a saber,
que lo político es nacional. Autoriza a filtrar los
pasos y a proscribir la inmigración clandestina aun
si se reconoce que en realidad es imposible e incluso, en
condiciones económicas dadas (hipocresía complementaria),
poco deseable.
De lo que decía hace un momento sobre
el recién llegado absoluto no puede extraerse una
política en el sentido tradicional de la palabra
política, una política que un Estado nación
pueda poner en práctica. Pero sin ocultarme que lo
que señalaba del acontecimiento y el recién
llegado era, desde el punto de vista de ese concepto de
la política, una proposición apolítica
e inadmisible, sostengo no obstante que una política
que no conserve una referencia a ese principio de hospitalidad
incondicional es una política que pierde su referencia
a la justicia. Conserva tal vez su derecho (que distingo
aquí una vez más de la justicia), el derecho
de su derecho, pero pierde la justicia. El derecho de hablar
de ella de manera creíble. Por otra parte, aunque
aquí no podamos ocuparnos de ello, habría
que tratar de distinguir entre una política de la
inmigración y el respeto del derecho de asilo. En
principio, éste (tal como, todavía por un
tiempo, se lo reconoce en Francia por razones políticas)
es paradójicamente menos político, porque
no debe ajustarse a los intereses del cuerpo propio del
Estado nación que lo garantiza. Pero además
de que es difícil distinguir entre los conceptos
de inmigración y asilo, es casi imposible delimitar
la naturaleza propiamente política de los motivos
de un exilio, los que en nuestra Constitución justifican,
en principio, una solicitud de asilo. Después de
todo, la desocupación en un país extranjero
es un disfuncionamiento de la democracia y una especie de
persecución política. Además -es también
la parte del mercado-, los países ricos siempre tienen
una parte de responsabilidad (aunque sea por los intereses
de la deuda externa y todo lo que ésta simboliza)
en las situaciones político-económicas que
empujan al exilio o la emigración. Tocamos aquí
los límites de lo político y lo jurídico:
siempre podrá demostrarse que, en cuanto tal, un
derecho de asilo puede ser nulo o infinito. Este concepto,
por lo tanto, carece siempre de rigor, aun cuando sólo
nos preocupemos por ello en los momentos de turbulencia
mundial. Habría que reelaborarlo de arriba abajo
si se quiere comprender o cambiar algo en el debate en curso
(por ejemplo entre el constitucionalismo por una parte y,
por la otra, el neopopulismo de quienes, como el señor
Pasqua, querrían cambiar en el acto la Constitución
para adaptar el artículo sobre el derecho de asilo
a las voluntades presuntas de un nuevo o muy antiguo “pueblo
francés”, que repentinamente no sería
ya el que votó su propia Constitución). Pero
debería tratar de volver a la perspicacia de su pregunta
Parece., decían, que el “cuerpo social y la
clase política” de hoy en día están
“sorprendidos”. ¿Por la inmigración
o por la xenofobia?
-Por la xenofobia
-Aquello a lo que se adapta la clase
política, la que estuvo en el poder desde 1981 y
la que hoy la sucede, no es tanto a la xenofobia misma que
a las nuevas posibilidades de explotarla o abusar de ella
abusando de la credibilidad del ciudadano. Se disputan un
electorado, en líneas generales el de los “securitarios”
(como se habla de los sanitarios, porque, se nos dice, se
trata verdaderamente de la salvación y la salud de
un cuerpo social en torno del cual hay que tender un cordón,
como también se dice, sanitario), el electorado del
Frente Nacional, para el que domina una cierta imagen de
la higiene casi biológica del cuerpo propio nacional.
(Casi biológica porque el fantasma nacionalista,
como la elocuencia de los políticos, pasa con frecuencia
por esas analogías organicistas. Tomo como ejemplo,
entre paréntesis, la retórica de una intervención
reciente de Le Pen (véase Le Monde del 24 de agosto
de 1993), notable, como siempre, por su lucidez sonámbula.
A la idea clásica de la frontera territorial como
línea de defensa, Le Pen prefiere en lo sucesivo
la figura, oportuna y anticuada a la vez, de una “membrana
viva que deja pasar lo que es favorable pero no lo que no
lo es”. Si fuera capaz de calcular de antemano esa
filtración, un ser viviente alcanzaría tal
vez la inmortalidad, pero para ello también tendría
que morir por anticipado, dejarse morir o hacerse matar
por anticipado, por temor a verse alterado por lo que viene
de afuera, por el otro a secas. De allí ese teatro
de muerte al cual se avienen tan a menudo los racismos,
los biologismos, los organicismos, los eugenismos, y a veces
las filosofías de la vida. Antes de cerrar este paréntesis,
subrayemos además esto, que no puede complacer a
nadie: quienquiera que, a izquierda o derecha, y “como
todo el mundo”, propicie el control de la inmigración,
excluya al clandestino y pretenda reglamentar al otro, suscribe
de hecho y de derecho, quiéralo o no, con más
o menos elegancia o distinción, el axioma organicista
de Le Pen, axioma que no es otro que el de un frente nacional
(el frente es una piel, una “membrana” selectiva:
no dejar pasar más que lo homogeneizable, lo asimilable
o a lo sumo lo heterogéneo supuestamente “favorable”:
el inmigrante apropiable, el inmigrante que actúa
con propiedad).[vii] No hay que taparse la cara ante esta
ineluctable complicidad: está arraigada en lo político
en tanto se liga y mientras se ligue al Estado nacional.
Y allí donde debe reconocerse, como todo el mundo,
que no puede hacerse otra cosa que proteger lo que uno cree
su cuerpo propio, cuando se quiere regular la inmigración
y el asilo (como se dice unánimemente a izquierda
y derecha), que al menos no se den grandes aires ni impartan
lecciones de política, con toda buena conciencia,
invocando los grandes principios. Así como a Le Pen
siempre le costará muchísimo justificar o
ajustar el filtro de su “membrana”, hay entre
todos esos conceptos y lógicas que se dicen opuestos
una permeabilidad más difícil de controlar
de lo que se cree o se dice a menudo: hay hoy un neoproteccionismo
de izquierda y un neoproteccionismo de derecha, tanto en
economía como en materia de flujos demográficos,
un librecambismo de derecha y un librecambismo de izquierda,
un neonacionalismo de derecha y un neonacionalismo de izquierda.
Todas estas lógicas “neo” atraviesan
también, sin control posible, la membrana protectora
de sus conceptos y suscriben una alianza oscura en el discurso
o los actos políticos y electorales. Reconocer esa
permeabilidad, esa combinatoria y esas complicidades no
es pronunciar un discurso apolítico ni concluir en
que se ha llegado al fin del clivaje entre la derecha y
la izquierda o al “fin de las ideologías”.
Al contrario, es apelar a la tarea de una formalización
y una tematización valerosa de esa terrible combinatoria,
elemento previo indispensable no sólo para otra política,
otro discurso sobre lo político, sino para otra delimitación
del socius, en especial en su relación con la ciudadanía
y el Estado-nacionalidad en general, y más ampliamente
con la identidad o la subjetividad. ¿Cómo
hablar de todo esto en una entrevista y entre paréntesis?
Y pese a ello, como saben, estos problemas son hoy cualquier
cosa menos abstractos y especulativos.) . Pues bien, en
Francia-otra vez vuelvo a ello-, la alternancia de las mayorías
se juega en el 1% o 2% para las presidenciales, en el 10%
o 15% para el resto. La cuestión era, pues, como
decíamos, saber cómo atraer, motivar, seducir
(a la vez inquietar y tranquilizar) a una fracción
de xenófobos en potencia que votan al Frente nacional.
Esto remite a otras preguntas ¿Por
qué puede el Frente Nacional explotar ese temor o
exacerbar esa impaciencia? ¿Por qué, en lugar
de hacer lo que hay que hacer (pedagogía y política
socioeconómica, etcétera) para desarmar ese
sentimiento, se intenta o bien apropiarse de las tesis del
Frente Nacional, o bien explotar la división que
éste introduce en la derecha llamada republicana?
Todo esto mientras el flujo inmigratorio se mantuvo muy
estable: al parecer, no varía desde hace décadas,
si no es que disminuyó. Entonces, ¿sorpresa
o no? El análisis siempre tiende a disociar la sorpresa.
Cabía esperarlo, se dice posteriormente cuando se
descubre el elemento que escapaba al análisis, cuando
se analiza de otra manera (por ejemplo, el aumento de la
desocupación, la permeabilidad creciente de las fronteras
europeas, el retorno, por doquier, de las religiones y las
reivindicaciones identitarias -religiosas, lingüísticas,
culturales- entre los mismos inmigrantes: todo esto hace
que el mismo índice de inmigración parezca
más amenazante para la identificación de sí
del cuerpo social receptor). Pero un acontecimiento que
sigue siendo acontecimiento es una llegada, un arribo: sorprende
y se resiste a posteriori al análisis. Cuando nace
un niño, primera figura de un recién llegado
absoluto, se pueden analizar las causalidades, las premisas
genealógicas, genéticas o simbólicas
y todos los preparativos de bodas que se quiera. De suponer
que este análisis pueda agotarse alguna vez, jamás
se reducirá el acaso, ese lugar del tener lugar;
habrá pese a todo alguien que hable, alguien irreemplazable,
una iniciativa absoluta, otro origen del mundo. Aun cuando
deba disolverse en el análisis o volver a las cenizas,
es una carbonilla de absoluto. La inmigración de
la que estuvo hecha la historia de Francia, de su cultura,
de sus religiones y sus lenguas, fue en primer lugar la
historia de esos hijos, hijos de inmigrantes o no, que fueron
otros tantos recién llegados absolutos. La tarea
de un filósofo, de cualquiera, por lo tanto, y por
ejemplo del ciudadano, es llevar el análisis lo más
lejos posible para intentar hacer inteligible el acontecimiento
hasta el momento en que toca al recién llegado. Lo
que es absolutamente nuevo no es esto más que aquello,
sino el hecho de que eso sucede una sola vez, es lo que
indica una fecha (un momento y un lugar únicos),
y es siempre un nacimiento o una muerte que fecha una fecha.
Aun si la caída del muro de Berlín se podía
prever, sucedió un día, hubo además
muertes (antes y durante el derrumbe), y eso es lo que hace
de ella un acontecimiento imborrable. Lo que se resiste
al análisis es el nacimiento y la muerte: siempre
el origen y el fin del mundo...
-¿Aquello que resiste
al análisis del acontecimiento es lo que podríamos
denominar lo indeconstructible? ¿Existe lo Indeconstructible?
¿En qué consiste?
-Lo indeconstructible, si lo hay, sería
la justicia. El derecho es deconstructible, afortunadamente:
es indefinidamente perfectible. Me tienta entender la justicia
hoy en día como el mejor nombre para aquello que
no se deja deconstruir, es decir aquello que da su movimiento
a la deconstrucción, que la justifica Es la experiencia
afirmativa de la venida del (lo) otro como otro: más
vale que algo suceda que lo contrario (experiencia del acontecimiento
que no se deja simplemente traducir en una ontología
que algo sea, que el ente sea antes que nada). La apertura
del futuro vale más, ése es el axioma de la
deconstrucción, aquello a partir de lo cual ésta
siempre se puso en movimiento y lo que la liga, como el
futuro mismo, a la alteridad, a la dignidad sin precio de
la alteridad, es decir a la justicia. Es también
la democracia como democracia venidera. Es posible imaginar
la objeción. Alguien les diría, por ejemplo:
“A veces vale más que esto o aquello no suceda.
La justicia ordena impedir que ciertos acontecimientos sucedan
(ciertos ‘recién llegados’ lleguen).
El acontecimiento no es bueno en sí, el futuro no
es incondicionalmente preferible”. Es cierto, pero
siempre podrá mostrarse que aquello a lo que uno
se opone, cuando prefiere condicionalmente que esto o aquello
no se produzca, es algo de lo que piensa, con razón
o sin ella, que obstruye el horizonte o que simplemente
forma el horizonte (palabra que quiere decir el límite)
para la venida de cualquier otro, para el futuro mismo.
Hay allí una estructura mesiánica (si no un
mesianismo; en mi librito sobre Marx distingo también
lo mesiánico como dimensión universal de la
experiencia, de todos los mesianismos determinados) que
anuda indisociablemente entre sí la promesa del recién
llegado, lo imprevisible del futuro y la justicia. No puedo
reconstruir aquí esa demostración y reconozco
que la palabra justicia puede parecer equívoca. No
es el derecho, excede y funda los Derechos del Hombre, no
es tampoco la justicia distributiva, ni siquiera es, en
el sentido tradicional del término, el respeto del
otro como sujeto humano, es la experiencia del otro como
otro, el hecho de que yo deje al otro ser otro, lo que supone
un don sin restitución, reapropiación ni jurisdicción.
Cruzaré aquí, desplazándolas un poco,
como intenté hacerlo en otra parte,[viii] las herencias
de varias tradiciones: la de Lévinas cuando define
simplemente la relación con el otro como justicia
(“la relación con el prójimo, es decir
la justicia”[ix]) y la que insiste a través
de un pensamiento paradójico cuya formulación
en principio plotiniana se encuentra en Heidegger y luego
en Lacan: dar no sólo lo que se tiene sino lo que
no se tiene. Este exceso desborda el presente, la propiedad,
la restitución y sin duda también el derecho,
la moral y la política, siendo así que debía
aspirarlas o inspirarlas.
-¿No se debate, al mismo
tiempo, la filosofía con la idea de que algo, lo
peor eventualmente, puede retornar?
-Sí, se debate, precisamente,
con ese retorno de lo peor, de más de una forma En
primer lugar todo lo que pudo anunciar una filosofía
de las Luces o heredar de ella (no sólo el racionalismo,
que no se le asocia necesariamente, sino un racionalismo
progresista, teleológico, humanista, crítico)
combate, en efecto, un “retorno de lo peor”
que la enseñanza y la conciencia del pasado siempre
deberían poder evitar. Aunque ese combate de las
Luces asuma a menudo la forma de una conjuración
o una denegación, no se puede sino tomar parte en
él y reafirmar esa filosofía de la emancipación.
Por mi lado, creo en su futuro y nunca me sentí de
acuerdo con las declaraciones sobre el fin de los grandes
discursos emancipatorios o revolucionarios. Lo cierto es
que su afirmación misma atestigua la posibilidad
de aquello a lo cual se opone: el retorno de lo peor, una
compulsión de repetición ineducable en la
pulsión de muerte y el mal radical, una historia
sin progreso, una historia sin historia, etcétera.
Y las Luces de nuestro tiempo no pueden reducirse a las
del siglo XVIII. A continuación, otra manera, aún
más radical para la filosofía, de “debatirse”
con el retorno de lo peor, consiste en desconocer (negar,
exorcizar, conjurar, otros tantos modos a analizar) aquello
de lo que puede estar hecha esta recurrencia del mal: una
ley de lo espectral que se resiste igualmente a una ontología
(el fantasma o aparecido no está ni presente ni ausente,
no es ni no es y tampoco se deja dialectizar) y a una filosofía
del sujeto, del objeto o de la conciencia (del ente presente)
que también está destinada, como la ontología
o como la filosofía misma, a “ahuyentar”
al espectro. Así, pues, también a no escuchar
ciertas lecciones del psicoanálisis sobre el fantasma
pero asimismo sobre la repetición de lo peor que
amenaza todo progreso histórico; a lo cual agregaría
con demasiada ligereza que, por una parte, esto no amenaza
más que a cierto concepto del progreso y que no habría
progreso en general sin esta misma amenaza; y, por la otra,
que hay también lo que dominó el discurso
psicoanalítico hasta aquí, comenzando por
el de Freud, cierto desconocimiento de la estructura y la
lógica espectrales, un desconocimiento poderoso,
sutil, inestable pero compartido con la ciencia y la filosofía.
Sí, un fantasma puede volver como lo peor, pero sin
esta vuelta posible y si se recusa su irreductible originalidad,
nos privamos de memoria, herencia, justicia, todo lo que
vale más allá de la vida y por lo cual se
aprecia la dignidad de ésta. Es lo que trato de sugerir
en otra parte y me cuesta esquematizar aquí. Pero
supongo que al nombrar el “retorno de lo peor”
estaban ustedes pensando, más cerca de nosotros,
en lo que pasó antes de la guerra en Europa
-Sí.
-No sólo en Europa, no lo olvidemos.
Dentro de este conjunto, cada país tiene su historia
original y su economía de la memoria Mi sentimiento
más inmediato es que lo que sucedió en Francia
mucho antes de y durante la Segunda Guerra Mundial, y más
aún, diría yo, durante la guerra de Argelia,
superpuso, y por lo tanto sobredeterminó, unos estratos
de olvido. Esta capitalización del silencio es particularmente
compacta, resistente y peligrosa. De manera lenta, discontinua,
contradictoria, este pacto del secreto cede a un movimiento
de liberación de la memoria (sobre todo de la memoria
pública, si puede decirse así, de su legitimación
oficial, que nunca avanza al ritmo del saber histórico
ni de la memoria privada, si la hay, y pura). Pero si este
develamiento es contradictorio, tanto en sus efectos como
en su motivación, es justamente a causa del fantasma.
Al mismo tiempo que se recuerda lo peor (por respeto hacia
la memoria, la verdad, las víctimas, etcétera),
lo peor amenaza con retornar. Un fantasma llama al otro.
Y a menudo se apela a uno porque se ve el anuncio del resurgimiento,
la cuasi resurrección del otro. Se recuerda qué
urgente es conmemorar la redada del Velódromo de
Invierno o declarar cierta responsabilidad del Estado francés
en lo “peor” de lo sucedido bajo la Ocupación
en el momento en que (y porque) algunos signos anuncian
ese retorno, en un contexto totalmente diferente, a veces
con el mismo rostro, a veces con otros rasgos, del nacionalismo,
el racismo, la xenofobia, el antisemitismo. Las dos memorias
se sacan a flote, se exasperan y se conjuran una a la otra,
se hacen necesariamente, una y otra vez, la guerra. Siempre
al borde de todas las contaminaciones posibles. Cuando los
fantasmas aborrecidos, por decirlo así, están
de vuelta, recordamos los fantasmas de sus víctimas,
para salvar su memoria pero también, indisociablemente,
para el combate de hoy, y en primer lugar para la promesa
que lo incita, para el porvenir sin el cual no tendría
el menor sentido: para el porvenir, es decir, más
allá de toda vida presente, más allá
de todo ser vivo capaz de decir “ahora, yo”.
La cuestión -o la demanda- del fantasma es también
la del futuro y la de la justicia. Ese doble retorno alienta
una tendencia irreprimible a la confusión. Se confunden
lo análogo y lo idéntico: “Es exactamente
la misma cosa que se repite, exactamente la misma cosa”.
No, una cierta iterabilidad (diferencia en la repetición)
hace que lo que vuelve sea no obstante un acontecimiento
completamente distinto. El retorno de un fantasma es cada
vez otro retorno en otra escena, en nuevas condiciones a
las cuales siempre hay que prestar la mayor atención
si no se quiere decir o hacer cualquier cosa.
Ayer, una periodista alemana me llamó
por teléfono (a propósito de ese “llamado”
de intelectuales europeos “a la vigilancia”
que creí debía firmar con otros, sobre el
cual y alrededor del cual habría tanto que decir,
pero no tenemos tiempo para hacerlo seriamente). Al comprobar
que, por razones evidentes, ese gesto fue saludado y juzgado
oportuno, en particular en la situación actual de
Alemania, por numerosos intelectuales de ese país,
la periodista se preguntaba si se recuperaba en él
la tradición de un “yo acuso”. ¿Dónde
está hoy Zola?, preguntaba. Traté de explicarle
por qué, pese a mi inmenso respeto por Zola, no estoy
seguro de que sea ése el único o el mejor
modelo para algún “yo acuso” de hoy.
Todo cambió, el espacio público, los trayectos
de la información y la decisión, la relación
del poder con el secreto, las figuras del intelectual, el
escritor, el periodista, etcétera. Lo que está
perimido no es el “yo acuso”, sino la forma
y el espacio de su inscripción. Desde luego, hay
que acordarse del caso Dreyfus, pero es preciso saber que
nunca puede repetirse exactamente igual. Puede haber peores,
eso jamás debe excluirse, pero no el caso Dreyfus
como tal. En suma, para pensar (pero, ¿qué
quiere decir “pensar” entonces?) lo que ustedes
han denominado el “retorno de lo peor”, habría
que abordar, más allá de la ontología,
de una filosofía de la vida o la muerte, más
allá de una lógica del sujeto consciente,
las relaciones entre la política, la historia y el
reaparecido...
-Ya habló usted de ello en
Del espíritu. Heidegger y la pregunta.
-Desde la primera frase, en efecto,
ese libro estaba orientado ante todo hacia una lógica
desconcertante del espíritu como espectro, la “cosa”
es tratada de otra forma pero, así lo espero, con
cierta consecuencia, en el libro que he publicado sobre
Marx No es espiritualista, como tampoco el libro sobre Heidegger
era antiespiritualista, pero es cierto que la necesidad
de una estrategia paradójica me impulsa, en apariencia
al menos, a desconfiar de un determinado espíritu
en Heidegger y a hablar a favor del espíritu, de
cierto espíritu, uno de los espíritus o espectros,
en Marx
-Usted aludió a Marx,
en los años setenta, en un curso de la Escuela Normal
Superior.
-Hice más que aludir a él,
permítame subrayarlo, y en más de un seminario.
Más allá de las referencias, este librito
trata de explicar esa situación, ese relativo silencio,
esas relaciones difíciles pero, creo yo, íntimas
entre la deconstrucción y cierto “espíritu”
del marxismo.
-¿Qué es lo que, hoy
en día, le lleva a hablar de Marx?
--Me va a costar trabajo decirlo en unas
pocas palabras improvisadas. Este pequeño texto sobre
Marx fue, en un primer momento, una conferencia pronunciada
en abril en Estados Unidos, con motivo de la apertura de
un coloquio titulado “Whither marxism?” (“¿A
dónde va el marxismo?”, pero asimismo, juego
de palabras, ¿está decayendo -wither- el marxismo?)
En él, esbozo, ciertamente, un trabajo sobre el texto
de Marx, sobre todo aquello que puede regir en él
la problemática del espectro (es decir, asimismo,
del valor de intercambio, del fetichismo, de la ideología
y de otras muchas cosas). Pero, con un gesto en primer lugar
político, he tratado de marcar, tal y como considero
que se debe hacer hoy en día, un punto de referencia
a un consenso dogmático sobre la muerte de Marx,
el fin de la critica del capitalismo, el triunfo final de
mercado y de lo que ligaría para siempre a la democracia
con una lógica del liberalismo económico,
etc. Intento mostrar dónde y cómo dicho consenso
se vuelve dominante y, a veces, obsceno en su euforia a
la vez inquieta y gesticulante, triunfante y maníaca
(utilizo adrede el lenguaje de Freud cuando habla de una
determinada fase en el trabajo de duelo: este ensayo sobre
los espectros es también un ensayo sobre el duelo
y la política). ¿No consideran que es urgente
sublevarse contra un nuevo dogma antimarxista? A ese nuevo
“coloso de pies de arcilla” lo encuentro no
sólo regresivo y precrítico en la mayoría
de sus manifestaciones, sino también ciego a sus
contradicciones, sordo a los crujidos de la ruina, de la
estructura ruinosa y arruinada de su propia “racionalidad”.
Resulta tanto más urgente combatir ese dogmatismo
y esa política cuanto que la misma urgencia parece
venir a destiempo (otro tema del ensayo es el destiempo
en política, y la anacronía, la intempestividad,
etc. Esto concuerda con lo que decíamos antes acerca
del mesianismo y del acontecimiento, de la justicia y de
la revolución).
La responsabilidad de sublevarse concierne
a todo el mundo pero, en primer lugar, a aquellos que, sin
haber sido nunca antimarxistas o anticomunistas, se han
resistido siempre, no obstante, a cierta ortodoxia marxista,
durante esos tiempos (fue mucho tiempo para los intelectuales
de mi generación) en que fue, al menos en un determinado
círculo, hegemónica Más allá
de ese tomar partido, pero también para sostenerlo,
entablo asimismo un debate con el texto de Marx, orientado
por la cuestión del espectro (en red con las de la
repetición, el duelo, la herencia, el acontecimiento
y lo mesiánico, todo lo que supera las oposiciones
ontológicas entre la ausencia y la presencia, lo
visible y lo invisible, lo vivo y lo muerto y por lo tanto,
sobre todo, la prótesis como “miembro fantasma”,
la técnica, el simulacro teletecnológico,
la imagen de síntesis, el espacio virtual, etcétera;
reencontramos los temas abordados hace un rato, la artefactualidad
y la virtuactualidad). Ustedes recuerdan la primera frase
del Manifiesto del Partido Comunista: “Un espectro
recorre Europa, el espectro del comunismo”. Yo investigo,
merodeo un poco junto a todos los espectros que literalmente
obsesionan a Marx. Hay en ello una persecución de
Marx. Los persigue por doquier, los ahuyenta pero ellos
también lo acosan: en El 18 brumario, en. El capital
pero sobre todo en La ideología alemana, que despliega,
como saben, una crítica interminable, puesto que
fascinada, cautivada, encadenada, de la obsesión
stirneriana, alucinación ya crítica y de la
cual a Marx le cuesta muchísimo deshacerse.
Trato de descifrar esa lógica de
lo espectral en la obra de Marx. Propongo hacerlo, si puede
decirse así, frente a lo que pasa hoy en el mundo,
en un nuevo espacio público transformado tanto por
lo que se denomina con ligereza el “retorno de lo
religioso” como por las teletecnologías. ¿Qué
es el trabajo del duelo con respecto al marxismo? ¿Qué
procura conjurar? La palabra y el concepto tan ambiguos
de conjuración (al menos en tres lenguas, francés,
inglés y alemán) cumplen en ese intento un
papel tan importante como los de herencia. Heredar no es
en esencia recibir algo, un elemento dado que entonces se
puede tener. Es una afirmación activa, responde a
una conminación pero supone también la iniciativa,
la firma o la refrendación de una selección
crítica. Cuando se hereda, se clasifica, se criba,
se valora, se reactiva. También creo, pero no puedo
mostrarlo aquí, que todo emplazamiento de herencia
alberga una contradicción y un secreto (es como el
hilo rojo de ese libro que vincula el genio de Marx con
el de Shakespeare -que a aquél le gustaba tanto y
a quien cita con tanta frecuencia, en particular en el caso
de Timón de Atenas y Much Ado About Nothing- y con
el padre de Hamlet, que podría ser el personaje capital
de este ensayo).
Hipótesis: siempre hay más
de un espíritu. Cuando se habla del espíritu,
se evocan en el acto los espíritus, los espectros,
y cualquiera que hereda escoge un espíritu antes
que otro. Se selecciona, se filtra, se criba entre los fantasmas
o entre las conminaciones de cada espíritu. Sólo
hay herencia allí donde los emplazamientos son múltiples
y contradictorios, bastante secretos para desafiar la interpretación,
para exigir el riesgo sin límites de la interpretación
activa. Es allí donde hay una decisión y una
responsabilidad que deben asumirse. Cuando no hay double-bind,
no hay responsabilidad. Es preciso que la herencia guarde
una reserva indecidible...
Si heredar es reafirmar una conminación,
no sólo un haber sino un emplazamiento a descifrar,
no somos más que lo que Heredamos. Nuestro ser es
herencia, la lengua que hablamos es herencia. Hölderlin
dice poco más o menos que el lenguaje nos fue dado
para que diéramos testimonio de aquello cuya herencia
somos. No la herencia que tenemos o recibimos, sino la que
somos, de parte a parte. Lo que somos, lo heredamos. Y heredamos
el lenguaje que nos sirve para atestiguar el hecho de que
somos lo que heredamos. Círculo paradójico
en el cual hay que luchar y resolver a través de
decisiones que heredan e inventan a la vez, necesariamente
sin norma asegurada, sin programa, sus propias normas. Decir
que la herencia no es un bien que se recibe, recordar que
somos de parte a parte herederos, no tiene por lo tanto
nada de tradicionalista o pasatista. Somos, entre otras
cosas, herederos de Marx y el marxismo. Trato de explicar
por qué hay en ello un acontecimiento que nada ni
nadie puede borrar, ni siquiera, y sobre todo, la monstruosidad
totalitaria (los totalitarismos -hubo más de uno-,
todos los cuales participaron del marxismo y no pueden interpretarse
únicamente como perversiones o malversaciones de
la herencia). Y hasta la gente que no leyó a Marx,
o que ignora incluso su nombre, aun los anticomunistas o
los antimarxistas, son herederos de Marx. Además,
no se puede heredar a Marx sin heredar a Shakespeare, la
Biblia y bastantes otras cosas.
-Para seguir con esto, ¿no
le sorprendería que hubiese cierto retorno, bajo
otra forma y con aplicaciones diferentes, del comunismo,
que retornaría así, aunque se le llamase de
otro modo? Y lo que podría hacerle volver, ¿es
la necesidad que hay en la sociedad de traer de nuevo alguna
esperanza?
-Es lo que denominábamos la
justicia hace un momento. No creo en el retorno del comunismo
bajo la forma dominante del Partido (la forma partido está
sin duda en vías de desaparición, de manera
más general, en la vida política, una supervivencia
que, desde luego, puede ser dura de pelar) ni en el retorno
de todo lo que nos decepcionó de cierto marxismo
y cierto comunismo. Espero que eso no vuelva; es poco menos
que seguro, y en todo caso hay que estar alerta. Pero que
la misma insurrección, en nombre de la justicia,
vuelva a dar lugar a críticas de inspiración
marxista, de espíritu marxista, eso no dejará
de regresar. Hay signos de ello. Es como una nueva Internacional,
sin partido, sin organización, sin asociación;
ésta se busca, sufre, piensa que la cosa no funciona,
no acepta el nuevo “orden mundial” que se nos
quiere imponer, considera siniestro el discurso que inspira
ese nuevo orden mundial. Lo que esta inquietud insurreccional
encontrará en la inspiración marxista son
fuerzas para las que faltan nombres: aunque esto se parezca
a veces a los elementos de una crítica, intento explicar
en qué sentido no es ni debería ser únicamente
una crítica, un método, una teoría,
una filosofía o una ontología. Asumiría
una forma completamente diferente y tal vez exigiría
leer a Marx de muy otra manera; pero no se trata de lectura
en el sentido filológico o académico del término,
no se trata de rehabilitar un canon marxista. Cierta moda,
a la que ataco en ese ensayo, bien podría estar neutralizando
suavemente a Marx de otra manera: ahora que el marxismo
está muerto y sus aparatos desarmados, se diría,
vamos a poder leer El capital y a Marx tranquila, teóricamente,
vamos a poder devolverle una legitimidad merecida de gran
filósofo cuyos escritos (en su “inteligibilidad
interna”, como dice Michel Henry) pertenecen a la
gran tradición ontológica. No, intento explicar
por qué no deberíamos contentarnos con esa
relectura tranquilizadora.
<<<
Regresar | Sigue
>>>
|