Deconstruir la actualidad
Jacques Derrida
La siguiente es una entrevista con
Jacques Derrida (Passages, n° 57, septiembre de
1993, pp. 60- 75). Palabras recogidas por Stéphane
Douailler, Émile Malet, Cristina de Peretti,
Brigitte Sohm y Patrice Vermeren. Trad. C. de Peretti.
El Ojo Mocho. Revista de Crítica Cultural (Buenos
Aires) 5 (Primavera 1994).
-A menudo da la impresión
–y se trata de una impresión que según
hemos comprobado, es compartida tanto en Bogotá y
en Santiago de Chile, en Praga y en Sofía, como en
Berlín o en París- de que su pensamiento incide
en la actualidad. ¿Comparte usted esta sensación?
¿Es usted, si no ya un filósofo del presente,
sí al menos un filósofo que piensa su tiempo?
-¿Quién puede estar
seguro de hacerlo? Además “incidir en la actualidad”
y “pensar su tiempo” no es lo mismo. En ambos
casos, habría que hacer algo, algo más, o
algo distinto, que comprobar y describir: formar parte,
tomar partido y pertenecer. A partir de ahí, se “incide”
y, por consiguiente, se transforma, por poco que sea, se
“interviene”, como suele decirse, en un tiempo
que ni está ante uno ni está dado de antemano.
Nunca hay normas preestablecidas para estar seguros de que
se “incide en la actualidad” o, por utilizar
su expresión, de que se “piensa su tiempo”.
En el caso de algunos, lo uno va a menudo sin lo otro. Pero
me considero incapaz de improvisar una respuesta para semejantes
cuestiones. Es preciso que contemos con el tiempo de la
entrevista –y lo tenemos contado. Hoy en día
más que nunca, pensar su tiempo, (sobre todo cuando
al hacerlo se corre el riesgo o la suerte de la palabra
pública) consiste en tomar nota, para ponerlo en
práctica, del hecho de que el tiempo de esa misma
palabra se produce artificialmente. Es un artefacto. En
su mismo acontecer, el tiempo de ese gesto público
es calculado, forzado, “formateado”, “inicializado”
por un dispositivo mediático (hagamos uso de estas
palabras para ir de prisa). Esto merecería un análisis
casi infinito. ¿Quién pensaría su tiempo
hoy y, sobre todo, quién hablaría de él,
les pregunto, si en primer lugar no prestara atención
a un espacio público, por lo tanto a un presente
político transformado a cada instante, en su estructura
y su contenido, por la teletecnología de lo que tan
confusamente se denomina información o comunicación.
Su pregunta no nombraba sólo el “presente”
sino lo que se denomina la “actualidad”. Permítanme
marcar, esquemáticamente, dos de los rasgos más
actuales de la “actualidad”. Resultan demasiado
abstractos para delimitar lo más propio de mi experiencia
o de cualquier otra experiencia filosófica de la
susodicha “actualidad” pero designan lo que
constituye la actualidad en general. Podríamos arriesgarnos
a darles dos apodos compuestos: artefactualidad y actuvirtualidad.
El primer rasgo es que la actualidad, precisamente, está
hecha: para saber de qué está hecha, no es
menos preciso saber que lo está. No está dada
sino activamente producida, cribada, utilizada y performativamente
interpretada por numerosos dispositivos ficticios o artificiales,
jerarquizadores y selectivos, siempre al servicio de fuerzas
e intereses que los “sujetos” y los agentes
(productores y consumidores de actualidad -a veces también
son “filósofos” y siempre intérpretes-)
nunca perciben lo suficiente. Por más singular, irreductible,
testaruda, dolorosa o trágica que sea la “realidad”
a la cual se refiere la “actualidad”, ésta
nos llega a través de una hechura ficcional. No es
posible analizarla más que al precio de un trabajo
de resistencia, de contrainterpretación vigilante,
etcétera. Hegel tenía razón al exhortar
al filósofo de su tiempo a la lectura cotidiana de
los periódicos. Hoy, la misma responsabilidad exige
también que sepa cómo se hacen y quién
hace los periódicos, los diarios, los semanarios,
los noticieros de televisión. Sería preciso
que pudiera ver del otro lado, tanto del de las agencias
de prensa como del teleprompter.[i]
No olvidemos jamás todo el alcance de este indicio:
cuando parece que un periodista o un hombre político
se dirigen a nosotros, en nuestras casas, mirándonos
directamente a los ojos, están leyendo en una pantalla,
con el dictado de un “apuntador”, un texto elaborado
en otra parte, en otro momento, a veces por otros, incluso
toda una red de redactores anónimos.
-Tendría que ser un deber
cultivar la crítica sistemática de lo que
se denomina la artefactualidad. Usted dice: “sería
preciso.
-Si se trata de una cultura crítica,
de una especie de educación, pero nunca diré
“sería preciso”, nunca hablaré
de ese deber tanto del ciudadano como del filósofo,
sin añadirle dos o tres precauciones de principio.
La primera concierne a la cosa nacional
(por responder en parte a aquello a lo que apuntaba su pregunta,
como si, de vuelta del extranjero, hubiera alguna razón
para arrancarla de un diario de viaje: “esto es lo
que se dice de usted en el extranjero, ¿qué
pensar de esta noticia?” Me hubiera gustado comentar
ese gesto. Pero dejémoslo). Entre las filtraciones
que “informan” la actualidad, y pese a una internacionalización
acelerada pero tanto más equívoca, está
ese privilegio indesarraigable de lo nacional, lo regional,
lo provincial -o de lo occidental-, que sobredetermina todas
las otras jerarquías (en primer lugar el deporte,
luego el “político” -y no lo político-,
después lo “cultural”, por orden de demanda,
espectacularidad y legibilidad supuestamente decrecientes).
Ese privilegio secundariza una masa de acontecimientos:
los que se creen alejados del interés (supuestamente
público) y de la proximidad de la nación,
la lengua nacional, el código y el estilo nacional.
En la información, la “actualidad” es
espontáneamente etnocéntrica, excluye lo extranjero,
a veces dentro del país, antes de toda pasión,
doctrina o declaración nacionalista, y aun cuando
esas “actualidades” hablen de los “derechos
del hombre”. Algunos periodistas hacen esfuerzos meritorios
para escapar a esta ley pero, por definición, nunca
se hace lo suficiente, y esto no depende en última
instancia de los periodistas profesionales. No hay que olvidarlo,
principalmente hoy, cuando viejos nacionalismos asumen formas
inéditas con la explotación de las técnicas
mediáticas más “avanzadas” (la
radiotelevisión oficial de la ex-Yugoslavia no sería
sino uno de sus ejemplos sobrecogedores). Dicho sea de paso,
algunos creyeron no hace mucho que había que volver
a discutir la crítica del etnocentrismo o, si simplificamos
mucho su imagen, la deconstrucción del eurocentrismo.
Aquí o allá, todavía hoy es de buen
tono, como si estuviéramos ciegos a lo que trae la
muerte en nombre de la etnia, en el corazón de la
misma Europa, una Europa que no tiene hoy otra realidad,
otra “actualidad” que la económica y
nacional, y cuya sola ley, tanto para las alianzas como
para los conflictos, es la del mercado.
Pero la tragedia, como siempre, obedece
a la contradicción o la doble postulación:
la internacionalización aparente de las fuentes de
información se realiza a menudo a partir de una apropiación
y concentración de los capitales de información
y difusión. Recuerden lo que pasó durante
la guerra del Golfo. Que eso haya representado un momento
ejemplar de toma de conciencia y, aquí o allá,
de rebelión, no debe disimular la generalidad y la
constancia de esta violencia en todos los conflictos, en
Medio Oriente y otras partes. A veces, también puede
imponerse una resistencia “nacional” a esta
homogeneización aparentemente internacional. Primera
complicación.
Otra precaución: esta artefactualidad
internacional, esta monopolización del “efecto
de actualidad”, esta apropiación centralizadora
de los poderes artefactuales de “crear el acontecimiento”
pueden ir a la par con un progreso de la comunicación
“en directo” o en tiempo llamado real, en presente.
El género teatral de la “entrevista”
hace sacrificios, al menos ficticiamente, a esta idolatría
de la presencia “inmediata”, en directo. Un
diario siempre prefiere publicar una entrevista con un autor
fotografiado, más que un artículo que asuma
la responsabilidad de la lectura, la evaluación,
la pedagogía. Entonces, ¿cómo hacer
para no privarse de los nuevos recursos de la emisión
en directo (videocámara, etcétera), al mismo
tiempo que se siguen criticando sus mistificaciones? Y en
primer lugar, mientras se sigue recordando y demostrando
que el “directo” y el “tiempo real”
nunca son puros: no nos entregan ni intuición ni
transparencia, ninguna percepción despojada de interpretación
o intervención técnica. Una demostración
semejante apela ya, por sí misma, a la filosofía.
En definitiva -lo sugería demasiado
a la ligera hace un instante-, la deconstrucción
necesaria de esta artefactualidad no debe servir de coartada.
No tendría que ceder a un afán de emulación
en el simulacro y neutralizar toda amenaza en lo que podría
llamarse el embuste del embuste, la denegación del
acontecimiento: “Todo -se diría entonces-,
y aun la violencia; el sufrimiento, y la guerra y la muerte,
todo está construido, ficcionalizado, constituido
por y con vistas a los dispositivos mediáticos, nada
sucede, no hay más que simulacro y embuste”.
Al llevar lo más lejos posible una deconstrucción
de la artefactualidad, hay que hacer, por lo tanto, todo
lo que esté a nuestro alcance para prevenirse de
ese neoidealismo crítico y recordar no sólo
que una deconstrucción consecuente es un pensamiento
de la singularidad, por ende del acontecimiento, de lo que
conserva de irreductible, sino también que la “información”
es un proceso contradictorio y heterogéneo; puede
y debe transformarse, puede y debe servir, como lo hizo
a menudo, al saber, la verdad y la causa de la democracia
venidera, como a todas las cuestiones que entrañan.
Por más artificial y manipuladora que sea, no puede
no esperarse que la artefactualidad se rinda o se pliegue
a la venida de lo que viene, al acontecimiento que la transporta
y hacia el cual se transporta. Y del que aportará
testimonio, aunque sea en defensa propia.
-Hace un momento, propuso
otro apodo que hacia referencia no ya a la técnica
ni al artificio sino a la virtualidad.
-Si tuviéramos tiempo para
ello, yo insistiría sobre otro rasgo de la “actualidad”,
de lo que sucede hoy y de lo que le sucede hoy a la actualidad.
Insistiría no sólo en la síntesis artificial
(imagen sintética, voz sintética, todos los
complementos protéticos que pueden hacer las veces
de actualidad real) sino, en primer lugar, sobre un concepto
de virtualidad (imagen virtual, espacio virtual y por lo
tanto acontecimiento virtual) que sin duda no puede ya oponerse,
con toda serenidad filosófica, a la realidad actual,
como no hace mucho se distinguía entre la potencia
y el acto, la dynamis y la energeia, la potencialidad de
una materia y la forma definidora de un telos, y en consecuencia
también de un progreso, etcétera. Esta virtualidad
se imprime directamente sobre la estructura del acontecimiento
producido, afecta tanto el tiempo como el espacio de la
imagen, el discurso, la “información”;
en suma, de todo lo que nos refiere a la mencionada realidad,
a la realidad implacable de su presente supuesto. Entre
otras cosas, un filósofo que “piensa su tiempo”
debe estar hoy atento a las implicaciones y consecuencias
de ese tiempo virtual. A las novedades de su puesta en marcha
técnica, pero también a lo que lo inédito
recuerda de posibilidades tanto más antiguas.
-¿Podemos de nuevo proponerle
que vuelva a una actualidad más concreta?
-Quizá piensen que, desde hace un
rato, estoy derivando o desviándome de su pregunta.
No contesto a ella de modo directo. Algunos dirán:
está perdiendo el tiempo, el suyo, el nuestro. O
bien, está ganando tiempo, retrasa el momento de
contestar. Lo último que puede aceptarse hoy en televisión,
en la radio o en los diarios, es que en ellos algunos intelectuales
se tomen su tiempo, o pierdan el tiempo de los otros. Esto
es, tal vez, lo que habría que cambiar en la actualidad:
el ritmo. Se supone que los profesionales de los medios
no pierden nada de tiempo. Ni del suyo ni del nuestro. Cosa
que, al menos, están seguros de lograr con frecuencia.
Conocen el costo, si no el valor del tiempo. Antes de denunciar
el silencio de los intelectuales, como se hace habitualmente,
¿por qué no interrogarse sobre esta nueva
situación mediática? ¿Y sobre los efectos
de una diferencia de ritmo? Ésta puede reducir al
silencio a ciertos intelectuales (los que necesitan un poco
más de tiempo para los análisis necesarios
y no aceptan adaptar la complejidad de las cosas a las condiciones
que se les imponen para hablar de ellas), puede hacerlos
callar o hacer que sus voces queden ocultas bajo el ruido
de algunos otros, al menos en los lugares donde dominan
ciertos ritmos y ciertas formas de habla. Ese otro tiempo,
el tiempo de los medios, produce sobre todo otra distribución,
otros espacios, ritmos, relevos, formas de toma de la palabra
e intervención pública. Lo que es invisible,
ilegible, inaudible en la pantalla de la mayor exposición
puede ser activo y eficaz, de inmediato o en último
término, y no desaparecer más que a los ojos
de quienes confunden la actualidad con lo que ven o creen
hacer en la vidriera de “gran superficie”. En
todo caso, esta transformación del espacio público
obliga a trabajar, y el trabajo se realiza, creo, se lo
percibe más o menos bien en los lugares donde se
lo suele esperar demasiado. El silencio de quienes leen,
escuchan o ven los noticieros, y también los analizan,
no es tan silencioso como parece precisamente del lado en
que esos espacios de noticias parecen o se vuelven sordos
o ensordecen todo lo que no habla según su ley. Por
ello, habría que invertir la perspectiva: cierto
ruido mediático con respecto a una pseudoactualidad
cae como el silencio, hace silencio sobre todo lo que habla
y actúa. Y se escucha en otra parte o por otra parte,
si se sabe prestar oídos. Es la ley del tiempo, terrible
para el presente y que siempre hace esperar y hasta contar
con lo intempestivo. Habría que hablar aquí
de los límites efectivos del derecho a réplica
(por lo tanto, a la democracia): antes que a toda censura
deliberada, obedecen a la apropiación del tiempo
y el espacio público, a su ordenamiento técnico
por quienes ejercen el poder mediático.
De todas formas, si me permito esta pausa
o esta pose,[ii]
una manera como otras, pues son maneras, sí, de pensar
nuestro tiempo, será en la medida en que, en efecto,
intento responder de todas las maneras posibles: responder
a vuestras preguntas al responder a una entrevista. Para
asumir esta responsabilidad, hay que saber al menos a qué
y a quién se destina una entrevista, en particular
con alguien que además escribe libros, enseña
o publica en otra parte, a otro ritmo, en otras situaciones,
calculando de otra manera sus frases. Una entrevista debe
procurar una instantánea, como una fotografía
de película, una imagen detenida: he aquí
cómo alguien, tal día, en tal lugar, con tales
interlocutores, se debate como un animal en una situación
difícil. Éste, por ejemplo, cuando se le habla
de actualidad, de lo que pasa todos los días en el
mundo, y si se le pide que diga en dos palabras lo que piensa,
resulta que retrocede hacia su guarida, como un animal perseguido,
multiplica los ardides, nos arrastra a un laberinto de precauciones,
de dilaciones y relevos, y nos repite con todos los tonos:
“esperen, no es tan simple” (lo que siempre
inquieta o hace reír burlonamente a los imbéciles,
para quienes las cosas siempre son más simples de
lo que se cree), o si no: “uno a veces complica para
evitar, pero la simplificación es una estrategia
de evitación aún más segura”.
Tenemos por lo tanto una fotografía virtual: ante
una pregunta como la que ustedes me hicieron, he aquí
mi gesto más probable. No es ni puramente espontáneo
ni absolutamente calculado. Consiste en no negarse a responder
una pregunta o a alguien, pero para eso mismo intentar respetar,
lo más posible, sus condiciones indirectas o sus
desvíos invisibles.
Por ejemplo, ustedes han distinguido entre
“filósofo del presente” y “filósofo
que piensa su tiempo”. Y en su opinión, yo
me parecería más a éste que a aquel.
Eso puede entenderse de varias maneras. Tal filósofo
puede ocuparse del presente, de lo que se presenta en el
día presente, de lo que sucede actualmente, sin preguntarse,
hasta el abismo, qué significa, presupone u oculta
ese valor de presencia. ¿Será un filósofo
del presente? Sí, pero no. Otro puede hacer lo contrario:
hundirse en la meditación sobre la presencia o la
presentación del presente sin prestar la menor atención
a lo que sucede en el día presente en el mundo o
a su alrededor. ¿Será un filósofo del
presente? No, pero sí. Sin embargo, estoy seguro
de que ningún filósofo digno de ese nombre
aceptaría esta alternativa. Como cualquiera que trate
de ser filósofo, está claro que yo no querría
renunciar ni al presente ni a pensar la presencia del presente
-ni a la experiencia que nos los sustrae al dárnoslos-.
Por ejemplo, en lo que hace un momento llamábamos
la artefactualidad. ¿Cómo enfocar ese tema
de la presencia y el presente? ¿En qué condiciones
interrogarse al respecto? ¿Qué enlazan esas
preguntas? ¿Este lazo no es, en el fondo, la ley
que gobernaría, directa o indirectamente, todo? Trato
de someterme a ella. Por definición, esa ley es inaccesible,
permanece más allá de todo.
Pero esa es otra manera más –dirán
ustedes- de evadirse y de no hablar de lo que ustedes, por
su lado, llaman el presente o la actualidad. Por consiguiente,
la primera pregunta, aquella que les había devuelto,
como un eco sería: ¿Qué quiere decir
hablar del presente? Desde luego, sería fácil
mostrar que, en efecto, no me ocupé más que
de problemas de actualidad, de política institucional
o de política a secas. Se multiplicarían entonces
los ejemplos, las referencias, los nombres, las fechas,
los lugares, etcétera. Pero no quiero ceder a esta
facilidad mediagógica y aprovechar esta tribuna para
entregarme a alguna autojustificación. No considero
tener ningún derecho para ello y haga lo que haga,
al respecto, para no huir de las responsabilidades políticas,
eso nunca es bastante, siempre me reprocharé no hacer
nunca bastante.
Pero también trato de no olvidar
que a menudo son los enfoques intempestivos de lo que se
denomina actualidad los que más se “ocupan”
del presente. Dicho de otra manera, ocuparse del presente,
en filosofía por ejemplo, es tal vez no confundir
constantemente el presente y la actualidad. Hay una manera
anacrónica de abordar esta última que no deja
escapar necesariamente lo que hay hoy de más presente.
La dificultad, el riesgo o la posibilidad, lo incalculable,
quizás, tendría la forma de una intempestividad
que llega a tiempo: ésta y no otra, la que llega
justo a tiempo?, justo porque es anacrónica y está
desajustada (como la justicia que siempre carece de mesura,
extraña a la justeza o a la norma de adaptación,
heterogénea al derecho mismo al que debería
regir), más presente que el presente de actualidad,
más de acuerdo con la singular desmesura que marca
la fractura del otro en el transcurso de la historia. Esta
fractura tiene siempre una forma intempestiva, profética
o mesiánica, y no necesita para ello ni de clamor
ni de espectáculo. Puede mantenerse casi inaparente.
Por las razones de que hablábamos hace un momento,
no es en los diarios donde más se habla de ese pluscuampresente
del hoy. Lo que no quiere decir que eso suceda todos los
días en los mensuarios o semanarios.
La respuesta, una respuesta responsable
a la urgencia de la actualidad exige estas precauciones.
Exige el desacuerdo, lo desacordado o discordante de esta
intempestividad, el justo desajuste de esta anacronía.
Hay que diferir, alejarse, demorarse y precipitar, a la
vez. Hay que hacerlo como es debido para acercarse lo más
posible a lo que pasa a través de la actualidad.
A la vez cada vez, cada vez que es otra vez, la primera
y la última. En todo caso, me gustan los gestos (tan
raros, sin duda incluso imposibles, en todo caso no programables)
que alían en ellos lo hiperactual a lo anacrónico.
Y preferir la alianza o la aleación de esos estilos
no podría ser únicamente una cuestión
de gustos. Es la ley de la respuesta o la responsabilidad,
la ley del otro.
-¿Qué relación
vería usted entre esa anacronía o esa intempestividad
y lo que denomina, escribiéndola con una a, la différance?
-Esto vuelve a conducirnos, tal vez,
a un orden más filosófico de la respuesta,
aquel por el cual comenzamos, al hablar de la temática
del presente o la presencia, es decir, también del
tema de la différance al que a menudo se acusó
de favorecer la dilación, la neutralización,
el suspenso, y por consiguiente relajar demasiado la urgencia
del presente, en particular su urgencia ética o política.
Nunca advertí oposición entre la urgencia
y la différance. ¿Me atreveré a decir
al contrario? Sería simplificar una vez más.
“Al mismo tiempo” que marca una relación
(una ferencia) -una relación con lo que es otro,
con lo que difiere en el sentido de la alteridad, por lo
tanto con la alteridad, con la singularidad del otro-, la
différance remite también, y por eso mismo,
a lo que viene, lo que llega de manera a la vez inapropiable,
inopinada, y por lo tanto urgente, imprevisible: la precipitación
misma. El pensamiento de la différance es entonces
también un pensamiento de la urgencia, de lo que
no puedo ni eludir ni apropiarme, porque es otro. El acontecimiento,
la singularidad del acontecimiento: ésa es la cosa
de la différance. (Es por eso que recién decía
que significa muy otra cosa que esa neutralización
del acontecimiento con el pretexto de que es artefactualizado
por los medios.) Aun si ella también lleva consigo,
inevitablemente, “al mismo tiempo” (ese “a
la vez”, ese “mismo tiempo” de lo que
lo mismo se destempla todo el tiempo, un tiempo out of joint,
un tiempo descompuesto, dislocado, desordenado, desproporcionado,
como dice Hamlet), un movimiento contrario para reapropiar,
desviar, aflojar, para amortiguar la crueldad del acontecimiento
y muy simplemente la muerte a la que se entrega. Por lo
tanto la différance es un pensamiento que intenta
entregarse a la inminencia de lo que viene o va a venir,
del acontecimiento, por ende a la experiencia misma, en
tanto que ésta tiende también inevitablemente,
“al mismo tiempo”, con vistas al “mismo
tiempo”, a apropiarse de lo que sucede: economía
y aneconomía del otro a la vez. No habría
différance sin la urgencia, la inminencia, la precipitación,
lo ineluctable, la llegada imprevisible del otro en quien
recaen la referencia y la deferencia.
-Con relación a esto,
¿qué sentido tiene, para usted, hablar de
acontecimiento?
-Es otro nombre para lo que, en lo que llega,
no se llega a reducir ni a negar (o sólo a negar).[iii]
Es otro nombre para la experiencia misma que es siempre
la experiencia del otro. El acontecimiento no se deja subsumir
en ningún otro concepto, ni siquiera el de ser. El
“hay” o el “que haya algo y no más
bien nada” compete tal vez a la experiencia del acontecimiento
más que a un pensamiento del ser. La llegada del
acontecimiento es lo que no puede ni debe impedirse nunca,
otro nombre del futuro mismo. No es que sea bueno, bueno
en sí, que suceda todo o cualquier cosa; no es que
haya que renunciar a impedir que ciertas cosas se produzcan
(no habría entonces ninguna decisión, ninguna
responsabilidad, ética, política u otra),
pero uno no se opone jamás sino a acontecimientos
de los que se piensa que obstruyen el porvenir o traen la
muerte consigo, acontecimientos que ponen fin a la posibilidad
del acontecimiento, a la apertura afirmativa para la venida
del otro. Es en ese punto donde un pensamiento del acontecimiento
abre siempre cierto espacio mesiánico, tan abstracto,
formal y desértico, tan poco “religioso”
como debe serlo, y es también en ese punto donde
esta pertenencia mesiánica no se separa de la justicia,
que distingo aquí una vez más del derecho
(como propongo hacerlo en Force de loi y Spectres de Marx,[iv]
de los que en el fondo es la primera afirmación).
Si el acontecimiento es lo que viene, adviene, sobreviene,
no basta decir que ese venir no “es”, que no
viene a ser lo mismo que alguna categoría del ser.
El sustantivo (la venida) o el verbo sustantivado (el venir)
no agotan tampoco el “ven” del que vienen. A
menudo intenté, en otros lugares, analizar esta especie
de apóstrofe performativo, este llamado que no se
pliega al ser de nada de lo que es. Dirigido al otro, no
dice todavía, simplemente, ni el deseo, ni la orden,
ni la súplica, ni la demanda, que anuncia, es cierto,
y después puede hacer posibles. Hay que pensar el
acontecimiento a partir del “ven”, no a la inversa.
“Ven” se dice al otro, a otros a los que aún
no se estableció como personas, como sujetos, como
iguales (al menos en el sentido de la igualdad calculable).
Es con la condición de ese “ven” que
hay experiencia del venir, del acontecimiento, de lo que
llega y por consiguiente de lo que, porque llega del otro,
no es previsible. Ni siquiera hay horizonte de expectativa
para ese mesiánico anterior al mesianismo. Si lo
hubiera, si hubiera previsión, programación,
no habría ni acontecimiento, ni historia (hipótesis
que, paradójicamente, y por las mismas razones, jamás
puede excluirse con toda racionalidad: es casi imposible
pensar la ausencia de un horizonte de expectativa). Para
que haya acontecimiento e historia, es preciso por lo tanto
que un “ven” se abra y se dirija a alguien,
a algún otro que no puedo ni debo determinar de antemano,
ni como sujeto, yo, conciencia, ni como animal, dios o persona,
hombre o mujer, vivo o no vivo (se debe poder llamar a un
espectro, apelar a él, por ejemplo, y creo que no
es éste un ejemplo entre otros: tal vez haya un aparecido
y un “vuelve” en el origen o el fin de todo
“ven”).[v]
Aquel, aquella, quienquiera sea a quien se dice “ven”,
no debe dejar determinarse por anticipado. Para esta hospitalidad
absoluta, es el extranjero, el recién venido. No
tengo que pedir al recién venido absoluto que comience
por dar su identidad, por decirme quién es, en qué
condiciones voy a ofrecerle hospitalidad, si va a integrarse
o no, si voy a poder “asimilarlo” o no a la
familia, la nación o el Estado. Si es un recién
venido absoluto, no debo proponerle ningún contrato
ni imponerle ninguna condición. No debo hacerlo y
además, por definición, no puedo. Es por eso
que lo que se parece aquí a una moral de la hospitalidad
va mucho más allá de una moral, y sobre todo
de un derecho y una política. El nacimiento, que
se parece a lo que intento describir, tal vez ni siquiera
sea adecuado, de hecho, a este arribo absoluto. En las familias,
aquél es preparado, condicionado, nombrado, colocado
en un espacio simbólico que amortigua el arribo.
Lo cierto es que, pese a esas previsiones y nominaciones,
el acaso no se deja reducir, el niño que llega sigue
siendo imprevisible, habla de sí mismo como en el
origen de otro mundo, o en otro origen de este mundo.
Lucho desde hace tiempo con este concepto
imposible, el arribo mesiánico. Trato de precisar
al menos su protocolo en Apories [vi]
y Spectres de Marx. Lo más difícil es justificar,
por lo menos provisoria, pedagógicamente, ese atributo
“mesiánico”: se trata de una experiencia
a priori mesiánica, pero a priori expuesta, en su
expectativa misma, a lo que no será determinado sino
a posteriori por el acontecimiento. Desierto en el desierto
(uno que hace señas al otro), desierto de un mesiánico
sin mesianismo, por lo tanto sin doctrina y sin dogma religioso,
esta expectativa árida y privada de horizonte no
conserva de los grandes mesianismos del Libro más
que la relación con el recién venido que puede
venir -o no venir jamás- pero del que por definición
no debo saber nada por anticipado. Salvo que se trate de
la justicia, en el sentido más enigmático
de esta palabra. Y por eso mismo de la revolución,
a causa de lo que liga el acontecimiento y la justicia a
ese desgarramiento absoluto en la concatenación previsible
del tiempo histórico. Desgarramiento de la escatología
en la teleología que hay que disociar aquí
de ella, lo que siempre es difícil. Se puede renunciar
a cierta imaginería o a toda retórica revolucionaria,
incluso a cierta política de la revolución,
por decirlo así, tal vez a toda política de
la revolución; no se puede renunciar a la revolución
sin renunciar al acontecimiento y la justicia.
El acontecimiento no se reduce al hecho
de que algo acontezca. Esta tarde puede llover o no llover,
y eso no será un acontecimiento absoluto porque sé
qué es la lluvia, al menos si y en la medida en que
lo sé, y además no es una singularidad absolutamente
otra. Lo que llega con ello no es un recién llegado.
El recién llegado debe ser absolutamente otro, un
otro que espero no esperar, que no espero, cuya espera está
hecha de una no espera, una espera sin lo que en filosofía
se llama horizonte de expectativa, cuando cierto saber anticipa
aún y amortigua de antemano. Si estoy seguro de que
habrá acontecimiento, no será un acontecimiento.
Será alguien con quien tengo una cita, tal vez el
Mesías, tal vez un amigo, pero si sé que llega,
y estoy seguro de que llegará, en esa medida al menos
no será un recién llegado. Pero desde luego
la llegada de alguien que espero también puede, por
tal o cual otro lado, sorprenderme cada vez como una oportunidad
inaudita, siempre nueva, y por lo tanto sucederme una y
otra vez. Discretamente, en secreto. Y el recién
llegado siempre puede no llegar, como Elías. Es en
el hueco siempre abierto de esta posibilidad, a saber, la
no venida, la inconveniencia absoluta, que me relaciono
con el acontecimiento: éste también es lo
que siempre puede no tener lugar.
-¿Es decir que para
que haya acontecimiento es preciso que haya sorpresa?
-Si, eso mismo
-Por tomar un ejemplo reciente,
¿le ha sorprendido que haya habido esa mezcolanza
que de pronto se ha descubierto entre la extrema derecha
y un pensamiento de izquierda?
-¡Vuelta brutal a una “cuestión
de actualidad”! Tienen razón, teniendo en cuenta
lo que acabamos de decir, es preciso no eludirla. La “mezcolanza”
de la que hablan es complicada, pero quizá menos
improbable de lo que parece a primera vista. Habría
que avanzar con cautela, es difícil hacerlo improvisando,
y tener en cuenta un gran número de rasgos de datos
(¿qué extrema derecha, qué “pensamiento
de izquierda”, etc., qué “mezcolanza”,
quién, dónde y cuándo, dentro de que
limites?, etc.) Antes de considerar algunos gestos singulares
y atípicos, siempre los más interesantes y
más innovadores, aquí como en todas partes,
podemos recordar ciertas cadenas de inteligibilidad general,
ciertos programas o ciertas lógicas que no sorprenden:
no es la primera vez que posiciones de extrema derecha pueden,
en ciertos temas aliarse con posiciones de extrema izquierda.
A partir de motivaciones o de análisis distintos,
cierta oposición a Europa puede alentar estrategias
con aire nacionalista, tanto en la izquierda como en la
derecha. A partir de inquietudes que pueden considerarse
legítimas con respecto al economicismo o simplemente
a la política económica, incluso monetaria,
y hasta a la política a secas en la que están
embarcados los Estados que dominan Europa, cierta izquierda
puede encontrarse repentinamente en posiciones de alianza
objetiva con un nacionalismo o un antieuropeísmo
de extrema derecha. En este momento, Le Pen insiste en su
oposición al “librecambismo” o al “liberalismo
económico”. Esta retórica oportunista
puede hacer su “aliado objetivo”, como se decía
no hace mucho, de quienes, a la izquierda y con otras motivaciones,
critican una ortodoxia capitalista y monetarista en la que
se hunde Europa. Sólo la vigilancia y la claridad
de los actos, así como la de los discursos, pueden
disolver tales amalgamas, resolverlas al análisis.
El riesgo es constante, más grave que nunca y a veces
“objetivamente” irreductible: en el momento
de votar, por ejemplo. Aun si se agudizan las distinciones
y los clivajes, como siempre hay que intentar hacerlo, en
los análisis, en los considerandos, en todo lo que
se emparenta con una “explicación del voto”,
y por último en los lugares de publicación,
manifestación y acción, en oportunidad de
una coyuntura electoral dada (¿y dada por quién,
cómo, exactamente?), los votos antieuropeos de izquierda
y derecha se suman. Los votos proeuropeos de derecha e izquierda
también, por otra parte. Del mismo modo, ustedes
saben que hubo revisionismos de izquierda (aclaro, como
siempre hay que hacerlo: los revisionismos negacionistas
con respecto a la Shoah) que se deslizaron hacia el antisemitismo
(a menos que se hayan inspirado en él). Algunos de
ellos se alimentaban, de manera más o menos confusa,
de un antiisraelismo de principio o, más estrechamente
aún, de un rechazo de la política de hecho
del Estado de Israel durante una muy larga secuencia, incluso
a lo largo de toda la historia de Israel. ¿Resistirían
esas confusiones un análisis honesto y valeroso?
Es preciso ser capaz de oponerse a tal o cual política
de tal o cual gobierno del Estado de Israel sin hostilidad
de principio a la existencia de ese Estado (yo diría,
incluso: ¡al contrario!), y sin antisemitismo ni antisionismo.
Iría aún más lejos con otra hipótesis:
llegar a interrogarse con inquietud acerca de la fundación
histórica de ese mismo Estado, sus condiciones y
lo que siguió, puede no implicar, aun por parte de
algunos judíos, aunque sean adeptos a la idea del
sionismo, ninguna traición al judaísmo. La
lógica de la oposición al Estado de Israel
o a su política de hecho no entraña con toda
necesidad ningún antisemitismo, ni siquiera ningún
antisionismo, y sobre todo ningún revisionismo, en
el sentido en que lo especificaba hace un momento. Podrían
mencionarse ejemplos muy grandes (así Buber, para
hablar en pasado). Para limitarnos a los principios y las
generalidades, ¿no creen que el deber, hoy, exige
denunciar la confusión y cuidarse de ambos lados?
Están, por una parte, la confusión nacionalista
de quienes se deslizan de izquierda a derecha confundiendo
todo proyecto europeo con el hecho de la política
actual de la Comunidad Europea de hoy, o la confusión
antijudía de quienes no reconocen la frontera entre
la crítica al Estado israelí y el antiisraelismo,
y luego el antisionismo, el antisemitismo, el revisionismo,
etcétera. Aquí tenemos cinco posibilidades
que deben seguir siendo absolutamente distintas. Esos deslizamientos
metonímicos son tanto más graves, política,
intelectual, filosóficamente, porque amenazan entonces
desde los dos lados, por decirlo de algún modo, tanto
a quienes ceden a ellos en la práctica como a quienes,
por otra parte, los denuncian con la adopción simétrica
de su lógica: como si no se pudiera hacer esto sin
hacer aquello, por ejemplo oponerse a la política
actual de Europa sin ser antieuropeo por principio, o como
si no fuera posible interrogarse sobre el Estado de Israel,
su política pasada o presente, y hasta sobre las
condiciones de su fundación y lo que pudo derivarse
de ella durante medio siglo, sin ser pese a ello antisemita
y ni siquiera antisionista o revisionista negacionista,
etcétera. Esta simetría de los adversarios
une la confusión oscurantista al terrorismo. Hacen
falta obstinación y valor para resistir esas estrategias
ocultas (ocultadoras, ocultistas) de la amalgama. Para hacer
frente a esta doble maniobra de la intimidación,
la única respuesta responsable es no renunciar nunca
a las distinciones y los análisis. Yo diría:
a sus Luces, es decir, también a la manifestación
publica de ese discernimiento (y no es tan fácil
como podría creerse). Esta resistencia es tanto más
urgente por el hecho de que nos encontramos en una fase
en que el nuevo trabajo de elaboración crítica
de la historia de este siglo está condenado a una
peligrosa turbulencia. Habrá que releer bien, reinterpretar,
exhumar archivos, desplazar las perspectivas, etcétera.
¿Adónde iremos si toda crítica política
y toda reinterpretación histórica resultan
asociadas automáticamente al revisionismo negacionista?
¿Si toda pregunta sobre el pasado o más generalmente
sobre la constitución de la verdad en historia es
acusada de hacerle el juego al revisionismo (en Spectres
de Marx cito un ejemplo particularmente chocante de esta
necedad represiva en un gran diario estadounidense)? ¡Qué
victoria para todos los dogmatismos si a cada momento se
levanta un fiscal para acusar de complicidad con el adversario
a quienquiera intente plantear nuevas preguntas, perturbar
las buenas conciencias o los estereotipos, complicar o reelaborar,
en una nueva situación, el discurso de izquierda
o el análisis del racismo o el antisemitismo! Desde
luego, para dar el menor asidero posible a esos procesos,
hay que redoblar la prudencia en el discurso, el análisis
y la intervención pública. Es cierto que jamás
se promete, y menos aún se da, ninguna seguridad
absoluta. Algunos ejemplos recientes podrían además
servirnos de lección, si fuera necesario.
Vuelvo a la literalidad de su pregunta:
“¿Le ha sorprendido, se preguntaban, semejante
mezcolanza?” No he propuesto más que una respuesta
general y de principio: éstos son los esquemas de
inteligibilidad, éstos los programas que hacen que
dicha mezcolanza sorprenda menos de lo que podría
parecer a primara vista, pero he ahí por qué,
sin embargo, no hay que mezclarlo todo. En lo que concierne
a los casos singulares los más interesantes, necesitaríamos
más tiempo y otra situación para analizarlos.
Este es el lugar de las “sorpresas” y de los
contratiempos. Entre las lógicas más generales
(la mayor previsibilidad) y las singularidades más
impredecibles, está el esquema intermedio del ritmo.
Por ejemplo, desde los años cincuenta lo que desacreditaba
y condenaba al hundimiento a los totalitarismos de Europa
del este se conocía, era el pan cotidiano de la gente
de mi generación (con el viejo discurso, hoy remendado,
del tipo “Fukuyama”, sobre el presunto “fin
de la historia”, el “fin del hombre”,
etcétera). Lo que seguía siendo imprevisible
eran el ritmo, la velocidad, la fecha: por ejemplo la de
la caída del muro de Berlín. En 1986-1987,
nadie en el mundo podía tener una idea siquiera aproximada.
No es que ese ritmo fuera ininteligible. Es posible analizarlo
a posteriori si se tienen en cuenta nuevas causalidades
que hasta no hace mucho escapaban a los expertos (en primer
lugar por el efecto geopolítico de las teleúcomunicaciones
en general: toda la secuencia en que se inscribe una señal
tal como, por ejemplo, la caída del muro de Berlín,
sería imposible e ininteligible sin una cierta densidad
de la red de telecomunicaciones, etcétera).
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