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Enseñar a pensar
Por Jaime Barylko*
(Para La Nación)
Pensar es un acto individualista. Yo pienso,
tú piensas. Un acontecimiento dentro de tu persona.
Como sentir, como percibir. Solo, pero no a solas. Sócrates
no concibe el pensar encerrado en su casa, en su gabinete.
Se crió en la calle, en la plaza pública,
y allí vuelve a encontrarse con la gente, a pensar
con ellos, es decir, en discusión, en confrontación
de ideas, en diálogo. Él decía que
de su madre, que era partera, había aprendido el
oficio del pensamiento: como la partera, cada uno puede
ayudar al otro, en este diálogo, a extraer la verdad
que el otro contiene dentro de sí. Sí, en
efecto: el hombre más ignorante e inculto tiene dentro
de sí la fuente, la posibilidad de la verdad, sólo
que hay que ayudarlo a darla a luz. ¿Cómo?
Dialogando con él, conduciéndolo con preguntas
a la movilización de su mente hasta que, finalmente,
saque afuera la verdad, esa que tenía adormilada
adentro. Pensar es dar a luz. Implica esfuerzo, siembra
lágrimas, pero cosecha alegrías.
Ésta es la idea básica de
la educación: es función del maestro ayudar
al alumno a gestar la verdad y producirla. El de afuera
es el partero de la verdad del otro. Y Sócrates,
en efecto, demostró cómo ello podría
realizarse. Un día se encontró con el esclavo
Menón, que era un total ignorante. Y dialogando con
él, Sócrates le "extrajo" las verdades
que corresponden a los principios de la geometría
de Euclides. Así se demostraba, con este caso extremo,
cómo el pensamiento no es la adopción de ideas
ajenas, sino apoyarse en el exterior, en el otro, para emerger
desde el interior.
Sócrates confiaba en este método,
confiaba en el hombre y en su poder de pensar y alcanzar
ideas correctas siempre y cuando discurriera por el camino
adecuado. Méthodos, en griego, significa "camino".
Acumulación y repetición
La enseñanza, en general, se dedica
a transmitir información. De la más variada:
oraciones subordinadas, la gesta de San Martín, la
fórmula química del agua, qué representa
el personaje de Hamlet, etcétera. Todos son datos,
y aprender es acumular esos datos y saber repetirlos en
el momento del exámen.
Ése es el meollo de la educación
formal, por más vueltas que le den a la metodología
y esos contenidos se enseñen a grito pelado y autoritario
o con voz dulce y música funcional y "hacé
lo que mejor te parezca". El final es siempre el mismo:
examen, prueba o test en los que el alumno demostrará
cuán bien repite los datos asimilados.
Aunque se dice que el objetivo de la educación
es enseñar a pensar, estamos muy lejos de él.
Somos fuertes y ricos en materia de discurso pedagógico;
en la práctica, sonriendo, y en ronda, y en éxtasis
de permisividad, continuamos transmitiendo datos y exigiendo
el dominio memorioso de ellos.
El tema no es argentino sino de la educación
en el mundo entero, tal cual lo constata el biólogo
y humanista francés Henri Laborit, que así
escribe en su libro Biología y estructura: "Admitamos
que se les enseña a hablar y a escribir, pero no
a pensar, ciertamente, y la cátedra de filosofía
no cambia en nada el asunto. La enseñanza de la filosofía,
si se quiere entender por ella la de las estructuras, debería
comenzar en la escuela maternal y no interrumpirse hasta
las clases últimas. La clase de filosofía
suele ser, con frecuencia y sobre todo, una historia de
los filósofos y de las filosofías de ningún
modo estructurada en el espacio-tiempo".
Un acto individual que implica a los
otros
Una cosa es enseñar contenidos -qué
es qué y dónde ocurrió tal hecho, quién
encabezó tal revolución y qué pretendía
modificar, y qué causas y circunstancias lo motivaron
a actuar- y otra cosa es enseñar estructuras. Las
estructuras marcan posibilidades de relación, combinación,
diferencia entre los contenidos.
Pensar es estructurar, dar forma, dar significado
y, sobre todo, revisar lo dado, e incluso las conclusiones
del propio pensamiento, para mañana estructurarlo
de otra manera, con otro enfoque. La duda y el acto de pensar
son hermanos de sangre. Una vez lo demostró palmariamente
Descartes, y desde entonces no se desligan.
Por tanto, aun enseñando filosofía,
como se tiende a hacer ahora con niños de escuela
primaria, no se garantiza que se esté estimulando
el pensamiento si lo que el niño tiene que aprender
es la alegoría de la caverna, de Platón, o
la idea del gobierno que tenía Aristóteles.
Uno puede repetir que "lo que mata
es la humedad" o que "Kafka representa el laberinto
de la existencia humana en su complejidad esencial, sin
salida". En ambos casos ejerce el mismo mecanismo mental:
no piensa, extrae datos acumulados en la memoria y los usa
en cada caso.
Es imposible prescindir de los datos y de
la información, y no se piensa sino a partir de cierta
cultura, de cierto cultivo interior, y a partir del conocimiento
de pensamientos ajenos con los que nos afilamos en nuestro
propio pensar.
Pienso solo, es cierto, en un acto individual
e individualista, pero ello implica a los demás,
insisto, a los otros, porque yo soy, decía Ortega
y Gasset, un punto de vista indispensable sobre el universo,
es cierto, pero necesitado de los demás. Pensar es
copensar. Considerar. Para enseñar a pensar hay que
estar pensando. "Usted piensa mientras habla",
me dijo una vez un alumno, fuera de clase. Lo miré
atónito, casi avergonzado: no sabía que se
me notaba.
Vuelvo a Laborit para que nos quedemos pensando:
"El cerebro del hombre culto del siglo XX es una reserva
de juicios de valor no jerarquizados".
* El autor es decano
de Humanidades de la Universidad Maimónides.
(fecha de publicación
06.10.1999)
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