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Qué es ser inteligente
a fines del siglo
por Juana Libedinsky*
Resolver problemas teóricos ya no
es suficiente. ¿Qué es ser inteligente a fines
del siglo? Los factores emocionales y sociales son fundamentales,
pero aunque practiquemos, nunca podremos ser Einstein.
¿Qué diferenciaba a Forrest
Gump del resto de los mortales? Hasta su mamá sabía
la respuesta: solamente un par de puntitos, los necesarios
para entrar en la mágica franja 90-110, el coeficiente
intelectual que señala una inteligencia "normal".
Eso era en la década de los 50.En vísperas
del siglo XXI, ¿qué es ser inteligente?
Para muchos, pensar de manera "fría"
ya no es suficiente. No se trata de un término solamente
ligado a la capacidad de resolver problemas teóricos
y al manejo de una sólida base de datos. Incluso
el best seller del ramo se llama "La inteligencia emocional";
su autor, Daniel Goleman, vendió más de un
millón de ejemplares asegurando que razón
y corazón finalmente pueden ir de la mano.
Según Robert Sternberg, profesor
de Psicología y Educación de la Universidad
de Yale y editor de la Enciclopedia de la Inteligencia,
existen tres facetas de lo que normalmente llamaríamos
inteligencia: la analítica, la creativa y la práctica,
y las tres funcionan juntas.
"Inteligencia es la habilidad para
tener éxito en la vida, de la manera que uno lo defina
dado su contexto cultural. Las personas inteligentes son
las que se dan cuenta de sus virtudes y debilidades, y saben
explotar al máximo las primeras mientras manejan
las segundas", aseguró el especialista en diálogo
con La Nación.
Para el físico y filósofo
Mario Bunge, la inteligencia se divide en dos grandes ramas:
una conceptual y otra social, "donde importan la comunicación,
la interacción con los demás y formar alianzas",
afirmó en una conversación telefónica
desde Canadá.
Deficiencia emocional
En los laboratorios Bell de los Estados
Unidos, por ejemplo, se realizó un estudio para descubrir
por qué algunos científicos tenían
un mal desempeño en los trabajos a pesar de una comprobada
habilidad intelectual.
La investigación sacó a la
luz que los empleados que no eran apreciados por tener capacidades
emocionales y sociales deficientes eran dejados de lado
por sus colegas, de la misma manera que el "traga"
o el "mandaparte" quedan al margen de los juegos
en el recreo. Al permanecer aislados, se perdían
un importante punto de encuentro para el intercambio de
información profesional y un lugar donde buscar consejos
al quedar atascados en algún proyecto.
"Los elementos de la inteligencia emocional
-el autoconocimiento, la autodisciplina, la motivación,
la empatía y la capacidad de trabajar en equipo-
pueden parecer poco profesionales", reconoció
Goleman.
Pero la inteligencia emocional no significa
controlar el enojo o llevarse bien con todo el mundo. Es
"tener la habilidad para conocerse a sí mismo
y entender el bagaje emocional ajeno lo suficientemente
bien como para influir en la dirección de la empresa",
afirmó el especialista.
A pesar de los miles de adeptos que cosechó
en todo el mundo, este nuevo concepto no convence a todos.
"El concepto de inteligencia emocional
es popular y útil... digamos que emocionalmente.
La evidencia científica que lo sostiene todavía
es débil", destacó Sternberg.
Claro que sea cual fuere la definición
más apropiada de "inteligencia", lo cierto
es que hay ciertos personajes de la historia que serían
paradigmas de cualquiera de ellas.
"Aristóteles, por haber construido
el primer sistema filosófico; Descartes, por su enorme
curiosidad y la forma en que pudo relacionar disciplinas
tan disímiles como la matemática, la física,
la anatomía y la teología. Y Einstein, porque
a los 25 años escribió tres artículos,
cada uno de los cuales merecía un premio Nobel",
aseguró Bunge.
Como Einstein y Aristóteles
Pero este tipo de inteligente, ¿se
nace o se hace? Si nos entrenamos, ¿podemos ser como
ellos? "Por el momento, no", desalientan Graciela
de Ipola y Cristina Rodríguez Varela, las creadoras
del Sistema Operativo Inteligente (SOI) del Instituto Tecnológico
de Buenos Aires (ITBA).
"Con los conocimientos científicos
actuales, nadie -por más que se entrene- podrá
sobresalir como Einstein o Picasso si no está en
su naturaleza genética hacerlo. Sin embargo, cada
uno de nosotros tiene un potencial neuronal de expansión
inteligente que seguramente no utilizamos ni explotamos
al máximo, y que podemos desarrollar mediante entrenamiento
adecuado."
Claro que no sirve aprender a jugar ajedrez
para entrenarse en planificación: "Es preciso
hacerlo dentro del área de desempeño, porque
al cerebro le cuesta transferir espontáneamente lo
aprendido de un área a otra", afirman las especialistas
locales. Con esto, aparentemente el cerebro izquierdo y
el derecho tendrían poco que ver: "Se ha exagerado
mucho y se ha hecho mucha literatura barata al respecto",
subrayó Bunge.
Más duro aún, Sternberg afirmó
que "las únicas personas que siguen promoviendo
esta idea son aquellos que saben poco o nada sobre el cerebro,
y los que quieren enriquecerse a costa de una idea que fue
invalidada científicamente hace años".
Números y cráneos
También se encuentra en baja la fe
ciega en el coeficiente intelectual que marcó nuestro
siglo. Inventada por Alfred Binet en 1905, la supuesta objetivación
de la inteligencia en un número fue utilizada para
discriminar a "grupos indeseables" en políticas
de inmigración y esterilización.
"El problema de fondo está en
la tendencia del hombre a cosificar todo. Nombramos con
el término inteligencia a ese enormemente complejo
y multifacético conjunto de capacidades humanas,
y pretendemos que un número pueda resumirlo y así
establecer jerarquías", confirmó a La
Nación el científico de Harvard y autor del
famoso estudio sobre la medición de la inteligencia
"The mismeasure of man", Stephen Jay Gould.
Claro que no estamos en presencia de un
fenómeno nuevo. En el siglo XIX hizo furor en los
círculos científicos y ante la opinión
pública otro intento por clasificar la inteligencia:
la craneometría, o el estudio del tamaño de
los cerebros. Su figura más sobresaliente fue el
fundador de la Sociedad Antropológica de París,
Paul Broca. Para su escuela, cuanto más grande el
cerebro, más inteligente la persona, lo cual inmediatamente
sirvió para explicar la inferioridad mental de las
mujeres.
Claro que enseguida se encontraron con problemas.
El cerebro de Walt Whitman, por ejemplo, pesaba la mísera
cantidad de 1,282 gramo. Peor aún, se descubrió
la gran cantidad de asesinos con una enorme masa de materia
gris. Pero simplemente concluyeron que para un crimen perfecto
también hace falta pensar mucho.
* Este artículo
fue publicado el 21.03.1999 en el diario La Nación
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