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En busca de la calidad educativa
Por Marta Guibert*
(Para La Nación)
El diccionario define calidad como "aquella
propiedad o conjunto de propiedades inherentes a una cosa
que permiten apreciarla como igual, mejor o peor que las
restantes de su especie". En esencia, es un concepto
evaluativo, porque averiguar la calidad de algo exige constatar
su naturaleza y expresarla en términos que permitan
una comparación. Esta necesidad de comparación,
cuando se aplica al sector educativo, adquiere una importancia
singular.
Se hace necesario, entonces, establecer
criterios evaluativos que permitan decidir entre soluciones
educativas alternativas y adecuadas a nuestra realidad nacional,
y compararlas con otros modelos en la medida en que éstos
no afecten la imagen de nuestra propia identidad cultural
y que estén relacionados con la demanda real y con
lo que espera la comunidad del servicio educativo.
Por eso hay que preguntarse si las soluciones
microeducativas, relativas a la organización escolar,
metodologías de enseñanza, contenidos, etcétera,
son armoniosas con los grandes designios macroeducativos:
el desarrollo social, cultural, científico, tecnológico,
y el crecimiento económico del país.
El concepto "calidad" constituye
un criterio que, como "eficiencia", "efectividad",
"relevancia", se utiliza para evaluar ciertas
características de los propósitos, las condiciones,
los procesos y los logros de un sistema educativo.
Desde la óptica de los especialistas
en administración educativa, eficiencia se define
como "la capacidad real de producir lo máximo
con el mínimo desperdicio, costo y esfuerzo".
El valor supremo de la eficiencia es la productividad. Eficiencia
significa la capacidad para alcanzar determinados resultados.
Imperativo ético
Un sistema es eficaz si es capaz de lograr
lo que se propone: efectividad es el criterio de desempeño
que mide la capacidad de producir la solución o respuesta
deseada por los miembros de una formación social
dada. Expresa la responsabilidad institucional para proveer
lo que la sociedad global y sus múltiples diversidades
culturales están requiriendo.
Sabemos que todo proyecto educativo deriva
de un proyecto político. En 1988 se realizó
en la Argentina el Congreso Pedagógico, que sentaría
las bases, junto con la Ley Federal de Educación,
que se sancionó en 1993, de las transformaciones
educativas de fin de siglo. La Ley Federal de Educación
recogió muchos de los elementos propuestos en ese
congreso. Destacamos el que dice: "Se tiende a la equidad
a través de la justa distribución de los servicios
educacionales a fin de lograr la mejor calidad posible y
resultados equivalentes a partir de la heterogeneidad de
la población".
La equidad define la igualdad de oportunidades
que se ofrece a toda la población para acceder a
los servicios y continuar el proceso educativo con aprendizajes
de buena calidad. El concepto de calidad refleja una concepción
educativa y un proyecto de sociedad que debe apuntar a un
imperativo ético que implica el derecho que les asiste
a todas las personas de todas las edades, de lograr una
vida digna.
En su esencia, el acto educativo se refiere
a seres humanos en cuanto personas; por lo tanto, la apreciación
de su calidad será motivo de preocupación
ética. Consecuentemente, mejorar la calidad de la
educación significa, entre otras cosas, considerar
la eficacia del proceso educativo, los elementos que tienen
mayor influencia en los aspectos cualitativos de la educación
a través de las propiedades inherentes; por ejemplo,
los contenidos, una educación más personalizada
en la relación maestro-alumno, un mayor énfasis
en el proceso de adquisición y comprensión
del conocimiento, poniendo el acento en la actividad personal
del alumno, que no puede ser sólo un receptor de
información, y que los programas apunten a una interdisciplinariedad
de las asignaturas para que la realidad que vive no quede
compartimentada.
En lo que se refiere al currículo,
uno de los problemas centrales que enfrenta el proceso educativo
en nuestro país radica en las contradicciones que
existen entre el patrón de socialización que
poseen la comunidad, la familia, el hogar, y los modelos
o estilos de enseñanza-aprendizaje que se utilizan
en la escuela.
Un mundo en cambio
Los alumnos no alcanzan a vislumbrar la
aplicación de lo que se supone están aprendiendo.
Adquieren información en forma mecánica, memorística,
que pronto olvidarán y que está desconectada
de la realidad cotidiana. La informática y los medios
masivos de comunicación les presentan una realidad
distinta que tiene que ver con los cambios profundos que
se están produciendo en el mundo. Los alumnos, fuera
de la escuela, conviven más con la imagen y los valores
ajenos a su idiosincrasia y se asombran menos que los adultos
de todo lo que les ofrece el progreso vertiginoso e imparable
de la tecnología. Y cada vez son más aquellos
que carecen de las competencias requeridas para seguir el
curso y el ritmo del proceso de cambio.
Cuando se busca una mejor calidad educativa,
no se trata de hacer más de lo mismo, sino de poner
el énfasis en formas de aprendizaje que exijan al
alumno descubrir el valor de lo que se aprende y su uso
funcional, que debe tener un sentido prospectivo; también
se debe impulsar la creatividad, la asimilación de
los valores que dignifican a toda sociedad, y proporcionarle
las herramientas para actuar en forma idónea en un
mundo que le requerirá niveles de rendimiento cada
vez más altos, lo que lo llevará a comprender
sus múltiples posibilidades para enfrentarse a nuevas
perspectivas.
Importa, entonces, buscar estrategias que
lleven a la formulación de proyectos que tomen en
cuenta todas las variables que inciden en el proceso de
enseñanza-aprendizaje, de modo de alcanzar los niveles
de logro que exige un sistema educativo para conseguir la
debida calidad.
(*) La autora es especialista en educación,
ex funcionaria de la OEA y de la Unesco. Articulo publicado
el 17 de diciembre de 1999 en el diario La Nación
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