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TuRemanso Reflexivo

Una metáfora acerca de la globalización, la defensa de los ideales y la libertad de expresión.

 

La sombra y la luciérnaga

De cómo una potencia se convierte en hegemónica
y un pequeño insurgente desencadena una revolución  

 

Cintia Vanesa Días

 

La sombra se proyectaba con violencia sobre el vidrio del farol, como si quisiera explicarle que la luz no podía evitarla. Era monumental, como las estructuras que habían perpetuado a Ozymandias, pero no estaba completa y eso la enloquecía.

La sombra se asomó por la ventana de la casa y vio que a lo lejos, los ecos de la noche se regocijaban hasta donde alcanzaba la vista, y quizás un poco más. Se sintió a gusto consigo misma y salió a pasear por el pueblo.

La sombra había cobrado gran importancia en aquellos días de invierno, la gente de entre las gentes notaba su poder y pretendía no contradecirla más de lo necesario. Caída la oscuridad los habitantes del pueblo se entregaban al sueño, evitando confrontaciones innecesarias; era entonces cuando la sombra se erguía sobre el caserío y giraba enloquecida. Su dominio era absoluto, no porque fuera real... sino porque la gente de entre las gentes había elegido ceder su poder frente a los espectros de la noche, y conservarlo durante el día.

La sombra se apoderó de la noche pero, insatisfecha, quiso extenderse sobre los atardeceres del pueblo... pronto esto no le bastó, y tomó los amaneceres como botín de una guerra silenciosa a la que pocos dieron importancia. Correteó por los limites del caserío un par de años, hasta que finalmente se animó a traspasarlos. Desde aquel día se extendió como una nube negra sobre los pueblos cercanos y así, poco a poco, llegó a gobernar el mundo.

La Sombra trajo oscuridad, y con ella vino la incertidumbre, la incertidumbre generó peligro, y el peligro perpetuó el miedo. La sombra transportó tristeza, además de oscuridad... y la tristeza trajo dolor. El dolor se propagó como una peste por el mundo, y así, entre el dolor y el miedo la gente de entre las gentes aprendió a hacer de su vida una supervivencia necesaria.

La Sombra no reparó en las inclemencias de su imperio, pues estaba ocupada en vanagloriarse de su poder y astucia; sin embargo comprendió que era forzoso buscar aliados de entre las gentes, ya que su poder tendía a debilitarse debido a algunas insurrecciones. Si bien lograba controlar a los rebeldes -y los escarmientos eran tan dolorosos que el resto de las gentes prefirieron guardar silencio en la oscuridad- supo que era tiempo de amaestrar a un ejército leal a sus designios, y así lo hizo.

Nunca se le ocurrió que un hecho inexplicable apresuraría su caída.

Un día inexacto se oyó un eco por el mundo, similar al de una gota. La gente de entre las gentes quiso saber de qué se trataba, no obstante su curiosidad se vio refrenada por el temor a perder su libertad, o sufrir algun tormento. Mientras ellos dubitaban entre el miedo y el anhelo, la gota se estiraba en tiempos irregulares formando melodías que le arrancaban jirones a la oscuridad.

Algunos pretendieron acercarse a la fuente del sonido, pero la gota se evaporaba a veces, y a veces parecía provenir de otro lugar.

La Sombra parecía no reparar en este fenómeno, estaba ocupada en controlar su ejército de Perpetuadores de la Oscuridad; tarea ardua -si las hay- ya que debía dotarlos de una visión especial que les permitiera distinguir en las tinieblas, y entrenarlos para que la gente de entre las gentes confiaran en ellos y se entregaran a sus designios -requisito esencial para que la Sombra siguiera dominando el mundo-.

Así pasaron 58 años.

Algunos se olvidaron de la gota, otros se conformaron con imaginar de dónde venía y cómo era... unos pocos lograron alcanzar la fuente, pero el tacto no fue suficiente para elaborar conceptos. Otros -de entre las gentes- conjeturaron que aquella era una señal divina y comenzaron a construir templos para venerar a La Gota. Se reunían en silencio y en silencio la adoraban imaginando que con su adoración la gota se vivificaba. Con el tiempo elaboraron complejos rituales y escribieron algunas oraciones para invocar a La Gota y a los que habían dado la vida buscando su origen.

Al principiar el fenómeno, ciertas gentes habían abandonado sus casas iniciando La Búsqueda, pero nunca habían retornado; motivo por el cual Los Adoradores creyeron que habían muerto fundidos en la Sabiduría de La Gota, y que merecían ser venerados como los Santos del Sagrado Lugar.

La Sombra llegó a enterarse de estas actividades, pero no les dio valor, nadie osaba oponerse a su Imperio, eso la tranquilizaba. ¿Y la gota?... “la gota era ruidosa pero carecía de luz”, razón suficiente para no darle mote de insurgente y dejarla con su crepitar extraño en medio de la oscuridad del mundo.

Un día los Adoradores de la Gota se encontraban en procesión silenciosa evocando el día de la anunciación, con cánticos monocordes se referían a la llegada de la gota como la salvadora de la vida del mundo... la primera señal de movimiento, el primer sonido después del periodo de silencio impuesto por la Sombra. Era el Tercer día del Invierno Bipolar Antiquo -en el calendario oficial- y el Primer día de la Revelación, para los creyentes.

Hacía frío y la oscuridad era más impenetrable que nunca, no obstante los que se congregaron para la ceremonia estaban tan concentrados en los cánticos que no reparaban en ello, eran guiados a través de los paramos por sus guías -aquellos que podían distinguir entre las tinieblas-. Ese día, el tercero del Invierno Bipolar Antiquo y el primero de la Revelación, aconteció lo impensado. Una brizna de luz bamboleante apareció entre las gentes, una chispa tan minúscula que apenas podía alumbrarse a ella misma, avanzaba resuelta por entre las filas de creyentes. Así fue como en medio de la ausencia de colores, una lucesita se distinguía a lo lejos y llamaba la atención de la Sombra. “Es una luciérnaga!” exclamó un anciano señalando la chispa. Pronto el rumor se hizo eco, y el eco se multiplicó en la boca de cada gente de entre las gentes.

La Sombra guardaba silencio, aun no había ejecutado ninguna sentencia, eso animó a unos cuantos a buscar en los sótanos sus artefactos generadores de luz. La algarabía se sintió llegar a los corazones. Algunos comenzaron a prender sus velas y faroles y otros se las ingeniaron para armar fogatas. Todos iniciaron una fiesta en homenaje a la luciérnaga

Pero la felicidad duró lo que un suspiro. La Sombra –que había tardado en responder por sorpresa y no por ineficacia- se enfureció y comenzó a estrellar contra la negrura cuanta luz se cruzara en su camino.

El mundo quedó en penumbras nuevamente, sólo la luciérnaga había conseguido permanecer volando en dirección al sonido de la gota. La Sombra pasó de la admiración al ensañamiento; desató una tormenta monumental sobre las gentes, quienes corrieron a refugiarse. La luciérnaga seguía avanzando con una voluntad incomprensible, sus alitas mojadas se agitaban más allá del cansancio y de los manotazos de La Sombra; quien en un acto de locura llamó a sus “Perpetuadores de Oscuridad” para que se unieran en su cruzada contra la luz, y al hacerlo, quedaron en evidencia frente a la gente de entre las gentes.

Una desilusión generalizada ganó el mundo de las tinieblas, el pueblo de pronto comprendió que todos sus lideres eran aliados de aquella sombra tirana; agradecieron a la luciérnaga el haberlos puesto en evidencia y corrieron a unirse a ella.

Nada pudo vencer la persistencia de la luciérnaga, ni huracanes ni maremotos, ni terremotos ni erupciones volcánicas. Paradójicamente, mientras más catastrofes se producían en el mundo más gente de entre las gentes se unía a la resistencia. Pronto se divisó, en medio de la oscuridad, una brecha de pequeñas luces que se apagaban y se prendían irregularmente provinientes de todas las direcciones del planeta.

Fueron años de lucha y sufrimiento, en los que los ídolos antiguos perecieron para dar cabida a los nuevos, más abstactos quizas, pero más verdaderos. Fueron años en los que la gente de entre las gentes creyeron que el peligro y el dolor se incrementaba en propociones iguales a las de su lucha.

La luciérnaga fue guía, no porque dijera por donde ir o qué era lo mejor, sino porque alumbraba el camino en un acto de constancia perfecta, sin pedir nada a cambio. Pero la gente sabe ser leal al que se sacrifica en pos de un ideal –sobre todo si ese ideal se centra en los que sufren- y se organizaron para asistirla y acompañarla.

La Sombra perdía su poder, pero continuaba dominando al mundo gracias al miedo de algunos y la sumisión de otros. Sus aliados seguían fieles a ella, a veces conseguían ganar adeptos en medio de la confusión de la luz y la tiniebla.

Y así, hubo un día en el que la luciérnaga llegó a la fuente del sonido. Los que la seguían se maravillaron del espectáculo al verlo, un lago de reflejos dorados se extendía hasta donde el ojo alcanzaba con la vista, y en medio de aquella masa inconmesurable de agua, una gota que colgaba del aire -por algún milagroso efecto- y se deslizaba hacia abajo empujada por la ley de atracción. En un acto reflejo la luciérnaga se abalanzó sobre la gota como si quisiera fundirse con ella. Fue un acto inexplicable para muchos, un sacrificio esperable por otros. Cuenta la leyenda que la luciérnaga avanzó hasta que se perdió en los vapores de la vertiente, produciendo el sortilegio: el lago se hizo luz y la luciérnaga se convirtió en mito. El resplandor se elevó hacia el cielo, y se reflejó en las nubes.

Entonces salió el sol. Los colores se asomaron por entre los escombros de la oscuridad y a medida que esto sucedía la sombra se contraía hasta el espacio que le correspondía por equilibrio. Pocos de sus aliados fueron a hacerle compañía.

Ese fue el primer día después de la noche, el primer amanecer posterior al ennegrecimiento. La gente de entre las gentes, cayó de rodillas y bajó la cabeza en un acto de constricción; la luz los enceguecía y algunos se refugiaron hasta estar preparados para comprenderla. Otros se percataron de la gran verdad develada frente a sus ojos, el manantial siempre estuvo allí, y el poder de transformarlo en luz anidó con ellos desde el origen de los tiempos; pero habían preferido la comodidad de la resignación, habían sucumbido ante el miedo y el dolor, habían ofrendado su alma a la tiniebla sin escuchar la voz del silencio que les hablaba de libertad e igualdad. La luciernaga había elegido el riesgo, y se había convertido en el líder que alentó -con acciones- a unirse y arriesgarse.

La unión había generado un puente entre el deseo y la realidad. A partir de aquel instante nadie estuvo tan seguro de ceder su poder a otros, y prefirieron hacerse cargo de sus responsabilidades. La gente de entre la gente pasó a tener nombre y apellido, una identidad de la cual no renegaban, una conciencia de ser que les había demandado siglos de lucha y a la cual comenzaron a valorar.

Tras los años bautizaron a aquel lago con el nombre de Titibenaldoga, no porque la creyeran una santa, sino porque se dieron cuenta que fue la única suficientemente valiente como para escuchar a su corazón y accionar en consecuencia.

 

 

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