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El arte de la impostura
Alejandro Dolina
El hombre de nuestros días vive tratando
de causar buena impresión. Su principal desvelo es
la aprobación ajena. Para lograrla existen diferentes
métodos y estrategias.
Algunos ejercen la inteligencia, otros se
deciden por la tenacidad o la belleza, otros cultivan la
santidad o el coraje.
Sin embargo, por ser todas estas virtudes
muy difíciles de cumplir, ciertos pícaros
se limitan a fingirlas.
Por cierto que tampoco esto es sencillo:
el engaño es una disciplina que exige atenciones
y cuidados permanentes.
Por suerte para los hipócritas y
simuladores, existe desde hace mucho tiempo el Servicio
de Ayuda al Impostor.
I Basándose en modernos criterios
científicos, los especialistas de la organización
instruyen, aconsejan, dictan clases, resuelven casos particulares
y difunden las técnicas más refinadas para
obtener apariencias provechosas.
Cuando algún zaparrastroso quiere
presumir de elegante, el Servicio le recomienda sastres,
lociones y corbatas.
Si se trata de aparentar cultura, el cliente
tiene a su disposición frases hechas, aforismos brillantes
y gestos de suficiencia.
Los que pretenden pasar por guapos son adiestrados
en el arte del aplomo y la compadrada.
Muchos pobres practican para fingirse ricos,
y muchos ricos se esfuerzan por parecer indigentes.
Hay que decir que algunos postulantes son
muy adoquines y no alcanzan a completar los cursos. Otros
tienen características tan marcadas que resulta imposible
disimularlas.
Durante muchos años, los hipócritas
aplazados debieron resignarse a mostrar crudamente sus verdaderas
y abominables condiciones, o bien a ser descubiertos en
sus torpes fraudes. Pero con el tiempo, el Servicio encontró
una fórmula drástica para socorrer a los menos
favorecidos. Así nació el reemplazo liso y
llano como recurso extremo.
Imaginemos a un morocho tratando infructuosamente
de ingresar en un selecto club nocturno. El hombre fracasa
con las tinturas y el maquillaje.
Inmediatamente el servicio designa a un
rubio cabal en su reemplazo. El impostor entra sin problemas
a la milonga y en nombre del morocho rechazado baila y se
divierte toda la noche.
Los ejemplos son innumerables: estudiantes
mediocres que se hacen reemplazar en los exámenes;
enamorados tímidos que -como Cyrano de Bergerac-
mandan en su lugar a un picaflor; empleados capaces que
para lograr un ascenso envían a un chupamedias y
personas hartas de su familia que se hacen substituir en
los cumpleaños.
El Servicio de Ayuda al Impostor ha ido
perfeccionando la tecnología del reemplazo con disfraces
impecables. Se sospecha que hoy en día, la mayoría
de las personas que uno trata son en realidad agentes de
la organización. Nuestros amigos, nuestras novias,
nuestros gobernantes y nuestros cuñados pueden haber
sido reemplazados por impostores profesionales. Tal vez
yo mismo estoy fingiendo escribir estas minucias a nombre
y beneficio de un cliente llamado Dolina. Tal vez usted,
que finge leerme, esté reemplazando a alguien que
no se atreve a confesar que los mitos de Flores lo tienen
harto.
II Los gobiernos, lo mismo que las
personas particulares, viven preocupados por la opinión
de los de afuera. Continuamente sugieren a la población
la necesidad de mejorar lo que se llama imagen exterior.
Para lograrlo se promueve la difusión
de nuestros aspectos más brillantes. Cuando nos visitan
los extranjeros, se les muestran nuestros rincones más
presentables, se les hace comer una empanada y se les obliga
a escuchar a la orquesta de Osvaldo Pugliese.
La exaltación de nuestros méritos
va casi siempre acompañada de un cuidadoso disimulo
de nuestros defectos. Además, en tren de aparentar
y a falta de extranjeros, se suele hacer bandera ante los
propios criollos.
Con toda insistencia se señala que
los médicos argentinos son los mejores del mundo,
para no mencionar a los enfermos. Si se produce algún
desperfecto en una transmisión internacional, los
locutores se apresuran a aclarar que el jarabe se ha originado
en el satélite alemán, con lo cual nos quedamos
todos tranquilos.
La actitud temerosa del juicio ajeno es
proverbial en el periodismo. Hace poco una cronista aprovechó
su paso por Roma para consultar a los transeúntes
italianos acerca de nuestra nueva situación institucional.
Los televidentes recibieron varias reflexiones, expresadas
en cocoliche que, en general, nos perdonaban la vida. Al
final de la encuesta, la cronista no podía ocultar
su satisfacción. Habíamos pasado la difícil
prueba de agradar a los heladeros de la Vía Marguta.
No estaría mal recurrir al Servicio
de Ayuda al Impostor para perfeccionar nuestras representaciones
ante los extraños.
La solvencia de la organización nos
permitiría aparentar cualquier cosa: que tenemos
100 millones de habitantes, que somos prósperos,
que somos poderosos. Se podrían editar censos adulterados
y mapas fraudulentos que nos muestren en el doble de nuestra
extensión.
Manuel Mandeb recomendó alguna vez
la conveniencia de fingirnos el Japón, para desconcertar
a nuestros enemigos. El pensador de Flores proponía
que todos nos estiráramos los ojos con los dedos
y habláramos pronunciando las erres como eles.
Aquí se nos viene encima una duda:
¿no será que otros países ya nos están
engañando? La mentada potencia norteamericana puede
ser nada más que una ficción creada por los
impostores del norte. A lo mejor, Suecia es un país
tropical, pero lo disimula. Quizá la Unión
Soviética es una pequeña república
del Africa y Luxemburgo es en verdad el mayor país
del mundo.
En todo caso, antes de encarar cualquier
acción para mejorar nuestra imagen externa es indispensable
decidir cuál es la sensación que se quiere
dejar. Si dispersamos nuestros esfuerzos en simulaciones
diferentes e inconexas, los resultados habrán de
ser más bien confusos. Dígasenos de una vez
qué fingiremos ser: ¿una nación apacible?
¿una nación encrespada? ¿una nación
limpia? ¿una nación angloparlante?
Los tratadistas reconocen tres tipos de
impostura: horizontal, ascendente y descendente. La última
consiste en mostrarse peor de lo que se es. Y no faltan
economistas que postulan este camino para despertar la conmiseración
internacional.
III Los teóricos más barrocos
del Servicio creen que la impostura es un arte. Y más
aún: afirman que todo arte es una impostura. Cien
gramos de pinturas al aceite se nos aparecen como un rostro
misterioso o como un paisaje lunar. Quinientos kilos de
bronce pretenden ser el cuerpo de Hércules. Una curiosa
combinación de tintas y papeles es presentada como
el alma de un hombre atormentado.
Solamente la música está libre
de simulaciones. Un acorde en mi menor es precisamente eso
y no pretende ser nada más.
Los teóricos también han defendido
el carácter ético de la impostura ascendente.
El argumento principal no es muy novedoso: de tanto aparentar
bondad, uno acaba por ser bueno.
Faltan en esta monografía datos concretos
que permitan al lector la contratación del Servicio.
Lamentablemente, no es posible ofrecerlos.
Para empezar, nadie sabe cuál es
la ubicación de la entidad. A veces, el local asume
el aspecto de un almacén. Otras veces, se aparece
como un copetín al paso, o como una estación
de ferrocarril. Los impostores son siempre consecuentes
con sus representaciones y por más que uno les plantee
sus necesidades, insisten en vender garbanzos, servir una
ginebra o despachar un boleto de ida y vuelta a Caseros.
Es cierto que a menudo aparecen impostores
ofreciendo sus servicios. Pero la organización ya
ha advertido al público que se trata en realidad
de falsos impostores que deben ser denunciados a la policía.
IV Vaya uno a saber cuántos ridículos
firuletes habremos hecho los criollos para agradar a los
polacos y coreanos.
¿Estaremos bien? ¿No seremos
una nación fuera de lugar? ¿Qué pensarán
de nosotros estos visitantes holandeses? ¿Le ha gustado
nuestra autopista, señor Smith? ¡Cuidado, disimulen
que ahí viene un francés! ¿No estaremos
desentonando en el concierto internacional?
Yo creo que tal vez no importa desentonar
en un concierto que parece dirigido por Mandinga.
Vale la pena intentar el camino difícil,
el más penoso, el más largo pero también
el más seguro. Es el camino de la verdad. El que
quiera parecer honrado, que lo sea. El que quiera fama de
valiente, que se la gane a fuerza de guapeza.
Y si queremos que el mundo piense que somos
una gran nación, sepamos que lo más conveniente
es ser de veras una gran nación.
Mientras llegan esos tiempos, podríamos
empezar a fingir que no fingimos.
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