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Carta a un amigo

por: Cintia Vanesa Días

 

Te referías a la deshumanización, la explotación, el dolor, el sin sentido...

Al parecer, uno de los orígenes de éste panorama desolador es el profundo “sentimiento de vaciedad” que ataca directamente al corazón del ser humano. Es que la gente no solo no tiene ni idea de lo que desea, sino que tampoco tiene claro nada acerca de lo que siente.

Cuando los hombres se lamentan de su incapacidad para tomar decisiones, del sin sentido de sus existencias, al instante se pone de relieve que el problema subyacente es la carencia de una experiencia definida de sus propios deseos y necesidades. Suelen hablar acerca de lo que DEBIERAN necesitar: terminar sus estudios con éxito, conseguir un trabajo rentable, enamorarse, casarse y constituir una familia... pero enseguida se evidencia que lo que están describiendo es lo que los demás esperan de ellos ¿quieren eso? seguramente no tienen ni la menor idea.

Aquí encontramos el nudo de la contradicción: desde la teoría se repite que tienen libertad; libertad de elección, libertad para decidir por ellos mismos. Pero siempre dentro de los límites que permite la sociedad (cuando hablo de sociedad y límites no me refiero a la ética, que es atemporal, sino a la arbitrariedad de normas impuestas, no construidas)

“No soy más que un conjunto de espejos que reflejan lo que cada uno espera de mi"¡ que sentimiento más espantoso! que idea tan alienante. Y no le echemos las culpa solo al capitalismo monopólico, querido amigo, porque si este alienó al hombre convirtiéndolo en objeto de producción y consumo; el socialismo real también hizo su parte al considerar a las masas como sujeto, promoviendo la desaparición del sujeto personal, dando paso al sujeto colectivo.

Si el sujeto del capitalismo es atrapado por el método y la cuenta bancaria, el sujeto del socialismo ha sido eliminado en pos de una hegemonía Estatal e ideológica.

Que es un sujeto alienado sino un hombre enajenado, excluido, atrapado, eliminado, sometido, operativizado. En una palabra: “un sujeto sujetado”, imposibilitado de crear, soñar, ser... con, en y para la libertad.

¿Sueña? Sí, lo que es esperado que sueñe; ya sea por el mercado o por el Estado burocrático.

¿Crea? Sí, objetos de consumo... no, ni siquiera crea: ejecuta.

¿Es? No, sólo sobrevive.

Ser implica alcanzar la plenitud y la armonía entre el cuerpo y el alma; sobrevivir involucra un sólo aspecto: el cuerpo, y se olvida del alma y sus vehículos de expresión: la voluntad, el amor y el discernimiento.

Al no tomar en cuenta su aspecto divino, el hombre tiende a no hacerse responsable de actos, sentimientos y pensamientos ¡¡esa manía de “echarle” la culpa a Dios de todas las desgracias del mundo!!!

NO! Dios no es ningún hijo de vecino. La idea de un Dios antropomórfico que premia y castiga es conductista. El hombre no debería actuar por miedo, sí con conciencia, porque ¿donde reside el beneficio de una respuesta correcta o esperada? Otra vez el conductismo con su “teoría de la caja negra” ignorando deliberadamente los mecanismos que llevan a la acción.

Han minimizado a Dios, han desistido a los desafíos, a bregar por la perfección; han descendido a Dios al lodazal de sus imperfecciones terrenales. Para justificarse ante sus ineptitudes de vida, para justificarse la tendencia al autoritarismo y al menosprecio, para justificar cotidianas cobardías.

El discurso parece ser lo suficientemente infantil: “Si Dios premia y castiga, y yo soy a imagen y semejanza suya...¿por qué no puedo premiar y castigar yo también?

Claro, no se percatan que en ese “premiar y castigar” se halla una verdadera economía del poder. Cruel procedimiento de imponer restricciones a las libertades; maquinaria propulsada por intereses egoístas e instintivos.

Yo creo que, más bien, el hombre ha deseado idear a Dios a su imagen y semejanza para justificar sus teorías; la representación de un Dios con largas barbas blancas, sentado cómodamente en un algún lugar del cosmos es una visión sumamente absurda. Darle un cuerpo a Dios es limitarlo y empequeñecerlo.

Imaginarlo sentado, sugiere a un Dios preocupado en Vigilar muy de cerca... y como el hombre se ha sentido siempre el centro de la creación: Dios no solo lo vigila sino también se ensaña con él descuidando al resto de los reinos... y si Dios “en su inmensa gloria” los descuida...por qué nosotros habríamos de preocuparnos por ellos?”

Dicha reflexión es absolutamente incoherente, sin embargo, y para desgracia de todos, es la “visión oficial” que se tiene del asunto.

Y como si esto fuera poco, a ésta confusión y malentendido general se suman aquellos que, en lugar de servir a Dios se sirven de El, aquellos que no viven para El, sino que viven a costa suyo.

Ahora que tenemos en claro que NO es Dios sería positivo, querido amigo, que reflexionáramos acerca de lo que ES en realidad.

Dios es una energía que traspasa y penetra al universo en su totalidad convirtiéndose en su esencia. Amar a Dios es amar a los seres humanos, a la naturaleza, a los animales, por sobre dogmas y aparentes diferencias. Dios es la energía que mantiene unidas las gotas del océano. Dios es el aire que respiramos, es la fuerza con la que resplandece nuestra alma.

Por esa razón, cuando se enajena al hombre, se encarcela su poder más precioso: lo divino que reside en él. Si el hombre lograra sentir que no existe el vacío, si pudiera comprender que no es haciendo lo que se espera de él de la forma en que se va a encontrar, si se diera cuenta que se pierde cada vez que busca en las cosas materiales o en otras personas el sentido último de su vida... recién entonces se habrá liberado de las cadenas que lo mantenían sujetado.

 

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