Era una
tarde de enero;
el sol casi se ocultaba,
y las brisas dulcemente
gemían entre las ramas...
Murmuraban los arrollos,
y sus mil ondas de plata
parecía que reían...
¡parecía que lloraban!
Yo estaba junto a una fuente
viendo sus espumas blancas
y oyendo cómo los cantos
del jilguero en la enramada
se iban, confusos y tristes,
del céfiro entre las alas;
y estuve así contemplando
que no es mi dicha tanta
pues que poseo una musa,
una inspiración y un arpa.
Esa musa, tú eres, niña
de mejillas sonrosadas,
de ojos bellos que enamoran
y que inspiran, y que encantan.
Esa inspiración es fuego
de tu amorosa mirada,
y el arpa es un don que hizo
Naturaleza a mi alma.
Con esa arpa, ¡prenda mía!
yo te cantaré baladas
dulces cual blandos ecos
de la brisa entre las plamas ....
Y te dormirás tranquila
en las fibras de tu hamaca,
mientras te canto yo trovas
con las cuerdas de mi arpa.
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