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A Mercedes Maing
¡Mujer, encanto
de mi alma!
¡De mi amor, estrella hermosa;
gallarda como una rosa,
y esbelta como una palma!
Escucha el triste lamento
de mi pecho palpitante.
Oye de mi voz amante
el melancólico acento.
¡Reina mía! Mi canción
es triste, ignorada, oscura;
pero en ella, ¡virgen pura!
te envío mi corazón.
Cuando aspiro de la flor
el embalsamado aroma,
entonces, ¡dulce paloma!
suspiro yo por tu amor.
En el bosque, junto al río
siento el dulce murmurar,
mientras miro titilar
en las hojas el rocío,
deliro...: graciosa y bella
te miro en mi fantasía
como el lucero del día,
como a la polar estrella.
¡Es tanto lo que te adoro!...
¡Lo que yo te adoro es tanto!
que te nombro cuando canto,
y te nombro cuando lloro!
Si entre la brisa que juega
con tu negra cabellera,
una queja plañidera
temblando a tu oído llega...
óyela por compasión;
no la desprecies, te lo pido,
que es el amante gemido
de mi pobre corazón.
Rubén Darío
TuRemanso | Mercedes Maing
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