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Furia y redención
Demolición en medio
de la tormenta. Las casas desaparecen extenuadas de proteger
ropajes humanos que lucen su ser demoníaco. Hermosos
mosnstruos caminan por os escombros en la tormenta infiel.
El agua se perfila como lluvia,
cuando, por debajo de la tiera, hay torrentes de sangre
que bañan los océanos, con sus pletóricos
tiburones, felices de devorar cuerpos que, e otro tiempo,
han devorado las siniestras lágrimas de otro apocalipsis,
más lento, más profundo, roedor de las ratas
del alma.
Las almas carcomidad salen a
buscar la tempestad.
El agua salvaje brotando de
las rocas; de los ojos del lobo; de la risa del cuervo;
de los dientes del ángel; del diabólico rayo;
de una mano sin dedos que aprisiona ese grito para dejarlo
libre, junto a la alondra muerta.
El diluvio se yergue como el
dios de la ira, ese dios que no entiende la mirada del niño,
detenida en el árbol ahogado de serpientes.
Y los niños se mueren
congelados de espanto, dentro de una casita dibujada en
el viento.
Mientras el agua besa las tinieblas
del barro, hay un jardín de hielo donde las flores
ríen; conversan con un duende; ordenan los harapos
del mendigo, antes de su llegada, para que pueda vestirse
y comenzar sus prédicas.
Todos lo escucharán.
En él confluyen lo miserable y lo divino.
Lucia Potroel
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