Ahí estaba, pendiendo de un hilo,
con un broche que asfixiaba sus ansias de volar. Había
vivido toda su vida encerrada, sin más compañía
que su propio chisporroteo involuntario.
Un día consiguió experimentar
la libertad, y respirar el aire de afuera. Pero el placer
duró un instante, vino don Juan de los Palotes
a estrujarla, desarmarla y observarla de forma descarada.
Sin su consentimiento tuvo que soportar vejaciones, enredada
en el cuarto con otros que la manoseaban con alevosía,
ahogada, mareada… allí sólo se respiraba
una humedad insostenible, hedor de polvos y otros menesteres.
Todo concluyó en en un rapto de
seudo liberación, la humedad solamente quedó
en su cuerpo, y la habitación desapareció.
En un segundo se encontró atada, en compañía
de otros como ella que ansiaban ser liberados por alguna
fuerza superior.
Sólo el viento la acariciaba y
le murmuraba secretos de países lejanos, tratando
de consolar la lágrima que se desprendía
de su cuerpo en tiempos irregulares.
Él quería liberarla de aquella
prisión obligada. Su blancura opacaba al resto
y él la creyó pura. Pretendía evitarle
un sufrimiento mayor, por eso, en un juego de fuerza y
estrategia, distrajo al broche que apretaba su cabeza
y la dejó caer.
Ella era libre, con esa libertad que sólo
comprenden los que han sido esclavos. Sonreía mientras
caía, algo dentro suyo le hacía confiar
ciegamente en él.
La tomó, entre sus brazos de oxígeno
y dióxido de carbono, y anheló llevarla
a recorrer aquellos lugares de los que tanto le había
hablado.
La media volvió a sonreir, con
esa blancura que sólo los puros pueden comprender,
y experimentó la libertad del viento como si fuera
la suya propia.