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Rozando el éter

por: Cintia Vanesa Días

 

El espacio entre él y la pared era prolífico en ilusiones. Siempre se las ingeniaba para elaborar artilugios con la mente y traerla al presente cada vez que la deseaba. Era un movimiento telepático simple, nada que no se pudiera lograr con un poco de concentración.

Siempre se buscaban ahí, en el espacio entre la pieza y el baño, en aquel rincón cálido y mullido sobre el silloncito de pana morada.

Su pensamiento se encaramaba a ese silloncito como un pibe a un tobogán, de allí surgían experiencias excitantes y momentos de intimidad que pocos lugares de la casa solían ofrecer.

Él anotaba los encuentros en su diario con tantos detalles que cuando sus ojos rozaban las palabras, era como si ingresaran al pasado… volvían los mismo estremecimientos, los mismos calores. “¡Qué tipo raro este!” Pensó de sí mismo en un desdoblamiento inexplicable y frecuente.

Sus recuerdos se remontaban prácticamente a una década. Tantas veces se había quedado en vela observándola, contemplando al trasluz cómo se llenaban de aire sus pulmones, tratando de dilucidar porqué su aliento sabía a rosas y menta cada vez que la besaba, sin importar la hora o el lugar.

Y allí estaba ella, en el rincón, con esa sonrisa suave que lo acariciaba de lejos. Él corrió como un loco, la abrazó en un arrebato y le murmuró al oído lo mucho que la necesitaba. Ella echó la cabeza hacia atrás y suspiró. “Te amo Celina” le dijo, pero ella no respondió. Se besaron sin tregua y sin descanso se amaron.

Arrullado entre sus brazos él se cuestionó tanta alegría ¿a quién besaba? ¿A su reflejo o a ella? ¿A quién amaba realmente? ¿A Celina o a la imagen que había soñado de su mujer ideal? ¿Era Celina esa mujer? ¿O era otra? ¿Por qué ya ni le hablaba?

De pronto vio al vecino asomado a la ventana mirándolos ¿qué miraba tanto? ¿qué quería? ¿Por qué lo espiaba siempre y le hacía hacer cosas desagradables? Sin dudas la belleza de Celina era inconmensurable, su cabello largo y sedoso, su cuello como de cisne, sus piernas finas, sus contornos acentuados y sus ojos almendrados hechizarían a cualquier hombre… pero aquella mirada estaba desubicada, ella estaba con él. Y el vecino tendría que desistir de esa intimidación visual.

De pronto quiso escarmentarlo, como siempre, incomodarlo para que no se asomara por la ventana.

La besó largamente, luego la apretó contra su cuerpo con una violencia inusual mientras de reojo observaba hacia la ventana. Celina intentaba safarse, a él parecía no importarle y el vecino seguía espiándolos… incentivándolo a cometer actos en contra de su voluntad. Se separó de Celina y se dirigió a la ventana en un gesto abierto de provocación. El vecino se alejó.

Cuando regresó al rincón se descubrió solo . ¿Dónde estaba Celina? la buscó sin éxito. Eso le pasaba por asustarla de esa forma, le tendría que haber dicho lo que pretendía, a ella no le gustaba cuando él se comportaba como un orangután.

Sintió la llave en la cerradura y se dirigió hacia la puerta. Su hermano Rodolfo lo miró un tiempo, como esperando una respuesta; él le preguntó por Celina haciendo caso omiso a aquella mirada y se dirigió al cuarto por una bata. Rodolfo lo observó con una expresión confusa, mezcla de sorpresa y tristeza. Se quedó un segundo en el umbral, antes de decidirse a entrar. Las persianas estaban bajas, y apenas podía distinguir el camino a la cocina.

Él se apareció radiante y le ofreció un té que Rodolfo aceptó mientras sacaba una caja de Halopidol del bolsillo y le pedía agua.

-Toma, te toca ahora – le dijo

-Bueno – sonrió – ¿qué es de tu vida? ¿y los chicos? Lastima que se fue Celina, nunca se ven - tragó la pastilla - Decí que sos mi hermano, porque sino seguro que te enamorás de ella. Lástima que se fue.

-Lastima – suspiró mientras enfriaba el té si apartar la vista de la cajita blanca.

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