El espacio entre él y la pared era
prolífico en ilusiones. Siempre se las ingeniaba
para elaborar artilugios con la mente y traerla al presente
cada vez que la deseaba. Era un movimiento telepático
simple, nada que no se pudiera lograr con un poco de concentración.
Siempre se buscaban ahí, en el
espacio entre la pieza y el baño, en aquel rincón
cálido y mullido sobre el silloncito de pana morada.
Su pensamiento se encaramaba a ese silloncito
como un pibe a un tobogán, de allí surgían
experiencias excitantes y momentos de intimidad que pocos
lugares de la casa solían ofrecer.
Él anotaba los encuentros en su
diario con tantos detalles que cuando sus ojos rozaban
las palabras, era como si ingresaran al pasado…
volvían los mismo estremecimientos, los mismos
calores. “¡Qué tipo raro este!”
Pensó de sí mismo en un desdoblamiento inexplicable
y frecuente.
Sus recuerdos se remontaban prácticamente
a una década. Tantas veces se había quedado
en vela observándola, contemplando al trasluz cómo
se llenaban de aire sus pulmones, tratando de dilucidar
porqué su aliento sabía a rosas y menta
cada vez que la besaba, sin importar la hora o el lugar.
Y allí estaba ella, en el rincón,
con esa sonrisa suave que lo acariciaba de lejos. Él
corrió como un loco, la abrazó en un arrebato
y le murmuró al oído lo mucho que la necesitaba.
Ella echó la cabeza hacia atrás y suspiró.
“Te amo Celina” le dijo, pero ella no respondió.
Se besaron sin tregua y sin descanso se amaron.
Arrullado entre sus brazos él se
cuestionó tanta alegría ¿a quién
besaba? ¿A su reflejo o a ella? ¿A quién
amaba realmente? ¿A Celina o a la imagen que había
soñado de su mujer ideal? ¿Era Celina esa
mujer? ¿O era otra? ¿Por qué ya ni
le hablaba?
De pronto vio al vecino asomado a la ventana
mirándolos ¿qué miraba tanto? ¿qué
quería? ¿Por qué lo espiaba siempre
y le hacía hacer cosas desagradables? Sin dudas
la belleza de Celina era inconmensurable, su cabello largo
y sedoso, su cuello como de cisne, sus piernas finas,
sus contornos acentuados y sus ojos almendrados hechizarían
a cualquier hombre… pero aquella mirada estaba desubicada,
ella estaba con él. Y el vecino tendría
que desistir de esa intimidación visual.
De pronto quiso escarmentarlo, como siempre,
incomodarlo para que no se asomara por la ventana.
La besó largamente, luego la apretó
contra su cuerpo con una violencia inusual mientras de
reojo observaba hacia la ventana. Celina intentaba safarse,
a él parecía no importarle y el vecino seguía
espiándolos… incentivándolo a cometer
actos en contra de su voluntad. Se separó de Celina
y se dirigió a la ventana en un gesto abierto de
provocación. El vecino se alejó.
Cuando regresó al rincón
se descubrió solo . ¿Dónde estaba
Celina? la buscó sin éxito. Eso le pasaba
por asustarla de esa forma, le tendría que haber
dicho lo que pretendía, a ella no le gustaba cuando
él se comportaba como un orangután.
Sintió la llave en la cerradura
y se dirigió hacia la puerta. Su hermano Rodolfo
lo miró un tiempo, como esperando una respuesta;
él le preguntó por Celina haciendo caso
omiso a aquella mirada y se dirigió al cuarto por
una bata. Rodolfo lo observó con una expresión
confusa, mezcla de sorpresa y tristeza. Se quedó
un segundo en el umbral, antes de decidirse a entrar.
Las persianas estaban bajas, y apenas podía distinguir
el camino a la cocina.
Él se apareció radiante
y le ofreció un té que Rodolfo aceptó
mientras sacaba una caja de Halopidol del bolsillo y le
pedía agua.
-Toma, te toca ahora – le dijo
-Bueno – sonrió – ¿qué
es de tu vida? ¿y los chicos? Lastima que se fue
Celina, nunca se ven - tragó la pastilla - Decí
que sos mi hermano, porque sino seguro que te enamorás
de ella. Lástima que se fue.
-Lastima – suspiró mientras
enfriaba el té si apartar la vista de la cajita
blanca.