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Punto y aparte

por: Cintia Vanesa Días

 

El tipo es una máquina de decir pavadas. Mi cara de póquer no causa ningún efecto en él o en su insoportable parloteo. Estaba a medio vestir, sentada frente a la computadora intentando concentrarme a pesar del monólogo. Suspiré con exageración, después se me antojó un bostezo. A él parecieron no importarle ni lo uno ni lo otro, porque siguió escupiendo frases como si fuera una máquina expendedora.

Bla, bla, bla.

Es curioso, ahora que lo pienso caigo en la cuenta que tiempo atrás la charla me entretenía… aunque en honor a la verdad quizás deba decir: el monólogo, porque una charla es –mínimamente- de a dos, y él no soportaba que nadie interfiriera con el sonido de su voz. Mientras más lo pienso, más me convenzo: siempre fue igual.

Bla, bla, bla, bla.

“Ahora vengo” interrumpí. Me dí media vuelta, directo al baño. Prendí la luz con una mano mientras con la otra abría la canilla. Me lavé la cara y me miré en el espejo empañado. “¿Qué demonios me pasaba?”

Parecía mentira, ya llevábamos tres años de casados y no lo conocía ¿Quién era ese hombre? Era como si un ente se hubiera apoderado de su cuerpo… eso, o yo estaba completamente loca.

“Tené paciencia”, me había dicho una amiga; “mandalo a la mierda”, me había dicho otra.

¡Qué disyuntiva!

Entre el amor y el odio hay un camino estrecho que a veces se anega.

Lo que seguía sin entender era qué había pasado en el interín entre el día de la boda y nuestro tercer aniversario.

Habíamos estado de novios dos años, tiempo prudencial si se quiere, luego él me había propuesto matrimonio una noche inolvidable en la que sólo faltaban los violines. Aquel día habíamos ido a Bahía Blanca. Yo ya había viajado varias veces, pero siempre por laburo. Él no conocía Bahía Blanca –o al menos eso me había dicho- así que me entretuve haciendo de guía turistica. Entre paseo y charla se hizo la noche. Terminamos comiendo helado tirados en la escalera de la Catedral bajo una luna maravillosa.

Allí, en esa noche perfecta… él me lo propuso. Sacó de su bolsillo una especie de anillo de papel y me preguntó si estaba dispuesta a pasar el resto de mi vida con él; en tono melodramático me aseguró que no imaginaba otro destino que el de estar juntos y que me amaba de una forma incomprensible. Yo dubitaba entre la sorpresa y la emoción, en ese momento lo amaba más que a mi misma y –obviamente- no sospechaba lo que descubriría –por casualidad- dos años después.

No obstante, en aquel momento la dicha era completa, y lo fue aun más al descubrir que el anillo de papel envolvía al verdadero. Ahora que lo recuerdo se me llenan los ojos de lágrimas, tanto que no puedo ver mi gesto en el espejo mientras arrojo ese anillo -de no se cuántos quilates- directo al inodoro.

En fin, luego de 8 meses de idilio perfecto, firmamos papeles en el registro civil y comenzamos a travesar, a regañadientes, la prueba de fuego de toda relación: la convivencia. Algunas veces nos llevábamos a las patadas y otras nos amábamos con delirio pluscuamperfecto. La simbiosis nunca llegó a concretarse completamente, siempre fuimos muy distintos. A Dios gracias nunca tuvimos la necesidad de vestirnos con la misma remera o pasarnos todo el día uno encima del otro. Cuando estabamos juntos era un tiempo de compañía, y cuando no, cada cual a su juego sin especular demasiado acerca de paraderos e incumbencias. Claro que ahora caigo en la cuenta que fui una tremenda cornuda, pero bueno… en aquella época me conmovían las flores y las caminatas bajo la luz de la luna. Era un tiempo de regocijo amoroso en el que él sabía qué mecanismos mover para que yo bailara a su ritmo.

Lógico que teniamos cosas que nos desagradaban del otro: la forma estupida de separar la comida, por ejemplo, o esa manía de dejar levantada la tapa del inodoro cada vez que iba al baño; el descaro en hacerse negar cuando llamaba la madre y su maldito hábito de querer agradar a cualquiera, sin importar el tiempo o el lugar. Él de mi… no se que es lo que odia más, a veces creo que sigue a mi lado por costumbre mas que por necesidad. Tampoco me importa demasiado indagar en intimidades, la última vez que lo hice quedé patas para arriba, como la cucaracha.

Todavía me pregunto quien me mandó a hacerme amiga de Cristian -su mejor amigo- no tenía ninguna necesidad, yo ya tenía mis propios amigos. Pero una tiene esa tremenda y desubicada costumbre de contemporizar, así fue como un buen día terminé dandole consejos amorosos a quien luego se convertiría en el hacha de mi relación. ¿Qué él se enamoró de mi? ¿Quién, Cristian? No lo creo, no soy su tipo… le gustan mas bien frivolas y esculturales, yo… yo soy exactamente lo contrario. De todas formas, nótese, dije “el hacha” y no el verdugo… porque el pobre solo fue una herramienta manipulada por quien ya sabemos: ese caballero que se cree un gran orador cuando en realidad es sólo un charlatán.

En fin, no es cuestión de ser tan cruel, tuve lindos momentos junto a él, y aunque en este instante quisiera tirarle con algo del botiquín, se que en el fondo aun lo sigo amando. Después de todo, yo lo conocí siendo infiel, no veo cual es el misterio… el que tiene una costumbre, es raro que la abandone.

Lo que me sigue doliendo es la forma en la que me “desayuné” de su amorío con la pintora esa, una pobre mina a la que va a hacer sufrir como a todas las mujeres que la precedieron, incluyéndome.

Pero ese ya no es mi problema. Lo que si me preocupa es su capacidad asombrosa para manipular la verdad, y me felicito al haber descubierto una falla en su sistema de refuerzo, porque sólo debido a mi suspicacia y su descuido pude desenmascarar todo el teleteatro en el que estaba inmersa sin saberlo.

Ya no lloro más.

Las lágrimas no solucionan problemas. Ahora tengo todo más claro, no quiero volver a sufrir. Ya no puedo confiar en él, y la duda va a terminar por carcomer mi cabeza como un roedor inmundo, así que sólo hay una decisión viable.

Salgo del baño resuelta. Él me mira y me sonrie

- Te extrañé –me dice

- Me vas a extrañar más – le digo mientras manoteo la cartera- me voy- luego mando por mis cosas.

No puedo ver la expresión en su rostro y, para ser franca, a esta altura ni siquiera me interesa.

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