El tipo es una máquina de decir
pavadas. Mi cara de póquer no causa ningún
efecto en él o en su insoportable parloteo. Estaba
a medio vestir, sentada frente a la computadora intentando
concentrarme a pesar del monólogo. Suspiré
con exageración, después se me antojó
un bostezo. A él parecieron no importarle ni lo
uno ni lo otro, porque siguió escupiendo frases
como si fuera una máquina expendedora.
Bla, bla, bla.
Es curioso, ahora que lo pienso caigo
en la cuenta que tiempo atrás la charla me entretenía…
aunque en honor a la verdad quizás deba decir:
el monólogo, porque una charla es –mínimamente-
de a dos, y él no soportaba que nadie interfiriera
con el sonido de su voz. Mientras más lo pienso,
más me convenzo: siempre fue igual.
Bla, bla, bla, bla.
“Ahora vengo” interrumpí.
Me dí media vuelta, directo al baño. Prendí
la luz con una mano mientras con la otra abría
la canilla. Me lavé la cara y me miré en
el espejo empañado. “¿Qué demonios
me pasaba?”
Parecía mentira, ya llevábamos
tres años de casados y no lo conocía ¿Quién
era ese hombre? Era como si un ente se hubiera apoderado
de su cuerpo… eso, o yo estaba completamente loca.
“Tené paciencia”, me
había dicho una amiga; “mandalo a la mierda”,
me había dicho otra.
¡Qué disyuntiva!
Entre el amor y el odio hay un camino
estrecho que a veces se anega.
Lo que seguía sin entender era
qué había pasado en el interín entre
el día de la boda y nuestro tercer aniversario.
Habíamos estado de novios dos años,
tiempo prudencial si se quiere, luego él me había
propuesto matrimonio una noche inolvidable en la que sólo
faltaban los violines. Aquel día habíamos
ido a Bahía Blanca. Yo ya había viajado
varias veces, pero siempre por laburo. Él no conocía
Bahía Blanca –o al menos eso me había
dicho- así que me entretuve haciendo de guía
turistica. Entre paseo y charla se hizo la noche. Terminamos
comiendo helado tirados en la escalera de la Catedral
bajo una luna maravillosa.
Allí, en esa noche perfecta…
él me lo propuso. Sacó de su bolsillo una
especie de anillo de papel y me preguntó si estaba
dispuesta a pasar el resto de mi vida con él; en
tono melodramático me aseguró que no imaginaba
otro destino que el de estar juntos y que me amaba de
una forma incomprensible. Yo dubitaba entre la sorpresa
y la emoción, en ese momento lo amaba más
que a mi misma y –obviamente- no sospechaba lo que
descubriría –por casualidad- dos años
después.
No obstante, en aquel momento la dicha
era completa, y lo fue aun más al descubrir que
el anillo de papel envolvía al verdadero. Ahora
que lo recuerdo se me llenan los ojos de lágrimas,
tanto que no puedo ver mi gesto en el espejo mientras
arrojo ese anillo -de no se cuántos quilates- directo
al inodoro.
En fin, luego de 8 meses de idilio perfecto,
firmamos papeles en el registro civil y comenzamos a travesar,
a regañadientes, la prueba de fuego de toda relación:
la convivencia. Algunas veces nos llevábamos a
las patadas y otras nos amábamos con delirio pluscuamperfecto.
La simbiosis nunca llegó a concretarse completamente,
siempre fuimos muy distintos. A Dios gracias nunca tuvimos
la necesidad de vestirnos con la misma remera o pasarnos
todo el día uno encima del otro. Cuando estabamos
juntos era un tiempo de compañía, y cuando
no, cada cual a su juego sin especular demasiado acerca
de paraderos e incumbencias. Claro que ahora caigo en
la cuenta que fui una tremenda cornuda, pero bueno…
en aquella época me conmovían las flores
y las caminatas bajo la luz de la luna. Era un tiempo
de regocijo amoroso en el que él sabía qué
mecanismos mover para que yo bailara a su ritmo.
Lógico que teniamos cosas que nos
desagradaban del otro: la forma estupida de separar la
comida, por ejemplo, o esa manía de dejar levantada
la tapa del inodoro cada vez que iba al baño; el
descaro en hacerse negar cuando llamaba la madre y su
maldito hábito de querer agradar a cualquiera,
sin importar el tiempo o el lugar. Él de mi…
no se que es lo que odia más, a veces creo que
sigue a mi lado por costumbre mas que por necesidad. Tampoco
me importa demasiado indagar en intimidades, la última
vez que lo hice quedé patas para arriba, como la
cucaracha.
Todavía me pregunto quien me mandó
a hacerme amiga de Cristian -su mejor amigo- no tenía
ninguna necesidad, yo ya tenía mis propios amigos.
Pero una tiene esa tremenda y desubicada costumbre de
contemporizar, así fue como un buen día
terminé dandole consejos amorosos a quien luego
se convertiría en el hacha de mi relación.
¿Qué él se enamoró de mi?
¿Quién, Cristian? No lo creo, no soy su
tipo… le gustan mas bien frivolas y esculturales,
yo… yo soy exactamente lo contrario. De todas formas,
nótese, dije “el hacha” y no el verdugo…
porque el pobre solo fue una herramienta manipulada por
quien ya sabemos: ese caballero que se cree un gran orador
cuando en realidad es sólo un charlatán.
En fin, no es cuestión de ser tan
cruel, tuve lindos momentos junto a él, y aunque
en este instante quisiera tirarle con algo del botiquín,
se que en el fondo aun lo sigo amando. Después
de todo, yo lo conocí siendo infiel, no veo cual
es el misterio… el que tiene una costumbre, es raro
que la abandone.
Lo que me sigue doliendo es la forma en
la que me “desayuné” de su amorío
con la pintora esa, una pobre mina a la que va a hacer
sufrir como a todas las mujeres que la precedieron, incluyéndome.
Pero ese ya no es mi problema. Lo que
si me preocupa es su capacidad asombrosa para manipular
la verdad, y me felicito al haber descubierto una falla
en su sistema de refuerzo, porque sólo debido a
mi suspicacia y su descuido pude desenmascarar todo el
teleteatro en el que estaba inmersa sin saberlo.
Ya no lloro más.
Las lágrimas no solucionan problemas.
Ahora tengo todo más claro, no quiero volver a
sufrir. Ya no puedo confiar en él, y la duda va
a terminar por carcomer mi cabeza como un roedor inmundo,
así que sólo hay una decisión viable.
Salgo del baño resuelta. Él
me mira y me sonrie
- Te extrañé –me dice
- Me vas a extrañar más
– le digo mientras manoteo la cartera- me voy- luego
mando por mis cosas.
No puedo ver la expresión en su
rostro y, para ser franca, a esta altura ni siquiera me
interesa.