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Juan y el sol
Mempo Giardinelli
Llovía tanto que parecía que
el mundo entero se estaba licuando. Hacía un mes
que no paraba. Y cuando paraba era por un ratito, algunas
horas, a lo mucho amainaba medio día o toda una tarde,
pero enseguida se largaba otra vez. Un mes así. Un
mes y pico.
–Tendríamos que
ir a verlo– dijo Mingo, con la vista clavada en la
laguna en que se había convertido la calle, por la
que cada tanto pasaba un coche haciendo oleaje.
Venancio, con el codo izquierdo
sobre la mesa y el mentón apoyado sobre la palma
de su mano, asintió rítmicamente, despacito,
como preguntándose que sentía. Hasta que se
dio cuenta de lo que sentía, y se le humedecieron
los ojos.
–Pobre Juan– dijo,
en voz baja–. Tendríamos que ir a verlo, sí.
Hacía cinco meses que el amigo Juan Saravia estaba
enfermo y eso los tenía muy preocupados.
Juan Saravia era un salteño
avecindado en la zona de Puerto Bermejo, a unos cien kilómetros
de Resistencia, sobre el río, y vivía en una
casa que había construido con sus propias manos,
años atrás, cuando se vino de Salta con un
empleo de viajante para la Anderson Clayton. Se habían
hecho amigos en un hotelito de Samuhu, una noche en que
los tres coincidieron por culpa de otras lluvias que anegaban
los caminos, en los tiempos en que Mingo era viajante de
Nestlé y Venancio de Terrabusi. Ahora, la tuberculosis
lo estaba matando.
Cuando Mingo dijo lo que dijo,
Venancio encendió otro Arizona y se refregó
los ojos con los nudillos de las manos, como echándole
la culpa de las lágrimas al humo del tabaco.
Mingo se dio cuenta, pero se
hizo el distraído, porque justo en ese momento el
Ingeniero Urruti explicaba que el factor de triunfo de los
aliados en la guerra habían sido los aviones a chorro,
los Gloster Meteor británicos capaces de desarrollar
una velocidad de ochocientos kilómetros por hora,
algo increíble, viejo, están cerca de la velocidad
del sonido. El Ingeniero Urruti siempre sabía de
todo sobre cualquier cosa y su autoridad era reconocida
por unanimidad. Era uno de los tipos que mas sabía
en toda "La Estrella", en toda la ciudad y, si
lo apuraban, en toda esa parte del mundo.
Bastaba que Urruti diera alguna información
para que Mingo empezara a imaginar negocios, por ejemplo
–dijo– si no sería bueno escribir a Inglaterra
para ofrecer una venta de algodón para el relleno
de los asientos de los aviones a chorro porque a esa velocidad
los pilotos han de tener mucho frío y se aplastarán
contra los asientos de modo que deben necesitarlos bien
mullidos y entonces como acá tenemos algodón
de sobra podríamos.
–Pará, Mingo–
le dijo Venancio, como siempre, y como siempre Mingo paró
y se hizo un silencio pegajoso y largo, igual que el de
las siestas de enero cuando se prepara una tormenta. Después
Venancio siguió: –Primero tendríamos
que ir a verlo al Juan. Hace mucho que no vamos. –Cierto,
amigos son primero– dijo Urruti
–Que gran verdá–
aceptá Mingo, culposo.
–Vos dijiste que hay que
ir. Entonces hay que ir– dijo Venancio, que era de
esa clase de tipo que siempre esta pendiente de lo que dicen
o hacen sus amigos del alma. Y como los niños, jamás
admite el incumplimiento de una promesa. Un sentimental
incorregible, de esos que carecen de brillo propio, siempre
dependen de los demás y no pueden tener mas de una
preocupación por vez, y de lo mas intensa.
–No, yo decía–
musito Mingo después de unos segundos, deprimido,
como para cambiarle de tema a sus propios pensamientos–.
Habría que hacer algo.
–Ir. Tenemos que ir.
–Si, ¿no? Ahora
mismo.
–Y claro– afirmó
Venancio, y se puso de pie lentamente, como lo hacen los
gordos.
Mingo recogió de la mesa
un ejemplar de "El Gráfico" con la tapa
del insider de Vélez, Alfredo Bermúdez, y
llamó al japonés para pagarle mientras Urruti
comentaba algo del Peronismo, y citando a Platón
decía que las repúblicas no serán felices
hasta que los gobernantes filosofen y los filósofos
gobiernen. Después cruzaron la calle y subieron al
Ford, que a pesar de la humedad arrancó enseguida,
y enfilaron para el norte, por el camino a Formosa.
El amigo Juan Saravia sólo tenía
cuarenta y dos años pero la última vez que
lo habían visto parecía de setenta. Flaco
y consumido, escupía unos gargajos como cucarachas
y no quería salir de Puerto Bermejo porque ahí
un almacén era atendido por un hermano suyo, también
salteño, que era toda la familia que tenía.
Venancio y Mingo eran los únicos amigos que le quedaban
y cada tanto, algún sábado, iban a visitarlo
en el viejo Ford del segundo, y lo ponían a tomar
sol y le contaban cosas de la ciudad.
Pero aquella temporada el sol
escaseaba. Campos y caminos, para colmo, estaban todos inundados.
El Bermejo traía agua tormentosa y como llovía
desde hacía cuatro semanas sin parar, el pueblo parecía
hundirse un poco mas cada mañana. El Paraguay y el
Paraná también estaban sobrecargados, y era
como si dos países se derramaran sobre un tercero
para aplastarlo. El Bermejo no tenía donde descargar
sus aluviones, que se esparcían por una gigantesca
comarca achaparrada, inabarcable, pues la falta de una sola
serranía, de una miserable colina, hacían
que todo el Chaco pareciera un inmensurable mar. Como siempre
en tiempos de inundaciones, Urruti solía decir que
el problema no era que los ríos crecieran, sino que
el país se hundía, pero, como fuere, la mancha
de agua se propagaba día a día, y hora a hora,
y los pocos caminos terraplenados y las vías del
ferrocarril semejaban cicatrices en el agua. El sol, que
era tan necesario para los campos como para el amigo tuberculoso
que se moría inapelablemente, parecía un recuerdo.
Apenas asomaba, mezquino, de tanto en tanto, para espantarse
enseguida ante esos nubarrones negros y gordos que nunca
terminaban de irse. La noche anterior Mingo había
conseguido una comunicación telefónica con
Puerto Bermejo, y el otro Saravia le había dicho
que Juan estaba muy mal, grave, tosiendo como un motor y
sumido en un delirio constante. La quinina que le suministraba
ya no le hacía efecto. El médico del pueblo,
el viejo Zenón Barrios, lo había desahuciado.
Así que partieron pasado
el mediodía, bajo un cielo encapotado como el las
películas de terror, y cuando llegaron Juan Saravia
dormía de pura debilidad. Los dos amigos y el otro
Saravia se miraron, impotentes, y mientras Venancio preparaba
unos mates Juan abrió los ojos y los reconoció
con un débil parpadeo luego del cual volvió
a sumergirse en su fiebre. Cada tanto esputaba gargajos
gruesos, pesados y fieros como arañas pollito.
Venancio y Mingo se sentaron a su lado a
tomar mates, ineficaces pero fieles. Cada tanto Venancio
se levantaba e iba a mirar afuera. Calculaba las nubes,
como so las sopesara, y siempre volvía con un gesto
de contradicción en la cara, reconociendo la imposibilidad
de que reapareciera el sol.
–Si saliera aunque sea
un ratito– decía.
–Carajo, lo bien que le
vendría– completaba Mingo.
Y el mate cambiaba de manos.
Y Juan tosía. Y los tres,
junto a la cama, se miraban alzando las cejas como diciéndose
no hay nada que podemos hacer.
Toda esa tarde y esa noche se
quedaron junto al amigo, turnándose para secarle
la frente, darle la quinina, hacerlo beber de un vaso de
agua, calmarlo cuando brincaba de dolor durante los accesos
de tos, y sostenerle la cabeza cuando se ahogaba por la
sangre que se le acumulaba en la boca y que ellos se encargaban
de vaciar, inclinándole la boca hacia la asquerosa
y oxidada lata de dulce de batata que hacía de escupidera.
Llovió toda la noche,
sin parar, y al amanecer del domingo empezó a soplar
un viento del sudeste que los hizo pensar que finalmente
iba a salir el sol. Pero a media mañana el cielo
volvió a encapotarse y al mediodía ya caía
la misma llovizna terca, estúpida, que no paraba
desde hacía tres semanas.
Fue entonces cuando Mingo se
golpeó la cabeza, de súbito, y dijo:
–Venancio: este necesita
sol y va a tener sol. Vení, acompañáme.
Y ambos salieron de la casita
y se dirigieron al único, viejo almacén de
ramos generales del pueblo. Aunque era domingo, consiguieron
que Don Brauerei les vendiera dos brochas y tres tarros
de pintura: amarilla, blanca y azul.
Si el puto sol no sale, se lo
pintamos nosotros– argumentaron ante el otro Saravia.
Y en el techo de la habitación
donde agonizaba el enfermo, empezaron a pintar un cielo
azul con nubecitas blancas, lejanas, y en el centro un sol
furiosamente amarillo.
A eso de las cuatro de la tarde,
Mingo abrió las ventanas de la habitación
para que entrara mejor la grisácea claridad del exterior,
y Venancio encendió todas las luces y hasta enfocó
el buscahuellas del Ford hacia la ventana, para que toda
la luz posible se reflejara en el sol del techo. Y uno a
cada lado de la cama donde moría Juan Saravia, le
dijeron a dúo:
–Mirá el sol, chamigo,
mirá que te va a hacer bien.
Como en una imposible Piedad,
Mingo le sostenía un brazo al moribundo y Venancio
le acariciaba la cabeza, apoyada contra su propio pecho,
acunándolo como si fuera un hijo, mientras el otro
Saravia cebaba mates y miraba la escena como miran los viejos
los dibujos animados.
–Mirá el sol, Juan,
mirá que te hace bien– y cada tanto, en su
agonía, Juan Saravia abría los ojos y miraba
ese cielo absurdo. Así estuvieron un par de horas,
mientras la llovizna caía y caía como si nunca
jamás fuera a dejar de caer. A las cinco y media
de la tarde Juan Saravia pestañeo un par de veces
y luego mantuvo la vista clavada en el techo, se diría
que piadoso él, como para darle el gusto a sus amigos.
Se quedó mirando, durante unos minutos y con una
expresión entre asombrada y triste, melancólica,
el enorme sol amarillo del techo.
–Mira, ché, parece
que sonríe– dijo Venancio.
–Dale, Juan, seguí
mirando que te va a hacer bien– dijo Mingo.
Pero el enfermo cerró
los ojos vencido por el agotamiento.
Como a las seis, la luz del
domingo empezó a adelgazarse, a hacerse magra, y
con el caer de la noche al hombre le aumentó la fiebre,
la tos recrudeció brutalmente y la sangre pulmonar
se tornó imparable.
Juan Saravia se agarró
con una mano de una mano de Venancio y con la otra de la
izquierda de Mingo, y empezó a irse de este mundo
lentamente. Pero antes abrió los ojos para ver por
última vez ese sol imposible. Contempló durante
unos segundos la redonda bola amarilla pincelada en el techo,
y en la boca se le dibujó una sonrisa tenue, casi
ilusoria, como la que le aplican a Jesucristo en algunas
estampas religiosas. Después la abrió todo
lo grande que pudo para aspirar una inútil, final
bocanada de aire, antes que la ultima tos le ablandara el
cuerpo, que se aflojó como un copo depestañeo
algodón que se desprende del capullo para que el
viento se lo lleve.
El otro Saravia y Venancio se
abrazaron para llorar, y Mingo, mas entero, fue a buscar
al juez de paz para que labrara el acta.
Cuando volvió, Venancio
ya había organizado el velorio, para el cual cortó
unos malvones del patio y encendió seis velas que
encontró en la cocina.
Lo velaron durante la noche,
y todo el pueblo se hizo tiempo para despedir a Juan Saravia,
con esa respetuosa y tozuda ceremoniosidad de la gente de
frontera. Al amanecer ya no llovía y el viento sur
empujaba las nubes como si fueran ganado.
A las nueve de la mañana,
después de un cortejo flaco que parecía desgastarse
a cada cuadra acompaño el cuerpo de Juan Saravia
hasta el cementerio, y mientras el cura rezaba el Agnus
Dei, el cielo se abrió del todo, como hembra decidida.
Y finalmente el sol, enorme
y caliente y magnífico, irrumpió enfurecido
en la mañana bermejeña.
Entonces, mirando hacia lo alto
y todo lo fijo que es posible mirar al sol, Venancio codeó
a Mingo:
–¿Le viste la sonrisa
anoche? Ni que se hubiera muerto soñándolo.
–Carajo con el sol–
dijo Mingo.
de "El castigo de
Dios". © 1993
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