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El gran paso

 

Mariela Nowoszynski

 

La soga pendía como burlándose a la espectativa desde la lámpara. El banquito aterciopelado con borlas doradas la miraba ansioso. Mientras ella, con su camisón blanco, paseaba descalza ante el ventanal, inquieta pese a su decisión. La verdad era que necesitaba fundamentarla, y perdida en sus reflexiones el reloj del escritorio marcó las 12 de la noche. En su recorrida de pies descalzos deslizó sus ojos por los libros que descansaban en las incontables estanterías de la pared. Uno a uno habían llegado a sus manos deleitosas de pasar su páginas, y horas pasó hasta llegar al desenlace esperado. En el escritorio habitaban pequeños objetos inertes, que cobraban vida en los recuerdos. Los bolígrafos, el abre carta, el block de hojas en blanco invitante. Y su sillón, seleccionado entre decenas, acolchado, con apoyabrazos, de terciopelo verde y terminaciones torneadas doradas. Tomó asiento allí. La soga se había quedado inmóvil.

Si ya estaba decidida cual era la prisa?. Las altas puertas cerradas de roble oscuro y perfumadas silenciaban los sonidos del otro lado. En un cuarto de la casa reposaba la cocinera después de un largo día de faenas. En otro cuarto un piano blanco con candelabros sin velas, con rosas sin pétalos dormía el letargo del olvido, del abandono, de la pérdida de las manos ejecutoras de piezas inolvidables. Era la envidia del fuego de la chimenea, ya que los invitados olvidaban el abrigo en búsqueda de una cercanía al hombre que extraía hasta la última vibración de esas cuerdas mágicas, hasta llegar a la agonía infernal y sudorosa de una pieza rápida y mortal. Una última pieza, y luego el silencio insoportable, mortal, la ausencia.

Contemplando el banquito barroco pensó en él. Tal vez, si Dios era piadoso, se reunieran del otro lado, no lo sabía, pero tendría que intentarlo. Tanto amor, que una vida no era suficiente para compartirlo, necesitaba de la eternidad junto a él. Tanta pasión que quemó las entrañas de él en joven edad. Y ahora la soledad.

Sin embargo otro pensamiento la angustiaba. Pocos sabrían de ese hombre espectacular que ella pudo conocer como nadie. De su bondad, generosidad, gentileza y compasión, de sus arrebatos, de sus iras y su perdón. Tomó una hoja en blanco y comenzó a escribir. Las palabras se formaron en cadena, una tras otras esperaban su turno para colocarse en la oración, obedientes. Mas eso no era suficiente, penso mirando los libros llenos de polvo. El piano aguardaba una obra más, una obra cumbre de su existencia, y ella se la daría, una última pieza, se lo debía.

Y el impulso latente de una nueva meta hizo a su corazón saltar. Reflexionó sobre ese latido, sobre su sangre llena de adrenalina circulando por las arterias enviando el mensaje de la vida. Nadie era ella para impedir a su cuerpo seguir viviendo, a su alma buscar su expresión, su camino, su verdad. Tanto amor no merecía la destrucción.

Contemplando el banquito barroco pensó en él. Tal vez, si Dios era piadoso, sabría esperar a que los años se deslizaran uno tras otro en un rápido transitar de sucesos, porque ella pensaba cumplir su parte, la parte para la cual había nacido.

Si ya estaba decidida cual era la prisa?. Camino hacia el banquito y flexionando lentamente la pierna derecha le dio un empellón. Fue hacia la puerta y la abrió, la soga seguiría colgando, para recordarle su estupidez y su propósito. Camino.

 

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