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Negro in Blue

por: Cintia Vanesa Días

SoLCiToSe recostó como pudo sobre la hierba húmeda, tratando de olvidar lo que había ocurrido. La noche le hubiera parecido mágica en otra ocasión, pero ahora sólo deseaba que concluyera.

Miró de reojo, el auto seguía allí como testigo silencioso de su estupidez. Había huido como de costumbre, pero esta vez se sentía perturbado. Quizás ya es tiempo de enfrentar la realidad, suspiró.

La mirada triste lo intimidaba ahora, y le hizo recordar lo que pretendía negar con todas sus fuerzas.

La noche anterior presentía que el alejamiento se había hecho crónico; nada le señalaba que al día siguiente el oráculo confirmaría su sabiduría.

***

La había conocido hacía cuatro años, en un boliche de mala muerte. Aquel día los dos habían decidido olvidar y olvidarse en la bebida. Ella era una neófita en cuestión de tragos, él todo un entendido. Sin embargo la distancia mermó al instante que comenzaron a intercambiar suspiros y miradas soslayadas.

Era alta, su figura de lánguida tristeza evocaba a las heroínas de las novelas de Jane Austin. Cuando hablaba, sus ojos se proyectaban sobre él como un cinematógrafo. Su acento provinciano, sus silencios dolorosos y su mueca melancólica lo enloquecían de sobremanera.

Esa primera noche fue un simulacro de eternidad, el signo claro de la adyacencia de un espacio sin tiempo, y de una dicha sin parangón. Los sorprendió la madrugada en plena comunión de almas. Aconteció aquel día el reencuentro kármico que trabó un lazo inquebrantable de hambre del otro, un pacto secreto de urgencia espontánea.

Hubo temporadas de silencio mutuo, pero el reencuentro se transfiguraba en fiesta; y cada distanciamiento traía consigo el nacimiento de una etapa nueva. Profesaban una ansiedad por el otro, juntos obtenían la felicidad que se les vedaba en forma individual.

En uno de esos reencuentros ella, que descansaba sobre su pecho, se permitió una caricia y él, que no comprendía de dulzuras, dedujo que aquella era la señal buscada desde hacía tiempo. En la confusión, el destino tejió su trama de complicaciones, y lo que había sido sortilegio se tornó terrenal.

Empezaron a frecuentarse casi con desesperación, hasta que concluyeron que lo que creían compartir, era insuficiente... no obstante, prefirieron dejarse caer en la pasión antes que escalar al pensamiento.

Nada es para siempre, dice la sabiduría popular... al finalizar la primavera, él la dejó. Le dijo que era demasiada mujer para él y que no quería lastimarla. Se reconocía como un egoísta incurable y un perpetrador de maldades; muy distinto a lo que ella creía ver en él. Sus razones –obviamente- eran otras, pero prefirió tirarse a menos (siempre le había dado resultado en sus anteriores separaciones), “una mentira piadosa no hacía mal a nadie”, al contrario.

Algo le decía que, en el fondo, ella no había comprendido nada en lo absoluto, pero prefirió dejar las cosas así y esperar que el tiempo curara las heridas.

Si en aquel momento alguien le hubiera pedido una dosis de sinceridad, él no hubiera sabido contestar. ¿La dejó porque se había aburrido? ¿Cansado? ¿Asustado? Aun hoy, si se detiene a pensarlo, le es imposible definir el sentimiento que lo llevó a tomar aquella decisión.

Hay sucesos que determinan el rumbo de nuestra existencia, éste fue -sin dudas- uno de ellos. La dejó, sin intuir lo que sucedería después.

***

Tras varias relaciones miserables, comenzó a pensar en ella. A veces la recordaba como algo dulce, a veces como algo tormentoso... pero nunca se permitió conjeturar qué hubiera pasado de continuar juntos. Las remembranzas eran como fragmentos de tiempo cristalizado, instantáneas que la mente se emperraba en mostrarle mientras manejaba o hacía la cola para retirar plata del cajero.

Y así pasaron dos años.

Una mañana despertó y necesitó verla. No por pasión o nostalgia, sino por simple curiosidad. La imaginaba pálida, desolada, y de mirada abatida. Se figuró que finalmente conocía el origen de aquellos ojos tristes. Súbitamente recordó una conversación que le intrigó en su momento, y siguió intrigándole luego: No es tristeza de un pasado –le habría dicho- sino de un futuro. La frase se multiplicó en su cabeza, con la rapidez de un rayo... y creyó verse fulminado por una certeza: él era el motivo de aquella tristeza del futuro; Él cumplió la profecía en el momento en que decidió retirarse.

Repentinamente se le antojó que él pudiera -así mismo- desarmar el destino y devolverle la alegría a los ojos que nunca la tuvieron.

Estuvo toda la mañana soñando con el encuentro y la redención, hasta que ya pasado el mediodía se dispuso a llamarla.

La conversación le había parecido un tanto seca, pero no le extrañó, después de tanto tiempo era de esperar. Las horas siguieron torturándolo hasta que las diez menos dieciocho le devolvieron la sonrisa... era lógico, acababa de darse cuenta que había conseguido lo que quería. Diez minutos después descendía del auto luego de ponerse un poco del perfume que llevaba en la guantera.

Respiró profundo y avanzó. Los ocho minutos que transcurrieron entre que tocó el timbre y la vio aparecer por la puerta, fueron una infinitud que se contrajo cuando él comprobó que estaba más flaca y más triste... casi como la había imaginado (como había necesitado verla).

Una mezcla de culpa y satisfacción se enredaba por su rostro, ella lo besó en la mejilla y subió al auto sin más.

Dieron un paseo por los lugares que solían frecuentar, en una especie de excursión por el pasado. Rieron de las viejas ocurrencias, disfrutaron los recuerdos a la hora de la cena; y así pasaron... una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco horas de charla ininterrumpida y superficial tras lo cual decidieron volver al auto.

La disociación parecía definitiva.

Aquella mujer, que otrora se abandonaba gustosa a sus desvaríos, evadía –ahora- sistemáticamente toda insinuación, todo roce estudiado. Creyó haberla perdido para siempre y eso le fastidiaba a más no poder. Lo que empezó como un juego, se convirtió en una obsesión: él quería que ella volviera a amarlo. Lo que no tenía claro era el porqué. ¿En el fondo nunca la había olvidado, o era puro amor propio? A esa altura, ya no importaba.

Con ingenuidad creyó que en el auto ella se entregaría, como en las épocas cuando la confusión era su aliada. Pero al tiempo cayó en la cuenta que no podía apurar una situación que ella claramente soslayaba.

Ágilmente elaboró una estrategia: puso de pretexto su contractura cervical (un recurso que le había dado muchas satisfacciones en el pasado) y en una fracción de segundo sintió sus dedos finos deslizándose por su cuello, con una maestría que sólo ella conocía. Aquellos segundos creyó tocar el cielo, creyó haber recuperado su paraíso perdido... pero el encantamiento se dispersó cuando pudo discernir entre su deseo y la realidad.

Ella ya no le pertenecía. Sus dedos realizaban un trabajo mecánico, mientras su espíritu se encontraba a kilómetros de allí.

Con todo, no se dio por vencido -la resignación nunca fue su fuerte- y trató de escalar el árido peñasco de la sinceridad. Sinceridad, que en realidad, era bastante calculada y que a ella parecía no conmoverla en lo absoluto.

Desesperado apeló a la escucha, y fue entonces cuando cometió la estupidez de escudriñar en la lejanía triste y molesta de su ex amante y compañera.

Había encontrado la llave, pero ¿quería él abrir esa puerta? Fue como si ella volviera instantáneamente a su cuerpo. Fue en aquel momento cuando ella le espetó con palabras despojadas todo lo que él le había hecho sentir en las épocas en que estuvieron juntos.

Inicialmente, él se evadió imaginando que aquello era simple despecho... pero pronto no pudo soportar más: las palabras le pegaban como un martillo neumático.

Quiso callarla.

Le habló con dulzura, minimizando las referencias extemporáneas. Pero eso, lejos de serenarla, la enloqueció. Intentó entonces besarla, silenciarla con la caricia húmeda de sus labios, pero ella lo rechazó.

Enfurecido, la tomó con fuerzas por la cintura y le tapó la boca. No quería escucharla... no quería oír aquel festín de sentimientos desgarrados, aquel muestrario de bajezas propias.

La enmudeció porque al escucharla algo dentro de él se rompía para siempre.

Amordazándola se amordazaba a sí mismo.

Eso necesitaba… callarla.

Silenciarla.

Desfigurarla.

De pronto sintió que ella ya no intentaba gritar.

El forcejeo devino en quietud.

Su cabeza dejó de latir y aflojó entonces la mano. Con horror comprobó lo irreversible de la situación, la herida sangraba a borbotones.

Se alejó del auto aturdido y se echó a la hierba húmeda. Sentía que aquellos ojos tristes habían encontrado definitivamente su causa, y que él estaba –indudablemente- ligado a ella. Pretendió escapar rumiando en el pasado, pero el presente lo abofeteó con crueldad.

Estaba muerto.

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