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La estatua
de: Mareh Marz
No era un oficio común el que Martín
había elegido. Cuando lo comentó con sus padres
ellos trataron de disuadirlo sin lograrlo, pero al final
lo entendieron. De día era cadete de una agencia
de publicidad, de noche cuando podía estudiaba sistemas,
pero los fines de semana eran sus preferidos.
Un viernes a la tarde, después de
salir del trabajo y sin tener que cursar ese día
ninguna materia, dirigió sus pasos hacia el cine.
Jamás le gustaba ir solo, pero tampoco le gustaba
llegar el lunes al trabajo y decir que no se había
movido de su casa todo el fin de semana. Eran escasos sus
amigos, todos ya casados, con sus familias; él era
el único soltero del grupo, y cada sábado
pagaba las consecuencias. Extrañaba las noches de
boliches, música y un poco de alcohol, pero era tan
introvertido que no se permitía ir sólo.
Ese viernes caminando por Lavalle vio por
primera vez una estatua viviente, era un chico joven, vestido
de pies a cabeza de color tiza, con el rostro, el cuello
y las manos maquilladas, su cabello eran cuerdas blancas,
y permanecía tan inmóvil que por poco Martín
ni lo miraba. Se detuvo un momento, justo cuando un niño
se acercaba a colocar una moneda en la cajita de madera
que yacía a los pies de la estatua. Con movimientos
suaves, mágicos, la estatua cobró vida y sonriendo
le agradeció. El niño tuvo que ser tironeado
del brazo por su madre, cuando este insistía en colocar
otra moneda.
Desde ese día Martín supo que
quería eso. Quería ser estatua viviente, y
después de algunos meses de entrenamiento lo consiguió.
Comenzó a vagar por las plazas, buscando cual le
agradara más. Claro que tuvo que soportar ser el
rarito, el excéntrico de la familia, pero valía
la pena. La gente cuando lo veía pensaba en como
podía el estar tan quieto, y para él esos
eran los momentos de descanso, los momentos de disfrute.
Alguna que otra vez su show fue estropeado por una tormenta
repentina, y corriendo por las calles sujetando su pequeño
pedestal, dejaba un rastro blancuzco en las veredas.
Un día sábado por la mañana
se instaló en la plaza Houssay. Colocó la
bolsita de terciopelo que le había hecho su madre,
ubicó el banquito donde le diera el sol y simplemente
posó.
Permitió que su mente divagara, comenzó
a repasar mentalmente la clase del jueves, tratando de entender
una estructura matemática que no llegaba a aprehender.
Hacia las 11 cambió de posición, ahora hacia
el norte y allí la vio. Estaba sentada en un banco
con un libro en la mano pero sin leerlo, con sus ojos cerrados
al sol. Con su cabello sujeto en una trenza, jeans y zapatillas.
Hermosa, en su sencillez.
Y Martín ya no se movió. Desde
entonces siempre la buscaba con la mirada, siempre posaba
hacia el norte. Algunas veces iba con una amiga, entonces
el deseaba con toda su alma que no hubiera tránsito,
que el semáforo permaneciera siempre en rojo, para
poder oír de que hablaban, para poder oír
su risa, con la cual constantemente soñaba.
Pero lo que más lo conquistó
fue que ella siempre llevaba en su mochila un poco de pan
viejo, y se entretenía en arrojárselo a las
palomas.
Y Martín soñaba. Soñaba
que era una paloma, que comía de la mano de ella
blancas miguitas de pan, que se dejaba acariciar la cabeza
cubierta de pardas plumas. Soñaba que la seguía
volando por los cielos, y que anidaba en su balcón
por la noche, para cada día ver el amanecer con ella.
Pero Martín también despertaba,
y cada semana se hacía eterna, y el ruego para que
no lloviera el sábado comenzaba el domingo.
Se perfeccionó. Buscó la forma
de hacer reír como locos a los niños, de asustar
a una persona para que chillara de sorpresa, para llamar
la atención de esa mujer de la que ya se había
enamorado. Cada tanto sus amigos se turnaban para pasearse
por la plaza, entre los puestos de libros, mirando con disimulo
a la damisela, y luego en privado le daban la aprobación
ansiada. Era ella, era la correcta.
Fueron pasando las semanas. Un amigo estatua
también, le prestó su disfraz que era de Boca.
Vestido de azul brillante con cordones dorados, se erigió
una mañana gris de otoño, recibió menos
monedas, tal vez porque había en la zona más
simpatizantes de River que de Boca, pero al menos, vio con
el rabillo del ojo que ella le dirigió una mirada.
Desde entonces siempre fue vestido así.
Pero la tortura era angustiosa y mucha. Y
una mañana de invierno sus padres lo vieron salir
asombrados, no se vestió de estatua. El banquito
y la bolsita quedaron en su pieza. Y de jeans y campera
salió a enfrentar su destino.
La esperó enfrente. Desde allí
la contempló cuando llegó a sentarse, buscando
el pan en su mochila la vio buscarlo con la mirada, y su
corazón comenzó a palpitar acelerado. No le
era indiferente.
Cruzó la avenida más ancha
del mundo, o así le pareció. Y titubeando
se acercó a ella. No lo reconoció en seguida,
pero el igual se sentó a su lado. Y cuando pensaba
en cual de todos sus ensayos debía concretar, la
escucho decir:
-Menos mal que no viniste de Boca, yo soy
de River.
Más adelante se iba a enterar de que
ella iba a tener que recursar una materia que nunca pudo
estudiar en el parque. Más adelante el le enseñaría
su arte. Y hoy se los puede ver a los dos posando en Lavalle
o en alguna plaza, se van a dar cuenta enseguida, uno viste
de azul y oro, y ella de blanco y rojo.
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