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Amor imposible
de: Cristian Mertens
José se levanto antes que el
sol. Como todos los días."Para ser botellero
y lograr en la profesión, decía el, el secreto
está allí, salir antes que los demás".
Así que José, ya por puro habito, madrugaba
primero que cualquiera en la villa, no que fuese un héroe
del trabajo, más bien su razonamiento era que cuanto
más temprano saliese, mas temprano volvería
para consumir su vino. Esa mañana, como todas, tomo
su carro y a falta de caballo lo tiró el mismo por
las calles de la ciudad.
Ah, Buenos Aires, que ciudad rara, que ciudad mezclada.
José la conocía bien, mejor dicho, la conocía
perfectamente. Es que dicen que la rata conoce mejor el
teatro que el músico, y es tan cierto. El se cruzaba
con toda clase de gente en la madrugada, gente que volvía
a sus casas visiblemente después de una fiesta, gente
que salía temprano a trabajar,
colectivos repletos de sombrías caras que aun digieren
el sueño, apretujados, malhumorados, inquietos y
ansiosos por llegar tarde. La gente de Buenos Aires parece
preguntar sin cesar 'quién tiene la culpa?' y como
no saben la respuesta culpan a cualquiera que se les cruce.
Tal es así que no son pocos los bocinazos que José
ligua por culpa del carro de madera, "depende del barrio"
dice el, queriendo de algún modo disculpar al genero
humano. Pero bueno, es así, poco a poco van surgiendo
por las calles aquellas chicas arregladitas, esas que ponen
cara de yo no fui, los engominados de traje y corbata, los
niños de guardapolvo blanco y
grandes portafolios. La ciudad se despierta, si que es alguna
vez duerme, la acera está aun húmeda de esa
lluvia matinal, y ya el trafico se hace mas pesado. El ruido,
los gritos, los bocinazos. Una chica liga un piropo y se
va con una sonrisa de oreja a oreja, claro que al autor
le puso cara de asco. Una gorda baldea la vereda de su edificio,
y un joven con traje prestado la mira con desconfianza,
temiendo el chapuzón de agua con lavandina. Los edificios
grises del centro van abriendo sus oficinas, y si uno pudiese
escuchar el frenesí de los ascensores, de los faxes,
de las computadoras ... todo un concierto que sube hacia
la nada, es otro día mas, otro día caluroso
de verano.
Pero frente a Buenos Aires duerme (duerme?) un gigante olvidado
por los mal llamados porteños. Es que justamente
Buenos Aires no tiene mucho de puerto, al menos eso no es
lo mas notorio. El río ancho, majestuoso, inalterable,
inamovible parece mirar aquella ciudad de locos con cara
de estupor. El milenario baja constantemente del amazonas
para ser ignorado, despreciado casi por 12 millones de habitantes.
He aquí la identidad de Buenos Aires que sin embargo
no ha sido reclamada por nadie, al Río lo escondieron
con toneladas de edificios, como si tuviesen vergüenza
de su propio origen. ¨Acaso no dicen que los Argentinos
descendemos del barco? pero el río de la plata, ah,
¨es que son tan ciegos que no
lo ven? claro ... el río es poesía, es locura,
es soñar despierto. Ya no salen barcos a destinos
lejanos, a reunirse con la otra mitad de uno mismo que mora
en otro lado del planeta. Ya no se sientan los enamorados
a suspirar sobre sus brazos, quién tiene tiempo para
eso? Bueno ... quizá alguien aún ... Uruguay
suele estar del otro lado del río, digo suele estar
porque fue esa tarde, cuando el aire es húmedo y
pesado, cuando caminar por florida es correr el riesgo de
que el agua helada de un acondicionador te corra por la
espalda, que se escuche aquel tremendo ruido. "Como
de mil cajones de madera que se caen juntos", decía
una anciana a su vecina, orgullosa que aun ella, con su
sordera, pudo escuchar el estruendo.
Hace falta mucho en realidad, para que la gente detenga
su trajín, pero esa tarde las ventanas de las oficinas
se abrieron y miles de curiosos asomaron sus rostros y parecían
por primera vez del día, humanos. Buscaban alguna
explicación. "Fue una bomba" gritó
uno, "como con aquella embajada, ¨se acuerdan?"
otros decían haber sentido una sacudida, algunos
prendían las radios para escuchar las noticias. Una
secretaria, una tanto nerviosa, llamaba a su casa preocupada
por su madre.
José a todo esto paró. Soltó con delicadeza
su carro, que a esa hora está repleto de tesoros,
sobre el adoquín hirviente, y mientras se secaba
las manos con un trapo, escudriñaba el cielo. "Que
silencio" pensó... era cierto. No había
mucho ruido ... ese ruido que uno siente sino cuando ya
no está , ruido a motor, ruido a viento, ruido a
televisores, heladeras, ascensores ... un auto pasó
no muy lejos y José hizo una mueca, como si aquel
vehículo rompiese la solemnidad.
El portero de un edificio salió a la calle. Estaba
pálido, conocía a José, siempre le
separaba cosas y eso lo sacaba de apuro cuando alguien quería
deshacerse de un colchón o un lavaropas viejo.
"José" le dijo, "el
Río ..." "qué?" le contesto,
"¿qué hay con el Río?" "el
Río ... el Río se congeló" José
largo una carcagada espantosa ... "¿cómo?
pero vos estás loco flaco, te tomaron el pelo"
Pero el portero ya no lo escuchaba, miraba a lo lejos, como
si los edificios de la cuadra de enfrente le permitiesen
ver el horizonte.
"Lo que es seguro, es que no soy el
único borracho en la ciudad" se dijo, y partió.
Pero no estaba tranquilo, aquí y allá la gente
hablaba en voz baja y dos o tres veces creyó escuchar
algo del Río. Bueno, ya que no tenia rumbo fijo se
fue para el lado la costa, "ver para creer" se
decía a el mismo.
Y allí estaba el Río, inmenso como siempre.
Colmaba el horizonte con su enorme majestuosidad, pero en
vez de ser marrón era ... ¡blanco! ¡José
no lo podía creer! se acerco a la orilla y el hielo
cubría parte de las piedras y la arena y no había
ni una gota de agua. Una botella de plástico quedó
a mitad hundida y José intento sacarla. Fue inútil.
Posó un pie sobre el
hielo, se apoyo varias veces con fuerza para ver si eso
resistía y luego se paró encima. Sonreía,
estaba fascinado, parecía un niño con juguete
nuevo. Caminó un par de pasos hacia adentro, patinó
y se callo de cola. Un hombre que estaba en la orilla, le
gritó, "¡tené, cuidado!" El
se levanto, lo miro como para decirle "¿qué
te importa?" y de pura bronca e indignación
fue a buscar su carro.
Y fue así, tirando aquel viejo carro de madera que
ahora le hacia de apoyo, que José logró caminar
unos cuantos metros hacia dentro. Se dio vuelta y miro los
curiosos que ahora se habían reunido para verlo.
Y siguió caminando, el hielo estaba totalmente seco,
y cosa rara el frío no traspasaba sus zapatos
agujereados. Las ráfagas de viento si eras frescas,
no mas, pero lo intenso era la luz. Aquel sol de pleno verano,
reflejado mil veces en el espejo de hielo. José camino
de ese modo, río a dentro por así decirlo,
varias horas. La orilla no era mas que una línea
tenue en el horizonte. Al tiempo llegó hasta un barco
atrapado en el río cristalino. Los marineros gritaban
con pánico, pero José no logró entender
lo que le decían, "parece que son extranjeros"
se reía, noto que eran pescadores de cangrejos y
no reparo que no hay cangrejos en el río de la Plata.
Y siguió su marcha, un pelicano lo vio pasar con
algo de curiosidad, mas allá aparecía la otra
costa.
Y sin saberlo José se había convertido en
el primer hombre que cruzó el Río de la Plata
... ¡caminando!
El nunca había estado en Uruguay, pero era obvio
que aquello no lo era. Logró subir por una barranca
que daba a un pequeño muelle, la nieve cubría
todo. Los arboles, los botes, las casitas con techos a dos
aguas y sus chimenea que humeaban. Un hombre pasaba a lo
lejos con un carro que en vez de ruedas tenia algo así
como esquíes, lo saludo de lejos con la mano y una
sonrisa, José le devolvió el gesto. Ahora
si tenia frío, se tapó con unas bolsas arpilleras
la espalda, y con otras de plástico los pies. Encontró
unos viejos guantes de trabajo entre las cosas de su carro
y retomando su marcha, con la tranquilidad de un niño
que descubre un nuevo mundo, entró en lo que aprecía
ser el pueblo. Unos chicos jugaban en un jardín,
a hacer un hombre de nieve. Se quedaron quietos al verlo
pasar, pero una criaturita de 3 o 4 años se quito
la bufanda que tapa todo su rostro salvo sus ojos terriblemente
celestes y le preguntó algo que no supo entender.
José le contesto con una sonrisa, la niña
parecia satisfecha.
Y seguía, la calle lo llevaba hacia abajo, cerca
de una capilla abandonada había un prado y un establo.
Algunos caballos preferían el aire al calor. Mas
allá un bosque de arces. José entro por un
sendero a atravesó aquel paraíso. Sus pies
estaban congelados. Por fin, el sendero lo condujo de nuevo
hacia el Río, ¨o el mar? en lo alto de una suerte
de barranca.
Y allí estaban ellos, entre algunos alerces tapados
de nieve, y debajo de un ciruelo en flor. El piso parecia
manchado de un pasto hermosamente verde, salpicado de algunas
flores. Ellos estaban ajenos, tan juntos, tan apretados
uno contra el otro que costaba entender como respiraban.
Se besaban, se besaban con fuerza, se besaban desesperación,
como si se hubiesen encontrado después de siglos
de búsqueda, era tan lindo, era tan hondo que no
podían ni llorar.
Y José entendió, aquel botellero
sin educación pero con el corazón grande como
una montaña entendió lo que los científicos
no lograron explicar nunca. Porque se dieron muchas explicaciones
a aquel fenómeno, movimiento tectónico, era
glaciar, y hasta teorías sobre extraterrestres. Siempre
es así cuando la humanidad no puede explicar algo.
Pero José sabia que
aquella tarde el Río había juntado a dos amantes
que no podían reunirse. Cada uno lejos del otro,
cada uno imposibilitado para ir a vivir en los brazos del
otro. El Río no aguanto, y los juntó, es que
el Río era como José, grande y noble, con
el corazón de un niño.
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