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Planeta Abril
de Cristian Mertens
Parte 1: El descubrimiento
Esa mañana me levante gritando. Fue la pesadilla
de siempre. Me senté en la cama, estaba sudoroso
y agitado. Pasé mis manos por la cara y el pelo y
por un momento no supe dónde estaba. Miré
alrededor. Los viejos libros, mi colección de armas,
la helada escotilla que daba al vacío, todo estaba
en su maldito lugar. Por detrás de las paredes se
escuchaba el inconfundible murmuro de los motores a fusión,
las pequeñas descargas eléctricas que él
modulo principal genera en su movimiento de rotación,
los líquidos que hacen zumbar los conductos externos,
la inmensa nave seguía inexorablemente su curso por
el espacio.
Mierda dije, y saqué los pies de entre las sabanas
de un tirón.
Los apoyé sobre el piso frío de plástico.
Se supone que es el momento del día para ponerse
las zapatillas antiestáticas. Las miré por
un momento y las vi viejas, torcidas, manchadas de mil substancias
que se me han derramado encima mientras intento hacer que
la Galaxus no se venga del todo abajo. Las odié.
Me miré los pies y al ver que estaban aún
mas viejos, torcidos y manchados decidí por calzarme.
Tenia un gusto amargo en la boca. Miré
de nuevo la habitación, los libros, las armas, la
escotilla. Podría tener el camarín más
grande de la nave, pero me conformaba con este, había
libros tendidos por todos lados, recuerdos, cuadros, mapas.
Sentía un cosquilleo en mi mano derecha, seguramente
habría estado durmiendo sobre ella. Observé
por un instante la foto de un niño que está
arriba de mi escritorio, no sé quien fue, la encontré
por allí. En la foto estaba frente a un bosque. Me
dolía la cabeza. Estiré el brazo y tomé
el retrato. El niño tenía una mirada triste,
los ojos marrones, las pestañas muy pobladas, hasta
se notaba el iris de sus ojos muy abierto. Los clamores
de mi vejiga me obligaron a levantarme. Me pregunto que
estaría pensando él cuando le sacaron la foto.
Mientras orinaba, la computadora central
(Alfa) empezó con su verborragia habitual e intentó
darme un reporte detallado del estado de la nave.
- El termorregulador 4 volvió a fallar Capitán
John. Lo reemplacé por el nro. 6 pero será
necesario reparar el 4 por si el 6 falla a su vez, ya sabe
que los demás están inoperables
Si, si lo veré luego Alfa lo veré luego, déjame
tranquilo un rato ¿sí?
Claro Capitán.
Se calló. La verdad es que no estaba de buen humor
pero no quería herir a Alfa, el gigante cibernético
resultó ser muy sensible a mis gritos. Bueno, la
verdad es nunca estoy de muy buen humor, y creo que ni aún
una computadora me aguanta.
En la cubierta de oficiales, todas las sillas
estaban vacías alrededor de la gran mesa negra. Apoyé
en ella mi café y mis pies y dejé las luces
apagadas, apenas me iluminaba el reflejo de los diodos de
algunos artefactos. Me dediqué a mirar a través
del enorme ventanal de observación. ¡Cuánta
desolación y cuánta hermosura hay en el espacio!
Siempre me impresionó, pero la infinidad de estrellas
que se ve desde este punto de la galaxia es verdaderamente
increíble. Millares de puntos perdidos en el cosmos,
como perlas que forman una espiral. Todas parecen blancas
a primera vista, pero con el detenimiento y la experiencia
debida, uno puede distinguir el matiz de colores, las hay
naranjas, azules, ocre. Yo llevo mucho tiempo de mirar el
infinito.
De pronto, sobre ese tapiz de diminutos puntos
brillantes, se presento el planeta. La rotación lenta
de la nave permitía verlo ahora desde ese mirador.
Poco a poco iba ocupando todo el cielo. Yo no lo había
visto de tan cerca aún, fue Alfa quién se
encargo de las maniobras de acercamiento mientras yo dormía.
Me quedé con la taza de café a medio camino
hacia la boca, totalmente absorto en aquella visión.
Es hermoso - creo que debo haber repetido esa exclamación
una buena docena de veces, con los ojos y boca grandes abiertos.
El Planeta era color verde claro aunque en algunos lugares
tornaba a miel. Tenía ese matiz indefinido de la
verdadera belleza. Lo contemplé como quien descubre
el rostro de una mujer hermosa por primera vez. Había
largas nubes rosas, casi rojas, como labios finos. Más
allá una cordillera nevada parecía blancos
y perfectos dientes. Creo que hasta veía una mancha
oscura, como un lunar, que marcaba una zona del continente.
Era cálido, acogedor, no estaba poblado de grandes
tormentas y tampoco de grandes desiertos, sino que daba
la sensación de ser acariciado por una brisa suave.
Sé que se dirá que estuve solo
mucho tiempo en el espacio, algo similar a lo que les pasaba
a los marineros de la tierra y luego andaban viendo sirenas
por todos lados. Y supongo que si, que algo de eso hay,
pero ese planeta tenía algo de mágico y yo
me enamoré a primera vista.
Dejé la taza, y arrimé mi pipa
a la boca sin prenderla. Mi barba de viejo Capitán
ya está teñida por años de tabaco.
Quizá me dejo la barba para esconder la enorme cicatriz
de mi rostro, pero nada podría esconder las quemaduras
y la boca parcialmente destruida por el desastre del Galaxus:
hace unos años yo estaba fuera de la nave, reparando
un desperfecto en el casco. Los tanques de mezcla para la
ignición de los motores de salto explotaron. Las
fugas radioactivas, sumadas a las perdidas de gases no dejaron
sobrevivientes a bordo. Cuando los mecanismos automáticos
de evacuación de aire limpiaron la contaminación
luego de 7 horas, Alfa me dejó entrar. Encontré
un tendido de cadáveres de amigos, parientes y niños.
La explosión se llevó todo, y quedé
solo en la nave de 200 pisos. Ayudado por algunos robots
puse a todos los cuerpos en una sola sección y luego
la sellé al vacío. A todo esto los motores
de saltos no funcionan mas y con los de impulsión
estaba prácticamente a la deriva en ese cuadrante,
del cual no sé nada. No podía volver. Y no
estoy seguro de querer seguir.
Muchas veces pensé en la muerte. La
soledad me carcomía como las llagas que aparecieron
en mi cuerpo luego de la catástrofe. Me estaba pudriendo
por fuera y por dentro. Largos recuerdos de batallas y descubrimientos
desfilaban por mi mente en estas décadas de soledad.
Me levanté y me acerqué al
ventanal. Prendí por fin mi pipa y vi mi propio reflejo
en el vidrio.
¿Alfa?
¿Sí Capitán?
¿Que atmósfera tiene?
Desconocido.
Me quedé quieto un segundo, el encendedor prendido
sobre el tabaco, pero levanté la vista. Quizá
no había escuchado bien.
¿Desconocido? ¿Cómo desconocido?
Si Capitán, la atmósfera es desconocida. No
pertenece a ningún registro. No se puede analizar
Largué bocanadas de humo hacia arriba.
¿Cómo puede ser?
No entiendo la pregunta Capitán
¿Cómo puede ser que no sepas que atmósfera
tiene?
Lo siento, esa información también la desconozco
Capitán.
Tuve un gesto de irritación y dije algo que no puedo
repetir acá, pero pensé brevemente que algún
circuito de Alfa estaría fallando, no sería
tan raro después de todo ya nada funcionaba a bordo.
Me di media vuelta y me fui hacia la sala de control a revisar
yo mismo los registros. Pero unas horas más tarde,
no tenía mas información de la que Alfa me
había suministrado. El planeta era tan misterioso
como bello. Ningún sensor podía ver su estructura,
ni su atmósfera, ni si contenía aquel bien
tan preciado: agua. La explosión contaminó
dos tercios del agua de la Galaxus, y ya no quedaba nada.
En realidad, las lecturas hubiesen sido obsoletas. Sea como
sea, el desconocido planeta era el último que podía
visitar: no tenía suficiente líquido para
enfriar los motores a fusión para un nuevo despegue.
Me dejé caer en el sillón de
mando de la sala de control, y miré un largo momento
la silueta del planeta que otra vez estaba visible. Me causaba
una cierta gracia pensar en eso, pensar que por fin parecía
que todo terminaba allí, sin haber sido yo quien
lo planee.
Abril, pensé, en honor al otoño de mi mundo
natal, te llamaré Abril.
Parte 2: El descenso
John Britman no es un hombre improvisado,
no señor. Me llevó varios días acomodar
la Galaxus por si no volvía. Registros de vuelo,
señal de socorro en fase B (o sea sin sobrevivientes),
órbita estacionaria perpetua alrededor de Abril.
Si alguien, alguna vez, visita este sector, encontrará
la respuesta a lo que le sucedió en esta nave.
Capitán, (me interrumpe Alfa), He revisado los cálculos,
y las probabilidades de éxito de su expedición
son casi nulas (nada hay mas cómico que una computadora
preocupada)
Ya lo sé Alfa, pero no queda otra, no hay mas agua
Capitán, puede esperar a que lo rescaten, hay agua
y alimentos suficientes para que viva años. (Largué
una carcajada)
Alfa, sabes mucho de estadísticas, pero poco de la
vida. (La computadora no contestó, no supo interpretar
el sarcasmo)
Las cápsulas de viaje son muy reducidas. Solo entran
en ellas un pasajero, y tienen como fin el traslado de la
nave madre a los planetas o a otras naves. Similares a aquellos
viejos vehículos monoplazas que se usaban para el
turismo marino, las cápsulas tienen adelante una
gran esfera de vidrio que permite una observación
de 180 grados. Infinidad de lucecitas marcaban la frenética
actividad de las computadoras e instrumentos de bordo. Luego
de ingresar los datos, miré por última vez
el puerto de despegue.
Adiós Alfa
Que tenga buen viaje Capitán
Si, claro cuídate
Sabía que el sofisticado equipo no entendería
esa última instrucción.
Cerré la escotilla de la cápsula.
El aire del puerto de despegue comenzó a ser evacuado.
Cuando por fin no quedó nada, la puerta principal
de despegue de la Galaxus se abrió al espacio infinito.
Lentamente la pequeña nave se asomó al exterior.
Pese a los años que llevo en esto, nunca he podido
dejar de sentir ese nudo en él estomago, esa mezcla
de admiración y temor ante la profundidad del cosmos.
La libertad de rotación que tiene la cápsula,
sumado a la falta repentina de gravidez, da una sensación
muy fuerte de vértigo.
Miré a la Galaxus desde afuera. Es
enorme. Con sus puentes, sus 6 reactores cada uno del tamaño
de un estadio, tiene forma de una pera invertida, y está
pintada de naranja y amarillo como todas la naves de exploración.
Pero una enorme mancha negra marca la grieta que dejó
la explosión, y como una ciudad desaparecida, había
sido el hogar de miles de personas y era ahora el recuerdo
de sueños apagados en la noche fría del espacio.
Sin duda se quedará allí para siempre.
La cápsula se dirigió sola
hacia Abril, descendió muy lentamente por la estratosfera
cristalina hasta llegar a la atmósfera. Allí
tomé el mando. El acercamiento fue grandioso, volar
por las capas superiores de un planeta con atmósfera
con una cápsula como ésta es una experiencia
sin igual. Muchas cosas extrañas pasaban en aquel
lugar, la primera fue que de algún modo el ingreso
al planeta no generó calentamiento, Abril parecía
aceptar a su visitante. Más que eso, en la medida
que el pequeño artefacto avanzó en el cielo
aparecían infinitos colores pastel, largas nubes
y formas abrían el paso y parecían saludar.
(Si definitivamente quedé mucho tiempo sólo
en el espacio). Debajo mío había como un mar
de neblina muy densa. Los censores no mostraban nada, no
captaban nada, estaban totalmente ciegos como los de la
Galaxus. No había forma de saber que escondía
esa capa espesa de nubes. Por fin, en ese mar de gases encontré
una isla, (o lo que sería la punta de una montaña)
y aterricé allí, en medio de ese paisaje alucinante.
Al tocar la nave el suelo, todos los instrumentos enloquecieron
a la vez! Pero fue solo por unos minutos, luego se apagaron
al unísono: ya nada mas funcionaba en la cápsula,
ya no había forma de volver. La verdad es que eso
me importó poco, estaba embriagado con el lugar.
El cielo se había puesto color naranja me arrimé
a la esfera de vidrio y miré
y yo no sabía la composición
del aire, pero no usé un traje. Cosa de locos, ya
lo sé, pero lo hice quizá porque no había
marcha atrás o quizá porque un sentimiento
de confianza me había invadido. Abrí la escotilla
manualmente, y una brisa suave rozó mi piel. Era
un aroma delicioso y desconocido, algo así como el
aroma de una gran cantidad de flores. ¿Quieren saber
algo? Sentí placer. Me gustó estar allí,
lo disfruté, Probablemente, pensé, ¡todo
esto dure poco, pero que delicioso es el momento!.
Al bajar de la cápsula lo menos que
pude sentir es pequeñez. El horizonte estaba manchado
de colores bellísimos y el sol penetraba dejando
cascadas amarillas de luz. Algunos islotes más se
veían al horizonte. Sentí la brisa acariciar
mi pelo y besar mi mano. Y a pocos metros, estaba aquella
densa neblina que cubría el extraño planeta.
Solo me quedaba bajar. ¿Cuál
sería la composición de la niebla? ¿Qué
habría más allá? Ahora imagínense
mi asombro cuando, absorto en todos estos pensamientos,
descubro que a pocos metros de la nave había una
hoja. Si, sobre el polvo del piso una hoja roja descansaba
como si fuese la cosa más banal del mundo.
La tomé y me quedé mucho tiempo
mirándola. Tenía la forma de una cruz con
la parte de arriba redondeada. Levanté la vista,
respiré hondo, pensé en que eso era un símbolo
de vida, algo así como una señal o como un
visto bueno para seguir.
Y entonces les cuento que aquel viejo Capitán,
aquel hombre sucio y cansado que ya no quería vivir,
se puso a llorar. Y mientras me sequé las lagrimas
con el revés de mi viejo gabán descendí
la ladera, y penetré en la espesa niebla, rumbo al
más desconocido y hermoso de mis viajes.
Parte 3: El interior
Al tocar la espesa niebla está se
abrió como una cortina. Debajo provenía una
luz tenue, como un color rosa pastel. ¿Qué
era? Creo que ya había dejado de intentar entender
lo que estaba sucediendo, a decir verdad sólo me
interesaba sentirlo.
Me quedé un tiempo así, con
la niebla hasta la altura de mi rodilla, observando esa
luz suave que provenía de abajo. Me sentía
tranquilo.
Entonces me adentré lentamente, e
ingresé a un mundo que jamás podré
expresar en estas líneas. Solo puedo describir una
serie de imágenes, sensaciones y recuerdos. Pero
lo que viví va mucho mas allá. Tampoco puedo
explicar nada de lo que sucedió y sé que mi
relato es inverosímil, pero por Dios, ¡yo estuve
allí!
Ante mi se abrió un paisaje alucinante.
A lo lejos, delante, un gran mar que moría sobre
una playa de arena roja y rocas azules. Mas allá
se veía un sol. A mi derecha un valle, verde, repleto
de vida. Estaba formado por dos cadenas montañosas,
yo estaba parado sobre la cima de una de ellas. En las partes
altas no había vegetación, pero todo a lo
largo de las cadenas, a partir de cierta altura, crecían
lo que parecían ser arbustos. Cuanto más se
bajaba, más la vegetación era densa y las
plantas grandes, para terminar en un enorme bosque de árboles
anaranjados. En el medio del valle, serpenteaba un hilo
de agua, que moría en el océano.
Bajé de la cima por un pedrero, y
a las pocas horas me encontré con las primeras plantas.
El suelo era aún rocoso pero había mas cantidad
de tierra. Estaba intentando abrirme camino hacia el río
cuando se desató una lluvia.
¿Cómo explicar? ¿Cómo
poner en unas palabras? Solo miré alrededor, entiéndame,
después de años de tomar agua regenerada,
de vivir con aire artificial, estaba parado en un valle,
cubierto por nubes y una lluvia caía sobre mí.
Abrí mis brazos y miré al cielo, dejé
que el agua corriera por mi rostro, parecía lavarme
de años de soledad, años de amargura y tristeza.
El agua penetraba por entre mi ropa y poco a poco abrazaba
todo mi cuerpo.
No paró de llover por mucho tiempo.
En Abril no había noches así que me es difícil
recordar cuantos días caminé. Admito que no
tenía prisa, muchas veces me detuve a oler una flor,
morder un fruto, a sentarme y observar. Perdí noción
del tiempo y del espacio, sabía que nadie me esperaba
pero por otro lado una extraña sensación de
paz, de quietud me invadió en aquel valle. Me sentía
por favor no se rían me sentía protegido,
amado, cuidado. Quizá por eso, quizá sea fantasía
mía, pasé por kilómetros de arbustos
y no tuve un rasguño, una caída, una cortadura.
No hubo flor que no sea bella ni fruto apetecible. Aquel
lugar era un canto de gloria a la hermosura y a la vida.
Un día, no sé cuando, llegué
al hilo de agua, que resulto ser un torrente bastante importante.
El agua era cristalina y muy fría, como la que baja
de los glaciares. Bebí un poco, aunque mi sed se
encontraba apagada por la lluvia intermitente, y sentí
que aquella frescura ahora invadía mi cuerpo.
Decidí seguir aquel curso de agua
hacia abajo. De algún modo eso me marcaba un camino.
Así llegué hasta los primeros árboles.
Grandes hojas amarillas colgaban generosas de sus ramas.
Cuanto más descendía, más el bosque
era tupido y más los árboles eran grandes.
El olor del bosque era agradable pero diferente al de las
flores, ya no dulce sino más agrio y penetrante.
Volvió la lluvia a un momento dado,
y de lejos se escuchaban los truenos. Yo estaba debajo de
unos enormes árboles cuyas hojas en forma de mano
tenían el tamaño de una persona. Y sentí
cantar a esta altura de nada vale que intenté hacer
creer que estoy cuerdo. Pero estoy seguro haber sentido
la voz de una mujer cantar. Fue hermoso, le cantaba a la
lluvia, cantaba un canto triste y bello, como largas notas
que se perdían en el ruido del agua.
Así fue como un día llegué
al mar. De pronto, entre dos enormes árboles surgió
la playa de arena rosa, hervía de calor. A mi derecha
se erguía una roca lisa en forma de dedo, las olas
lamían la arena y se retiraban, dejando tras ellas
esponjas de espuma.
Jamás había soñado un
lugar tan bello. A esa profundidad la capa de niebla que
circuncidaba Abril parecía color turquesa, y el agua
era verde. El sol encandilaba entre nubes y su calor abrazaba
mi piel.
Me desnudé. Rápida y torpemente.
Me paré cerca del agua en la playa. Los pies descalzos
se hundían en la arena. El viento acariciaba mi pelo
y besaba mi mano. Cerré los ojos. Creo que no tenía
miedo. Entonces la primer ola rozó mi piel. Luego
fue otra, y otra y otra. El mar parecía arrimarse
porque cada vez el agua me llegaba más alto, nunca
sentí peligro alguno en todo eso, sino más
bien una gran alegría me invadía, cada vez
más. De pronto una ola se quebró sobre mi
cuerpo, acarició mi pecho, mi vientre y mis muslos.
Al poco tiempo el agua me había llegado hasta el
cuello.
Nunca tuve la impresión de ahogarme,
aunque no me moví y el mar literalmente me trago.
¿Saben que sentí? Me sentí en casa.
Sentí que después de tantos y tantos viajes
por fin estaba en mi hogar. Sentí que penetrar en
el mar me convertía en mar a mí mismo, y el
mar se convertía en mí. El agua salada atravesó
la membrana de mi piel y se mezcló con mi sangre,
con mi saliva, con mi semen y en lágrimas. Mis cromosomas
se convirtieron en mar, en espuma, en roca, en arena, en
viento y sol, por un instante, no fuimos dos seres separados,
fuimos una sola cosa.
No sé cuanto permanecí allí,
no sé lo que pasó, no se nada. Solo recuerdo
la tormenta, el ímpetu y la agitación del
agua, recuerdo por último la gran ola que me arrojó
sobre la playa. Solo que un tiempo después, como
un náufrago, desperté, el sol parecía
observarme curioso.
Me senté y observe el mar. Se había
retirado un centenar de metros. Me sonreí, ¡por
Dios! Seré sincero: ¡Le sonreí! Encontré
mi ropa desparramada, me vestí y regresé.
Al ir subiendo por el mismo camino hacía
mi nave, me di cuenta que mis llagas habían desaparecido,
tanto por fuera, como por dentro.
Parte 4: el nacimiento
¿Porque volví a la nave? No
lo sé, algo me susurraba dulcemente que debía
abandonar el planeta. Pero yo ya no era el mismo, estaba
vestido de fuerza, de vigor, de salud. De pronto amé
la vida, sé que cuando desperté en la playa
tuve una conciencia diferente. De algún modo ese
despertar fue EL despertar que necesitaba de mi pesadilla.
Aunque las posibilidades eran mínimas
decidí dedicar mi tiempo a intentar un viaje de retorno,
me sentía el piloto del desierto del cuento de Saint
Exuperí. Con la ayuda de Alfa (que sea dicho de paso
a veces hacia preguntas parecidas a las del principito)
emprendí un plan de reestructuración de fuerzas
de torsión, ahorro de energía. Estudié
la posibilidad de retirar agua de Abril, pero era muy difícil
lograrlo y confieso que la idea tampoco me gustaba demasiado.
Todo eso me mantuvo ocupado pero dedicaba
mis largas noches solitarias a mirar a Abril.
Muchos meses después, descubrí
algo increíble. Abril estaba cambiando. Los sensores
mostraban claramente que la capa externa gaseosa se había
solidificado. Como seguía siendo permeable a la mayoría
de los rastreos que intentaba hacerle, era poca la información
que podía recabar. No obstante era obvio que el planeta
estaba sufriendo grandes cambios: temperatura, masa, forma,
curso. ¡Todo parecía alterarse!
Con Alfa logramos adaptar ciertos sensores
destinados al estudio de los pulsares para medir las vibraciones
que emitía Abril. Algo así como escucharla.
El sonido resultante era similar al canto de las ballenas
terrestres, parecía un larguísimo quejido,
de algún modo Abril, tal como yo la conocí,
estaba desapareciendo.
No tenía ya mas atmósfera y
estaba envuelta en una espesa capa sólida de no menos
de 20km de espesor. Entenderán mi asombro cuando
constaté que empezó a tener luz propia, interna,
cambiante. Primero pensé en tormentas eléctricas,
luego en actividad sísmica. Pero los intervalos de
luminosidad que se apreciaban a través de la membrana
no podían ser producidos por ninguno de estos factores.
Esta actividad luminosa (vamos a llamarle
así) llegó a un punto máximo cuando
(no me lo van a creer) el planeta se dividió.
Debajo de la membrana que resulto ser elástica
y no sólida, se definieron claramente dos mitades.
La luz no era más intermitente sino tenue y constante.
Una línea oscura marcaba la división. Los
sensores permitieron confirmar que las dos mitades eran
independientes.
Pasaron dos semanas y las mitades fueron
creciendo, hasta que la actividad luminosa empezó
de nuevo. Primero casi imperceptiblemente, luego con mucha
más fuerza, hasta que por fin las dos mitades se
dividieron a su vez. Estas cuatro partes se volvieron a
dividir solamente una semana después, y las ocho
solamente cuatro días luego. Aquella forma crecía
parabólicamente, y me vi forzado a cambiar el curso
de la Galaxus para no ser atrapado por su enorme masa.
Así permanecí en órbita
38 meses (exactamente 1142 días) desde el momento
en que Abril se dividió por primera vez, hasta que
aquella forma alcanzó un diámetro de 1,2 millones
de kilómetros y cesó de crecer. Su forma era
perfectamente circular y la luz que emanaba de dentro era
tenue y constante.
Anoté cada momento de su crecimiento,
cada uno de sus movimientos, cada segundo de este fenómeno
único con la esperanza de que algún día
toda esta información sería recuperada por
alguien.
La Galaxus apenas flotaba, la había
abandonado a su suerte pese a las constantes quejas de Alfa,
quien finalmente terminó por entender la importancia
de lo que estábamos viviendo.
En el mes 39 luego de la primer división,
la forma comenzó a calentar.
A los 39 meses y 2 semanas su luz interna
se había duplicado en fuerza, pero seguía
constante.
¡A los 39 meses y 3 semanas su luz
era 100 veces mayor!
A los 39 meses y 25 días la membrana
se rajó en mil pedazos y nació Luz.
Parte 5: Epílogo
La bautice Luz, sencillamente porque es lo
único que vi de ella. Al nacer su fuerza nos sacudió
con un impacto tres veces mayor a la de un motor de salto
y de este modo nos arrojo con una velocidad nunca alcanzada
por una nave de reconocimiento hacia el cuadrante de la
Osa mayor. Allí nos encontraron Ustedes, y pese a
las dificultades lograron frenar la Galaxus en su loca carrera.
Nunca olvidaré el momento en que,
después de días de esfuerzos lograron atracar
la Galaxus. La puerta 23 del muelle de embarque se abrió
de par en par, y ustedes, aún con sus cascos puestos,
entraron asustados. ¡Parecían tan bellos! La
Dra. Oliver fue la primera en quitarse el casco, seguramente
conmovida por mis lágrimas que corrían como
una lluvia sobre mi rostro. Recuerdo que no nos dijimos
nada, solo nos abrazamos interminablemente. Fue el primer
ser humano que toqué en 39 años. Cuando por
fin me calmé, y logré explicarles, pudieron
ver con sus propios ojos la fractura en el casco, los cuerpos
tendidos en el sector sellado, encontraron algunas grabaciones
anteriores a mi encuentro con abril, pero prácticamente
todos los registros se perdieron con la terrible descarga
recibida.
Solo tienen mi palabra y la de Alfa, no puedo
definir la ubicación del fenómeno, no puedo
probar lo que sostengo. Y tampoco pretendo que al leer este
informe crean que del amor de un hombre y un planeta nació
un ser nuevo. Un ser que lleva en él mi mensaje cromosómico
y los recuerdos de Abril. No obstante tampoco puedo dejar
de contar lo que realmente viví. Un día Luz
crecerá, y me buscará. Porque está
en la naturaleza de todo ser vivo buscar sus orígenes
pero no puedo afirmar que alguno de nosotros esté
vivo para presenciarlo. Por eso, puse la memoria de Alfa
en la pequeña cápsula que me sirvió
de transporte hacia Abril, de este modo mi mensaje quedará
como una botella arrojada al mar con la esperanza que Luz
siga el curso que tomó la Galaxus al ser despedida.
Ustedes me concedieron la locura de sacrificar la cápsula
como un gesto de bondad hacia un camarada que enloqueció.
Porque estoy consciente que la mayoría piensa eso,
y yo lo pensaría también.
Hay mañanas que, confieso, me despierto
pensando que todo fue un sueño. Que efectivamente
el trauma del accidente, las décadas de soledad me
quitaron la razón. Solo conservo conmigo un misterio
que nadie puede resolver.
El deseo que tengo de vivir.
John Britman
Capitán de la
Galaxus
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