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TuRemanso literario

Planeta Abril

de Cristian Mertens

Parte 1: El descubrimiento


Esa mañana me levante gritando. Fue la pesadilla de siempre. Me senté en la cama, estaba sudoroso y agitado. Pasé mis manos por la cara y el pelo y por un momento no supe dónde estaba. Miré alrededor. Los viejos libros, mi colección de armas, la helada escotilla que daba al vacío, todo estaba en su maldito lugar. Por detrás de las paredes se escuchaba el inconfundible murmuro de los motores a fusión, las pequeñas descargas eléctricas que él modulo principal genera en su movimiento de rotación, los líquidos que hacen zumbar los conductos externos, la inmensa nave seguía inexorablemente su curso por el espacio.
Mierda dije, y saqué los pies de entre las sabanas de un tirón.
Los apoyé sobre el piso frío de plástico. Se supone que es el momento del día para ponerse las zapatillas antiestáticas. Las miré por un momento y las vi viejas, torcidas, manchadas de mil substancias que se me han derramado encima mientras intento hacer que la Galaxus no se venga del todo abajo. Las odié. Me miré los pies y al ver que estaban aún mas viejos, torcidos y manchados decidí por calzarme.

Tenia un gusto amargo en la boca. Miré de nuevo la habitación, los libros, las armas, la escotilla. Podría tener el camarín más grande de la nave, pero me conformaba con este, había libros tendidos por todos lados, recuerdos, cuadros, mapas. Sentía un cosquilleo en mi mano derecha, seguramente habría estado durmiendo sobre ella. Observé por un instante la foto de un niño que está arriba de mi escritorio, no sé quien fue, la encontré por allí. En la foto estaba frente a un bosque. Me dolía la cabeza. Estiré el brazo y tomé el retrato. El niño tenía una mirada triste, los ojos marrones, las pestañas muy pobladas, hasta se notaba el iris de sus ojos muy abierto. Los clamores de mi vejiga me obligaron a levantarme. Me pregunto que estaría pensando él cuando le sacaron la foto.

Mientras orinaba, la computadora central (Alfa) empezó con su verborragia habitual e intentó darme un reporte detallado del estado de la nave.
- El termorregulador 4 volvió a fallar Capitán John. Lo reemplacé por el nro. 6 pero será necesario reparar el 4 por si el 6 falla a su vez, ya sabe que los demás están inoperables
Si, si lo veré luego Alfa lo veré luego, déjame tranquilo un rato ¿sí?
Claro Capitán.
Se calló. La verdad es que no estaba de buen humor pero no quería herir a Alfa, el gigante cibernético resultó ser muy sensible a mis gritos. Bueno, la verdad es nunca estoy de muy buen humor, y creo que ni aún una computadora me aguanta.

En la cubierta de oficiales, todas las sillas estaban vacías alrededor de la gran mesa negra. Apoyé en ella mi café y mis pies y dejé las luces apagadas, apenas me iluminaba el reflejo de los diodos de algunos artefactos. Me dediqué a mirar a través del enorme ventanal de observación. ¡Cuánta desolación y cuánta hermosura hay en el espacio! Siempre me impresionó, pero la infinidad de estrellas que se ve desde este punto de la galaxia es verdaderamente increíble. Millares de puntos perdidos en el cosmos, como perlas que forman una espiral. Todas parecen blancas a primera vista, pero con el detenimiento y la experiencia debida, uno puede distinguir el matiz de colores, las hay naranjas, azules, ocre. Yo llevo mucho tiempo de mirar el infinito.

De pronto, sobre ese tapiz de diminutos puntos brillantes, se presento el planeta. La rotación lenta de la nave permitía verlo ahora desde ese mirador. Poco a poco iba ocupando todo el cielo. Yo no lo había visto de tan cerca aún, fue Alfa quién se encargo de las maniobras de acercamiento mientras yo dormía. Me quedé con la taza de café a medio camino hacia la boca, totalmente absorto en aquella visión.
Es hermoso - creo que debo haber repetido esa exclamación una buena docena de veces, con los ojos y boca grandes abiertos.
El Planeta era color verde claro aunque en algunos lugares tornaba a miel. Tenía ese matiz indefinido de la verdadera belleza. Lo contemplé como quien descubre el rostro de una mujer hermosa por primera vez. Había largas nubes rosas, casi rojas, como labios finos. Más allá una cordillera nevada parecía blancos y perfectos dientes. Creo que hasta veía una mancha oscura, como un lunar, que marcaba una zona del continente. Era cálido, acogedor, no estaba poblado de grandes tormentas y tampoco de grandes desiertos, sino que daba la sensación de ser acariciado por una brisa suave.

Sé que se dirá que estuve solo mucho tiempo en el espacio, algo similar a lo que les pasaba a los marineros de la tierra y luego andaban viendo sirenas por todos lados. Y supongo que si, que algo de eso hay, pero ese planeta tenía algo de mágico y yo me enamoré a primera vista.

Dejé la taza, y arrimé mi pipa a la boca sin prenderla. Mi barba de viejo Capitán ya está teñida por años de tabaco. Quizá me dejo la barba para esconder la enorme cicatriz de mi rostro, pero nada podría esconder las quemaduras y la boca parcialmente destruida por el desastre del Galaxus: hace unos años yo estaba fuera de la nave, reparando un desperfecto en el casco. Los tanques de mezcla para la ignición de los motores de salto explotaron. Las fugas radioactivas, sumadas a las perdidas de gases no dejaron sobrevivientes a bordo. Cuando los mecanismos automáticos de evacuación de aire limpiaron la contaminación luego de 7 horas, Alfa me dejó entrar. Encontré un tendido de cadáveres de amigos, parientes y niños. La explosión se llevó todo, y quedé solo en la nave de 200 pisos. Ayudado por algunos robots puse a todos los cuerpos en una sola sección y luego la sellé al vacío. A todo esto los motores de saltos no funcionan mas y con los de impulsión estaba prácticamente a la deriva en ese cuadrante, del cual no sé nada. No podía volver. Y no estoy seguro de querer seguir.

Muchas veces pensé en la muerte. La soledad me carcomía como las llagas que aparecieron en mi cuerpo luego de la catástrofe. Me estaba pudriendo por fuera y por dentro. Largos recuerdos de batallas y descubrimientos desfilaban por mi mente en estas décadas de soledad.

Me levanté y me acerqué al ventanal. Prendí por fin mi pipa y vi mi propio reflejo en el vidrio.
¿Alfa?
¿Sí Capitán?
¿Que atmósfera tiene?
Desconocido.
Me quedé quieto un segundo, el encendedor prendido sobre el tabaco, pero levanté la vista. Quizá no había escuchado bien.
¿Desconocido? ¿Cómo desconocido?
Si Capitán, la atmósfera es desconocida. No pertenece a ningún registro. No se puede analizar
Largué bocanadas de humo hacia arriba.
¿Cómo puede ser?
No entiendo la pregunta Capitán
¿Cómo puede ser que no sepas que atmósfera tiene?
Lo siento, esa información también la desconozco Capitán.
Tuve un gesto de irritación y dije algo que no puedo repetir acá, pero pensé brevemente que algún circuito de Alfa estaría fallando, no sería tan raro después de todo ya nada funcionaba a bordo. Me di media vuelta y me fui hacia la sala de control a revisar yo mismo los registros. Pero unas horas más tarde, no tenía mas información de la que Alfa me había suministrado. El planeta era tan misterioso como bello. Ningún sensor podía ver su estructura, ni su atmósfera, ni si contenía aquel bien tan preciado: agua. La explosión contaminó dos tercios del agua de la Galaxus, y ya no quedaba nada. En realidad, las lecturas hubiesen sido obsoletas. Sea como sea, el desconocido planeta era el último que podía visitar: no tenía suficiente líquido para enfriar los motores a fusión para un nuevo despegue.

Me dejé caer en el sillón de mando de la sala de control, y miré un largo momento la silueta del planeta que otra vez estaba visible. Me causaba una cierta gracia pensar en eso, pensar que por fin parecía que todo terminaba allí, sin haber sido yo quien lo planee.
Abril, pensé, en honor al otoño de mi mundo natal, te llamaré Abril.

Parte 2: El descenso

John Britman no es un hombre improvisado, no señor. Me llevó varios días acomodar la Galaxus por si no volvía. Registros de vuelo, señal de socorro en fase B (o sea sin sobrevivientes), órbita estacionaria perpetua alrededor de Abril. Si alguien, alguna vez, visita este sector, encontrará la respuesta a lo que le sucedió en esta nave.


Capitán, (me interrumpe Alfa), He revisado los cálculos, y las probabilidades de éxito de su expedición son casi nulas (nada hay mas cómico que una computadora preocupada)
Ya lo sé Alfa, pero no queda otra, no hay mas agua
Capitán, puede esperar a que lo rescaten, hay agua y alimentos suficientes para que viva años. (Largué una carcajada)
Alfa, sabes mucho de estadísticas, pero poco de la vida. (La computadora no contestó, no supo interpretar el sarcasmo)
Las cápsulas de viaje son muy reducidas. Solo entran en ellas un pasajero, y tienen como fin el traslado de la nave madre a los planetas o a otras naves. Similares a aquellos viejos vehículos monoplazas que se usaban para el turismo marino, las cápsulas tienen adelante una gran esfera de vidrio que permite una observación de 180 grados. Infinidad de lucecitas marcaban la frenética actividad de las computadoras e instrumentos de bordo. Luego de ingresar los datos, miré por última vez el puerto de despegue.
Adiós Alfa
Que tenga buen viaje Capitán
Si, claro cuídate
Sabía que el sofisticado equipo no entendería esa última instrucción.

Cerré la escotilla de la cápsula. El aire del puerto de despegue comenzó a ser evacuado. Cuando por fin no quedó nada, la puerta principal de despegue de la Galaxus se abrió al espacio infinito. Lentamente la pequeña nave se asomó al exterior. Pese a los años que llevo en esto, nunca he podido dejar de sentir ese nudo en él estomago, esa mezcla de admiración y temor ante la profundidad del cosmos. La libertad de rotación que tiene la cápsula, sumado a la falta repentina de gravidez, da una sensación muy fuerte de vértigo.

Miré a la Galaxus desde afuera. Es enorme. Con sus puentes, sus 6 reactores cada uno del tamaño de un estadio, tiene forma de una pera invertida, y está pintada de naranja y amarillo como todas la naves de exploración. Pero una enorme mancha negra marca la grieta que dejó la explosión, y como una ciudad desaparecida, había sido el hogar de miles de personas y era ahora el recuerdo de sueños apagados en la noche fría del espacio. Sin duda se quedará allí para siempre.

La cápsula se dirigió sola hacia Abril, descendió muy lentamente por la estratosfera cristalina hasta llegar a la atmósfera. Allí tomé el mando. El acercamiento fue grandioso, volar por las capas superiores de un planeta con atmósfera con una cápsula como ésta es una experiencia sin igual. Muchas cosas extrañas pasaban en aquel lugar, la primera fue que de algún modo el ingreso al planeta no generó calentamiento, Abril parecía aceptar a su visitante. Más que eso, en la medida que el pequeño artefacto avanzó en el cielo aparecían infinitos colores pastel, largas nubes y formas abrían el paso y parecían saludar. (Si definitivamente quedé mucho tiempo sólo en el espacio). Debajo mío había como un mar de neblina muy densa. Los censores no mostraban nada, no captaban nada, estaban totalmente ciegos como los de la Galaxus. No había forma de saber que escondía esa capa espesa de nubes. Por fin, en ese mar de gases encontré una isla, (o lo que sería la punta de una montaña) y aterricé allí, en medio de ese paisaje alucinante. Al tocar la nave el suelo, todos los instrumentos enloquecieron a la vez! Pero fue solo por unos minutos, luego se apagaron al unísono: ya nada mas funcionaba en la cápsula, ya no había forma de volver. La verdad es que eso me importó poco, estaba embriagado con el lugar. El cielo se había puesto color naranja me arrimé a la esfera de vidrio y miré

y yo no sabía la composición del aire, pero no usé un traje. Cosa de locos, ya lo sé, pero lo hice quizá porque no había marcha atrás o quizá porque un sentimiento de confianza me había invadido. Abrí la escotilla manualmente, y una brisa suave rozó mi piel. Era un aroma delicioso y desconocido, algo así como el aroma de una gran cantidad de flores. ¿Quieren saber algo? Sentí placer. Me gustó estar allí, lo disfruté, Probablemente, pensé, ¡todo esto dure poco, pero que delicioso es el momento!.

Al bajar de la cápsula lo menos que pude sentir es pequeñez. El horizonte estaba manchado de colores bellísimos y el sol penetraba dejando cascadas amarillas de luz. Algunos islotes más se veían al horizonte. Sentí la brisa acariciar mi pelo y besar mi mano. Y a pocos metros, estaba aquella densa neblina que cubría el extraño planeta.

Solo me quedaba bajar. ¿Cuál sería la composición de la niebla? ¿Qué habría más allá? Ahora imagínense mi asombro cuando, absorto en todos estos pensamientos, descubro que a pocos metros de la nave había una hoja. Si, sobre el polvo del piso una hoja roja descansaba como si fuese la cosa más banal del mundo.

La tomé y me quedé mucho tiempo mirándola. Tenía la forma de una cruz con la parte de arriba redondeada. Levanté la vista, respiré hondo, pensé en que eso era un símbolo de vida, algo así como una señal o como un visto bueno para seguir.

Y entonces les cuento que aquel viejo Capitán, aquel hombre sucio y cansado que ya no quería vivir, se puso a llorar. Y mientras me sequé las lagrimas con el revés de mi viejo gabán descendí la ladera, y penetré en la espesa niebla, rumbo al más desconocido y hermoso de mis viajes.

 

Parte 3: El interior

Al tocar la espesa niebla está se abrió como una cortina. Debajo provenía una luz tenue, como un color rosa pastel. ¿Qué era? Creo que ya había dejado de intentar entender lo que estaba sucediendo, a decir verdad sólo me interesaba sentirlo.

Me quedé un tiempo así, con la niebla hasta la altura de mi rodilla, observando esa luz suave que provenía de abajo. Me sentía tranquilo.

Entonces me adentré lentamente, e ingresé a un mundo que jamás podré expresar en estas líneas. Solo puedo describir una serie de imágenes, sensaciones y recuerdos. Pero lo que viví va mucho mas allá. Tampoco puedo explicar nada de lo que sucedió y sé que mi relato es inverosímil, pero por Dios, ¡yo estuve allí!

Ante mi se abrió un paisaje alucinante. A lo lejos, delante, un gran mar que moría sobre una playa de arena roja y rocas azules. Mas allá se veía un sol. A mi derecha un valle, verde, repleto de vida. Estaba formado por dos cadenas montañosas, yo estaba parado sobre la cima de una de ellas. En las partes altas no había vegetación, pero todo a lo largo de las cadenas, a partir de cierta altura, crecían lo que parecían ser arbustos. Cuanto más se bajaba, más la vegetación era densa y las plantas grandes, para terminar en un enorme bosque de árboles anaranjados. En el medio del valle, serpenteaba un hilo de agua, que moría en el océano.

Bajé de la cima por un pedrero, y a las pocas horas me encontré con las primeras plantas. El suelo era aún rocoso pero había mas cantidad de tierra. Estaba intentando abrirme camino hacia el río cuando se desató una lluvia.

¿Cómo explicar? ¿Cómo poner en unas palabras? Solo miré alrededor, entiéndame, después de años de tomar agua regenerada, de vivir con aire artificial, estaba parado en un valle, cubierto por nubes y una lluvia caía sobre mí. Abrí mis brazos y miré al cielo, dejé que el agua corriera por mi rostro, parecía lavarme de años de soledad, años de amargura y tristeza. El agua penetraba por entre mi ropa y poco a poco abrazaba todo mi cuerpo.

No paró de llover por mucho tiempo. En Abril no había noches así que me es difícil recordar cuantos días caminé. Admito que no tenía prisa, muchas veces me detuve a oler una flor, morder un fruto, a sentarme y observar. Perdí noción del tiempo y del espacio, sabía que nadie me esperaba pero por otro lado una extraña sensación de paz, de quietud me invadió en aquel valle. Me sentía por favor no se rían me sentía protegido, amado, cuidado. Quizá por eso, quizá sea fantasía mía, pasé por kilómetros de arbustos y no tuve un rasguño, una caída, una cortadura. No hubo flor que no sea bella ni fruto apetecible. Aquel lugar era un canto de gloria a la hermosura y a la vida.

Un día, no sé cuando, llegué al hilo de agua, que resulto ser un torrente bastante importante. El agua era cristalina y muy fría, como la que baja de los glaciares. Bebí un poco, aunque mi sed se encontraba apagada por la lluvia intermitente, y sentí que aquella frescura ahora invadía mi cuerpo.

Decidí seguir aquel curso de agua hacia abajo. De algún modo eso me marcaba un camino. Así llegué hasta los primeros árboles. Grandes hojas amarillas colgaban generosas de sus ramas. Cuanto más descendía, más el bosque era tupido y más los árboles eran grandes. El olor del bosque era agradable pero diferente al de las flores, ya no dulce sino más agrio y penetrante.

Volvió la lluvia a un momento dado, y de lejos se escuchaban los truenos. Yo estaba debajo de unos enormes árboles cuyas hojas en forma de mano tenían el tamaño de una persona. Y sentí cantar a esta altura de nada vale que intenté hacer creer que estoy cuerdo. Pero estoy seguro haber sentido la voz de una mujer cantar. Fue hermoso, le cantaba a la lluvia, cantaba un canto triste y bello, como largas notas que se perdían en el ruido del agua.

Así fue como un día llegué al mar. De pronto, entre dos enormes árboles surgió la playa de arena rosa, hervía de calor. A mi derecha se erguía una roca lisa en forma de dedo, las olas lamían la arena y se retiraban, dejando tras ellas esponjas de espuma.

Jamás había soñado un lugar tan bello. A esa profundidad la capa de niebla que circuncidaba Abril parecía color turquesa, y el agua era verde. El sol encandilaba entre nubes y su calor abrazaba mi piel.

Me desnudé. Rápida y torpemente. Me paré cerca del agua en la playa. Los pies descalzos se hundían en la arena. El viento acariciaba mi pelo y besaba mi mano. Cerré los ojos. Creo que no tenía miedo. Entonces la primer ola rozó mi piel. Luego fue otra, y otra y otra. El mar parecía arrimarse porque cada vez el agua me llegaba más alto, nunca sentí peligro alguno en todo eso, sino más bien una gran alegría me invadía, cada vez más. De pronto una ola se quebró sobre mi cuerpo, acarició mi pecho, mi vientre y mis muslos. Al poco tiempo el agua me había llegado hasta el cuello.

Nunca tuve la impresión de ahogarme, aunque no me moví y el mar literalmente me trago. ¿Saben que sentí? Me sentí en casa. Sentí que después de tantos y tantos viajes por fin estaba en mi hogar. Sentí que penetrar en el mar me convertía en mar a mí mismo, y el mar se convertía en mí. El agua salada atravesó la membrana de mi piel y se mezcló con mi sangre, con mi saliva, con mi semen y en lágrimas. Mis cromosomas se convirtieron en mar, en espuma, en roca, en arena, en viento y sol, por un instante, no fuimos dos seres separados, fuimos una sola cosa.

No sé cuanto permanecí allí, no sé lo que pasó, no se nada. Solo recuerdo la tormenta, el ímpetu y la agitación del agua, recuerdo por último la gran ola que me arrojó sobre la playa. Solo que un tiempo después, como un náufrago, desperté, el sol parecía observarme curioso.

Me senté y observe el mar. Se había retirado un centenar de metros. Me sonreí, ¡por Dios! Seré sincero: ¡Le sonreí! Encontré mi ropa desparramada, me vestí y regresé.

Al ir subiendo por el mismo camino hacía mi nave, me di cuenta que mis llagas habían desaparecido, tanto por fuera, como por dentro.

 

Parte 4: el nacimiento

¿Porque volví a la nave? No lo sé, algo me susurraba dulcemente que debía abandonar el planeta. Pero yo ya no era el mismo, estaba vestido de fuerza, de vigor, de salud. De pronto amé la vida, sé que cuando desperté en la playa tuve una conciencia diferente. De algún modo ese despertar fue EL despertar que necesitaba de mi pesadilla.

Aunque las posibilidades eran mínimas decidí dedicar mi tiempo a intentar un viaje de retorno, me sentía el piloto del desierto del cuento de Saint Exuperí. Con la ayuda de Alfa (que sea dicho de paso a veces hacia preguntas parecidas a las del principito) emprendí un plan de reestructuración de fuerzas de torsión, ahorro de energía. Estudié la posibilidad de retirar agua de Abril, pero era muy difícil lograrlo y confieso que la idea tampoco me gustaba demasiado.

Todo eso me mantuvo ocupado pero dedicaba mis largas noches solitarias a mirar a Abril.

Muchos meses después, descubrí algo increíble. Abril estaba cambiando. Los sensores mostraban claramente que la capa externa gaseosa se había solidificado. Como seguía siendo permeable a la mayoría de los rastreos que intentaba hacerle, era poca la información que podía recabar. No obstante era obvio que el planeta estaba sufriendo grandes cambios: temperatura, masa, forma, curso. ¡Todo parecía alterarse!

Con Alfa logramos adaptar ciertos sensores destinados al estudio de los pulsares para medir las vibraciones que emitía Abril. Algo así como escucharla. El sonido resultante era similar al canto de las ballenas terrestres, parecía un larguísimo quejido, de algún modo Abril, tal como yo la conocí, estaba desapareciendo.

No tenía ya mas atmósfera y estaba envuelta en una espesa capa sólida de no menos de 20km de espesor. Entenderán mi asombro cuando constaté que empezó a tener luz propia, interna, cambiante. Primero pensé en tormentas eléctricas, luego en actividad sísmica. Pero los intervalos de luminosidad que se apreciaban a través de la membrana no podían ser producidos por ninguno de estos factores.

Esta actividad luminosa (vamos a llamarle así) llegó a un punto máximo cuando (no me lo van a creer) el planeta se dividió.

Debajo de la membrana que resulto ser elástica y no sólida, se definieron claramente dos mitades. La luz no era más intermitente sino tenue y constante. Una línea oscura marcaba la división. Los sensores permitieron confirmar que las dos mitades eran independientes.

Pasaron dos semanas y las mitades fueron creciendo, hasta que la actividad luminosa empezó de nuevo. Primero casi imperceptiblemente, luego con mucha más fuerza, hasta que por fin las dos mitades se dividieron a su vez. Estas cuatro partes se volvieron a dividir solamente una semana después, y las ocho solamente cuatro días luego. Aquella forma crecía parabólicamente, y me vi forzado a cambiar el curso de la Galaxus para no ser atrapado por su enorme masa.

Así permanecí en órbita 38 meses (exactamente 1142 días) desde el momento en que Abril se dividió por primera vez, hasta que aquella forma alcanzó un diámetro de 1,2 millones de kilómetros y cesó de crecer. Su forma era perfectamente circular y la luz que emanaba de dentro era tenue y constante.

Anoté cada momento de su crecimiento, cada uno de sus movimientos, cada segundo de este fenómeno único con la esperanza de que algún día toda esta información sería recuperada por alguien.

La Galaxus apenas flotaba, la había abandonado a su suerte pese a las constantes quejas de Alfa, quien finalmente terminó por entender la importancia de lo que estábamos viviendo.

En el mes 39 luego de la primer división, la forma comenzó a calentar.

A los 39 meses y 2 semanas su luz interna se había duplicado en fuerza, pero seguía constante.

¡A los 39 meses y 3 semanas su luz era 100 veces mayor!

A los 39 meses y 25 días la membrana se rajó en mil pedazos y nació Luz.

Parte 5: Epílogo

La bautice Luz, sencillamente porque es lo único que vi de ella. Al nacer su fuerza nos sacudió con un impacto tres veces mayor a la de un motor de salto y de este modo nos arrojo con una velocidad nunca alcanzada por una nave de reconocimiento hacia el cuadrante de la Osa mayor. Allí nos encontraron Ustedes, y pese a las dificultades lograron frenar la Galaxus en su loca carrera.

Nunca olvidaré el momento en que, después de días de esfuerzos lograron atracar la Galaxus. La puerta 23 del muelle de embarque se abrió de par en par, y ustedes, aún con sus cascos puestos, entraron asustados. ¡Parecían tan bellos! La Dra. Oliver fue la primera en quitarse el casco, seguramente conmovida por mis lágrimas que corrían como una lluvia sobre mi rostro. Recuerdo que no nos dijimos nada, solo nos abrazamos interminablemente. Fue el primer ser humano que toqué en 39 años. Cuando por fin me calmé, y logré explicarles, pudieron ver con sus propios ojos la fractura en el casco, los cuerpos tendidos en el sector sellado, encontraron algunas grabaciones anteriores a mi encuentro con abril, pero prácticamente todos los registros se perdieron con la terrible descarga recibida.

Solo tienen mi palabra y la de Alfa, no puedo definir la ubicación del fenómeno, no puedo probar lo que sostengo. Y tampoco pretendo que al leer este informe crean que del amor de un hombre y un planeta nació un ser nuevo. Un ser que lleva en él mi mensaje cromosómico y los recuerdos de Abril. No obstante tampoco puedo dejar de contar lo que realmente viví. Un día Luz crecerá, y me buscará. Porque está en la naturaleza de todo ser vivo buscar sus orígenes pero no puedo afirmar que alguno de nosotros esté vivo para presenciarlo. Por eso, puse la memoria de Alfa en la pequeña cápsula que me sirvió de transporte hacia Abril, de este modo mi mensaje quedará como una botella arrojada al mar con la esperanza que Luz siga el curso que tomó la Galaxus al ser despedida. Ustedes me concedieron la locura de sacrificar la cápsula como un gesto de bondad hacia un camarada que enloqueció. Porque estoy consciente que la mayoría piensa eso, y yo lo pensaría también.

Hay mañanas que, confieso, me despierto pensando que todo fue un sueño. Que efectivamente el trauma del accidente, las décadas de soledad me quitaron la razón. Solo conservo conmigo un misterio que nadie puede resolver.

El deseo que tengo de vivir.

John Britman

Capitán de la Galaxus

 

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