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Las ruinas circulares
Jorge Luis Borges
(De El jardín de senderos que se bifurcan, 1941)
Nadie lo vio desembarcar en la unánime
noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose
en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie
ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y
que su patria era una de las infinitas aldeas que están
aguas arriba, en el flanco violento de la montaña,
donde el idioma zend no está contaminado de griego
y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre
gris besó el fango, repechó la ribera sin
apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le
dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado,
hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo
de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora
el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron
los incendios antiguos, que la selva palúdica ha
profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El
forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó
el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas
habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos
y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación
de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar
que requería su invencible propósito; sabía
que los árboles incesantes no habían logrado
estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo
propicio, también de dioses incendiados y muertos;
sabía que su inmediata obligación era el sueño.
Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable
de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos
y un cántaro le advirtieron que los hombres de la
región habían espiado con respeto su sueño
y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintióel
frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada
un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque
sõ sobrenatural. Quería soñar un hombre:
quería soñarlo con integridad minuciosa e
imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había
agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera
preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida
anterior, no habría acertado a responder. Le convenía
el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo
de mundo visible; la cercanía de los leñadores
también, porque éstos se encargaban de subvenir
a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su
tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado
a la única tarea de dormir y soñar. Al principio,
los sueños eran caóticos; poco después,
fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se
soñaba en el centro de un anfiteatro circular que
era de algún modo el templo incendiado: nubes de
alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los
últimos pendían a muchos siglos de distancia
y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El
hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía,
de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y¥ procuraban
responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia
de aquel examen, que redimirõa a uno de ellos de
su condición de vana apariencia y lo interpolaría
en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la
vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no
se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas
perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma
que mereciera participar en el universo. A las nueve o diez
noches comprendió con alguna amargura que nada podía
esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad
su doctrina y si de aquellos que arriesgaban, a veces, una
contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos
de amor y de bueno afecto, no podían ascender a individuos;
los últimos preexistían un poco más.
Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias
del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en
el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio
ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho
taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados
que repetían los de su soñador. No lo desconcertó
por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos;
su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares,
pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe
sobrevino. El hombre, un día, emergió del
sueño como de un desierto viscoso, miró la
vana luz de la tarde que al pronto confundió con
la aurora y comprendió que no había soñado.
Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez
del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar
la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta
unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente
de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar
el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras
de exhortación, éste se deformó, se
borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas
de ira le quemaban los viejos ojos. Comprendió que
el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa
de que se componen los sueños es el más arduo
que puede acometer un varón, aunque penetre todos
los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más
arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento
sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable.
Juró olvidar la enorme alucinación que lo
había desviado al principio y buscó otro método
de trabajo Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a
la reposición de las fuerzas que había malgastado
el delirio. Abandonó toda premeditación de
soñar y casi acto continuo logró dormir un
trecho razonable del día. Las raras veces que soñó
durante ese período, no reparó en los sueños.
Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la
luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó
en las aguas del río, adoró los dioses planetarios,
pronunció las sílabas lícitas de un
nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó
con un corazón que latía. Lo soñó
activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño
cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano
aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó,
durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía
con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo,
a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía,
lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos.
La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el
índice y luego todo el corazón, desde afuera
y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó
durante una noche: luego retomó el corazón,
invocó el nombre de un planeta y emprendió
la visión de otro de los órganos principales.
Antes de un año llegó al esqueleto, a los
párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea
más difícil. Soñó un hombre
íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba
ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche,
el hombre lo soñaba dormido. En las cosmogonías
gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán
que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y
elemental como ese Adán de polvo era el Adán
de sueño que las noches del mago habían fabricado.
Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra,
pero se arrepintió. (Más le hubiera valido
destruirla.) Agotados los votos a los númenes de
la tierra y del río, se arrojó a los pies
de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro,
e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo,
soñó con la estatua. La soñó
viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre
y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también
un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios
le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en
ese templo circular (y en otros iguales) le habían
rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría
al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas,
excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran
un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez
instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo
despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo,
para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto.
En el sueño del hombre que soñaba, el soñado
se despertó. El mago ejecutó esas órdenes.
Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos
años) a descubrirle los arcanos del universo y del
culto del fuego. íntimamente, le dolía apartarse
de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica,
dilataba cada días las horas dedicadas al sueño.
También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente.
A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo
eso había acontecido. . . En general, sus días
eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré
con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado
me espera y no existirá si no voy. Gradualmente,
lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó
que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba
la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos
análogos, cada vez más audaces. Comprendió
con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer
y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera
vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban
río abajo, a muchas leguas de inextricable selva
y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que
era un fantasma, para que se creyera un hombre como los
otros) le infundió el olvido total de sus años
de aprendizaje. Su victoria y su paz quedaron empañadas
de hastío. En los crepúsculos de la tarde
y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal
vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos
ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche
no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los
hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos
y formas del universo: el hijo ausente se nutría
de esas disminuciones de su alma. El propósito de
su vida estaba colmado; el hombre persistió en una
suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos
narradores de su historia prefieren computar en años
y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche:
no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico
en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no
quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras
del dios. Recordó que de todas las criaturas que
componen el orbe, el fuego era la única que sabía
que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al
principio, acabó por atormentarlo. Temió que
su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera
de algún modo su condición de mero simulacro.
No ser un hombre, ser la proyección del sueño
de otro hombre ¡qué humillación incomparable,
qué vértigo! A todo padre le interesan los
hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión
o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir
de aquel hijo, pensado entraña por entraña
y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas. El término
de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos
signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una
remota nube en un cerro, liviana como un pájaro;
luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color
rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas
que herrumbraron el metal de las noches, después
la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió
lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario
del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un
alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los
muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó
refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que
la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo
de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego.
Éstos no mordieron su carne, Estos lo acariciaron
y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio,
con humillación, con terror, comprendió que
él también era una apariencia, que otro estaba
soñándolo.
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