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A mi mujer
de: Demián
Quizás no percibas, por ser tu misma
de aquella clase, cuanta filosofía hay en las idiosincracias
femeninas, cuantos rituales incomprensibles, cuantas cadencias.
Estás compuesta de agua, tal y como enunciaba Tales
que no pensaba en nadie más que en tí misma...
con tus ojos dulces enjugados en lagrimas de cristal a punto
de brindarme un suspiro... a mi, simple mortal polvoriento.
Tu eres toda manantial, rio turbulento. Flujo y reflujo.
Cambiante fuego de Heráclito e inmutable ser de Parménides.
Si Platón se hubiera detenido en el eco de tu risa,
qué distinta hubiera sido su percepción del
Bien. Quizás Aristóteles al dejar de observar
la manera en que te pintas las uñas elaboró
una teoría acerca de la materia y la forma que concierne
tan poco a una realidad de ideas perfectas e inmutables.
Si Locke hubiera contemplado el baile de tus manos en el
éter despreocupado de tu aliento, o lo que es más
hechizante aun, en el mío... habría desistido
de su teoría empírica, porque no hay experiencia
que conciba el sortilegio de tus dedos recorriendo mi espalda.
Si los filósofos hubieran sabido apreciar aquella
tersura estudiada de tu piel, y los pases mágicos
que convierten tus cabellos en cascadas perfumadas... todo
sería peculiar. Pero no lo hicieron. èPor
qué ningún filosofo se demoró en tu
mueca de berrinche, en las curvas de tu ser perfecto, en
tus caricias autoactibables...? Ninguno estudio cómo
esa potencia de madre se transforma en acto ante cada caída
mía, ante cada duda, ante cada sentirme incomprendido.
Si hubieran escrito de tu dulzura y tu llanto que se enciende
según medida y se apaga según medida... pero
una medida indescifrable para mí, pequeño
mortal que gime y espera a la sombra de tu halo transparente.
Si hubieran reflexionado sobre tu timidez y tus reclamos..
quizás hoy podría no enfadarme tanto. Pero
que sabia que es la vida, pequeña tortolita mia.
Que perdido entre tus besos ya no dudo de nada y enredado
en tu vientre ya no puedo enojarme; porque son tus lagrimas
mi desconsuelo y tus sonrisas mi alegría. Ay dulce
princesa, en tus reproches me rebelo... el tiempo que tardas
en robarme el aliento... después, ya no más.
Tuyo
Quien te ama
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