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Amor imposible
de Jordi Gonzalez
Querida Verónica:
Eres tú un regalo de Dios. Eres un
capricho de la Naturaleza, que en un momento de afectación
quiso verse envuelta en su propia gloria y en su máximo
esplendor, realizada en ti. Eres la síntesis de todas
las virtudes que un mortal puede poseer. Eres como una fragante
y fresca rosa, que perfuma todo el aire que la rodea con
sólo insinuar su presencia. Eres un ángel
sin alas, un ser casi delicado, pero tan cálidamente
real, con la gracia del viento entre las flores, con la
serenidad de un cielo de verano, con la majestuosidad de
una noche estrellada, la belleza de un sol que se levanta,
la delicadeza de un lirio, la elegancia de un cisne, la
blandura de una partícula de algodón y la
sencilla libertad de una gaviota en la brisa.
Es tu voz melodía, hechizante que
tranquiliza a las fieras y que mueve montañas. Es
tu lengua fiel, reflejo de una alma grande, inmensamente
noble, digna poseedora de una mente tan clara, tan amplia,
sin horizontes ni fronteras. Es tu razón poderosa,
como la verdad misma, pues, sin herir, tranquilizas tormentas
y reconcilias enemigos. Es éste tu mayor encanto,
y es lo que te hace superior, inmensamente mejor que el
resto de los mortales, aunque tu modestia inútilmente
trate de ocultarlo. Es tu pelo de miel que hecha brisa,
tu piel es suave como la seda más fina.
Y tu mirada... tu mirada es dulce y cautivadora;
es hechizante, como el agua de la montaña, pura y
fresca. El sol es la sombra de tus ojos, la luna, la estela
de tu mirada. Y tu risa, en ella se enlaza la belleza del
canto de las aves y la fascinación de un alma soñadora.
Todo aparato de este mundo descolora de vergüenza a
tu lado. Eres como la fragancia que trae el viento, que,
aunque no viene de nosotros, jubila nuestros sentidos y
hace nuestras vidas más agradables. Eres una prueba
de la existencia de Dios y, a la vez, una muestra de su
grandeza, pues sólo Dios puede hacer algo tan sencillamente
maravilloso, tan perfecto y tan bello. ¡Tan bello!...
Eres como una estrella fugaz que cruza el
cielo y lo ilumina, fugaz e inapreciada. Porque nunca nadie
podrá apreciarte por completo. Pero aún sabiendo
que siempre serás para mí una estrella lejana
y fascinante, y aceptando que nunca podré más
que mirar la montaña desde la llanura, aprecio más
que nadie tu inagotable belleza y tu serena forma de ser,
y sobre todo, esa gran paz y alegría que siento junto
a ti y que transcienden los límites de lo material.
Soy tu esclavo. Siempre lo he sido y lo
seguiré siendo hasta el último de mis días.
Me tienes a tus pies. Siempre encontrarás en mí
la mano abierta de un amigo, y la dulce y tormentosa agonía
de un corazón rendido, eternamente enamorado.
Te quiero de todo corazón.
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