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Carta de amor y despedida
de Diego
"Nadie comprendía
el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.
Mis caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.
Entre yesos y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué, para darte, por mi pecho
las letras de marfil que dicen siempre,
siempre, siempre: jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de tus venas en mi boca,
tu boca ya sin luz para mi muerte".
Federico García
Lorca,
Gacela del amor imprevisto.
Amada, sé que ninguna de las palabras
que iré poniendo en esta carta bastarán para
arrancarte este dolor. Pero permitime que me acerque a vos
desde la sinceridad de las mismas: en ellas trataré
de que este adiós no te deje tan llena de dudas.
Sé lo hermoso que ha sido nuestro amor, sé
que despoblarás los días al irte de mi vida,
sé que me quedaré con el alma hecha trizas.
Pero entenderás que nací en el mundo de manera
diferente, puesto a perseguir una lejana esperanza que acaso
sólo sea una utopía, inalcanzable como tal.
Ahora te veré atando cabos, relacionando cosas que
te dije con estas que te digo ahora. Querrás acaparar
en tu desdicha la razón de nuestra separación,
y no podrás hallarle sentido a lo que te digo: nos
separa el infinito, nos separa el amor.
No estoy huyendo de los compromisos, pero
en cierta forma no estoy de acuerdo en ceñir los
sentimientos en esas formas más elaboradas de la
prisión que son las relaciones formales. No necesito
para amarte que te sepas mi novia, o mi esposa. No me veo
yo en esos roles porque la maldición de sentirme
un espíritu libre me conduce inevitablemente a la
soledad. Lo sé, tercamente voy hacia lo desconocido,
y llevo conmigo un corazón que se enamoró
de vos y no te olvidará. Pero tus expectativas, amada,
son tales, que ya me veo no cumpliéndolas. Una torre
de promesas querrás alzar para que no me vaya, y
no podrás retenerme porque es mi muerte la que tira
de mí. Apenas me deja en paz unas horas, me lleno
de sueños imposibles y me imagino en esa casa soñada
siendo el papá de tus hijos. Pero regresa, regresa
con la angustia y con los azotes de la sobriedad. Las tormentas
de mi corazón van a dar contra la serenidad de sus
murallas y mi marea se tranquiliza. Salgo del tiempo y veo
que nada tendrá sentido si no obedezco a ese llamado,
esa voz que me quiere libre, libre de vos y libre de mí.
Me sueño águila sostenida
en el aire por los ojos del día. Me sueño
delfín en los mares añiles que ningún
barco acarició con estelas de espuma y sacudones
de proa. Me sueño mariposa transparente en un jardín
que se sosiega al crepúsculo mientras se muere un
poeta o un valiente. Me sueño en una galaxia remota,
con estrellas proféticas anudando mis arterias a
esos destinos colosales que uno asociaría con la
palabra eternidad. Me sueño lágrima y puente,
hombre de alas y hombre de besos, me siento latido rugido
entrega risa torbellino mundo. Hay días en que me
decías que andaba muy callado, y es porque mi único
amo, que es el silencio, tenía sus dedos en mi garganta
y hacía huecos en mi ventrículo izquierdo,
desde el cual una ventana y un hilo carmesí hacían
tirabuzón en mi estrella del oriente. Ahora mismo
sé que pensarás que deliro, y sin embargo,
lo que acabo de decirte es perfectamente comprensible en
el lenguaje que habitualmente manejo con los míos.
No. No cometás ese error: no te incluyo entre los
míos, y no es porque no te ame, dulzura mía,
es porque me refiero a aquellos que están ligados
a la verificación de ese destino de libertad del
que te hablaba. Vos estás en otra vereda, otro sendero,
tus pies de tierra caminan con alborozo los caminos de la
tierra, tu belleza luminosa se estremece con la simple alborada,
tus manos trabajan el mundo y lo hacen y deshacen sin mayores
complicaciones. Nosotros somos como habitantes forasteros,
estamos de paso, ninguna casa es la nuestra, ningún
árbol nos pertenece, sólo nos cobija el sol
y nos consuela la luna, no dejamos huellas porque no somos
del tiempo, nuestra patria se extinguió hace milenios,
somos errantes y nuestra sangre lleva lava y diamantes,
lleva corales, lleva martirios, lleva una venganza que sólo
sostenemos como meta trivial para seguir andando, lleva
un sueño a cumplir allí donde se rasga el
velo del mundo.
Ayer trataba de explicarte un poco cómo
era todo esto. Pero noté que se opacaba tu mirada
y preferías entretenerte en hacer palomitas de papel
con las servilletas. Me dolió pero lo sabía:
un día llegaría el día de seguir sin
vos. A tu lado fui tan feliz que si pienso en ello, se debilita
la voluntad que tendrá que alejarte, y demoraré
indefinidamente algo que tarde o temprano sucederá,
insistiendo en herirnos y haciendo todo mucho más
difícil. No me enamoré de otra mujer, aunque
no sería raro en mí dado mi ánimo soñador
y mi ocurrente lujuria. Simplemente te dejo porque me siento
un guerrero. Mi abuelo (que no es mi abuelo, es mi guía
y se llama Zacarías, no se llama Alberto) diría
que estoy hablando de más, y tendría razón.
Un guerrero no se enreda en tantas explicaciones, eso significa
que intento vivir como guerrero y mientras tanto, cierta
humanidad que en el fondo es debilidad, me lleva a realizarte
alguna que otra confesión. Dirás que soy despiadado:
yo me enorgullecería de ello, aunque no concibas
lo que te digo. Y al hacerte daño, reviso mis valores
y reflexiono seriamente si quiero seguir en este camino.
Y sí, me respondo que sí. Que sí. Seguiré
porque acaso no tengamos nada más noble que obedecer
el grito del destino, esa inasible fuerza que a veces, como
vocación, nos lleva de un lado para el otro.
Creemos en el desapego. No significa que
siempre lo podamos ejercer con ligereza. Más bien
nuestro desapego está hecho de cierta costumbre que
tenemos de despedirnos de todo en todo momento. Eso le da
un relieve insospechado al presente, pero su precio es la
ruptura que no se detiene de todos los atavismos que mal
que bien, y como seres humanos, nos dan seguridad. Hay un
saboteador en nuestra sangre que continuamente malogra nuestra
dicha con su sermón: todo pasará. Y esa misma
frase viene en nuestro auxilio cuando un dolor nos ha despedazado:
también pasará este dolor. A la luz de esta
inobjetable verdad, disfrutamos de todo con la máxima
intensidad, pues lo sabemos todo pasajero. Ahora veo pasar
nuestros días felices, nuestros besos, nuestras confidencias,
tus pechos que parecían hechos para caber en mis
manos y en mi boca, la caricia de tus ojos de almendra puestos
en los míos y amándome sin saber que un día
te dejaría así, sin argumentos que podás
considerar de peso, dejando en el abrazo donde antes entraba
yo, un espacio sin aire, sin fuego, un recuerdo que ni siquiera
quiere insistir en quedarse con vos.
Amada mía, acaso me sigás
viendo de vez en cuando. No busqués en mí
a ése que te amó hasta hoy. Acongojado y lleno
de contradicciones, he acabado hoy con él. He quemado
tus cartas de amor, no usaré la ropa que me regalaste,
el osito Gastón se lo di a mi hermana, ya no hay
fotos nuestras. Lo que fuimos cuatro años ya es sólo
un largo sueño maravilloso. Exigencias brutales me
sacan de tu lado, algo así como el arte de quedarse
liviano significa dejarte, quedar desprovisto de la costumbre
de verte, de que estés en tu casa o en tu cama para
mí. Permitíte el perdón, no me odiés
porque yo no dejaré de amarte jamás. El guerrero
se lleva a su siempre todo lo que adoró en la vida,
no lo lleva como equipaje o accesorios, lo lleva en su constitución
etérea: el guerrero deja el mundo pero está
hecho de sus afectos, su tristeza, su voluntad, su hidalguía.
Amor de mi vida, en mi sangre estás ahora, nadie
usurpará ese sitio, quiero que seas feliz, muy feliz,
sin mí.
Tuyo, pero libre, te ama
Diego
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