Drácula o la fábula del hombre tóxico

El domingo  fuimos con mi marido y unos amigos a ver “Drácula, una historia de pasión y muerte” una excelente producción (coreografía incluida)  a cargo de otra amiga, Manu Vega.

La historia me hizo reflexionar sobre la condición humana. Qué hacemos para contrarrestar los efectos del odio en nuestro entorno. Emociones como el apego, la envidia, los celos, la venganza, sólo generan violencia y dolor. Emociones negativas que se perpetuan y van contaminando todo a su  alrededor.

¿Se fijaron? Hay muchos Dráculas dando vuelta, no usan colmillos, mucho menos son condes… pero infectan el alma y el corazón de quienes se dejan envolver por sus dichos. La crítica, la envidia, el egoísmo se van apoderando de su vida, hasta que terminan por opacarla, quitándoles la capacidad de disfrutar de las pequeñas cosas, arrebatándoles el disfrute por los logros del otro, la calidez del amor, la serenidad del sentirse contenido por el Universo. Nada, no les queda nada. Sólo su odio, que crepita como un vacío en medio del pecho.

¿Se fijaron? Son gente triste, solitaria, que sólo se reúnen o conviven con otros como ellos. Son gente que sufre por las elecciones que ellos mismos han hecho.

La indiferencia, la crítica, cada gesto de envidia o egoísmo, son pequeños actos que nos van deconstruyendo, van restando partículas de luz a nuestro ser. Si no podemos frenarnos a tiempo, estaremos perdidos, condenados a vagar para siempre en la oscuridad del odio, alejados de todo lo que solíamos amar. Pero, como dice una vieja enseñanza, nada hay más poderoso que la voluntad humana. Siempre hay esperanza para el alma que se manifiesta como luz; y donde hay luz hay amor.

¿Cuánto de Drácula tenemos?

Urge detenernos a observarnos y tener siempre presente nuestro “medidor de luz”:

“Aquel en cuyo corazón Dios se ha manifestado trae paz, alegría y deleite donde quiera que va.”

Decires de aquí y de allí

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