4. No me diga… qué interesante

El cuarto era espacioso y un tanto minimalista. La madre llegó a la consulta 10 minutos antes y se quedó en silencio observando a su hijo jugar con una pila de revistas. Todavía trataba de dilucidar lo que le había comentado con tanta naturalidad esa mañana ¿Cómo puede un niño de 10 años inventar una historia semejante?  Ella debía haber sido una mala madre… no estaba segura si todo el asunto se había desencadenado hace algunas semanas, cuando el pequeño presenció una fea discusión entre ella y su suegra; quizás la maestra lo había regañado; o quizás simplemente se sentía triste o quería llamar la atención. Cualquiera sea la causa de semejante conducta mejor era estar prevenidos frente a consecuencias desagradables; ella no quería que su hijo fuera un delincuente, un estafador o un loco.

Lo miró detenidamente: parecía tan normal jugando con esas revistas… ¿qué estaba haciendo? fabricando cosas… ¿qué será aquello, un camino o un tren?

La secretaria la llamó.

La habitación era luminosa pero fría, no tenía nada en las paredes, a excepción de un cuadro con el diploma otorgado por la Universidad de Buenos Aires. El hombre era joven, pero medido, hablaba pausado y su cara no denotaba ninguna emoción.

Se saludaron y la mujer procedió a explicarle cuál era la urgencia. Su hijo afirmaba que tenía un agujero adentro de su cuerpo, más precisamente en medio de sus pulmones.  Estaba convencido que a través de esa abertura se entraba a una casa, que en la casa había una familia que subsistía con el aire que él respiraba.

La mujer parecía estar conmocionada por los comentarios del hijo, creía que podía ser un principio de brote psicótico y que iba a terminar lastimando gente confundiéndola con los monstruos de sus sueños.

-Estoy desesperada Rodolfo!! – sollozó – no se que hacer con Felipe.

-Tranquilícese, estos estados tiene un proceso y si lo detectamos a tiempo son un poco más manejables. Déjeme hablar con él – dijo suavemente, mientras pensaba que quizás de acá a un par de años el pibe iba a terminar como su hermano: consumiendo halopidol y fabulando novias entre toma y toma.

La madre se mudó a la sala de espera.

Felipe entró a la habitación, saludó cordialmente al psicólogo y se sentó de rodillas en el sillón frente a él.

Rodolfo lo examinó minuciosamente mientras hablaba, el niño había crecido desde la última consulta, tenía el pelo menos rubio y los ojos más cansados.

Lo escuchó sin apuro.

Había mucho de pensamiento mágico en aquel relato, mucho de deseo reprimido -propio de la etapa posterior al complejo de Edipo-; era claro que la gente dentro de sus pulmones representaba a su madre y a él mismo; aquel hombre que había muerto cuando Felipe nadaba en la piscina del colegio, era en realidad su padre. Era obvio que se sentía culpable (creía que el sujeto aquel había muerto porque él había contenido la respiración demasiado tiempo) por “matar” a su propio padre y se le ocurrían formas de compensar de lo más extrañas: dejar de practicar natación, negarse a jugar a mantener la respiración.

“Uno tiene responsabilidades que la gente no entiende”, le había dicho al psicólogo.

Estaba muy claro, el chico había sustituído el rol paterno. Clara predominancia del Super Yo, producto de un Ello poderoso. El niño era el padre que protegía y aplicaba la ley.

“La mamá y el nene me hablan a través de unas venas que hay en ese espacio del pulmón, son como cables… lo que dicen me rebota en la cabeza” Alucinaciones auditivas, racionalizadas

“Al nene no le gustan los zapallitos, pero yo le digo que tiene que comer verdura porque sino se va a quedar chiquito” Desplazamiento.

“No le había comentado antes a mamá para no preocuparla, se que suena un muy loco” Atisbo de conciencia de realidad, aún hay esperanzas.

Rodolfo llegó a la conclusión de que el niño estaba siendo sobreexigido por responsabilidades y actividades extraescolares (rugby, inglés, natación, alemán, canto y artes marciales). Felipe también está viviendo un proceso de duelo debido a una reciente mudanza (se había visto alejado de sus amigos de siempre y estaba recurriendo a amigos imaginarios), estaba atravesando una resolución tardía del complejo de Edipo y entrando en la pre-pubertad, con todo lo que ello significa.

La tendencia culposa de la madre no ayudaba mucho, el no haber querido que naciera hace 10 años es algo que aún no ha podido elaborar, traer al chico a la terapia es una forma de querer demostrar a su terapeuta que ella se preocupaba, que no lo rechazaba, que quería lo mejor para él, a pesar de todo. Sin embargo, las conductas de reemplazo se manifiestan en proporciones exageradas, y eso no es bueno para el chico, ni para nadie.

Rodolfo se quedó un segundo mirando por sobre el sillón, tratando de refrescar la mente a través de la ventana de su despacho. Saludó a Felipe, con una palmadita en la cabeza, pidió una taza de café a su secretaria y volvió a reunirse con la madre.

– Mónica, quedese tranquila. Le sugiero un par de sesiones individuales semanales para evaluarlo en profundidad, también necesitaríamos algunas sesiones familiares y una interconsulta con un psiquiatra. Quiero llegar al fondo de este asunto,  quizás halla que medicar.

* * * * * * * * * *

-¿Qué es lo que pasó allá afuera? ¿Nos van a matar mamá?

-No lo sé hijo… esta gente parece carecer de piedad… hay que esperar. Pero no hables fuerte, no preocupes a Felipe, ya tiene suficientes problemas y ha sido siempre muy bueno con nosotros.

– ¿Y cómo es morir mamá?

Decires de aquí y de allí

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2 comentarios, y contando... → “4. No me diga… qué interesante”

  1. Marcela N Mendez 7 años hace  

    Excelente relato Cintia!!!! me dejó más que pensando…La realidad y la imaginación… la mente humana inconmensurable. Impresionante…

  2. Cintia Vanesa Días 7 años hace  

    Gracias Marcela! Los puntos de vista siempre nos recuerdan que vivimos entre pares de opuestos. La Verdad… bueno, la verdad absoluta pertenece al mundo de las ideas.

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