Historias de la patria: Don Buena

By: Rogelio Diaz Costa

Nació en un valle silencioso, encerrado entre máscaras ocres buriladas por el viento y el sol; de quebradas policromas atadas en el collar del río pintarrajeadas con algas y musgos.

Cuentos de brujerías y relatos de aventuras fueron su canción de cuna. Dorados potreros, trajín de “alza y trilla”, molinos de rodezno, novena de caja y copla, fueron sus juegos infantiles. Albas de silueta, siesta de duendes, crepúsculos encendidos señorearon sus horas. Un ladrido distante y una pálida luna vistieron las tonadas con ecos y contrastes.

El recuerdo del abuelo circuló en el rezongo del mate, contando hazañas de topiadas, montoneras, malones y batallas. Esa fue su infancia antes de aquella escuela de don Eliseo Rodríguez, de su primera obra de teatro y su primer artículo periodístico. Mocito ya, el amor le brindó su primer desengaño. Entonces marchó al pueblo donde el “bullir incesante de la gente” apaga un dolor y crea otros.

Leer, escribir, vagar en libertad, soñar, cantar hasta el encontronazo de la persecución del rebelde.

Ida y retorno, entre recuerdos y el amor de la madre, pequeñita y fuerte, raíz y fruto, calor y remanso, y nuevamente partir, con la pupila llena de un paisaje cambiante y repetido; el oído colmado de rumores inciertos y el corazón volcado en oblación.

Los Dojorti fueron más que un nombre. Desde el abuelo: don Eusebio, juez de Paz de Paso del Lámar, compañero de Aberastain en La Rinconada, amparo y guía de Agustín Gómez; “jinete de espuela y guardamonte”, ciudadano de altiva estirpe, trajinador, andariego por todos los vientos de la rosa cardinal.

De su padre, don Ricardo, aprendió que la dignidad no se declama sino que es vertical actitud interior; el el honor es conciencia y la autoridad justicia; que la libertad es horizonte y la autenticidad sacrificio.

Como su madre fue fuerte en la adversidad, tierno en bonanza, generoso, estoico, sencillo, real como el hogar, el valle, el pueblo. Fue siempre él, en la lucha implacable de la urbe o en la angustiosa soledad de su destino. Fue siempre él en la vertical de su conducta de hombre; manso entre mansos, recio en la lucha, heroico en la alternativa.

Pintor inigualable de acuarelas revividas, escribió por necesidad. Habló y cantó en la media exacta de la ocasión. Después guardó silencio. Tontera es hablar sin decir nada, como pensar en nada original. Huyó de lo vulgar, lo necio, lo torpe, lo bastardo. Fue revolucionario con raíz de tiempo y trazó huellas que justificarán su existencia porque “para vivir una vida sin dejar huellas más valiera no haber nacido”.

Introvertido y romántico incorregible, se prodigó en la amistad, porque “los hermanos los da Dios y los amigos los elige uno”. La ingratitud le dolió, pero no se quejó. Perdonó como su madre le había enseñando. Cuando se fue, la tonada que le despidió fue el reencuentro con la raíz del tiempo viejo.

Por auténtico el pueblo lo hizo suyo, desde que era su identificación. Por espontáneo fue verdadero y se proyectó en el tiempo, en la gente, en el paisaje; sólo habló el lenguaje de las cosas y trascendió, porque fue él y siéndolo fue tierra, fecunda y eterna.

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Relato incluido en su libro “Nosotros los Sanjuaninos”, una sentida biografía del gran Buenaventura Luna.

Decires de aquí y de allí

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un comentario!! yeah :-) → “Historias de la patria: Don Buena”

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