Historias de la independencia: El vestido de la Juanita

juanitaBy: Rogelio Díaz Costa

Jáchal encerrada en valles jocundos y aislada de los grandes centros por sierras y travesías, luchó, desde los primeros tiempos con la naturaleza violenta y el aislamiento desalentador. Se forjó así un tipo de luchador, orgulloso, amante de la libertad por sobre todas las cosas.

La vida espiritual fue intensa: la montaña obliga a pensar, y el aislamiento es buena fragua para la meditación.

Naturalmente, sus mujeres participaron de ese temperamento bravio de las sierras que circundan el valle.

***

En casa de los Ormeños -antigua familia jachallera, como que se había instalado allí al tiempo de la fundación de la villa, en 1751- la noticia de la Revolución de Mayo y los sucesos posteriores ocurridos en San Juan, habían producido un estado febril, manifestado en grandes algazaras. Música y cantares y los inseparables bailes se repetían día a día y noche a noche. Con todo el fastidio de los realistas que no eran pocos.

Juana, la menor, concibió entonces una idea que había de darle bastante malos ratos, pero que se avenía a la perfección con su carácter montaraz y altanero.

Una mañana…

-¡Mamá! Ando’iando con una tema, y quiero qui’úste mi’aiude… Aunque más no sea pa’serlas trinar  a las Gómez, esos cuervos viejos, más rialistas que Fernando y más tontas qu’el sacristán…!

– ¿Y se puede saber qué nueva salvajada andás planiando? ¿No te basta con qui’ás hecho?

-¡ Pero si nu’icho nada, mama! – y bajando los ojos la muy diabla murmuró – ¡Nada que pueda perdonarme Dios!

– ¿Nada? – exclamó su madre – Te parece nada, pintarle con barro las sábanas al señor cura, una persona tan respetable: ¡Viva la Patria…! Te parece nada, colgarle una camareta en la cola del caballo del señor Medina, que  aunque godo es un hombre decente, sólo porque dijo que “la revolución son paparruchas”? ¿Te parece nada, volcarle pintura azul en el vestido de l’Adelaida, porque era amarillo y colorado, y porque la pobre señora se persignaba cada vez que hablaban de la revolución? Te parece nada …

-¡Pero mama! – interrumpió Juanita, que sabía que la lista de travesuras era larga como esperanza de pobre- es que somos u no patriotas? El finau padre debe d’estar en la gloria, chocho’e gusto por dos o tres travesuras de su Juanita.

Y luego reaccionando, fastidiada, agregó:

-¡Y últimamente! ¡Qué! ¡No me gustan los godos! ¡No los quiero! A mi denme un caballo; salir al galope sin que naides me tenga que decir ¿ande vai? ¡Tení cuidau! ¿No te metai en loj sembrau! Y qué se  yo cuantas cosas más. Toy harta ¿sabe? Y estos godos me dan rabia, porque todo tiene que ser como ellos quieren. Sino les gusta lu qui’hago y lu que digo, ,que se vaian a gueno’saire… Allí hay muchos, y puede que los quemen a todos!

-¡Jesús! ¡Qué niña ésta! Pero hijita, eso nu es la libertad. La libertad…

-Será o no será, pero eso es lo que yo entiendo! Además odio a los godos porque son malos…

-¿Por qué dices eso? ¿A mí nunca me han faltau.

– A mí tampoco. ¡No si’animan! ¿Pero si’acuerda del Francisco, el negro de los Manrique? ¿Cómo murió? ¿Si acuerda de las palizas que le dieron los Quiroga porque el negro trajo la noticia de la revolución?

– ¡Niña, fue un asidente!

-¡ Qui’asidente ni que niño muerto! Lo mataron a palos, como antes mataron al Rudecindo, porqu’era viejo, y la botaron a la calle y a la Josefa con el hijito, porque no podía trabajar…

-¡ Bueno, hija! ¡Bueno, es pior seguirte la contraria! ¿Qu’es lo que querías que te ayudara?

La Juanita comprendió que había ganado la partida, pero dudaba que su madre se animara a lo que se proponía. Se arrimó lagotera a la mujer, y haciéndose modosa le dijo:

– ¿No s’enojará conmigo?

– Depende de lo que sea.

-Nu ej cosa del’otro mundo. ¡Quiero hacerme un vestido…!

– ¿Nada más queso? ¡Puej no entiendo tanto misterio! Si se puede, es cosa de probar; tengo  unos cuantos trapos, que arreglándolos pueden quedar muy bonitos.

Juanita comprendió quehabía llegado el momento de soltar todo, pero seguía dudando…

-Además, mama, ¿sabe? quiero cortarme el pelo i’bacerme una moña grandota, del mismo color del vestido.

El cielo se desplomó sobre la pobre mujer, que comprendió las intenciones de color de la hormiga de su hija.

– ¡Jesús, Juana! ¡Ni me digás que querij un vestido azul y blanco!

Juanita siguió el juego haciéndose la tonta.

– ¡Acertó mama! ¡Yo n o sé como hace pa’divinar lo que pienso!

La buena señora se impacientó:

– ¡Mire hijita! ¿Quiere que nos’hechen de la villa? Nu ha pensau en mi y en sus hermanos que trabajan como burros pa’sostenernos?

– ¿Ai tiene razón, mama! ¿Ve? Pero yo también la tengo. ¿esta tierra es de nojotros o de los godos? Pa’que s’hizo la regolución? Pa’que nos sigan esplotando? Y últimamente ¡QUé! ¡Quem’echen! ¡QUe diantre!

– ¿Pero m’hijita! – suplicó la mujer

– I’diai? ¿Mi’ayuda o me tuzo sola?

* * *

Juanita salió con la suya. Vistió de azul y blanco y se cortó el pelo “a lo pariota”. Sus hermanos no desaprobaron la actitud de la muchacha. Rieron de buena gana y se marcharon a la sierra. La madre le preparó el traje, con hermosos volados y la blusa albicelese modeló el robusto cuerpo quinceañero. Cuando el vestido estuvo listo, Juana salió a la calle.

– Y ahora, a la plaza! ¡Al que no le guste que se rasque! Primero por la calle del Rey, que dicho sea de paso ya es tiempo que le cambien el nombre…

Juana se encaminó a la plaza, provocando, a su paso los más variados comentarios, aplausos y risas de los patriotas, y sordos murmullos de los realistas.

-¿Qué no es la chinita de las Ormeño? – preguntó en voz alta una mujeruca e cara más avinagrada que locro fiambre – ¡Pero habráse visto! ¡La muy descarada!

– Güeno, Juanita! – saludó un hombre que se detuvo a mirar maliciosamente a la muchacha- ¿P’ande tan donosa?

-¡P’ande no le s’importa! ¡Ah! ¡Disculpe! ¡Buenos días!

Y encontrándose con una conocida que la miraba asombrada, le dijo:

– ¿Cómo le va doña Justa? Dice mi mama qui’ala tarde va’dir pallevarle algunas golosinas pa’los críos…

Un hombrachón que descabalgaba frente a un caserón comentó:

-¡Güena cosa la china! ¡Oiga! ¿No se le quedó na’á en casa?

Juanita le miró molesta y sin vacilar respondió:

– ¡Sí, como no! otra falta, por si se la quiere poner… ¡Ha! Y también una cofia, que le va’quedar muy mona!

Una carcajada general subrayó la respuesta de la muchacha.

* * *

Juana llegó a la plaza, la atravesó en diagonal y se empezó a pasear muy rabisalsera, frente a la puerta de la capilla de San José, en medio del alboroto de hombres y mujeres, pero sin que a ella se le moviera un pelo.

A la algarabía salió a la calle la hermana del cura. Paula Torres…

-Pero qué china insolente! – llamando al interior de la casa- ¡Paula! ¡Josefa! ¡Pronto!

Las dos mujeres acudieron presurosas y llenas de curiosidad.

– ¿Qué ocurre?

-¿Qué fué?

– ¡¡Miren!! ¡Tamaña desvergüenza!

– ¡Ahhh!

-¡ Ohhh!

-Esto no lo aguanto! -exclamó en el colmo de la indignación la Torre que descendió a la calle en dos zancadas, para encararse con Juanita, que la miraba con una sonrisa, entre maliciosa y desafiante- ¡China insolente! ¡Ya mismo te mandás a cambiar!

Juanita esperaba el ataque y la respuesta fue con un rebote:

– ¡Su madrina! ¿No compra pollos?

La Torres quedó atónita, pero reaccionó rabiosa:

– ¿Pollos? ¡Plumas vas a quedar!

– ¿I’diai? – toreó la muchacha – ¡ Gánese la changuita!

Intervino entonces Josefa Gómez y, aproximando su rostro al sonriente de la Ormeño, le mascó amenaza:

– ¡China perra! ¡Te vas ya mismo por donde viniste o te dejo desnuda en medio de la calle!

Juanita aparentó rubor, y mirando al grupo de los mirones, contestó burlona y maliciosa:

– ¿Pa’darle el gusto a los varones? – y tomando con las dos manos la amplia falda se contoneó dando vuelta para lucir el vestido – ¿Bonito, eh? ¿la moña? ¿Qué me dice? Si mi mama tiene unas manos de ángel.

Paula Gómez comprendió que la Ormeño se burlaba con todas las de ganar, pues se veía que todos los espectadores estaban de parte suya, ya que celebraban con grandes carcajadas y maliciosas frases las palabras y los gestos de la muchacha. Prefirió entonces no exponerse y animó a sus compañeras a emprender la retirada:

– ¡Entremos, esta china nos está provocando! Esos colores mugrientos…

El insulto chicoteó en el rostro de Juanita que saltó hacia la Gómez,

-¡No tan mugrientos! Que son los colores de la Patria!

– Pues los va a perder! – fue la respuesta y las tres mujeres se lanzaron sobre la Ormeño procurando arrancarle el vestido con las uñas, o por lo menos rasgárselo, mientras aquella se defendía con  ventaja, por su agilidad y su juventud.

-¡Ya vas a ver! China sinvergënza!

– ¡Quietas, viejas locas! ¡A mi no me toca naide!

– ¿Qué no? ¡¡¡Tomá!!!, China del diantre! – y los mojicones cayeron como pedradas sobre la muchacha que se defendió protegiéndose el rostro con las manos, simulando una derrota.

– ¡Para que aprendás!

– ¡Así no te meterás más con la gente decente! ¡China perra!

Pero Juanita Ormeño era, a más que joven, criada a campo abierto, y en un par de vueltas ganó ventaja con un empujón que juntó a las tres mujeres en un montón de faldas y gritos.

La gritería era tal que hasta los perros intervenían, ladrando furiosamente en aquella batalla. Por sobre todo se escubraba la voz de Juanita, rabiosa, forcejeante…

– ¡Si son brujas me van a sacar el vestido! ¡Si son brujas! ¡Viejas locas!

– No… nunca… nunca… – gritaba la Josefa Gómez, y haciendo coro, su hermana agregaba:

– ¿Qué te has pensado?

El público también intervenía. Uno decía:

-¡ Bravo Juanita!

y otro

– ¡No me afloje mi’hijita!

Hasta que una mujer, que sus resentimientos debía tener, alentaba a la muchacha:

– ¡Duro a la vieja!

Al bullicio acudió un matón muy conocido y afecto a la causa realista.

– ¡ A ver ! ¿Qué pasa aquí? – inquirió- ¡Ah! La china esa… ¡Déjenme arreglarla! – y yéndose sobre Juana exclamó – Yo te voy a enseñar, cochina, hija de mala madre… venir a…

– No te meta Melchor Astorga – respondió Juanita- ¡Que esto es cosa de mujeres! ¡Y cuídese la lengua!

Pero Astorga estaba enfurecido.

– ¿Qué no? Ya vas a ver, ladronaza, hija del diablo!

Juana lo miró despectiva y le espetó:

– ¡Maricón!

Las carcajadas aprobaron el foetazo de la moza. Astroga desenvainó un cuchillo…

-¡Perra mulata!

– ¿Un cuchillo? – Juana no mostró temor – ¡Corajudo el viejo!

Como las mujeres hubieran conseguido sujetarla de los brazos, tironeó fuertemente:

-¡Lárguenme, que me van a matar!

Varios hombres alcanzaron a sujetar a Melchor Astorga, mientras otros lo apostrofaban:

-¡Asesino! ¡Cobardón!

– ¡Godo indecente!

-¡Meterse con una criatura! ¡Mariquita!

No faltó un partidario de Astroga que gritó:

-¡Déjenlo! que a estas chinas les hace falta un escarmiento!!

Pero Astroga seguía forcejeando para zafarse, mientras gritaba:

– ¡Ni los güesos te voy a dejar! ¡Chusma! Lárguenme, carajo, lárguenme…

La llegada de los alguaciles puso fin a la reyerta. La madre de Juana llegó desatentada en busca de su hija, pues hasta su casa había llegado la noticia, y la encontró sacudiéndose en medio de un  grupo de curiosos, por sobre los que flameaba, airosa, ,la blanca y celeste moña patria, que no habían podido arrancar las enfurecidas realistas.

* * *

– ¡M’hijita! ¡Yo le decía! ¿La han lastimado? ¡Godas indecentes, ya me las pagarán!

– ¡No se le dé nada, mama! ¡Hacen falta muchas como esas pa’recolcarme!

¿Ve? ¡Ni la moña me sacaron!

Pero la pobre estaba asustada.

-¡M’hijita, m’hijita! ¡Vamos a casa! Ya me las entenderé yo con esas!

– ¡Señora! -era un alguacil- su merced y la niña tendrán que apersonarse a la delegración.

– ¿Con Ud., por qué?

– ¡Yo no voy nada! – contestó Juana- ¡Pa’que sihzo la regolución! ¿Pa que los godos aporeen a los patriotas y nosotras vamos presas?

– ¡No van presas! -explicó el corchete- nosotros también somos patriotas. Es para declarar.

– ¡Bueno, iremos!

Juana y su madre siguieron al representante de la autoridad y ya en la delegación:

-Bueno Juanita: ¿qué le ha pasado? -preguntó el jefe del destacamento con aire protector –

– Que m’hija… – comenzó a decir la madre de Juana.

– ¡Déjeme a mi, mama! -atajó aquella – ya le habrán  contau, señor! Las sobrinas del cura y el  “guapo” ese, me quisieron sacar la moña y desnudarme en la calle, porque llevaba los colores de la Patria…Yo me defendí, y aquí me tiene!

-¿No se olvida algo, Juanita?

– ¡No señor! ¡Hay mucha gente que lo vido! ¡Verigue!

– Pues se la acusa de haber proferido palabras soeces y de haber agredido a doña Paula Torres.

-¡Oyyyy! ¡La tamaña mentira! Si fue ella la que después de insultarme me quizo quitar el moño…

– ¡Conteste a lo que le pregunto!

– No señor. Fue ella la que me dijo que me mandara a cambiar y que me iban a desnudar en la calle. ¡Todo lo que yo les dije es que eran unas viejas locas!

El hombre compuso el pecho, para disimular la risa, y engolando la voz comentó;

-¡Hum…! Eso no es tan grave – y para su coleto- son unas viejas locas, pero no debió decirlo.

– Lo que pasa señor – intervino la madre de Juana- es que m´hija es la única en Jáchal que usa el distintivo de la Patria… ¡Le tienen rabia!

Las palabras de la mujer habían puesto el dedo en la llaga y el jefe sintió el cauterio.

– Señora, se hará justicia! ¡Pueden retirarse!

Cuando Juana y su madre salieron, se dirigió al soldado de “imaginaria” en la puerta de la habitación:

-A ver Ud. Que se reuna la guardia y venga aquí! ¡Pronto!

-¡Como mande!

Cuando estuvo solo el jefe del destacamento empezó a pasear, pensando en lo diho por  la muchacha y su madre.

– La única que usa el distintivo de la Patria. ¡Y lo peor es que tiene razón! No hay duda, la muchacha nos ha dado una lección. – rió por lo bajo- ¿Y cómo me perdí yo esa fiesta, me hubiera gustado ver la tripulina.

¡Ah! pero el chapetón las va a pagar… ¡querer apuñalear a la criatura! Y tengo que hacerlo sino los hermanos de ésta lo van a despachar al cobardón el día que se enteren.

El taconazo del soldado cortó sus reflexiones.

– La guardia, señor.

– Que entren.

Entraron unos diez hombres y se plantaron en medio de la habitación. El jefe les miró unos instantes severamente y luego exclamó;

– En la plaza ha habido una reyerta, y casi han dado muerte a una muchacha de quince años ¿Cómo puede ser eso? ¿Para qué están ustedes? ¿para jugar y emborracharse? ¿Qué va a ser de la población si ustedes olvidan sus deberes?

-Estábamos herrando los animales – explicó uno,

– Yo ya estaba por dir…

– Vinimos corriendo en cuanto supimos el alboroto.

– Pues casi llegaron tarde. En cuanto al chapetón le debieron dar una buena felpiada en la calle para escarmiento de los otros y por maricón.

– ¿Me da un barato mi comandante? – exclamó uno que al parecer tenía sus cuentas con Melchor Astorga- Yo lo dejo blandito en un verbo…

-¡Ya no! Es decir… yo no mando a que se le castigue

– Es que Astorga necesita apreder a respetar a las mujeres.

-Pueden retirarse. Ah, y desde hoy quiero ver a todos con la cintita patria en el pecho! Es una vergüenza que una criatura tenga que enseñarnos.

* * *

Astroga fue condenado a prisión; en cuanto a las hermanas Gómez y Paula Torres fueron castigadas con multas, por provocar escándalo en la vía pública. Influyó en la lenidad de la pena, la circunstancia de que fueran sobrinas y hermana del cura de Jáchal, respectivamente, y que éste, no obstante ser realista, no intervino en favor de aquellas.

El hecho tuvo resonancia en la villa, ya que, como todo pueblo chico y de régimen patriarcal, donde se vive en el aislamiento, las costumbres y el espíritu se hacen rutinarios y reacios a la evolución. Pero Juanita Ormeño había prendido la chispa y no tardaron en aparecer cintas azules y blancas en los bailes de la delegación.

Las hermanas Gómez y Paula Torres y también Astroaga, después de un año de proceso, fueron sentenciados a “extrañamientos perpetuo de la villa”. Los reos no aceptaron el fallo y apelaron la sentencia en última instancia ante la Intendencia de Cuyo.

* * *

Era el 15 de septiembre de 1815 y San Martín se hallaba al frente del gobierno de Cuyo. Trabajaba intensamente en su despacho cuando…

-¡Excelencia! Le traigo el despacho y algunos asuntos que hay que resolver, de San Juan.

– ¿De San Juan? ¿Qué será? Tiemblo cuando los sanjuaninos me traen sus problemas.

– No hay que temer, ya verá es cosa de risa.

– ¡Ojalá! A ver, empecemos por el despacho.

Y el general empezó a leer y firmar cada uno de los asuntos.

-El desertor… ¿listo! Que le den azotes! Este otro… que no ha lugar… ¿y éste?… Bien, ya sabe usted Vera el trámite. Vamos ahora a los problemas sanjuaninos.

– Aquí están su excelencia.

-Ah! Los indiferentes y enemigos de la causa, este de la Roza no se anda por las ramas… ¡Mucho hombre ! ¿Eh, Vera?

– Sí, en él se puede confiar!

-Es un gran hombre, Vera. Muchos de la Roza quisiera yo tener. ¡Ya estaría en el Perú! Lástima que sus paisanos no entren en vereda. Ahí tiene usted a Pedro José Zavalla y Clemente Sarmiento. Dos excelentes patriotas, pero revoltosos por nimiedades, sin pensar en lo grande; sin pensar que lo pequeño puede destruir lo grande. ¿Se pidió ya que fuesen enviados a la Intendencia?

– Se esperan ya, excelencia.

– Ese Sarmiento me intriga. Es un buen arriero, buen patriota, baqueano, trabajador, valiente, pero un mentiroso sin vuelta y un enredista de tomo y lomo. Sin embargo creo que para algo será útil.

-Aquí tiene excelencia, una apelación. ¡Es cosa de risa!

El General empezó a leer el expediente que le pasaba Vera y Pintado.

-Paula Torres y otros contra Juana Ormeño -injurias- parece un juicio común, sobre todo tratándose de mujeres.

-Pero no lo es, excelencia- rió quemadamente- Es único!

San Martín continuó leyendo, cada vez más interesado. De pronto exclamó:

-¡Vera! Esto no es cosa de risa, es magnífico.

Su entusiasmo siguió diciendo:

¡Este es Cuyo! ¡Sus hombres, sus mujeres! Este es San Juan, vibrante hasta en lo más hondo… lo más lejano de sus campos.

-¿Quién iba a decir que en un pueblito perdido en medio de las serranías y de los desiertos…

-En cualquier parte de Cuyo hierve esta pasión! Y esta pasión es la mía, Vera, la mía. Ah San juan! Tus mujeres, de la Roza!

-Qué va a hacer Excelencia?

San Martín cojió una pluma y sin mirar a Vera trazó, nervioso, su firma.

– Confirmar el fallo, no ha lugar… Ya está, nunca me he sentido más satisfecho de firmar un asunto así. Jáchal, tu también pasarás a la historia.

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10 comentarios, y contando... → “Historias de la independencia: El vestido de la Juanita”

  1. […] en el aula Escrito el Febrero 12, 2010 Este post es un complemento de la  lectura de “El vestido de la Juanita” de Rogelio Díaz Costa. Queremos acercarte algunas ideas para que reflexiones con los […]

  2. […] Un día para recordar y emular el coraje, la fuerza, la iniciativa, la entereza y la femineidad de aquellas mujeres… y de […]

  3. l 7 años hace  

    esta re bueno

  4. Caterina 7 años hace  

    hola!!!
    me encanto la historia¿podrian poner otras mejores que esas ?¡¡¡¡¡¡¡IMPOSIBLEEE!!!!!!!! Gracias por las mejores historiasss

    bEsOs

  5. stefania 7 años hace  

    es lo mejor de todo por lo que busco esta aca

    bueno ahora lo voy a leer esto me sirve para le esc

    239 es le esc mas copada buno chauu los tengo que

    dejar chauuuuuuu***** c*****h*****a*****uuuuuuu******

    yo tefi

  6. sonia 6 años hace  

    me alegra saber que en esta pagina puedo encontrar excelentes ideas para mejorar mi practica pedagogica porque no poseemos informacion específica significativa sobre el bicentenario de la independencia patria. gracias

  7. gabriela 5 años hace  

    realmente es largo pero me encanto la historia….la trabajare el primer dia de clases!!!!

  8. gabriela 5 años hace  

    realmente es largo pero me encanto la historia….la trabajare el primer dia de clases!!!!

  9. Rosana Altieri via Facebook 5 años hace  

    De tal abuelo…gran Cintia!!

  10. TuRemanso via Facebook 5 años hace  

    Jejeje gracias Rosana!!! 🙂 que honooorrrr

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