La maestra del monte

Para una pedagogía del excluído

por: el prof. Gustavo Cirigliano
(Columnista de TuRemanso)

Estaba recordando el año 1968 (me dijo el viejo profesor de Política Educacional. ¿Por qué? le pregunté).

Ese año se produce una inflexión en el pensamiento pedagógico latinoamericano. Año decisivo en materia de propuestas en educación. Tiempo de Paulo Freire. Tiempo en que A. Salazar Bondy orienta la reforma educativa peruana que suscitara tantas esperanzas, Darcy Ribeiro intenta su universidad necesaria, Iván Illich, desde Cuernavaca, espanta con sus críticas a la escolaridad, Oscar Varsavsky condena desde Buenos Aires la ciencia consagrada rotulándola de cientificista, P. Latapí, desde México, problematiza la educación superior, F. Gutiérrez Pérez, desde Costa Rica, difunde el “lenguaje total” y Lauro de Oliveira Lima efectúa sus experiencias de dinámica de grupos. 1968. Se cumplen ahora treinta años de la publicación de la Pedagogía del Oprimido de Paulo Freire. (Se quedó pensando. ¿Qué le sugiere ese tiempo transcurrido? le pregunté. Luego de una pausa empezó a hilvanar su reflexión:)

Oprimidos y excluidos

Hoy a casi 40 años de la Pedagogía del Oprimido Paulo Freire escribiría la Pedagogía del Excluido. Creo que cabe considerar a la exclusión como una etapa que va más allá todavía de la opresión. Hoy aquel hombre no es siquiera oprimido ni explotado. Es simplemente negado, ignorado, excluido, no visto; no existe. ¿Qué puede hacer la educación -se preguntaría Paulo Freire– por este excluido que está también excluido de la educación?

¿Qué puede hacer por él la concientización si se lo ha expulsado más´allá de la conciencia intransitiva a un nivel animal de supervivencia aún más primitivo? ¿Qué significaría tener conciencia de la exclusión? ¿Qué significaría tener conciencia del no existir, del no ser, del no contar, de no servir siquiera para ser explotado? ¿De qué le puede hablar la educación al que está radiado del nivel de lo humano?

Aquel hombre de 1968 sobre el que podía operar la concientización está excluido de la escuela, privado de la ciencia aún de la cuestionable y expulsado de la propia conciencia. ¿Cuál es su naturaleza de hombre? No es ni puede ser sujeto. Algún analista diría que “no es sujeto de educación” (Lo encuentro tremendamente pesimista cuando compara esos dos tiempos, le digo. Tiene que haber algún camino.)

Creo (continúa) que ha ocurrido una cierta gradación -o degradación, si prefiere- en el proceso de deshumanización. Una primera etapa puede denominarse de la “deuditud”, en la que la deuda externa -y también la interna- determinó que todos los habitantes de un país nazcan ya condicionados, signados por una deuda no contraída por ellos pero que inexorablemente debían pagar. Y pagar con la propia existencia.

Una segunda etapa es la actual de “exclusión”, en la que ni siquiera importa si ese hombre aporta al pago de la deuda. Y me pregunto si no sobrevendrá un tercer momento en el que se produzca el regreso liso y llano a la “esclavitud”. Poco cuenta con qué nombre se la designe, si la existencia de un hombre estará a total merced de otro y se considerará esa pertenencia como una condición “natural”. Ya Aristóteles sostenía esa locura. (El tono del profesor era decididamente amargo y desalentador).

Discurso y justicia

Y comparo el discurso pedagógico de aquellos tiempos con el de hoy, en el que el hombre no es acaso ni sujeto ni objeto del discurso. El discurso pedagógico dominante hoy, el de los técnicos en educación, es una sucesión de juicios analíticos que se repiten a sí mismos. Porque son juicios en los que el predicado reitera el sujeto. Vea un texto de estos tiempos. (Extrajo un papel y se dispuso a leer:) Las nuevas condiciones socio-laborales exigen encarar un tipo de formación basada en las competencias que se ponen en juego en condiciones más amplias de trabajo, suficientemente polivalentes como para ampliar el espacio potencial de empleabilidad de los individuos. ¿Qué le parece? (Como no supe qué contestarle, el profesor continuó:)

¡Qué distancia entre la jerga tecnocrática de hoy que se las ingenia para no decir y aquellos textos comprometidos de la Pedagogía del Oprimido! (añoraba el profesor; aproveché para preguntarle: si hoy no hay auténtico discurso pedagógico sino un mero apéndice del enfoque económico dominante, si el hombre no es ni lo dejan ser sujeto, ¿qué salida ve? ¿para qué entonces la educación? ¿hay margen, no digo ya para el amor o la solidaridad, sino para alguna esperanza? Largo rato quedó el profesor pensando y seguramente tenía presente la Pedagogía de la Esperanza que fue el punto de arribo de Paulo Freire).

Hay que empezar de nuevo, (dijo finalmente) cultivando una fragílisima planta de esperanza, constituida de justicia. Habrá que reinstalar la esperanza sostenida por la justicia, y penetrar aún en el nivel inferior a la subsistencia vegetativa o a la conciencia intransitiva. Solo aquella podría diluir, ablandar la brutalidad atroz de la exclusión que lleva a la esclavitud. Trabaje (me recomendó) el tema de la esperanza desde y sobre la justicia. (Y al irse, como desalentado, se preguntó en voz baja:)

¿Cómo se consigue la justicia?

Decires de aquí y de allí

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un comentario!! yeah :-) → “La maestra del monte”

  1. gdg 9 años hace  

    Muy bueno el artículo de Gustavo Cirigliano. Me encantó la cita.siempre adelante, porque hay que cambiar el pensamiento pedagógico y retornar a la raices: educar es educir: extraer del interior del ser todas las potencias lantentes.-

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